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Las interpretaciones de la denominada “Escuela de Frankfurt” han estado marcadas por una crítica histórica de Gyorgy Lukacs a Adorno. Lukacs reprochaba a Adorno, representante de la academia izquierdista, su acomodada estancia en el “hotel abismo“. En este lugar, según él, Adorno se deleitaba contemplando la nada, aislado en un entorno de comodidades. Este señalamiento del filósofo húngaro, ampliamente debatido en las últimas décadas, ha ganado relevancia no solo para los académicos sino también para la sociedad de los países industrializados. No obstante, el “hotel abismo” ha perdido su antiguo esplendor y exclusividad, cediendo ante el paso del tiempo. Este avance, indiferente a la influencia humana en la historia de la que tanto nos hemos enorgullecido, ha eclipsado el resplandor que una vez tuvo dicho edificio.

En la actualidad, el hotel siempre cuenta con una habitación disponible. Las personas de nuestro tiempo optan por hospedarse individualmente en este lugar, un espacio donde bajo vigas de madera que crujen, bisagras corroídas y muebles cubiertos de moho, resuenan los antiguos lamentos de quienes en su día fueron huéspedes ilustres. Las ventanas, que antaño se abrían al sublime vacío de un mundo al borde del colapso –un mundo que estaba, quizás está o estará a punto de estallar–, ahora se enfrentan a un paisaje tedioso que no merece ni que levantemos la vista. A pesar de la palpable artificialidad y falsedad de este entorno de papel maché, el hotel abismo sigue atrayendo cada vez más huéspedes, quienes se sumergen en su atmósfera de apatía y se resignan a olvidar las calles de las que vinieron.

Todos somos huéspedes involuntarios en el hotel abismo, un lugar donde inevitablemente transitamos, sujetos a la condición de jamás revelar detalles sobre nuestra estancia. Aquí, es menester afrontar con un estoicismo inquebrantable la carga de presenciar el ocaso del mundo cada amanecer, todo ello desde la soledad de un cuarto que en tiempos remotos fue considerado el tesoro de la humanidad.

Los ancianos del lugar todavía conservan vívidos recuerdos del deslumbrante esplendor de los palacios del ocio, ahora reducidos a meras ruinas. Evocan aquellos tiempos de esperanza y prosperidad, cuando existía la voluntad de emular al de arriba. En contraste, hoy prevalece un nihilismo distintivo, caracterizado por nuestra renuencia a mirar hacia arriba, hacia abajo, o en cualquier dirección que nos obligue a enfrentar la realidad, incluyendo nuestros propios reflejos en el espejo. Esta actitud no se limita ya a la crítica de Lukács hacia los académicos de izquierda, quienes, según él, rehusaban luchar, prefiriendo lamentarse desde su confort. Actualmente, esta postura se ha convertido en una opción generalizada, una elección que, a pesar de las lecciones de la historia sobre sus posibles desenlaces, hemos optado por repetir.

Por un lado, estos dos fenómenos, aunque diferentes, comparten un elemento esencial: la cuestión de los intereses individuales y su manifestación en la sociedad. La tendencia económica reciente refleja una inclinación hacia el crecimiento exponencial, similar a la tendencia social de cada persona. La inercia del método de producción actual se basa en el crecimiento y consumo continuo, un patrón que también se observa en la población, donde cada uno actúa en función de lo que desea proyectar. Los excéntricos de la sociedad, como los artistas liberales y los denominados ‘bohemios’, buscan distinguirse cada vez más. Del mismo modo, los residentes apáticos del ‘hotel abismo’ compiten por habitaciones en pisos superiores, aunque todas las habitaciones sean similares.

A medida que este ‘hotel’ se tambalea, aumenta la tensión entre sus residentes y los ‘outsiders’. La nostalgia por un retorno a la tendencia de crecimiento se intensifica a medida que se complica la situación. En este contexto, encontrar un culpable se vuelve más desafiante, no necesariamente por un avance ético colectivo, sino porque casi no queda nadie que no haya sido previamente señalado.

Ante esta coyuntura tan pesimista, surge la pregunta: ¿es posible construir un nuevo edificio donde quepamos todos? Después de todo, habitamos un mundo extremadamente rico, en contraste con la pobreza de su población.

Esta reflexión me remite a la célebre frase de Marx en su primer gran escrito, característico por su naturaleza inacabada: “la teoría llega a ser fuerza material apenas prende en las masas1. La condición humana, inherente en su esencia, demanda un sistema, un anclaje a un modo de vida que, lamentablemente, parece haberse desvanecido en el tiempo. Esta es la razón por la cual muchos de nosotros buscamos refugio en las ruinas de un pasado idealizado, aunque inexistente, o enfrentamos el abismo de la realidad actual. Surge entonces el rol fundamental de la filosofía: inyectar en las almas y corazones de las personas una nueva teoría que les proporcione sentido, que enriquezca la existencia individual. Nos definimos como Dasein, “ser-ahí”, existiendo en el tiempo que nos está asignado hasta que se marque nuestro inexorable final.

Esta realidad trágica se transforma en una oportunidad para construir algo nuevo cuando uno encuentra un referente. Vivimos en una era distinta a aquella de seguridades y metas estáticas desde la infancia; buscar refugio en los añejos y desgastados andamios del pasado es, a fin de cuentas, solo un amparo temporal.

En este contexto, la función del filósofo es reabrir las puertas del hotel abismo, limpiar las calles que en el pasado eran transitables y contribuir a la edificación de un mundo donde, como decía Hegel, “el ser humano se sienta en su propia casa2”. A pesar de mi desacuerdo con la famosa conclusión de Las tesis sobre Feuerbach de Marx: “Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo3”, creo que como filósofos nos hemos perdido en el análisis de la post-verdad, el lenguaje y otras abstracciones. Nos hemos confinado en una torre de marfil, olvidando que el verdadero propósito de quien ama el conocimiento, y por ende al ser humano y su legado histórico, es facilitar la continuidad de esta producción.

La posibilidad de liberarnos de las ataduras del pasado y otorgar sentido a nuestras vidas, así como de forjar un mundo donde cada uno pueda realizar aquello que le brinda plenitud, depende de que aquellos que han abandonado el mundo para convivir con sabios ya fallecidos regresen a la arena activa de la vida. Es crucial que rechacen el sombrío refugio del ‘hotel abismo’ y comiencen a edificar una realidad tangible, creando hogares cuyas estructuras estén en consonancia con los tiempos actuales. Debemos dejar atrás las formas de un mundo obsoleto, en el que la competencia era la norma social por excelencia debido a su funcionalidad, y donde la realidad se reducía a un simple juego de ajedrez. Recordemos que el ser humano no es homogéneo; cada individuo es único, guiado por la máxima: “De cada cual, según sus capacidades; a cada cual, según sus necesidades4.” Como filósofos, es nuestro deber emprender un proyecto que sistematice esta sabia y acertada frase, construyendo un mundo verdaderamente justo, libre de refugios y falsedades, porque a partir de hoy, estos ya no deberían ser necesarios.

Notas

[1] K. Marx. (1927), Introducción para la crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel. Gedisa Editorial.

[2] F. Hegel. (1807), Fenomenología del espíritu. Abada Editorial.

[3] K. Marx. (1980), Tesis sobre Feuerbach. Progreso editorial

[4] K. Marx (1875), Crítica al Programa de Gotha. Marxists Internet Archive. https://www.marxists.org/espanol/m-e/1870s/gotha/critica-al-programa-de-gotha.htm

Imagen | Unsplash

Cita este artículo (APA): García, M. (2023, 25 de diciembre). Siempre hay una habitación libre en el hotel abismo. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2023/12/una-habitacion-libre-en-el-hotel-abismo

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