Artículo publicado originalmente el 08 de enero del 2016 en la versión anterior de Filosofía en la Red. Artículo re-editado y revisado del original. 

Desde épocas inmemorables, la reflexión en cuanto al origen del arte y del sentimiento que este nos da al apreciarlo, se ha venido dando con muchas especulaciones y afirmaciones variadas, pero con pocas conclusiones aceptadas por todos. Desde Platón hasta Kant, la riqueza de la reflexión filosófica ha debatido sobre problemas como: ¿qué es lo bello y lo sublime? ¿Cuál es el origen de la conducta artística? ¿Por qué consideramos algo artístico? ¿Tiene la experiencia estética un lugar aparte de otras experiencias y sensaciones en nuestra mente?

Sin embargo, es hasta finales de los años 8o’s en que, a raíz de los estudios en neurobiología sobre los sentidos (el sistema visual en los primates) se comenzó a considerar el estudio de la actividad cerebral cuando se percibe algo que se considera bello o hermoso. Así surge en 2002 el término “neuroestética” a raíz de las investigaciones del neurocientífico Semir Zeki1, haciendo alusión a la rama de las neurociencias inspirada en los milenarios debates entre artistas, historiadores del arte y filósofos sobre la naturaleza de la belleza, pero con el objetivo de averiguar qué sucede en el cerebro cuando este considera una obra de arte como hermosa, utilizando como base para la especulación la psicología y biología evolutivas.

Esto no significa que el arte y sus problemas puedan reducirse al cerebro (por ejemplo, la neuroestética no nos dice nada sobre qué es una obra de arte, sino por qué consideramos bella o fea una obra de arte), sino todo lo contrario. Buscando entender la experiencia estética con base a los resultados de las neurociencias, se intentan determinar los universales, características compartidas en el arte en diversas culturas, teniendo un origen en el cerebro. Estas mismas investigaciones se hacen en los campos de la religión, la ética, la política y la economía (con resultados variados en cada una).

Los resultados obtenidos hasta ahora2 abren el horizonte de la reflexión hacia puntos inimaginados. Se han encontrado indicios, por ejemplo, de que nuestra capacidad de apreciar lo bello pudo haber sido una adaptación decisiva en la supervivencia de nuestros ancestros en el pasado remoto. Se ha demostrado que nuestra capacidad de apreciación estética es similar a nuestras capacidades para encontrar buenas fuentes de alimento y parejas fértiles y sanas, al relacionar lo “bello” con “lo bueno”, lo “placentero” y/o lo “sano”. Contrario a las intuiciones y anhelos de muchos filósofos, nuestra capacidad de admirar un Rembrandt3 es exactamente la misma para admirar o disfrutar un pastel o una manzana.

Estas conclusiones se derivan de estudiar la belleza tal y como la experimenta cada individuo (pues no existe un estándar para la belleza ni un único grupo de características que la definan). Los experimentos4 muestran que las zonas del cerebro responsables de la sensación de que algo es bello, en cuanto a obras de arte se refiere, son las mismas responsables a la hora de percibir situaciones, objetos o personas deseadas. Estos hechos contrastables han dado sustento a la afirmación de que nuestra capacidad para juzgar algo como bello, feo, grotesco o sublime, es en realidad un producto de la evolución de nuestra especie. En este punto hay dos cosas importantes a destacar:

1) Gracias a las neurociencias ha sido posible investigar estados mentales subjetivos y,

2) la añeja idea cultivada dentro de la tradición filosófica de que el placer y la experiencia estética son diferentes de otras formas de placer y sensaciones (como el placer de comer), en realidad carece de sustento, pues los datos apuntan hacia el lado contrario.

Kant estaba equivocado.

Con los resultados hasta ahora obtenidos5, lo que se busca es poder entender la conducta artística, teniendo esta un origen en nuestro pasado evolutivo. La investigación, por el momento, se ha ido por dos líneas o corrientes principales para responder el origen de la conducta artística: por un lado, podría tratarse de una adaptación que evolucionó como respuesta directa a una o más presiones selectivas en nuestro pasado ancestral, o bien es un producto residual de otras adaptaciones y, por tanto, no es por sí misma útil para la supervivencia6. Estas conclusiones han surgido luego de variadas investigaciones sobre cómo el ser humano percibe los rostros, los estándares de atractivo visual (de la preferencia sexual) y los estudios directos enfocados a responder qué es lo que cada individuo considera artístico o bello.

Hasta aquí, pareciera que la ciencia se ha metido en el terreno del arte y la filosofía. De hecho, muchos artistas y filósofos así lo han pensado efectivamente, llegando a alegar que las neurociencias solo están haciendo un reduccionismo biológico, al estilo en que ya lo habían hecho (según ellos) con otros temas como la religión, la moral y el amor. Los neurocientíficos, dicen sus críticos, o buscan hacer de estas áreas una especialización de la ciencia, dejando de lado las humanidades y los debates milenarios en historia y filosofía, o sencillamente ignoran los debates milenarios en historia y filosofía. Estas críticas simplemente no se sostienen.

La investigación científica en áreas que comúnmente pertenecen al arte, la historia o la filosofía nunca ha sido realizada con el fin de disolver dichas disciplinas, sino que se busca dilucidar con evidencias públicamente verificables y teorías basadas en los hechos cuáles son conocimientos auténticos que reflejan el mundo real dentro de los debates en humanidades. De este modo, ayuda a disolver problemas que no llevan a ninguna parte, ofrecen conocimientos sólidos que responden a incógnitas dejadas abiertas (como las presentadas al principio de este escrito) y con esto dan pie a nuevos problemas de una riqueza filosófica y cultural no pensada antes7.

Otro punto a destacar, tal como concluye8 la divulgadora de la ciencia Verónica Guerrero Mothelet, es que la neuroestética no solo busca ver qué tiene que decirnos el estudio del cerebro sobre el arte y el artista, sino que también es cosa de asombrarse al ver lo que el arte y el artista nos dicen sobre el cerebro y sus enigmas aún por esclarecer.

Un ejemplo de esto último fue la sorpresa que se llevó Steven Brown y su equipo, quienes no solo demostraron que apreciar una obra de arte provoca la misma reacción cerebral que disfrutar un buen platillo o sentirse atraído por un “prospecto” a pareja. Brown9: analizó 93 estudios anteriores realizados mediante imágenes cerebrales sobre la vista, el oído, el olfato y el gusto. El objetivo era determinar qué áreas del cerebro se activaban frente a estímulos de los ya mencionados sentidos. Brown ya sospechaba inicialmente de un área específica, el área orbitofrontal, pero se sorprendió al descubrir que no era la única área activada. La ínsula anterior, que típicamente se asocia con emociones negativas como disgusto y dolor, también era una de las áreas con mayor actividad, lo que los estudiosos interpretaron a partir de las ciencias cognitivas: el procesamiento estético equivale, en el fondo, a evaluar las cosas percibidas ya sea como buenas o malas, según el estado fisiológico individual (otra área que se observó se activaba en los experimentos fue la red límbica general, que gobierna emociones básicas como el amor, la tristeza y el miedo, y controla conductas esenciales para la supervivencia de los mamíferos, como la búsqueda de alimento y el instinto de conservación). Estos hallazgos vendrían a dar apoyo a la idea de que la experiencia estética es un “producto residual” de adaptaciones evolutivas con fines específicos.

Guerrero Mothelet cita a Brown10 para que este punto quede más claro (y didáctico):

Ver un pastel de chocolate puede provocarme emociones estéticas positivas si tengo hambre, pero una sensación de repugnancia si tengo dolor de estómago.

Pero los estudios en neuroestética cada vez van más lejos, al grado que algunos ya hablan de “leyes del arte” que siempre se cumplen, tal como las leyes de la física o las leyes de la genética. Esto quiere decir que existen principios universales que se dan en la conducta estética. Si esto es verdad, los neurocientíficos se encaminan cada vez más hacia una teoría científica de la experiencia artística. Tal como cuenta la divulgadora de la ciencia Glenys Álvarez11, los estudios realizados por V. S. Ramachandran y William Hirstein muestran que es posible distinguir por lo menos 10 universales que ayudan a diferenciar (y apreciar) el arte de aquello que no es artístico, los cuales son:

1) Hipérbole: el arte implica una hipérbole deliberada, exageración, incluso distorsión, con el fin de crear efectos agradables en el cerebro.

2) Agrupación: los seres humanos necesitamos conectar los puntos, descubrir objetos y vencer el camuflaje.

3) Contraste: en muchas ocasiones, los distintos reflejos de luz sobre un fondo nos cuentan una historia. A través de este proceso se enfatiza lo pertinente en una obra y se le resta importancia a otras partes menos relevantes.

4) Aislamiento: aislamos ciertas características de una pintura con el fin de hacerla más simple y descubrir así la historia que intenta contarnos. Desde pequeños, el cerebro se acostumbra a buscar la estrategia más simple, la que gaste menos energía en descubrir la respuesta.

5) Resolución del problema de la percepción: la resolución de problemas es tan placentero como descubrir algo. Por eso nos anclamos en esas imágenes que nos piden interpretar variables distintas para resolver la pintura.

6) Simetría: algunos dicen que en la biología, lo simétrico usualmente evoca salud, mientras que la asimetría puede significar enfermedad. Esta es la razón de por qué respondemos bien a algunas obras de arte simétricas o que estén matemáticamente bien estructuradas. También la forma como rostros simétricos o con interesantes asimetrías causan placer.

7) Aversión a las coincidencias: el uso extremo de coincidencias nos aburre. Esto se debe a que nuestro cerebro prefiere, en muchas ocasiones, escenarios genéricos pero pertinentes y verosímiles. Lo predecible nos gusta, pero solo para otorgar credibilidad.

8) Repetición: las fatigosas repeticiones estériles no son bien vistas en el cerebro. También aburren a las neuronas. Sin embargo, las neuronas muestran su interés si repetimos la belleza, si subrayamos lo artístico y otras variables estéticas que nos causan placer. De esa forma, no nos aburrimos, nos complace la acción.

9) Ritmo y orden: el orden y el ritmo son elementos importantes en la vida humana. Una obra de arte no puede ser puramente caótica y necesita de cierto orden para despertar interés y tocarnos en lo profundo. A veces al desviarse del orden la obra genera fascinación debido a un orden implícito ya establecido.

10) Equilibrio y metáfora: la metáfora no solo funciona a nivel literario, sino también a nivel visual. Símbolos y metáforas evocan placer y encanto.

Aunque no falta el detractor, tanto desde las neurociencias como desde las humanidades, de estos postulados y de la idea general de una teoría del arte, lo cierto es que las investigaciones continúan y no parece que haya un futuro en el que cesen. Aun en pañales, esta disciplina ha aportado a la estética, la filosofía y la historia del arte, y al arte mismo, un conjunto de conocimientos incalculables e inimaginables. Tal vez sea demasiado pronto para tratar de afirmar universales en el quehacer artístico y la experiencia estética, ya no se diga de una teoría del arte. La investigación aún tiene que centrarse también en áreas específicas, como la música, la literatura, el teatro y la escultura, sacando a la luz nuevos conocimientos que enriquezcan la reflexión estética.

La neuroestética es, pues, un ejemplo más de los muchos que demuestran que la unión entre ciencia y humanidades no solo es posible, sino que además es deseable y necesario. Bien podemos afirmar con alto grado de certeza que en el siglo XXI ya no es posible hacer filosofía del arte o estética sin conocimiento científico.

Notas

[1] Semir Zeki. Wikipedia. https://en.wikipedia.org/wiki/Semir_Zeki [inglés].

[2] El artículo se publicó en 2016, se desconoce si a la fecha en que se re-publica (2023) haya habido nuevos resultados en las investigaciones.

[3] Rembrandt. Wikipedia. https://es.wikipedia.org/wiki/Rembrandt

[4] El artículo original carece de referencias y notas, por lo que no podemos redirigir a lo que el autor, en su momento, refería.

[5] Ibídem.

[6] Guerrero, M. (febrero, 2013), La belleza está… en tu cerebro. Revista ¿Cómo ves? #171 – Divulgación de la Ciencia, UNAM. https://www.comoves.unam.mx/numeros/articulo/171/la-belleza-esta-en-tu-cerebro

[7] El material referenciado en el artículo original ya no se encuentra disponible en línea: Neuronas que revelan la belleza y el arte, de Glenys Álvarez.

[8] Guerrero, M. (febrero, 2013), La belleza está… en tu cerebro. Revista ¿Cómo ves? #171 – Divulgación de la Ciencia, UNAM. https://www.comoves.unam.mx/numeros/articulo/171/la-belleza-esta-en-tu-cerebro

[9] Referencia no citada en la publicación original.

[10] Guerrero, M. (febrero, 2013), La belleza está… en tu cerebro. Revista ¿Cómo ves? #171 – Divulgación de la Ciencia, UNAM. https://www.comoves.unam.mx/numeros/articulo/171/la-belleza-esta-en-tu-cerebro

[11] El material referenciado en el artículo original ya no se encuentra disponible en línea: Neuronas que revelan la belleza y el arte, de Glenys Álvarez.

Imagen | Unsplash

Artículo de:

Daniel Galarza Santiago (colaboración):
Lic. en Filosofía (Universidad de Guadalajara), con especialidad en filosofía de la ciencia. Creador de los blogs “El escéptico de Jalisco” y “La pipa de Russell”.

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Artículos publicados en la versión anterior de Filosofía en la Red (previo al 11 de septiembre del 2020). Se publican como parte del proceso de rescate de textos.

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