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¿Qué implica, para el Sujeto, la noción de Tiempo en Kant?

La filosofía Kantiana caracteriza y define el pensamiento moderno. El filósofo prusiano abre una nueva vía en la reflexión filosófica, donde, el ser humano adquiere una posición central, él mismo se convierte en objeto de estudio. Descartes es denominado el detonante de la Modernidad, precisamente, porque a través de su filosofía, proclama al cogito como primer principio independiente de Dios, de tal manera que ya no hay necesidad de estudiar el pensamiento bajo la sombra de Dios, sino que, tanto el hombre como su pensamiento se desatan de su creador: surge un proceso de secularización. La modernidad se convierte en el momento de <pensar el pensamiento>, y eso es, precisamente, lo que el filósofo Immanuel Kant va a llevar a cabo. En una de sus obras más célebres, “Crítica de la razón pura” se dedica exhaustivamente a sistematizar el conocimiento humano; su propósito es poder desglosar cómo surge la acción de pensar, cómo el hombre puede llegar a conocer el mundo que le rodea y a través de qué mecanismos mentales puede llegar a hacerlo. La noción de tiempo es crucial para poder desentrañar el origen del conocimiento humano, además de, posicionar al hombre en un lugar verdaderamente nuevo en la historia de la humanidad.

Ningún conocimiento precede a la experiencia y todo conocimiento comienza con ella1.

El conocimiento humano comienza con la experiencia, ya que debemos ser partícipes de los objetos sensibles para poder tener un conocimiento claro acerca de ellos. Pero eso no conlleva, tal y como Kant señala, que el conocimiento dependa enteramente de la experiencia, sino que, el mismo está conformado de algo anterior a la experiencia, que hace posible que podamos tener un conocimiento claro de este; por lo tanto, deben existir unos elementos anteriores a cualquier experiencia que hagan posible la misma. Estos elementos aprióricos corresponden con el tiempo y el espacio, por un lado, y las categorías o conceptos por otro, donde los primeros corresponden con la forma de la receptividad, y los segundos corresponden con la forma de la espontaneidad, de tal manera que, a través del tiempo y del espacio, podemos ser afectados por los objetos mientras que, a través de los conceptos, podemos pensar los objetos por los que somos afectados.

Todos estos elementos anteriores a toda experiencia son denominados por Kant, como elementos a priori, en contraposición con a posteriori, que quiere decir en o posterior a la experiencia. El tiempo, por lo tanto, es un elemento que sucede a priori, el cual es concebido como una de las condiciones de posibilidad del conocimiento, de tal manera que la concepción del tiempo se vuelve un elemento intrínseco, sin el que el ser humano no puede conocer el mundo. El espacio, al igual que el tiempo, es una condición de posibilidad para todo conocimiento posible, pero lo dejaré al margen, excepto cuando sea estrictamente necesario nombrarlo, haciéndome solo cargo de la noción de tiempo.

El tiempo no es un concepto empírico que procede de la experiencia, sino muy al contrario, necesitamos el concepto de tiempo para poder representarnos cualquier experiencia posible, por tanto, podemos eliminar las representaciones del tiempo, pero nunca eliminar el tiempo mismo:

Solo en él es posible la realidad de los fenómenos2.

Algo muy importante para poder entender el calibre de la noción de tiempo kantiana es denominar al tiempo no como un concepto apriórico, sino como intuición pura a priori, muy al contrario de como Kant denomina a las categorías, también estas anteriores a cualquier experiencia. Una intuición es lo inmediato, es lo dado inmediatamente; los objetos son dados de manera inmediata a través del tiempo, es decir, la manera en que los objetos nos son dados a través del tiempo es completamente pasiva, muy al contrario de lo que sucede con las categorías, que presentan una actividad, la del pensar, mientras que somos afectados por los objetos a través de la forma de la receptividad, que es precisamente la forma del tiempo; por ello, es una intuición a priori, porque el carácter tanto del tiempo como del espacio son completamente pasivos. Sin embargo, hay una diferencia crucial entre estas dos intuiciones aprióricas, a saber: el espacio es definido como la forma de la exterioridad, ya que todo lo que capta el espacio aparece como exterior al sujeto que lo capta, a pesar de ser una condición de posibilidad del sujeto, este constituye la forma de la exterioridad, mientras que, muy al contrario, el tiempo constituye la de la interioridad, y esto es lo que hace al tiempo kantiano verdaderamente especial, el sentido interno que presenta el tiempo, precisamente porque a través del tiempo podemos intuirnos a nosotros mismos y a nuestro estado interno de alguna manera a través del tiempo podemos ser conscientes de nosotros mismos.

Debido precisamente al hecho de que esta intuición no nos ofrece figura alguna, intentamos enjugar tal déficit por medio de analogías y nos representamos la secuencia temporal acudiendo a una línea que progresa hasta el infinito, una línea en la que la multiplicidad forma una serie unidimensional3.

El tiempo mismo ya no será subordinado al movimiento, sino que todo lo demás será subordinado al tiempo mismo al convertirse este en línea recta infinita. Aunque el tiempo no es exactamente como una línea, precisamente porque las partes de una línea son simultáneas, mientras que las del tiempo son siempre sucesivas.

Los objetos que nos son dados a través del tiempo son denominados por Kant como fenómenos. La noción de fenómeno es esencial en lo que respecta al carácter tanto del tiempo. Toda la filosofía clásica, a partir de Platón, se desarrolla en el marco dualista de las apariencias sensibles y las esencias inteligibles, de tal manera que todas las representaciones del sujeto eran apariencias en contraposición con las esencias, que eran las cosas verdaderamente reales. Así, esta pareja de disyuntiva implica un cierto estatuto en el sujeto, haciéndole cargo de la deformación de su capacidad subjetiva, porque si solo puede hacerse cargo de las apariencias de la cosa, y no de las cosas en sí, es claro que presenta una deficiencia que no tiene nada que ver con la cosa, sino con el sujeto mismo.

En la pareja disyuntiva apariencia/esencia, el sujeto está condenado inmediatamente a captar apariencias en virtud de una fragilidad que le es consustancial4.

Sin embargo, sucede algo muy radical a través de esta noción tan innovadora. Fenómeno ya no es definido como apariencia sino como aparición, de tal manera que lo que se me aparece no se opone en nada a esencia, sino todo lo contrario, precisamente porque aparición remite a las condiciones de lo que aparece, por lo tanto, surge la pareja aparición/condiciones de la aparición. Esto supone un cambio radical en lo que respecta a la posición del sujeto, porque él ya no debe de hacerse cargo de la imposibilidad de ser partícipe de las cosas en sí mismas, sino que el sujeto se vuelve constituyente de las representaciones, es decir, el propio sujeto es quien constituye las condiciones mismas de la aparición, siendo así posible percibir el mundo exterior.  Por lo tanto, el sujeto se libera de la condena intrínseca que se le implanta a su naturaleza misma como ser imperfecto, y se convierte en el constituyente de las condiciones mismas del aparecer, y así, el fenómeno es lo que podemos ver solo a través del tiempo y del espacio.

A partir de Platón, el hombre ha sido siempre subordinado a un segundo plano, siempre ha sido subordinado a algo superior a él. En la filosofía clásica, Platón proclama a las esencias como lo real en sí mismo, mientras que el hombre queda subordinado al plano de la apariencia. En la filosofía medieval, el hombre queda subordinado a Dios, siendo así Dios un ser supremo y perfecto, y el hombre siendo criatura de Dios y, por lo tanto, él mismo imperfecto. De tal manera que antes de la modernidad había siempre algo mucho más importante que el hombre, ya que este era relegado a un segundo plano. Sin embargo, a partir de Descartes, el pensamiento comienza a pensarse, pero no como subordinado a nadie ni a nada, sino completamente independizado de todo a lo que estaba subordinado, completamente secularizado —aunque con Descartes esta secularización surja solo de manera expositiva, es claro que comienza el principio de algo nuevo y revolucionario—.

Empieza a pensarse el conocimiento humano por sí mismo, tal y como sucede en la filosofía kantiana, donde el conocimiento comienza a desglosarse para comprender el mecanismo del pensamiento, descubriendo que existen unas herramientas previas, intrínsecas al hombre, como el tiempo, y así:

El conocimiento solamente será de los fenómenos en cuanto que aparecen en la conciencia modeladas por las dos formas subjetivas, no de objetos en sí5.

La investigación del conocimiento humano no se realiza desde la imparcialidad, sino que “dando por supuesta la existencia de tales formas y principios aprióricos que determinan todo el conocimiento6” surge un sistema subjetivista e idealista por medio del cual se proclama la naturaleza del conocimiento. De esta manera y para finalizar, el tiempo como noción en Kant supone, esto mismo, la conformación del conocimiento a través de un sistema subjetivista, transformando al sujeto, así como constituyente del conocimiento mismo.

Notas

[1] Kant, I. Crítica de la razón pura. (1997), Los clásicos Alfaguara.

[2] Ibídem.

[3] Ibidem.

[4] Deleuze, G. Kant y el tiempo (2008). Cactus.

[5] Urdánoz, T. Historia de la filosofía. Siglo XIX: Kant, idealismo y espiritualismo (2009). Biblioteca de autores cristianos.

[6] Ibidem.

Imagen | Dall-E

Cite este artículo (APA): Palero, A. (2024, 05 de febrero). ¿Qué implica, para el Sujeto, la noción de Tiempo en Kant? Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2024/02/la-nocion-de-tiempo-en-kant

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por Athenea Palero

De Parla, Madrid. Estudiante de filosofía en la Universidad Complutense de Madrid. Algún día le encantaría poder mostrar y enseñar su amor por la filosofía a través de la enseñanza.

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