fbpx

El uso y abuso de las drogas es algo que ha sucedido desde muchísimo y que sucede hoy en día con el mismo protagonismo aunque distinto reconocimiento. Las drogas comenzaron siendo otra cosa. Fueron fármacos y sustancias que te aproximaban a lo divino. El concepto de droga no surge con la existencia de la sustancia en sí, sino con la resignificación de estas. En los inicios de su consumo, distintas religiones se servían de sustancias, plantas, hongos y otros tóxicos con el fin de conseguir un acercamiento a la divinidad, liberación u otra experiencia que les alejase de la realidad terrenal. En lo cotidiano también se hacía uso de drogas que se enfocaban más bien en el rendimiento de uno, por ejemplo, las anfetaminas. Estas, concretamente, eran recetadas a miles de estudiantes para que acelerasen su ritmo de estudio y, gracias a ello, mejores resultados.

Tanto las drogas derivadas del opio, como la morfina, heroína o metadona, como las alucinógenas, tal que LSD, DMT o mescalina, la cocaína, y la marihuana, formaron parte de una sociedad que consumía de un modo muy diferente al actual. Artistas como Goya tomaban opio para dibujar sus obras de arte; el químico Huxley tomaba LSD y mescalina para alcanzar estados de percepción distintos. Hoy en día, se consumen más drogas de diseño y parece que se aprovecha proporcionalmente menos. ¿Qué ha sucedido? El filósofo Antonio Escohotado narró durante su vida cómo fueron sus experiencias con las drogas y cómo con la disolución de la comunidad hippie en España el consumo en el país pasó a ser algo muy distinto.

Los hippies se asentaron en España, principalmente Ibiza, durante los años setenta de una manera espontánea. El ácido y la heroína eran las principales sustancias que hacían que los toxicómanos de la época acabasen falleciendo. La gran represión que se sentía ante el sexo, el arte o el ocio (la década comenzó estando vigente el régimen dictatorial franquista) provocaba que los jóvenes buscasen una vía de escape y un modo de explorar su libertad. El desconocimiento de lo reconocido como la “cara-B” (cambios de humor y comportamiento, síndrome de abstinencia, y un largo etcétera) de estas sustancias y la tremenda adicción que provocaban hacían que el uso se convirtiese en abuso y, entonces, saltaron las alarmas. La política de prohibición se puso en marcha para frenar el tráfico y por ende consumo masivo de estas drogas que estaban acabando principalmente con los jóvenes.

A finales de los años ochenta el abuso de la heroína comenzó a politizarse y poco a poco su presencia en las calles comenzó a disminuir, dando paso a las famosas drogas de diseño. En el programa presentado por Escohotado “La guerra de las drogas ha terminado“, el invitado médico John Carles March narra cómo se usó la metadona y la heroína en clínicas hospitalarias para configurar lo que se denomina política de reducción de daños. En lo que consiste básicamente esta estrategia es en tratar a los toxicómanos ya no para la desintoxicación, sino para el control de su consumo y las consecuencias sociales que conlleva. La dosis diaria de heroína o metadona se suministraba en los hospitales por médicos con el fin de reducir robos y otros actos delictivos en las calles. El objetivo último es descriminalizar la sustancia como droga y al paciente como drogadicto, considerar el abuso de la droga como perjudicial, pero no necesariamente su uso. Fue en este momento cuando se comenzó a asentar en la sociedad el mensaje de peligrosidad de las drogas, la prohibición de cada vez más sustancias y como consecuencia el cambio de su uso.

El abuso de los opiáceos solía ir de la mano con una conducta autodestructiva por parte del adicto. Las muertes por sobredosis eran cada vez mayores durante esa década. Actualmente, podemos considerar que hay dos tipos de usos distendidos en la sociedad: por un lado, el uso reconocido en el toxicómano; por otro lado, el uso habitual que no llega a causar problemas mayores en el adicto ni en terceros (conducta delictiva, inadaptación social o síndrome de abstinencia). El uso habitual en jóvenes ya no resulta sorprendente. Lo realmente curioso es considerar si el porqué del consumo ha cambiado.

La represión o la marginalización eran las dos principales causas que llevaban a los jóvenes a buscar nuevas maneras de descubrirse y desenvolverse en la realidad. Con la aceleración del ritmo de vida en la ciudad, las benzodiacepinas sustituyeron a los barbitúricos. Xanax o Valium son ahora las sustancias con mayor consumo en Estados Unidos (dejando a un lado la situación de alarma que supone el auge del Fentanilo). A pesar de la evidente adicción que trae consigo, siguen recetándose en las farmacias. Me pregunto, entonces: ¿dónde está el límite entre lo que denominamos droga o fármaco? Hay muchas posibilidades de respuesta, sin embargo, el paso del tiempo sigue resignificando lo que se considera “droga“, lo que nos deja siempre con el interrogante de fondo.

La necesidad de un fármaco para ser capaces de soportar una vida sobrecargada de estímulos que nos obligan a producir a un ritmo frenético, expone una sociedad llena de drogadictos. La pregunta sobre la que podemos reflexionar es si la sustancia es el problema o si la necesidad de su uso es realmente lo que nos ha llevado a estar debatiendo sobre lo que supone tomar un Diazepam o Xanax. Siendo la cantidad y frecuencia de ingesta el principal motivo de diferencia entre el uso y abuso, la falta de argumentación de lo que significa cada droga en cada momento es otro de los factores distintivos a tener en cuenta. El toxicómano abusa de la sensación de libertad, euforia o calma que solo encuentra en un estado de percepción distinto del cotidiano.

La necesidad de hacer soportable el mundo en el que vivimos no debería desencadenar en la drogadicción ni en la búsqueda de una vía de escape. La solución a un problema sociopolítico o estructural se encuentra dentro de la propia política y organización social. Si bien es cierto que cambiar de una manera real y efectiva alguna de estas es costoso, requiere de tiempo y cohesión social (con el aumento de la diversidad se vuelve complicado) y las benzodiacepinas, MDMA o heroína no lograrán un progreso hacia este cambio. Estas, más bien, deberían ser usadas (si se ha aceptar que su uso es beneficioso en algún sentido) de manera provechosa. Aprovechar sus efectos para potenciar o disminuir aquello que se requiere en cada situación podría ser útil, tal y como se considera que lo son para la ansiedad los Xanax. Este fue el pensamiento que divulgaron Huxley o Antonio Escohotado.

Considerándose de cualquier modo lo que significa droga o lo que supone para una sociedad, el consumo de ciertas sustancias es un debate relevante en la actualidad si tenemos en cuenta el porcentaje de personas que consumen o han consumido alguna de estas a lo largo de su vida. La falta de argumentación y de debate puede ser una de las causas que incentivan el descontrol y el abuso.

Bibliografía

Cervera, S. (1975) Un signo de nuestro tiempo: Las drogas. Ed. Magisterio español y Prensa española.

Imagen | Extraída del libro Un signo de nuestro tiempo: Las drogas, escrito por Salvador Cervera Enguix en 1975 (usada con fines ilustrativos; titular del copyright: Biblioteca Cultural RTVE).

Cita este artículo (APA): Francisco, C (2023, 23 de noviembre). La falta de argumentación del toxicómano. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2023/11/la-falta-de-argumentacion-del-toxicomano
#Crítica social, #drogas, #política, #Represión

por Cristina Francisco López

Graduada en Filosofía, maestra en Crítica y Argumentación Filosófica. Actual doctoranda en Filosofía y Ciencias del Lenguaje en Madrid. Joven apasionada por la lectura y escritura.

error: Content is protected !!