Desde hace un tiempo está en auge la figura del opinólogo. Se trata de individuos que buscan expresar su punto de vista sobre diversos temas. Sin embargo, a menudo se observa que, cuando se les interpela para que fundamenten sus opiniones o se les invita a profundizar en la discusión, se encuentran con dificultades para articular sus argumentos con claridad. Son la clase de personas que viven cómodamente asentados sobre un creer saber, que encubre su verdadera ignorancia. Quizá por esto Platón quiso dejar muy clara la distinción entre opinión (doxa) y conocimiento (episteme). No es lo mismo tener una opinión sobre un tema que tener un conocimiento sobre el mismo. Alguien puede, por ejemplo, opinar que el cambio climático no es más que un ciclo natural de la Tierra, mientras que una persona con conocimientos sostendría que no puede ser así porque tales ciclos naturales duran miles y miles de años, lo que es incompatible con el hecho de que en los últimos 150 años la temperatura del planeta haya sufrido un brusco y excepcional aumento.

Como este ejemplo podría poner muchos otros. Muchas veces, incluso sin darnos cuenta, dejamos caer nuestra opinión como si de un conocimiento se tratase. No es que nos guste ir dando nuestra opinión a diestra y siniestra, es que nos gusta aparentar que tenemos conocimientos sobre cualquier tema. Nos gusta mostrarnos al mundo como personas confiadas, que nunca dudan a la hora de pronunciarse porque saben de todo. Sin embargo, en la inmensa mayoría de ocasiones no sabemos de todo, aunque prefiramos aparentar que sí. El reconocer que hay cosas que no sabemos implica mostrarnos vulnerables, algo que no está bien visto. Preferimos vivir con apariencia de conocer, antes que mostrarnos indecisos y, por tanto, débiles. Preferimos vivir en una mentira agradable, antes que en una verdad que duela. Preferimos afirmar cosas sin fundamento, antes que preguntar en busca de un conocimiento. Este hecho de preguntar nos parece algo infantil, pues los niños preguntan todo el rato en la medida en que desconocen muchas cosas del mundo en el que llevan tan poco viviendo. “¿Por qué el cielo es azul? ¿Por qué llueve? ¿Por qué el perro ladra?” En cada una de estas preguntas está implícito el reconocimiento de la propia ignorancia, el hecho de que no se sabe la respuesta que se busca y por eso se pregunta. Pero cuando los niños crecen se espera de ellos seguridad, lo que equivale a que dejen de hacer preguntas porque si no parecerán unos estúpidos. Mientras que solo afirmen, lo hagan con o sin conocimiento del tema, parecerá que tienen cierto saber sobre la materia. De esta forma muchos acaban por creer saber sobre miles de cosas.

Lo vergonzoso no es nunca ignorar una cosa, eso es, por el contrario, lo natural. Lo vergonzoso, es no querer saberla, resistirse a averiguar algo cuando la ocasión se ofrece. Pero esa resistencia no la ofrece nunca el ignorante, sino, al revés, el que cree saber. Esto es lo vergonzoso: creer saber […] con su presunto saber, cierra el poro de su mente por donde podía penetrar la auténtica verdad.

Ortega y Gasset, 2012

En La República de Platón, el personaje Calicles defiende esta postura diciendo que la filosofía (la pregunta) es solo para niños, pues es expresión de inseguridad, mientras que los adultos deben tener pensamientos fijos. Quizá la filosofía no es, sino recuperar la mirada de asombro con la que los niños miran el mundo y ante esto Calicles no duda en anteponer la reputación y el éxito social a esa búsqueda del conocimiento. Para él, la mejor imagen que podemos dar de nosotros mismos es la de creer saber, sin dudar de absolutamente nada. Sin embargo, es justo este creer saber lo que acaba por convertirse en la mayor fuente de ignorancia. Cuando creemos saber sobre algo, pero en el fondo somos ignorantes de ello, solo podremos curar esa ignorancia si vamos en busca del conocimiento. Pero uno nunca busca lo que tiene o lo que cree ya tener. El deseo solo se alimenta de la carencia, por lo que el primer paso para obtener un conocimiento es reconocer que no se le tiene, que se le ignora. Solo partiendo de la ausencia de saber es posible movilizarnos para ir en su búsqueda.

Este camino que lleva de la ignorancia a la sabiduría se manifiesta de manera clara en la filosofía platónica por medio de la famosa Alegoría de la caverna: esta narra la condición de personas que, desde su infancia, se hallan aprisionadas en el fondo de una caverna. Encadenadas de tal manera que únicamente pueden contemplar la pared que tienen en frente. Dicha pared es iluminada por un fuego, ante el cual se colocan figuras de madera y piedra que imitan seres vivos y objetos. Estas figuras proyectan sombras que, para los cautivos, constituyen la única realidad conocida. Sin embargo, un día, uno de los prisioneros logra liberarse y avanza hacia la salida de la caverna. Acostumbrados sus ojos a la penumbra, el resplandor del fuego y, más aún, la luz del sol al abandonar la cueva le resultan incómodos. Con el tiempo, una vez sus ojos se adapten a la luz solar, comenzará a percibir las verdaderas formas de aquellos objetos cuyas sombras antes le parecían la única realidad.

Este camino, de las sombras a lo real, es el que tenemos que recorrer para ir del creer saber al verdadero saber. Se trata de un camino que duele, como le dolía la luminosidad a los ojos de la persona liberada. Pero, no obstante, merece la pena, pues supone abandonar una vida que toma por verdad lo que no es, sino sombra, apariencia (doxa), y alcanzar unos conocimientos verdaderamente fundamentados (episteme).

Y si en aquel acto recordaba su primera estancia, la idea que allí se tiene de la sabiduría y sus compañeros de esclavitud, ¿no se regocijaría de su mudanza y no se compadecería de la desgracia de aquellos?

Platón, 1988

Lo más curioso es que Platón también señala que si esa persona que ha salido de la caverna volviese a entrar para contarles a sus compañeros todo lo que ha visto y animarles a salir con él, el resto de encadenados le tomarían por loco y se reirían porque, acostumbrados los ojos del liberado a la luz, no sería capaz de ver en la oscuridad. Y así ocurre cuando tratamos de hacer conscientes a los demás de que ciertas opiniones que sostienen carecen de fundamento y que son solo sombras. Aunque duela, el primer paso para empezar a conocer, para aprender, para dejar de movernos solo en la opinión, es quitarse las cadenas, lo que equivale a reconocer la propia ignorancia. Radica aquí el valor de la famosa frase de Platón en boca de Sócrates que, lejos de ser superflua, posee una inmensa riqueza: 

Solo sé que no sé nada.

Platón, 2016

Bibliografía

Ortega y Gasset, J. (2012). ¿Qué es filosofía? Austral.

Platón. (2016) La apología de Sócrates. Eudeba.

Platón. (1988) La República. Gredos.

Imagen | Unplash

Cita este artículo (APA): Quirós, A. (2023, 08 de noviembre). Una nueva epidemia: creer saber. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2023/11/una-nueva-epidemia-creer-saber
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por Ainara Quirós Castro

Madrileña. Estudiante de primer curso de Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid. Interesada en la interconexión con mis estudios anteriores enfocados a las ciencias (química, biología, física...). Intentando transmitir "mi sorpresa" a través de la filosofía vinculándola con aspectos de nuestro día a día.

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