Escrito sobre la locura contemporánea, libertad y mindfulness

La sociedad actual tiene como uno de los pilares de su industria cultural el llamado “mindfulness”. Es curioso pensar en cómo cada uno de nosotros está constantemente sometido a una presión para lo que podría traducirse al español como “ser conscientes” —técnicamente, su traducción sería “plenitud mental“. Este intrigante término, que ha sido introducido de diversas maneras en nuestro vocabulario, me hace recordar las sabias palabras de Chesterton en su obra “Ortodoxia“. Chesterton fue un hombre que identificó el origen de muchas de las patologías que hoy son más que evidentes y alarmantes.

Chesterton en el comienzo de su libro expone tajantemente que: “creer en sí mismo es una de las señales más claras de estar perturbado […] la completa confianza en sí mismo no solo es un pecado, sino un trastorno1”. La locura sistémica a la que ha llegado la sociedad, que debería estar guiada por los principios de la razón, ha llegado a un punto en el que algunos individuos basan su existencia en una de las mentiras más peligrosas que se pueden afirmar: la creencia de que cada uno es el capitán absoluto de su propio destino. La escasa universalidad inherente a cada consciencia, que se presenta tan compacta y hermética como una mónada, solo encuentra su justificación en cacofonías disonantes. Estas, entre destellos de luces multicolores y presentaciones de PowerPoint, nos persuaden de la necesidad de arriesgarlo todo para alcanzar el éxito (pues, indudablemente, se espera que todos alcancemos el éxito), pese a habitar en un mundo que, asemejándose a los casinos, se halla perpetuamente manipulado.

Este fenómeno se manifiesta en un ejemplo palpable: la falta de empatía hacia los demás. Todos hemos observado a alguien comportarse como si fuera el dueño del mundo, desconsiderado y ensimismado, sin embargo, somos incapaces de reconocer nuestras propias faltas. ¿A qué se debe esta ceguera? Chesterton sostiene que la locura no proviene de la imaginación. Al contrario, argumenta que:

[…] la imaginación no conduce a la locura; de hecho, si hay algo que previene la locura, es la imaginación. Los poetas no enloquecen; los jugadores de ajedrez, sí2.

En un mundo donde la poesía y el mito han sido relegados, prevalece un racionalismo extremo y un solipsismo centrado en el “yo“. La pérdida de nuestra habilidad para conectarnos a través de la creación de un universo compartido nos conduce a seguir las enseñanzas de aquellos que proclaman haber saltado exitosamente hacia el abismo de la realidad y triunfado, sugiriendo que el secreto para salvarse —o encontrar la felicidad en este mundo— depende exclusivamente de arriesgarse a dar el salto, insistiendo en que el poder de redimirse reside en uno mismo.

Nos invitan a la calma, a sumergirnos en el profundo mar de incertidumbres, proponiendo que el desasosiego reside en nuestra mente y que, explorando este vasto océano de adversidades, descubriremos nuestras innatas capacidades. Nos aconsejan cerrar los ojos y adentrarnos en nuestro ser, insinuando que soy yo la raíz del problema y, simultáneamente, el portador de la solución, alojada en mi propia razón. Resulta evidente que estos hombres de traje no han profundizado en las obras de Chesterton. Aunque uno tiene la libertad de creer, de introspección, nos recuerda que “no somos libres para alimentarnos, beber, dormir, caminar o disfrutar de un cigarro3.” La cita subraya la limitación de nuestra libertad en lo cotidiano, contrastando con el ideal de autodescubrimiento y automejora promovido por ellos.

El mindfulness y diversas técnicas de autoconciencia promueven, inadvertidamente, una problemática contemporánea en nuestra sociedad: la noción de que una libertad de pensamiento sin restricciones también nos otorga la licencia para autodestruirnos. Esta misma confianza en el juicio personal se manifiesta en aquel individuo que, tras reiteradas solicitudes de dinero a sus amigos con promesas de devolución, termina por alejarlos. Nos aferramos a la creencia de que nuestra perspectiva es la correcta, convencidos de la infalibilidad de nuestro juicio. Al fin y al cabo, si no confiáramos en nuestras propias decisiones, ¿cómo podríamos siquiera considerarlas? Sin embargo, este autoconvencimiento resulta ser, en última instancia, irrelevante.

Luchar contra la realidad no equivale a tener la razón, sino a forjar un mito para su materialización, un mito colectivo de un universo transformado. Hemos abandonado la intuición, evitando así el esfuerzo de cuestionar el mundo; resulta más sencillo dudar de uno mismo en un entorno donde se espera que estemos agradecidos por las oportunidades que nos han llevado a nuestra situación actual, pero a su vez, cargar con el peso de nuestros fracasos. En este escenario, no somos más que proyectos inconclusos, cuando, en realidad, lo que ha fracasado es la esencia misma de nuestro entorno.

En una sociedad donde la adoración por la libertad se convierte en un credo universal, proclamado por todos los partidos políticos y defendido como el ideal supremo —un mundo en el que cada individuo goza de total libertad—, paradójicamente, se encuentra restringido el verdadero ejercicio de la voluntad. Aquellos que discuten la libertad en términos abstractos y superficiales tienden a creer que su voluntad puede extenderse sin límites, ignorando que, en realidad, todo ejercicio de libertad y voluntad está sujeto a la imperiosa necesidad de autoimponerse restricciones. La mentalidad que se promueve en la actualidad desafía la lógica elemental según la cual, al tomar una decisión, inevitablemente renunciamos a las alternativas. Esta reflexión revela la problemática esencia de nuestra existencia, arrastrándonos hacia un estado perpetuo de locura e insatisfacción, una condición que los modernos teólogos de la felicidad intentan infructuosamente remediar.

En aquel instante en que nos encontramos incapacitados para ejercer un juicio crítico, al ser convencidos de que los obstáculos residen dentro de nosotros mismos, y cuando la resignación se infiltra en nuestro ser ante un mundo que parece ofrecernos todo, solo para exigirnos renuncias constantes, es entonces cuando, de manera inconsciente, optamos por desvincularnos de la realidad. Nos sumergimos en la fantasía que nos es servida cotidianamente, intentando navegar simultáneamente en dos corrientes contradictorias.

Para transformar la realidad, es imprescindible primero aceptarla en su totalidad, explorar sus confines y, al alcanzar ese límite, estar dispuestos a desmantelarla si se considera necesario. Por ende, sin antes haber establecido las condiciones que permitan percibir la realidad material en su verdadera esencia, no lograremos recuperar el espacio usurpado a la conciencia crítica por las modernas “éticas empresariales“.

Chesterton, sin proponérselo, reveló que el verdadero loco no es el poeta que narra mitos o se detiene a contemplar lo que otros ignoran; el loco es aquel que intenta encapsular el mundo en su mente, pretendiendo reconstruirlo bajo una ilusión de voluntad sin límites. Este fenómeno, hoy más que nunca, se manifiesta de manera generalizada y su superación exige el desarrollo de un pensamiento crítico que desafíe las percepciones impuestas y la realidad en la que estamos inmersos. Solo a través de este proceso podríamos aspirar a erigir una moral colectiva genuina, que trascienda la autorecriminación y la culpabilización del otro por desdichas originadas en esferas mucho más amplias.

Notas

[1] Chesterton, K. (2023) Ortodoxia. Ediciones RIALP.

[2] Ibídem.

[3] Ibídem.

Imagen | Copilot

Cita este artículo (APA): García, M. (2024, 18 de febrero). Escrito sobre la locura contemporánea, libertad y mindfulness. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2024/02/reflexion-mindfulness

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