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La etimología como herramienta filosófica y las limitaciones del lenguaje

La tarea del filósofo suele definirse como la búsqueda de la verdad, reduciendo la filosofía a una especie de juego detectivesco y sin normas en el que la única meta parece ser la resolución de enigmas que admiten un sinfín de respuestas. Sin embargo, como todo buen investigador, el estudioso del pensamiento racional ha de contar con una serie de herramientas y reglas que hagan posible el desarrollo de un proceso meticuloso y preciso. Sherlock Holmes nunca habría querido equivocarse al acusar a alguien del más cruel de los crímenes. ¿Por qué iba el filósofo a dejar cabos sueltos si el objetivo al que apunta es diminuto comparado con la inmensa oscuridad del error?

Es necesario partir de una buena fuente de información si no se quiere construir una mentira, pero también se deben respetar las duras exigencias de la lógica si no se quiere caer en el fango de las falacias. El diálogo siempre saca a relucir las flaquezas de cualquier argumentación y la más mínima confusión puede acabar siendo usada para destruir un sistema completo de proposiciones. No resulta sencillo ser claro y conciso cuando se quiere explicar algo complejo, por lo que muchas veces es difícil saber de lo que se habla. Para esto podemos emplear un instrumento verdaderamente útil: la etimología.

Etimología: Disciplina filológica que estudia el origen de las palabras y la evolución de su forma y significado1

No es raro encontrarse con autores reconocidos que utilizan este recurso. Por ejemplo, Byung-Chul Han lo rescata en su obra La desaparición de los rituales para dar cuenta del significado original del término «símbolo», que procede del griego symbolon y representa una «contraseña entre gente hospitalaria».

La cuestión de la procedencia y evolución de las palabras es la desviación natural que ha experimentado la pregunta referida a nuestro propio origen y el del universo. Las mitologías, las religiones y la ciencia han intentado aclarar cómo fue el inicio de los tiempos, pero la incapacidad de revelar el porqué de la existencia nos obliga a continuar con el interrogatorio. Así, tratamos de arrojar luz sobre los instantes fundacionales del lenguaje para aliviar la incertidumbre que genera la falta de certeza.

La filosofía surge como un fármaco para este malestar y el núcleo de la etimología es profundamente filosófico: proviene de la raíz griega étymon, que significa «lo verdadero, lo real». Etimologizar consiste en buscar el étimo, la forma olvidada, primigenia y verdaderamente real de las palabras. Por tanto, mientras la etimología busca la verdad de lo dicho, la filosofía busca la verdad en sí para curar el dolor constitutivo de una existencia sin sentido aparente.

Cicerón, tan presto a proponer palabras nuevas para el latín, propuso llamar veriloquium a la etimología, viendo en los étimos la verdad (veri-) de lo dicho (loquor)2

Al igual que en el proceso aristotélico de la búsqueda del Primer Motor Inmóvil, el etimólogo se remonta hasta el infinito en la cadena de causas para desvelar los antiguos significados y formas de los vocablos. Sin darse cuenta, responde al viejo término griego de la aletheia, compuesto por las raíces α (a = sin) y ληθεια (letheia = ocultar), que obliga a entender la verdad como «des-ocultamiento». ¿Pero pueden las palabras des-ocultar realmente la verdad del mundo? Para solucionar este enigma comentaremos un breve fragmento de la obra aristotélica De interpretatione.

 Así pues, los sonidos emitidos por la voz son símbolos de los estados del alma y las palabras escritas, los símbolos de las palabras emitidas por la voz. Así como la escritura no es la misma para todos los hombres, las palabras habladas tampoco son las mismas, mientras que los estados del alma de los que esas expresiones son inmediatamente los signos son idénticos en todos, como son idénticas las cosas de las cuales dichos estados son imágenes3.

Según el autor, cuando percibimos un objeto por medio de los sentidos, elaboramos una imagen mental del mismo, que es el concepto, también conocido como estado o afección del alma. Por ejemplo, cuando vemos un árbol, antes de darle un nombre, construimos una representación visual de él en la mente, que es a lo que llamamos concepto. A dicha imagen mental le atribuimos una palabra o signo oral, que actúa como símbolo del estado del alma. Así pues, el sonido «árbol» no hace referencia al objeto físico, sino a esa imagen que hemos elaborado y almacenado en la memoria tras percibir la cosa con los sentidos. Además, la palabra es primeramente oral y luego se escribe, por lo que la escritura aparece como símbolo de símbolo.

 La relación entre la cosa y su representación mental es directa y nos referimos a ella como «similitud». La conexión entre el estado del alma y el signo oral sigue siendo directa, pero recibe el nombre de «imposición», en tanto que el concepto no exige un nombre determinado, sino que son los humanos quienes se inventan la palabra para representarlo. El árbol podría haberse llamado de cualquier otra manera, pero el azar quiso que se le acabara imponiendo el signo «árbol». El nexo entre la palabra oral y la escrita también es una imposición porque la voz no exige ser representada mediante ningún tipo concreto de escritura, pero lo más interesante de todo es que la unión entre la palabra y la cosa no es directa, sino mediada por el concepto, y recibe el nombre de «suposición». Por este motivo es necesario recordar que cuando nos comunicamos no hablamos realmente de las cosas del mundo, sino de nuestra idea de las mismas.

Las palabras son el instrumento que empleamos para conocer el universo, pero la verdad que buscamos está en los objetos y no en los símbolos. Defender lo contrario es como afirmar que la verdad es el microscopio (la herramienta, el medio) cuando lo que se quiere entender es lo que se muestra a través de la lente (lo oculto, lo real). Hemos de reconocer las limitaciones de nuestros artilugios si queremos obtener buenos resultados. Los signos solo puedan llevar a nuestro entendimiento hasta un cierto lugar, que está más allá de la percepción, pero que queda aún muy lejos de aquello a lo que llamamos «certeza». Sin embargo, también es necesario reconocer que no es posible alcanzar un conocimiento preciso de las cosas utilizando solo los sentidos y que para comprender necesitamos la palabra tanto como las manos o los ojos.

Concluimos, por tanto, defendiendo que el objetivo de la filosofía es, en última instancia, aliviar la incertidumbre causada por la inquieta curiosidad del ser humano mediante la búsqueda de la verdad. La etimología puede emplearse como herramienta para esta labor al aclarar la verdad de lo dicho, pero nunca deberemos olvidar que la lengua es un medio y no un fin. Las palabras no son el saber, sino el camino que lleva a la sabiduría, y el sabio no es el que sabe hablar, sino el que sabe qué decir, cuándo decirlo, cómo decirlo y a quién decírselo.

Notas

[1] Real Academia Española: Diccionario de la lengua española, 23.ª ed.

[2] Soca, 2021, El origen de las palabras.

[3] Aristóteles, De interpretatione, cap. 1, 16a3-8.

Bibliografía

Han, B. (2020). La desaparición de los rituales: Una topología del presente. Herder Editorial.

Real Academia Española de la Lengua: Diccionario de la lengua española, 23.ª ed., [versión 23.6 en línea]. <https://dle.rae.es> [06/08/2023]

Soca, R. (2021). El origen de las palabras: diccionario etimológico ilustrado.

Imagen | Pexels

Cita este artículo (APA): Gómez, G. (2023, 05 de diciembre). El tatuaje contra Hegel. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2023/12/etimologia-como-herramienta-filosofica
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