Imagina que asistes a un evento cualquiera un viernes por la noche; por ejemplo, a la presentación de una novela en una librería. Antes de que el acto comience, los asistentes se mueven entre las estanterías y, quizá copa de vino en mano, conversan con el desconocido que se les cruza, hablan de la cubierta de aquel libro, de la sinopsis de este o de cualquier otra cosa. Cuando ese primer chispazo de conversación espontánea termina, alguno se verá forzado a mantener el diálogo y lo hará, con toda seguridad, con una pregunta manida y, en muchas ocasiones, francamente inadecuada: «¿A qué te dedicas?». A priori, uno se dedica a muchas cosas a lo largo del día. Se pone dedicación al hecho de levantarse, de hacer la comida al hijo o de planear la ruta más rápida al mercado. Pero leste dedicarse se refiere a algo mucho más concreto. Al hecho específico que marca nuestras vidas en la actualidad: el trabajo de uno.

A pesar de los otros muchos aspectos de nuestro día a día que tanto valoramos, lo cierto es que la profesión o el trabajo de turno que se esté llevando a cabo suele servir de carta de presentación. De hecho, se puede responder a esta pregunta que nos planteamos no ya con «me dedico a…» por ejemplo, ser médico, sino con «soy…» médico. Ese uso del verbo «ser» viene a demostrar la importancia que todo esto tiene para nosotros. Para unos, su profesión será motivo de orgullo (seguramente sea el caso de ese «soy médico»); para otros, en cambio, podrá incluso convertirse en origen de distintas ansiedades. 

El mapa de la identidad

Pongamos que a ese evento con el que se iniciaba este texto asiste una persona ajena por completo al mundo literario. Una persona apasionada por la lectura, sí, pero desconectada del complicado trasiego del mundo editorial. Entre escritoras, editores periodistas, nuestro asistente seguramente se sienta abrumado al confesar en cualquier conversación su limitado conocimiento del medio. Y es que, en la actualidad, preguntarle a alguien a qué se dedica no denota solo curiosidad por conocer su empleo, sino una manera de situar a esa persona en un mapa. Puede ocurrir de manera inconsciente, pero, si nos paramos a pensarlo, lo que nos hace saber la profesión de alguien suele ser su posición en la pirámide social, y lo que ello implica: ideologías políticas, hábitos, gustos culturales o recursos económicos. 

Se tiende con esta pregunta, por tanto, a la generalización. A pensar que todo un grupo económico vive o piensa de la misma manera. Si un banquero se encuentra en una fiesta con un estudiante de filosofía y la consabida pregunta se cruza entre ambos, es probable que los dos —quizá un poco más el banquero— encuentren una excusa para interrumpir el diálogo. El «¿A qué te dedicas?», sirve de ruptura a un posible debate y de método de clasificación a partir de ideas preconcebidas o prejuicios. No obstante, lo anterior no es un alegato en contra del trabajo per se. La cuestión del trabajo es de suma importancia para el desarrollo de nuestra existencia, así como también para la propia filosofía. Capital es su estudio en los trabajos de filósofos como K. Marx o K. Kosic. La pregunta en cuestión, entonces, implica revisar algo mucho más profundo, a saber: qué significa ser humano y qué peso tiene en la respuesta el asunto del trabajo.

Pero ¿qué es ser humano?

¿Cómo podemos definir lo que somos? ¿Al ser humano? Si podemos hacerlo, ¿es el trabajo importante en esa definición a la que hemos llegado? El fenomenólogo E. Fink se dedicó en este contexto a enlistar cuáles eran los aspectos que, podríamos decir, nos hacen humanos. Qué parámetros o grandes áreas aglutinan todo lo humano. Y al hacerlo llegó a sus Fenómenos fundamentales de la existencia humana, por los cuales lo humano quedaba condensado en cinco grandes núcleos que lo albergaban todo: trabajo, amor (o Eros), dominio (o guerra), juego y muerte. El trabajo es aquí entendido como la acción del ser humano por adaptarse al medio, por sobrevivir, por alimentarse. Nuestros instintos no nos ofrecen todo lo que necesitamos para ello, tenemos que esforzarnos un poco más; a ese trabajo nos referimos. Al organizarnos para hacerlo, nos acercamos a otros humanos, formamos comunidades, y a eso se refiere el área del amor. Pero, claro, en una comunidad surgen desencuentros, se necesitan normas y hay grupos de dominio, así como hay dominados. Para ambas partes es necesaria la inventiva, la imaginación, el juego: esa facultad tan humana de poder abandonar el presente para imaginar nuevos futuros, nuevas posibilidades que marquen la acción. Finalmente, enmarcándolo todo, la muerte aparece como generadora o dotadora de sentido. El morir convierte al vivir en algo significativo. La muerte, o saber de ella, nos hace verdaderamente humanos, por finitos, imperfectos.

El trabajo, si aceptamos lo anterior, sería una parte fundamental del ser humano, aunque no la única. Además, ese trabajo al que se hacía referencia parece diferir de lo que uno explica al responder a la pregunta que titula este texto. Como Fenómeno fundamental de la existencia humana, el trabajo es estrategia de supervivencia, acción que nos distingue de los animales no racionales. Es el mantenimiento mismo de la racionalidad en la practicidad del día a día. Es, quizá, el «mundo de la vida» de E. Husserl. Pero todo esto puede también sonarnos a etapas históricas que ya no nos representan. A lo que ocurría en los tiempos de las cavernas y las hogueras. Alguno pensará que hoy, en pleno siglo XXI, ya no es tanto lo que se viene aquí diciendo. Más que garantizar la supervivencia de lo humano en el medio natural, el trabajo garantiza muchas veces una supervivencia cada vez más precaria. 

La pregunta «¿A qué te dedicas?», entonces, no está únicamente vinculada a ese empleo precario o no, vocacional o no, apasionante o no. La hemos vinculado a la propia identidad, como si esas otras cuatro grandes áreas de las que habla Fink estuvieran en algún escalón inferior. Como si para conocer a una persona fuera suficiente con echarle un vistazo a su perfil en LinkedIn. Con lo que nuestro interlocutor nos pueda decir acerca de su trabajo podemos prejuzgar y conocer ciertos aspectos económicos y sociales de una persona, pero no a la persona en sí. Lo que hace cuando no tiene la obligación de cumplir con un horario. A lo que habría dedicado sus esfuerzos si hubiera tenido los recursos suficientes para no tener que trabajar en esa oficina o en aquel supermercado. Lo que sueña o si a veces no puede dormir pensando en cómo es posible que exista algo como la metamorfosis de la mariposa. Limitar nuestra conversación al trabajo de uno, en fin, no ofrece demasiadas posibilidades de debate en nuestro mundo actual. Ofrece las de siempre, nada nuevo. Nada excitante. Piénsalo otra vez en tu próximo evento, quizá es preferible hablar de mariposas.

Imagen | Pixabay

Cite este artículo (APA): López, L. (2023, 16 de diciembre). «¿A qué te dedicas?», esa odiosa pregunta. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2023/12/a-que-te-dedicas
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por Luis López Galán

Colaborador de medios como El vuelo de la lechuza, Espacio 17 Musas o El placer de la lectura, ofrece servicios editoriales y es, en la actualidad, estudiante de Grado de Filosofía. Español residente en Inglaterra, y con las letras como principal pasión, la combinación cultural y literaria de ambos países lo mantiene ocupado cada día, siempre con una principal motivación: continuar aprendiendo.

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