En este breve ensayo, abordaremos la problemática inherente al estudio del fenómeno de la depresión, concebido como un conjunto de síntomas que impactan la psique humana. Para ello, iniciaremos exponiendo lo discutido en una selección de artículos relevantes sobre la materia, lo que nos permitirá entender el supuesto fundamental bajo el cual percibimos la labor de la psicología frente a esta enfermedad. Aunque pueda parecer audaz referirse a este punto de partida como una suposición, nuestra intención es subrayar las deficiencias presentes en las disciplinas que exploran la mente en relación con la depresión, para posteriormente articular una argumentación basada en lo expuesto en “Ideas II” de Edmund Husserl y “Sobre el problema de la empatía” de Edith Stein. A través de las reflexiones contenidas en estos textos acerca de la empatía, aspiramos a brindar respuestas al vacío generado por la distancia existente entre el terapeuta y el paciente al reducirlo a un conjunto de padecimientos.

Adicionalmente, arrancaremos desde el supuesto de que entendemos al ser humano desde una óptica monista, lo que nos permite abordar la depresión como una afección integral de la salud. El propósito esencial de este texto es subrayar la crítica desde la postura fenomenológica hacia el reduccionismo prevalente en el tratamiento de la depresión, aspirando a desplegar cómo se puede abordar de manera holística el comportamiento social del individuo deprimido. Además, proponemos que considerar las aflicciones de quien padece la depresión como semejantes, trasciende la perspectiva médica tradicional. Este no es un esfuerzo por posicionar estas reflexiones como una superación del conocimiento científico respecto a la depresión, sino más bien, no se trata de una confrontación dialéctica. A través de la lente fenomenológica, presentamos una perspectiva que centra su atención en el individuo deprimido como un ente social afectado, dado que la depresión ha sido interpretada “de maneras diversas y contradictorias: como un trastorno narcisista típico de la sociedad occidental, como un desorden cerebral en la producción de serotonina, o simplemente desde una perspectiva ontológica1“. Con la aproximación fenomenológica, ambicionamos inyectar una cuota de frescura al debate, tal como lo hicieron especialistas en el pasado.

Crítica” a una mera
sintomatología

Inicialmente, la problemática radica en la perspectiva médica que tiende a visualizar a la persona con depresión como un cúmulo de padecimientos, omitiendo así los aspectos intrínsecos de su singularidad. Esta perspectiva se centra en buscar una solución generalizada, desatendiendo “el modo concreto en el que un individuo tiene experiencia de los trastornos2”. Nuestro enfoque pretende enfatizar el componente social con el que la depresión impacta a la persona. Resaltamos cómo la habilidad de relacionarse se deteriora, conduciendo al individuo a convertirse en un participante desfavorecido en la esfera social; las acciones que antes se realizaban con normalidad ahora se perciben como desafiantes. Adoptamos la concepción del ser humano como un ente social que ocupa un lugar en la comunidad, contribuyendo y viviendo una vida en paridad con sus semejantes, mientras aspira a transitar sus días con serenidad.

El deterioro en la capacidad de llevar a cabo acciones y posicionarse como protagonista de su propia vida es una de las manifestaciones con las que los manuales de trastornos mentales describen a la depresión. Este aspecto será el foco de nuestro análisis, y procederemos con cautela para evitar un enfoque sesgado. Es imperativo delimitar con claridad el objetivo al poner de relieve esta idea. Con Pereira, logramos precisar que nuestra preocupación recae en el rendimiento del individuo con depresión al definir el sentido de agencia como “la experiencia de control en el inicio o generación de una acción propia, es decir, el reconocimiento de uno mismo como su agente3”. La principal causa del desempeño afectado en la sociedad por parte del individuo deprimido es el espectáculo de cómo su voluntad es menoscabada por “fuerzas” externas que limitan sus acciones. Desde una perspectiva intelectual, no es honesto privilegiar ciertos enfoques por encima de otros, por lo que es crucial reconocer que la depresión engloba un conjunto de síntomas. Representa “la existencia de una experiencia subjetiva alterada, acompañada de una disfunción neurobiológica y un detrimento en las interacciones sociales, independientemente del componente originalmente afectado4”. Este apunte de Pereira proporciona un equilibrio al argumento de este ensayo y delimita su capacidad para abordar un fenómeno perteneciente al ámbito de la salud.

La limitada capacidad de un individuo para ser el protagonista de sus propias acciones es una dimensión que el enfoque médico convencional muchas veces omite. En realidad, no es primordialmente su tarea abordar o incluso explorar los problemas relativos a cómo una persona se desenvuelve en sus relaciones personales o en sus tareas específicas, sino más bien, trabajar en pro de hallar soluciones efectivas que restablezcan la funcionalidad del organismo. Esta observación es pertinente para criticar la mirada reduccionista que tiende a buscar soluciones de carácter inmediato y comercial. Se trata de una ideología serotoninérgica que “desatiende la constitución socio-cultural de la depresión, y la promoción de psicofármacos mágicos fomenta el diagnóstico de la depresión ante el sufrimiento psíquico5”, ignorando la necesidad de reincorporar al individuo en una sociedad concebida como una maquinaria que, con más engranajes en funcionamiento, opera de manera más eficiente. Es imperante intentar comprender el padecimiento ajeno de manera cercana; aunque la total identificación con los sentimientos del otro es discutible, una comprensión profunda emerge cuando consideramos sus formas de comportamiento como propias.

Es momento de delinear la perspectiva fenomenológica desde la cual proseguiremos nuestra argumentación, pues es imperativo adherirse a la investigación científica que ha contribuido a una comprensión más profunda de la enfermedad y ha proporcionado soluciones efectivas, enriqueciendo la labor de los centros de salud y sus profesionales en el área psicológica. Concebimos la depresión como una afectación integral del organismo del individuo, manifestada en:

La dimensión del pensamiento o cognitiva, la dimensión afectiva y la dimensión corporal […] el aislamiento, la pérdida del disfrute en actividades previamente gratificantes, las dificultades en el desempeño laboral, escolar o social, la parálisis o desmotivación vital y la cercanía a las experiencias de muerte6.

Con esta clarificación, aspiramos a postular la empatía como una herramienta valiosa que permita a los profesionales de la salud tratar a sus pacientes depresivos de una manera que siempre busque atender a la persona en su totalidad. Tras esta precisa elucidación sobre la relación entre el paciente deprimido y el médico, nos disponemos a explorar el concepto de la fenomenología como un medio para armonizar esta brecha.

La empatía
como solución

Previo a esto, discutimos la brecha existente entre el paciente y el profesional encargado de su tratamiento en casos de depresión, destacando que la intención de este texto no es criticar la labor de los profesionales en el ámbito de la salud mental, sino señalar cómo, en ocasiones, se puede descuidar la singularidad del paciente deprimido y proceder directamente a buscar la resolución de los síntomas que lo aquejan. A través de esta reflexión, buscamos aportar al entendimiento del papel que juega la empatía y cómo esta puede nivelar la relación entre individuos autónomos, equilibrándolos al buscar la comprensión de la interioridad del otro. Nuestra argumentación se centrará en cómo se puede abordar esta problemática a través de la adecuada aplicación del concepto de fenomenología.

En este contexto, nos enfrentamos a un acto que se manifiesta originariamente como una vivencia presente, aunque no es originario en cuanto a su contenido. Dicho contenido es una vivencia que puede manifestarse en diversos modos de actuación, como recuerdo, expectativa o fantasía. Cuando esta vivencia se revela súbitamente ante mí, se presenta como objeto (por ejemplo, la tristeza que “leo en la cara” de otros); pero en la medida que sigo las tendencias implícitas (intentando discernir con mayor claridad el estado emocional del otro), ya no permanece como objeto en el sentido estricto, sino que me ha transportado hacia su interior; ya no estoy dirigido hacia ella, sino inmerso en ella hacia su objeto, estoy junto a su sujeto, en su lugar. Y solo tras la clarificación alcanzada en la ejecución, la vivencia me enfrenta nuevamente como objeto7.

Efectivamente, nuestro enfoque radica en explorar cómo, a través de la precisión con la que Stein articula el concepto observado en la obra de Husserl, se puede atenuar la brecha entre paciente y terapeuta. No se trata de minimizar la labor que el especialista ejecuta debido a su formación, sino de proponer un punto de inicio que destaca la figura de un yo, semejante a otro yo, que aplica su técnica para mejorar la salud mental del paciente. La elucidación de esta idea y su relevancia para integrarla en las deliberaciones psicológicas, aunque resuene con un tono prometeico, será lo que se desglose en las páginas subsecuentes.

Creemos que la brecha entre terapeuta y paciente puede ser mitigada si se emplea la ecuanimidad que la empatía confiere a las relaciones humanas. La identificación entre individuos y la afinidad con los movimientos internos del otro se presentan como herramientas útiles para el desarrollo de la atención psicológica. La diferencia en el nivel de conocimiento entre terapeuta y paciente obstaculiza la implementación de este concepto fenomenológico. Definiríamos esta ecuanimidad entre paciente y terapeuta, entre quien es experto en la técnica que sana la mente y quien busca beneficiarse de ella, como “un punto en el espacio entre muchos, no ya como punto cero diferente a todos los demás8“, y que la empatía rescata de la alienación de la experiencia personal del otro.

Nuestro interés se centra en el objeto de investigación denominado ser humano9 con el cual el terapeuta comparte numerosas similitudes. Aspiramos a acercarnos a él no solo como paciente o un fenómeno que se manifiesta para su estudio, sino como un semejante que, en su singularidad, sufre una afectación en su salud mental y es atendido por otra persona humana. No planteamos una crítica sobre cómo los métodos teóricos en psicología y psiquiatría abordan el trastorno de la depresión, ya que no corresponde al objetivo del escrito; sin embargo, con el entendimiento de la empatía, se puede gestionar la relación con el paciente de manera más cercana.

Si nos proponemos ver a los seres humanos “en cuanto miembros del mundo externo están dados originariamente en la medida en que son aprehendidos como unidades de cuerpos corpóreos y almas10“, para que su posición en el proceso terapéutico sea valorada conforme a su condición de ser social, sin obviar el tratamiento que requiere, entenderemos que la terapia no es solo una necesidad de un servicio puramente técnico, sino un proceso en el que la totalidad de su ser es considerada empáticamente, logrando así superar la brecha que omite la singularidad de los pacientes.

Notas

[1] Moreira, 2007, p. 130.

[2] Maldiney, 2001, p. 31; Pereira, 2020, p. 3.

[3] Pereira, 2020, p. 2.

[4] Ibídem, p.5.

[5] Moreira, 2009, p. 135.

[6] Ibídem, p. 86.

[7] Stein, 2004, p. 26.

[8] Meis, 2010, p.20.

[9] Husserl, Ideas II, §46, /169/

[10] Ibídem, § 45/164/, p. 205)

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Simón, A. (2001). Intersubjetividad y experiencia del otro en Ideas de Husserl.

Imagen | Pexels

Artículo de:

James Dinarte Arias (autor invitado):
Estudiante de filosofía en la Universidad de Costa Rica.

Cita este artículo (APA): Dinarte, J. (2023, 06 de noviembre). Empatía y salud mental. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2023/11/empatia-y-salud-mental

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por autores invitados

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