Pocas personas han estado presentes en tantas vidas, como lo están los maestros. Aquellos que tienen el valor de enseñar y guiar a cientos de estudiantes que pasan por sus aulas, que se saben partícipes, no solo del proceso de aprendizaje, sino también del proceso de crecimiento personal de tantos y tantos alumnos. Por eso, me imagino que dedicarse a la enseñanza debe intimidar un poco. Porque, si bien es cierto que en todos los trabajos hay responsabilidades, la del maestro es de una índole especial. Es la responsabilidad de hacer de sus alumnos personas, con todos los conocimientos y valores que ello implica. Porque eso es la educación, ayudar al otro a hacerse, a realizarse, a desarrollarse. Tales verbos reflexivos no los empleo por capricho, sino porque considero que reflejan muy bien el resultado que se espera obtener de todo buen aprendizaje: un conocimiento que revierta sobre uno mismo. Por conocimiento no me refiero solo al temario impartido en cada asignatura, sino a las charlas por los pasillos, a los debates y diálogos, a las tutorías, a todo momento que constituya una enseñanza, con independencia de que sea de índole más académica o más cotidiana. Y que ese conocimiento revierta sobre uno mismo no es, sino la capacidad de poder rescatar esas enseñanzas y ponerlas ante uno cada vez que se necesiten.

Raramente, uno sale del colegio, del instituto o de la universidad, idéntico a cómo entró. Físicamente, habrá cambiado algo, pero sobre todo lo habrá hecho intelectual y moralmente. Quieran o no los alumnos, las charlas, anécdotas, amonestaciones y consejos de los maestros acaban dejando posos dentro de cada uno de ellos. Una marca impresa por la fuerza del recuerdo. En la educación no se fabrican productos, no se trata con objetos. Si fuera así, resultaría mucho más fácil. A objetos similares se les pueden tratar idénticamente y se puede predecir fácilmente los efectos de nuestra acción sobre ellos. Uno no duda, por ejemplo, que si lanza un vaso de cristal contra la pared, este se romperá. Pero en la educación las cosas dejan de ser tan predecibles. Lo que tiene frente a sí un maestro en el aula, no son objetos, son seres humanos diversos y con capacidad de decisión. Esto complica mucho la tarea de enseñar, porque tratar con individuos supone tratar con historias y con contextos. Supone asumir la incertidumbre que te espera cada día al llegar a clase (¿lo entenderán si lo explico de esta forma?, ¿se acordarán de lo que dije ayer?). Pero ahí están los maestros, haciéndolo todos los días. Me imagino que poco a poco uno aprende a leer entre líneas o a interpretar las caras de los alumnos y, cuando te quieres dar cuenta, ha surgido ya esa bonita complicidad entre quienes enseñan y quienes aprenden. La ves en las risas, por los chistes malos o por el humor fino, en las anécdotas de la vida de cada cual, en las charlas durante los cambios de clase… De repente, los maestros saben casi tanto de la vida de cada cual como los padres, o incluso más en algunos casos. 

Pero no es solo que los maestros sepan de la vida de cada alumno, es que saben de la vida en general. Precisamente porque es para eso para lo que están preparando a todos esos estudiantes que pasan por sus manos. El colegio, el instituto y la universidad son ese puente entre la vida privada en casa y la vida pública en la calle, entre el individuo y la sociedad. Son como ensayos preparatorios, como una pequeña sociedad en la que aprendemos a convivir y estar con otros, antes de dar el salto a la sociedad que está fuera de las aulas y que es algo menos tierna que los pasillos de la escuela. Ahí, en las aulas, en los pasillos o en los patios, se dibuja el boceto de sociedades venideras y como nadie quiere que la sociedad acabe convertida en una jungla que tenga por bandera el lema “sálvese quien pueda”, los maestros se ven interpelados a guiar lo mejor que puedan a sus estudiantes de cara a su paso a la esfera pública. Por eso nunca se limitan a enseñar, sino que aspiran a educar. Esto les lleva a nunca ser solo maestros, pues en muchas ocasiones les tocará ser también jueces, consejeros, vigilantes o, si me apuras, animadores, que las fiestas del colegio o el instituto no se animan solas. Educar trasciende al simple hecho de dar unos conocimientos y pasa por dar también unos valores, por enseñar a convivir y ser parte de esa convivencia. Por eso he querido hablar de maestros y no de profesores, porque considero que la palabra “profesor” se queda corta. Expresa la noción de alguien que enseña, que imparte conocimientos; pero para poder hablar de quienes educan en el arte de vivir, la idea de maestro me parece más acertada, pues de esta forma recuperamos la imagen del maestro que nos dejaron las escuelas helenísticas (el estoicismo, hedonismo, cinismo…), esto es, como alguien que quiere enseñar a sus alumnos a manejarse en su existencia, a vivir de la mejor forma.

Por su parte, Platón nos deja una visión de la educación como una suerte de guía, ya que, si los alumnos tienen la capacidad de aprender, lo que queda es orientar tal capacidad hacia todo aquello que deben saber. Dicha tarea de orientar tiene mucho de equilibrio, porque hay que tratar de ayudar a quien aprende, pero a su vez también hay que dejarle tomar sus propias decisiones, aunque se equivoque, porque así es como se enseña a decidir. El maestro acompaña, aconseja, siendo así soporte de un alumno que a su vez aprende a tener autonomía y a saber usarla. 

Pero lo que estamos diciendo nos hace ver que cada cual tiene en su alma la facultad de aprender mediante un órgano destinado a este fin; que todo el secreto consiste en llevar este órgano, y con él el alma toda, de la vista se lo nace a la contemplación de lo que es.

(Platón, 1986)

No debe ser fácil ser maestro, por mucho que la gente diga que se vive cómodamente con esa profesión dadas todas las vacaciones que se tienen. Más difícil aún debe ser el conseguir ser un buen maestro. Sin embargo, tengo la suerte de poder decir que he tenido muy buenos maestros. No lo dudo porque si no lo hubieran sido, no sabría hoy todo lo que sé, ni habría aprendido todo aquello que aprendí en tantos ámbitos. Para saber cuán bueno es un maestro, basta tan solo con fijarse en la huella que dejó en quienes aprendieron con él. No me preguntéis cómo hicieron para dejar esa huella, porque no lo sé y puede que ni siquiera lo sepan ellos. Pero, ¿qué más da el cómo? Lo importante es que esa huella tiene un porqué, una razón de ser que le da sentido y que ahora me mueve a escribir estas líneas. 

Bibliografía

Pagni, P. (enero-abril 2013). El cuidado ético de sí y las figuras del maestro en la relación pedagógica: reflexiones a partir del último Foucault. Universidade Estadual Paulista. Facultad de Filosofía y Ciencias. Departamento de Administración y Supervisión Escolar: Revista de Educación, 360, 665-683. https://redined.educacion.gob.es/xmlui/bitstream/handle/11162/97534/re36030.pdf?sequence=1

Platón. (1986). La República. Austral.

Imagen | Unplash

Cita este artículo (APA): Quirós, A. (2023, 15 de diciembre). Oda a los maestros. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2023/12/oda-a-los-maestros
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por Ainara Quirós Castro

Madrileña. Estudiante de primer curso de Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid. Interesada en la interconexión con mis estudios anteriores enfocados a las ciencias (química, biología, física...). Intentando transmitir "mi sorpresa" a través de la filosofía vinculándola con aspectos de nuestro día a día.

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