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Antes de llevar a cabo un análisis de la concepción del tiempo en el cristianismo, se debe esbozar de cierta manera como entendieron los antiguos griegos y romanos su propio tiempo, para entender la ruptura y cambio que supuso el cristianismo en el pensar clásico. Los griegos entendieron su propio tiempo más allá de la común idea de una temporalidad histórica que se basa en la repetición de hechos y un continuo presente absoluto, algo que usaría siglos después Nietzsche para presentar su Eterno Retorno.

Esta concepción del tiempo se fundamenta en la existencia de dos tiempos: el tiempo de la naturaleza (physis) y el tiempo de los hombres (el tiempo de las polis). Los griegos entendieron las operaciones meramente “artesanales” como operaciones epistemológicas1, es decir, construir una ciudad, arar un campo o incluso talar un árbol, suponían operaciones que separaban lo humano y sus dioses (limitado y finito) de lo natural y los suyos propios (infinito, inmortal e inabarcable), por lo tanto, debían existir el tiempo de la ciudad (chrónos) y el tiempo de la naturaleza (Aión). No obstante, “tanto la physis como la polis responden a una misma ley, la ley de la jerarquía y la repetición2”, esto quiere decir que ambos tiempos no avanzan en una línea continua infinita, sino que, más bien, el tiempo va y regresa al mismo punto de manera repetida como un uróboro que se muerde la cola. Esto ocurre porque ambos tiempos dependen de un mismo principio divino, es decir, de un arché inmóvil y eterno. De este principio, el tiempo procede y retorna una y otra vez.

Sin embargo, aún existe cierta dualidad entre Chrónos y Aión, pero antes de exponerla, ambos tiempos deben ser definidos. Antes de que Platón definiese a Chrónos en su Político, ya lo hizo Homero mucho antes al entender a este tiempo como un “cierto intervalo de tiempo”; dicho de otra forma, lo define como un tiempo determinado, es decir, medible. En última instancia, el termino Chrónos nombra la ilimitada sucesión abstracta de los periodos de tiempos concretos: los días, las horas, los segundos, etc. En contraparte, Aión designa al tiempo como “vida siempre viva”, como la suma no sucesiva de todos los tiempos, en definitiva, la Eternidad que no posee ni principio ni final. En el Aión ocurren todos los tiempos en el instante, es decir, es un tiempo que no consume, sino que se encuentra en acto constante. En resumen, Chrónos queda definido como la infinita sucesión de eventos, mientras que Aión como la infinita simultaneidad.

La relación entre ambos tiempos fue pensada por Platón y nos los presenta como dos dimensiones de lo real, una absoluta e inmóvil y otra relativa y sucesiva. Para Platón, un ferviente pensador de la dualidad jerarquizada, existente entre apariencia (mundo) y esencia (ideas), también existiría cierta jerarquía y genealogía entre los dos tiempos. Para este pensador “aión es el originario y chrónos es el originado, el primero es el modelo y el segundo es la copia3”. Sin embargo, esta afirmación implica la pregunta sobre como se origina el tiempo a partir de la eternidad, debido a que este movimiento no puede darse en el tiempo precisamente porque es el tiempo lo que origina, y tampoco puede darse en la eternidad, puesto que esta es inalterable e inmutable. En resumidas cuentas, esta relación no puede entenderse de manera cronológica, sino que debemos entenderla ontológicamente, es decir, se debe comprender que el tránsito que ocurre de Aión a Chrónos, ocurre por mimesis (imitación). Chrónos depende de Aión porque este primero lo representa y lo reproduce como copia, esto implica que el tiempo de los hombres depende constitutivamente de la eternidad. Antonio Campanillo entiende que la relación entre ambos es una relación de imitación, esto quiere decir que “el tránsito de la eternidad al tiempo es el que hace posible todo tránsito, todo cambio, todo movimiento4”.

Como conclusión a esta parte, podemos afirmar que esta concepción obliga al individuo a vivir en un continuo presente del que solo es espectador. Chrónos consume el mundo y la vida de los hombres, igual que a sus hijos, porque todo lo es para el tiempo que se encuentra continuamente siendo. No obstante, esta concepción del tiempo trae ciertas implicaciones, como que el tiempo clásico pueda ser considerado a-histórico, debido a que su objeto histórico se encuentra en su ser actual, y mirar al pasado sería mirar al futuro constantemente. Es por eso, por lo que el pensamiento cristiano supone una ruptura respecto de esto, porque la concepción del tiempo para los cristianos requiere una historicidad, una historia que se dirige hacia la salvación.

La concepción del tiempo
en el pensamiento cristiano

El concepto de tiempo en el cristianismo bíblico se encuentra estrechamente ligado a otro concepto: el de creación (Bara en hebreo). Tal y como lo entendieron los hebreos, este concepto de creación no implica la finalización de lo creado, es decir, no implica la existencia de un producto final, sino que se entiende al trabajo divino como un continuo de novedades para el ser. Jesús recalcó esto al declarar “Mi padre sigue obrando todavía5”. Este versículo del evangelio de Juan defiende la implicación temporal de una Génesis continua, es decir, la obra de Dios tuvo su comienzo con el tiempo, pero aun este tiempo, no ha sufrido su final.

El tiempo en esta creación continua no debe entenderse como Chrónos, es decir, como una yuxtaposición de instantes, sino que “el tiempo es una invención, una génesis creadora de ser nuevo, que no puede ser representada por una línea6”. Esta metafísica hebrea del tiempo supuso una renovación respecto de la concepción helénica del tiempo, porque se asentó en la concepción de que lo real es producto de un acto de creación continua. La relación existente entre creación y tiempo se basa en la idea de que la creación se ha hecho en el tiempo y, por lo tanto, el tiempo es lo que continúa tras la creación. Sin embargo, existe algo que se encuentra más allá del tiempo, la eternidad, es decir, Dios. La divinidad se encuentra fuera del tiempo y de su propia creación, y que el hombre no se encuentre allí es a causa de la caída o pecado original.

El tiempo se encuentra necesariamente atado al devenir, al movimiento, a la continua transformación de algo no acabado. Es por ello por lo que el cristianismo supone una ruptura respecto del tiempo griego, porque el cosmos griego, por la propia definición de cosmos que implica un orden absoluto, es algo acabado, y aunque se encuentre en un continuo cíclico moverse, se encuentra quieto respecto de su creación. Este tiempo, por la esencia consumista de Chrónos, tiende a su degeneración, a su final consumición. Por otra parte, el tiempo creacional, sigue cierto movimiento evolutivo. Este movimiento en el continuo Génesis tiende hacia la maduración y a la ascensión, a la plenitud. En contraparte al tiempo griego, el tiempo en el cristianismo es bastante optimista, debido a que este tiempo viaja hacia su propia plenitud, hacia la plenitud de los tiempos. Esta plenitud no es otra cosa que un viaje hacia la eternidad divina, donde esta se encuentra cada vez más cerca. El tiempo en el cristianismo se puede representar como una línea ascendente que viaja hacia la plenitud del ser.

Como entendemos nosotros la eternidad, y como ya la entendió san Agustín, es como carencia de tiempo, dicho de otra forma, el cristianismo entiende la temporalidad negativamente, como negación de la eternidad. Esta temporalidad es despreciada por los cristianos, como es despreciado el mundo en tanto cambiante, en aras de la plenitud del ser. El mundo es, sin embargo, no es verdaderamente; es cambiante, perecedero y aparente, por lo tanto, el pensamiento cristiano explica el ser de la temporalidad desde el ser de la eternidad, ambos se encuentran estrechamente ligadas. Este tiempo no es originario, sino que más bien es originado en la eternidad, y en tanto es carencia de eternidad, es también carencia de Dios. Es por eso por lo que el proyecto humano del cristianismo ha sido el abandono del Mundo, el desarraigo respecto de él le ha permitido crear un modelo de vida que se desprende del Mundo en aras del siguiente. Antes y después del tiempo se encuentra la eternidad, y entre ella, se ve el tiempo como una transición purificadora. En definitiva, en tanto que espera, la temporalidad también es esperanza del cumplimiento del proyecto divino. El tiempo radicaría en la posibilidad de un futuro divino, de la eternidad. Es por eso por lo que “la historicidad del hombre sea entendida en el cristianismo como camino hacia Dios7”. En definitiva, en el pensamiento cristiano se ve a la historia como una sucesión de acontecimientos transitorios hacia Dios.

Bienaventurado el que lee, y los que oyen las palabras de esta profecía, y guardan las cosas en ella escritas; porque el tiempo está cerca.

Apocalipsis 1, 3

Notas

[1] Para más: Talar Madera: Naturaleza y límite en el pensamiento griego antiguo de Aida Míguez Barciela.  

[2] Campillo, A. (1991). Aión, Chrónos y Kairós: La concepción del tiempo en la Grecia Clásica. Las otras historias: una reflexión sobre los métodos y los temas de la investigación histórica (pp. 33-70). UNED de Bergara. P. 38.

[3] Ibidem. P. 43.

[4] Ibidem. P. 46.

[5] Juan 5, 17.

[6] García-Junceda, J. A. (1989). Tiempo y utopía en el cristianismo. Anales Del Seminario De Historia De La Filosofía7(7), 11-20. P. 12.

[7] García-Junceda, J. A. La cultura cristiana y San Agustín (1987). Editorial Cincel. P. 25.

Imagen | Dall-E

Cita este artículo (APA): Velada, M. (2024, 23 de febrero). Tiempo y cristianismo. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2024/02/definicion-del-tiempo-en-el-cristianismo

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