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¿Qué harías si te encontraras una cartera en medio de la calle y vieras que en su interior hay mucho dinero? Nuestra cabeza nos diría que, para actuar bien, deberíamos de entregar la cartera a la policía, confiando en que encuentren a su dueño. Puede frustrarnos incluso más pensar que si alguien en nuestra situación actuase mal y se quedase la cartera con el dinero, sería feliz disfrutando del beneficio económico de esa mala acción. Esta idea nos enfada, puesto que implica vincular el mal con la felicidad, lo que nos parece injusto. Por el contrario, es la persona que actúa bien la que, creemos, debería sentirse feliz. No podemos evitar vincular la acción buena, con merecerse la felicidad, con sentirse bien. 

En el terreno de la ética nos podemos encontrar con decenas de teorías que nos ofrecen unas normas a cumplir para actuar moralmente bien y alcanzar la felicidad. Pero hay un filósofo al que le enfada mucho que alguien le diga a otros lo que deben hacer. Este filósofo es Kant, quien no duda en dar un golpe sobre la mesa para reivindicar la autonomía del ser humano, esto es, su capacidad de poder darse normas a sí mismo, sin necesidad de que otro le tenga qué decir lo que debe hacer.  

Cuando Kant se enfrenta a la pregunta “¿qué debo hacer?”, esto es, a qué deberes debemos atenernos, qué obligaciones tenemos que cumplir, responde mostrando a la razón como juez de nuestra conducta. Para este filósofo, nuestra razón nos exige ciertas condiciones a cumplir en nuestra actuación, nos impone deberes. El hecho de defender que tales exigencias proceden de nuestra razón, las convierte en universales y necesarias —al menos entre todos los seres humanos—. Porque no es lo mismo que alguien exija una determinada conducta según sus propias preferencias y que la razón, común a todos, imponga ciertas exigencias, iguales para cada cual, con independencia del contexto particular de cada persona. Alguien puede llamar a un camarero como si estuviera llamando a un perro para así meterle prisa y que le atienda antes, pero nuestra razón nos hace ver que el camarero es otro ser humano racional, al igual que nosotros y, por tanto, no podemos tratarlo como un medio a nuestro servicio. 

Lo francamente contrario al principio de moralidad es cuando el principio de la felicidad propia se convierte en motivo determinante de la voluntad.

Kant

De esta forma la razón nos impone ciertas condiciones que nuestra conducta ha de cumplir y en caso de que no la haga, estaríamos siendo incoherentes con nosotros mismos, pues desobedeceríamos lo que nuestra propia razón nos manda. El deber moral emana de esas exigencias racionales, las cuales Kant las expresa por medio de la formulación del imperativo categórico, es decir, de un imperativo que se debe de cumplir siempre con independencia de las circunstancias. 

Nuestra razón nos dice:

Obra según una máxima que quieras que se convierta en ley universal.

Kant

Lo cual equivale a decir que lo que uno haga debe poder hacerlo cualquier otra persona, debe poder ser universalizable. ¿Por qué? Porque nuestra razón es universal, nuestra razón nos equipara, nos hace a todos humanos, y por eso mismo no puede permitir que tengamos la cara de permitir para nosotros lo que no le permitiríamos al resto. Si nos encontramos en la calle con una cartera llena de dinero, ¿querríamos que cualquier otra persona que se encuentre en esa situación se quedase con el dinero, incluso pudiéndose dar el caso de que la cartera sea nuestra? Obviamente, no. De manera que, en tanto que no permitiríamos que la acción de quedarse con el dinero fuera una ley universal, no cumple con el deber moral, siendo así una conducta inmoral. En cambio, si quisiéramos que todo aquel que se encontrase con una cartera con dinero la intentara devolver a su dueño, en tanto que algún día puede que su dueño seamos nosotros, por lo que devolverla sería lo correcto. 

No obstante, a Kant no le basta con que devuelvas la cartera para poder afirmar que has cumplido con el deber moral. Para poder decir que hemos obrado moralmente bien tenemos que asegurarnos que devolvemos la cartera no porque nos dé miedo que la policía nos descubra como ladrones del robo, sino porque consideramos que devolverla es lo correcto. Kant no valora las acciones por lo que en ellas se hace, sino por la voluntad que tenía quien las ejecutó, pues una misma acción puede ser llevada a cabo por razones y decisiones distintas. Son eso, los motivos que hay detrás, lo que determinan la moralidad de nuestros actos y si en esas decisiones están presentes o la búsqueda de un beneficio propio o el miedo a un perjuicio; y es entonces cuando la acción se vuelve automáticamente inmoral, porque moral es solo lo que se hace por deber, por cumplir con las exigencias de la razón, y no por nada más. Para Kant hay un abismo infranqueable entre una acción conforme al deber, que es inmoral, como por ejemplo, no matar porque iríamos a la cárcel, y una acción por deber, que es moral, como el hecho de no matar porque no se debe hacer. Resulta con ello que la ética no trata tanto de lo que hacemos efectivamente como de lo que estaríamos dispuestos a hacer según los motivos que nos mueven.

El deber es un concepto que ha de contener significación e influencia auténticamente legisladora sobre nuestras acciones.

Kant

Es esto último, el actuar motivados por el deber moral en sí mismo, lo que tenemos que hacer. Sin embargo, este filósofo nos advierte: unas acciones morales no tienen por qué traducirse en buenas consecuencias; es decir, el actuar por deber no necesariamente nos conducirá a la felicidad, pero, eso sí, nos hará merecedores de tal felicidad, aunque nunca la alcancemos. Kant no quiere que actuemos bien porque busquemos ser felices con ello, quiere que lo hagamos porque es lo que se debe hacer, y punto. Es aquí donde todos nos enfadamos con él, porque nos duele que no haya unión entre el actuar por deber, que incluso a veces es desagradable, y la obtención futura de la felicidad.

¿Qué podemos esperar entonces?

Para resolver esta tensión, la filosofía kantiana recurre a la religión, a una fe racional. Porque es asunto de fe que, ya que el uso moralmente bueno de nuestra libertad no se ve recompensado en el mundo, se vea recompensado en un más allá divino. Pero cuidado, es importante el orden. Primero actuamos por el deber y después, solo más tarde, podemos esperar cierta recompensa. Para Kant la fe no debe determinar nuestra conducta, no debemos actuar bien porque esperamos una recompensa en un más allá, esto lo considera inmoral en tanto que no se hace por deber. La moral kantiana no presupone la religión, pero sí conduce a ella, porque solo quien se ha comportado bien, por el deber moral, sin esperar recompensa alguna, es digno de esperar una recompensa más allá de la vida.

Vemos, pues, como este filósofo nos deja con dos opciones a elegir: o vivimos una felicidad indigna, persiguiendo el interés propio en nuestras acciones, o vivimos una digna infelicidad, actuando moralmente bien y sin garantías de ser felices. 

Por consiguiente, la moral no es propiamente la doctrina de cómo hacernos felices, sino de cómo debemos hacernos dignos de la felicidad.

Kant

Bibliografía

Kant, I. (2003). Crítica de la razón práctica. Losada.

Kant, I. (2002). Fundamentación de la metafísica de las costumbres. Alianza.

Imagen | Unsplash

Cita este artículo (APA): Quirós, A. (2024, 22 de enero). ¿Somos merecedores de la felicidad? Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2024/01/somos-merecedores-de-la-felicidad

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por Ainara Quirós Castro

Madrileña. estudiante de tercer curso de filosofía en la Universidad Complutense de Madrid. Interesada en la interconexión con mis estudios anteriores enfocados a las ciencias (química, biología, física…). Intentando transmitir "mi sorpresa" a través de la filosofía, vinculándola con aspectos de nuestro día a día.

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