En el presente artículo se mostrarán diversos enfoques de pensadores o filósofos, quienes consideraron una significativa conexión entre la melancolía y la acedia (acidia) la cual es una versión latinizada de la palabra griega “ἀκηδία” (a-kédia), es decir, la negación de kêdos (cuidado)1. Por ello es definida originalmente como «descuido» o «falta de cuidado»; también se mencionará el impacto que estas tuvieron en dichos pensadores y como fue evolucionando, por ende, se hará una importante y pequeña línea del tiempo entre diferentes épocas.

Ya hemos oído hablar sobre el amor romántico, el amor idealizado, estructurado, posiblemente una cantidad extensiva de significados y definiciones sobre este, pero ahora daré pie para entrelazar el amor con la melancolía y la acidia. En este caso, este tipo de amor, vendría siendo una de las tantas formas de amar: la parte enferma del amor; un modo en que la persona melancólica sueña y fantasea, pero ¿sobre qué? Sobre el objeto amado, teniendo en cuenta esto, la acidia hace entrada como pecado, un pecado que siempre será desviarse del amor a Dios, del amor perverso —no poder amar—.

En el medievo tenemos varios pensadores que pusieron en práctica dicho amor melancólico, o sintieron ese “pecado de la acidia”; —más adelante mencionaré por qué se consideraba un pecado capital— en este caso nos encontramos a Dante con la Divina comedia el cual menciona esta palabra en el Canto VII, en el que haya unos personajes que están dentro de un pantano, los cuales se hunden lentamente diciendo:

Desde el limo exclamaban: «Triste hicimos el aire dulce que del sol se alegra, llevando dentro acidioso humo: tristes estamos en el negro cieno.» Se atraviesa este himno en su gaznate, y enteras no les salen las palabras2.

Estas sombras están completamente tristes, experimentando el pecado capital de la acidia, como lo mencione anteriormente. Es mejor conocida como pereza, aun así, nunca fue un pecado capital, y dentro de una escala de gravedad en los pecados capitales, está en el medio, justo en los materiales, que son lujuria, gula y avaricia, y de ahí viene la acidia, desencadenando después otro grupo de tres pecados un poco más graves, los cuales son los espirituales: la ira, la envidia y la soberbia.

De todos los casos, el caso de la acidia es el único que peca de otro modo, a diferencia de los otros 6. El pecado tiene que ver con desviarnos del amor a Dios, un amor perverso, y esta diferencia va ligada a “no poder amar”, dicho esto, adjuntaré algunas frases de pensadores del medievo:

La acidia es una tristeza molesta que de tal manera deprime el ánimo del hombre […] la acidia es más conocida de los solitarios […]3

[…] la acidia me atormenta con tal fuerza que me tiene vencido y me tortura durante días y noches enteras, […] puede decirse que es el colmo de la vergüenza, me alimento de lágrimas […]4

[…] cuando estás solo en tu celda, se adueña de ti una cierta inercia, una languidez del espíritu, un tedio del corazón; sientes dentro de ti un pesadísimo fastidio; te pesas a ti mismo y te falta esa suave alegría interior que solías sentir […] Tu alma está desgarrada, lacerada, confusa, sacudida, triste y amarga y no sabes dónde aquietarla. […]. ¡Qué miserable cambio! Ya no eres el que una vez fuiste, sino completamente otra persona5.

Con referencia a lo ya mencionado por Adamus Scotus, y teniendo unas características claves sobre lo que viene siendo la acidia y qué relación va teniendo entre la melancolía y este modo perverso de amar, hay una relación aún más llamativa, que es la “característica del monje”, aquel que está solo en su celda, del intelectual, del solitario, algo que era realmente una preocupación de la vida monástica, y atacaba a ciertas horas en las que el monje estaba desocupado. Se podría decir que hay horarios metafísicos más propensos a la melancolía, trayendo en sí, un estado de acidia más perturbadora. Blaise Pascal, un gran matemático, físico, filósofo, teólogo católico y apologista francés, nos habla sobre esta temporalidad:

Nada es tan insoportable para el hombre que como estar en pleno reposo, sin pasión, sin quehaceres […] surgirán del fondo de su alma, el aburrimiento, la melancolía, […]6

Este vendría siendo el primer problema, que pasa con esa febril actividad que llevamos a cabo, el cual es el problema cuando encontramos un momento de detención. Pero acá la pregunta es: ¿por qué la acidia es un pecado capital?, ¿por qué estar así de tristes, de sentirnos desganados, puede condenarnos al infierno y ser más grave que la lujuria? Para acertar a una respuesta, se tiene que comprender que los pecados capitales están asentados en una estructura de aseología erótica: básicamente en una escala de valores de lo erótico, donde hay que amar primero a Dios por sobre todas las cosas, como se dice comúnmente, y todo desvió grave y definitivo en esa dirección a nuestro amor, va a constituir un pecado; es decir, si amamos demasiado los bienes materiales, sería el pecado de la avaricia; o si amamos mucho la comida, estamos infligiendo el pecado de la gula. Pero la acidia, y como grande diferencia que remarca en esta escala, es que esta pena y condena el hecho de no amar lo suficiente, de no poder dirigirse al objeto de amor, o sea DIOS con las fuerzas necesarias.  

Aquí nos encontramos con el segundo problema que hace relacionar el amor, la melancolía y la acidia: el no amar lo suficiente a Dios genera una implicación de autoerotismo, que siempre será condenado en los pecados capitales (la lujuria y la soberbia) como forma extrema, ya que todo autoerotismo es una negación de Dios como objeto de deseo porque ¿quién te crees tú para amarte antes que a Dios? La acidia sería algo así como un autoerotismo, puesto que hay una posibilidad de satisfacerse en ausencia de un objeto externo. Pero en ese sentido, el acidioso o el melancólico, no necesita de la presencia del objeto (Dios), sino que ha retenido el objeto en sí, lo ha interiorizado y por eso no requiere salir de sí: no desea proyectar su deseo en un objeto exterior. Para concluir con la época del medievo, dejaré una cita que coge Tomás de Aquino de Cassiano, un pensador del siglo V7:

Es por experiencia averiguada que el asalto de la acidia no se evite huyendo, se supera resistiendo.

En todo caso, al culminar las perspectivas y las características tan determinantes de estos pensadores, tomando en cuenta los pecados capitales y la falta de amor por un otro, nos adentraremos en la antigüedad, donde nos vemos expuestos a ver la catereologia que realiza Hipócrates en relación con los 4 humores que menciona8 que existen en nuestro cuerpo: la sangre, la bilis negra, la bilis amarilla y la flema. Cada uno de estos tiene propiedades específicas:

Bilis negra: sustancia vinculada al elemento tierra, cuyas propiedades eran el frío y la sequedad.

Bilis amarilla: humor correspondiente al elemento del fuego.

Sangre: la sustancia vinculada al elemento del aire, cuyas propiedades eran la calidez y la humedad.

Flema: la sustancia relacionada con el agua, cuyas propiedades son el frío y la humedad.

Pero debemos volver a seguir identificando más características de nuestro melancólico, el cual es aquel que tiene exceso de bilis negra en el cuerpo. En este punto de vista fisiológico, por otro lado, la estación del año la cual se asocie es el otoño, y de los 4 elementos se le asigna la tierra, porque su constitución es fría y seca, está casi muerto. Al tener un exceso de bilis negra, la melancolía nos vuelve tristes, fríos, desganados, apagados. Es la patología de falta de patos (pasión); estamos afectados, de no poder ser afectados o tener afecto con el mundo. Es ahí en donde vemos la diferencia con los otros pecados capitales porque, en estos otros, tenemos un afecto desordenado, en donde hay una intensidad a tal objeto, lo cual acá no hay afecto, según las características es lo que parece, no se percibe un exterior.

Aristóteles se pregunta sobre este problema9: “¿por qué los hombres que se han distinguido en la filosofía, en la vida pública, y en las artes, son melancólicos? ¿Y algunos hasta el punto de sufrir los morbos que previenen de la bilis negra?” Pero es que la melancolía no es simplemente una tristeza muy profunda, una depresión muy grave, una desesperación, etc., sino que también está asociada a una inmensa capacidad creativa que tiene que ver con esta divagación de la mente por lo ilícito (fantasear, divagar, profundizar); además Aristóteles afirma10 que hay un desarreglo de lo erótico en el melancólico, lo que lo lleva frecuentemente a la lujuria:

El temperamento de la bilis negra tiene la naturaleza del soplo […], los melancólicos sean depravados, porque también el acto venéreo tiene la naturaleza del soplo. […]

Ya se mencionó esta cuestión de autoerótica, de no depender de objetos externos, esta cuestión de uno reúne todo en sí mismo.

Marsilio Ficino (1433-1499) fue un sacerdote católico, filólogo, médico y filósofo renacentista italiano. Él nos habla11 sobre la naturaleza de la melancolía: “la naturaleza del humor melancólico sigue la cualidad de la tierra, que no se dispersa nunca, como los demás elementos, sino que se concentra más estrictamente en sí misma”; algo similar a lo que dice Cassiano12, que no hay que huir, sino que se apelmaza.

Por consiguiente abordaré la historia de la melancolía como enfermedad, tomando en cuenta la obra de Robert13:

A quienes la abundancia de este humor depravado que es el cólera negro ha perjudicado de tal manera que por ello se vuelven locos y desvarían en las más de las cosas —o en todas— que pertenecen a la elección, voluntad, u otras operaciones manifiestas del entendimiento.

En este artículo se estableció una relación extensa entre la melancolía, la acidia y el amor, teniendo en cuenta las perspectivas y pensamientos de ciertos pensadores, sin dejar a un lado la opinión personal y construcción de estos. Como tal, dejaré ciertas preguntas problematizadoras: ¿qué es lo que ama el melancólico?, ¿qué pasa cuando esos cuerpos externos se van?

Notas

[1] Acedia (religión). Wikipedia, La Enciclopedia Libre. https://es.wikipedia.org/wiki/Acedia_(religi%C3%B3n)

[2] Alliguieri, D. (2012). La Divina Comedia. Canto VII.

[3] Aquino, T. Suma Teológica – II-IIae – Cuestión 35.

[4] Petraca, Secretum, ed. Bufano 1975, II, 13

[5] Liber ex exercitio cellae, ed. Migne, XXIV; PL 153, 841 d – 842 a.

[6] Pascal, Pensamientos, n.º 622, p. 204.

[7] Casiano en el libro X De Institutis monasticis

[8] Hipocrates. Sobre la naturaleza del hombre.

[9] Agamben, 2002, p. 32

[10] Agamben, 2002, p. 37

[11] Eikasía: revista de filosofía, ISSN-e 1885-5679, Núm. 57, 2014, págs. 173-186

[12] Casiano en el libro X De Institutis monasticis

[13] Burton, R. (2015). Anatomía de la melancolía – p.165. Alianza Editorial.

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Cite este artículo: Duque, J. (2024, 09 de febrero). La desdicha melancólica del amor acidioso. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2024/02/la-desdicha-melancolica-del-amor-acidioso

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