El taoísmo y la filosofía nietzscheana. Parte 1 de 2

El estudio que en este trabajo me propongo hacer, analizar al taoísmo desde la filosofía nietzscheana, puede traer consigo distintas consecuencias a la comprensión de los trabajos filosóficos en los que me enfocaré. Estudiar filosofía oriental desde occidente representa siempre un problema, pues implica la comprensión de ideas que se encuentran en muchos casos completamente fuera de nuestra cultura. Creo que estudiarla en función de un filósofo cuyas ideas son más afines a las mías puede traer consigo varias ventajas y algunas desventajas que se deben señalar.

Tomar como referencia el trabajo de un filósofo que ya he estudiado con anterioridad es poner un punto de referencia fijo que me puede servir para esclarecer muchas cosas. Estudiar en qué puntos convergen y dónde difieren ambas filosofías resulta mucho más fácil cuando una de las dos ya fue previamente estudiada. Además, me parece que este tipo de estudio puede ayudar a hacer evidentes los matices de cada una de las filosofías trabajadas. Al colocar juntos dos tonos de rojo o dos notas musicales es mucho más fácil reconocer en qué lugar de la escala se encuentra cada uno.

Sin embargo, hacer un estudio comparativo de dos sistemas filosóficos presupone que hay algunos puntos importantes en común y quizá este sea el primer error: entrar a la investigación presuponiendo qué es lo que se encontrará. De manera similar, creo que cabe proponer la pregunta “¿son válidos y valiosos todos los estudios comparativos?” ¿Cómo saber si resultará provechoso comparar cualesquiera dos filosofías? Por esto me parece que siempre hay que tener en cuenta la posibilidad de que las diferencias sean mucho más claras y relevantes y que las similitudes se limiten a las ideas complementarias.

Finalmente, al estudiar un sistema filosófico en función de otro hay que tener cuidado de no terminar por reducir uno al otro, en cuanto a terminología, fundamentos e implicaciones. Hay que mantener la integridad de cada uno de los sistemas y comprender al estudio comparativo como una herramienta hermenéutica y de análisis y no tanto como un método de producción filosófica.

Una vez discutido el método que se seguirá para este trabajo, y habiendo hecho las advertencias pertinentes, es posible pasar a la discusión del contenido.

Al elegir el tema de este trabajo me pareció interesante analizar los puntos de encuentro, que son, según creo, puntos centrales, entre la filosofía nietzscheana y el taoísmo, que no solo puede ser estudiado como filosofía oriental, sino también como doctrina religiosa.

Nietzsche y el budismo

Nietzsche encuentra en las prácticas ascéticas del budismo, presentes en la obra de Schopenhauer, un problema muy grave. El desapego a la vida es una negación de la vida. Según Nietzsche, “Todos los viejos monstruos de la moral coinciden unánimemente en que il faut tuer les passions [es preciso matar las pasiones]1”. Esto lo escribe pensando sobre todo en el cristianismo, pero es completamente aplicable a las actitudes y prácticas que promueve el budismo.

Si matamos a las pasiones no queda nada, ¿no es acaso la vida una sucesión de pasiones? ¿No es la vida sufrimiento? No querer sufrir no es otra cosa que no querer vivir, el miedo al dolor es el tan inútil como el miedo a la muerte.

Aniquilar las pasiones y apetitos meramente para prevenir su estupidez y las consecuencias desagradables de esta es algo que hoy se nos aparece meramente como una forma aguda de estupidez2.

Las cuatro Verdades Nobles del budismo dictan:

1) La vida es sufrimiento.

2) El sufrimiento proviene del apego.

3) Hay un camino para liberarse del sufrimiento.

4) Ese camino es el buddhadharma.

Nietzsche propone afirmar las primeras dos verdades nobles de Buda y negar las otras dos: el mundo es sufrimiento, pero no hay manera de escapar de él, o más bien, no deberíamos querer escapar de él. Si el sufrimiento es parte esencial de la vida, deberíamos apreciarlo y atesorarlo tanto como el resto de las experiencias.

El principio nietzscheano de amor fati, amar la vida en su totalidad, podría ser leído incluso como lo opuesto al desapego. Es un arraigo total y profundo a la realidad; no solo abrazar el dolor por este periodo de vida, sino una infinidad de veces. Nietzsche nos plantea la siguiente pregunta: ¿Somos capaces de decirle si a la vida, con todo su dolor, decirle si de nuevo, da capo, eternamente?

La respuesta del taoísmo
al sufrimiento

Uno de los principios del taoísmo es ser como el agua3:

El bien supremo es como el agua.
El agua es buena para beneficiar todas las cosas,
y, aun así, no compite con ellas.
Reside en lugares que la gente detesta,
y así es como está tan cerca del Dao.

El taoísmo no pretende desprenderse de la experiencia humana, sino hundirse en ella. El agua representa una forma de arraigo muy específica. El río que baja la montaña se mantiene todo el tiempo pegado a su superficie, envuelve cada roca que se encuentra en su camino, hay momentos en los que incluso se infiltra y avanza por dentro de la montaña, pero nunca se mantiene atado a ella.

El agua representa un arraigo fluido. Es un estar pegado a la tierra que a su vez exige una capacidad de cambiar y reconfigurarse de acuerdo a las condiciones del terreno. Es un arraigo que reconoce la naturaleza cambiante del mundo y que no está cerrado a un solo tipo de experiencia. El taoísmo, en este sentido, reconoce4:

 Aquella prontitud del espíritu, que no deja de dar que pensar, para engañar a otros espíritus y disfrazarse ante ellos, aquella presión y empuje permanentes de un espíritu creador, configurador, transmutador: el espíritu goza aquí de su pluralidad de máscaras y de su astucia, goza también del sentimiento de su seguridad en ello.

Y la considera la mejor actitud para afrontar las adversidades y el cambio.

Ser como el agua es no tener una forma fija, es no aferrarse a una idea, a un sentimiento o a un estado de hechos. Es no arraigarse a nada más que a la realidad en tanto que constante cambio, flujo eterno del momento presente. La forma del agua es la del recipiente que la contiene en ese instante. Es decirle sí a la vida en todas sus formas y bajo sus propios términos. Ser como el agua es practicar el amor fati.

Se puede encontrar la idea de estar abierto al cambio, de ser como el agua, en Más allá del bien y del mal5:

Vivir con una dejadez inmensa y orgullosa; siempre más allá. —Tener y no tener, a voluntad, afectos propios, pros y contras propios, condescender con ellos, por horas; montarnos sobre ellos como sobre caballos, a menudo como sobre asnos:— hay que saber aprovechar, en efecto, tanto su estupidez como su fuego.

Porque la concepción de la realidad como cambio no se refiere únicamente al mundo físico externo, sino a uno mismo y sus ideas, al mundo como representación. Hay una conexión directa entre la manera en la que una persona percibe la realidad y su estado anímico. Es por ello que el principio de ser como el agua se refiere también a la dimensión epistemológica y no solo a la dimensión ética del ser humano. Tener ideas fijas reduce la gama de experiencias a las que está expuesta una persona. Nombrar las cosas y conceptualizarlas es encapsularlas y solidificarlas; es negar su verdadera naturaleza.

Considérese que incluso el hombre de conocimiento, al coaccionar a su espíritu a conocer, en contra de la inclinación del espíritu y también, con bastante frecuencia, en contra de los deseos del corazón, —es decir, al coaccionarle a decir no allí donde él querría decir sí, amar, adorar—, actúa como artista y glorificador de la crueldad; el tomar las cosas de un modo profundo y radical constituye ya una violación, un querer-hacer-daño a la voluntad fundamental del espíritu, la cual quiere ir incesantemente hacia la apariencia y hacia las superficies, —en todo querer— conocer hay ya una gota de crueldad5.

Tanto el taoísmo como la filosofía nietzscheana proponen abrirse a la posibilidad de que el mundo no responde a los conceptos que le hemos impuesto con el lenguaje. Y esta apertura es lo que da paso a la evolución del carácter individual que sugiere Nietzsche en Así habló Zaratustra. Para evolucionar tal vez solo haga falta ser como el agua: tener a la adaptación como el único movimiento, como la única acción posible.

Notas

[1] Nietzsche, F. (2002). El crepúsculo de los ídolos. Alianza Editorial.

[2] Ibídem.

[3] Lao Zi. (1998). Dao De Jing. En The Classic of the Dao. A New Investigation. Beijing: Foreign Languages Press. Nota: Traducción propia de la versión en inglés.

[4] Ibídem.

[5] Nietzsche, F. (2012). Más allá del bien y del mal. Alianza Editorial.

Imagen | Unsplash

Cite este artículo (APA): Budar, C. (2024, 23 de enero). El taoísmo y la filosofía nietzscheana. Parte 1 de 2. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2024/01/el-taoismo-y-la-filosofia-nietzscheana

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