Un análisis del bien común como camino hacia una ética de la unificación

En lo que respecta a la ambigüedad e indeterminación del concepto de “bien común” no existe, a mi parecer, definición con tal grado de exactitud que clarifique exactamente lo que es este término. Tradicionalmente, este concepto es encontrado en pensadores de la antigüedad clásica griega y posterior, como pueden llegar a ser Platón, Aristóteles y santo Tomás.

En la actualidad sigue, meramente, utilizándose en el ámbito de la política. El claro ejemplo de ello se da en José O. Bordón, el cual, en su escrito, llega a definir a la política precisamente como el adecuado uso de poder para el logro del bien común en toda sociedad.

Incluso en grandes debates, entre ellos el “Consejo de Relaciones Internacionales1” de Montreal, no se han podido, con exactitud, dar definiciones exactas y aclaratorias frente a la enorme ambigüedad del término. No obstante, en el mismo coloquio, varios participantes seguían preguntándose por la definición exacta del bien común. Por tanto, ¿es imposible obtener con exactitud lo que implica realmente el bien común?, ¿cabe la posibilidad de obtener una respuesta global en torno a este término?

Matthias Kettner afirma que2, basándonos en la normatividad racional, se hace posible realizar una lista de males que todo ser humano pretende evitar. Ejemplo de ello podría ser: no perder la vida o nuestra libertad. Idear, por el contrario, una lista de bienes a los que todos aspiran es, como hemos podido apreciar con anterioridad, mucho más difícil, ya que resultaría del todo irracional no evitar uno de los males de esta supuesta lista sin tener una sólida razón para no hacerlo. No obstante, realizar una lista de bienes a la que todo el mundo aspire es de lo más complejo e ilusorio. ¿Acaso alguien tendría las competencias suficientes para desarrollar esa lista y fijar el concepto de bien común?

Un segundo aspecto a tratar es el de la posibilidad de que este concepto sea algo altamente instrumentalizado ideológicamente. Para ilustrar el alcance de esta instrumentalización pondré el ejemplo del nacionalismo. Para este movimiento la concepción política del bien común es adquirida mediante el orden, la autoridad y la unidad de la nación. El bien común es inamovible, y el fin de la nación es perseguirlo. Para ello, debe de prevalecer la unidad en la nación, lo que le haría oponerse a todo tipo de cosmopolitismo o internacionalismo político, ya que tanto uno como otro serían claros ejemplos de la disolución de la nación y unidad.

Es por ello que, dadas este tipo de interpretaciones y las consecuencias surgidas tras ellas, el concepto de bien común requiere ser analizado con más detenimiento, puesto que puede llegar a ser utilizado no solo como excusa para la buena vida, sino también como fundamento ideológico para la propagación de intereses personales y sistemas de dominación y sometimiento.

¿Una solución al conflicto
sobre el bien común?

Basándonos en la teoría propuesta por Millán-Puentes3, el bien común se observa junto a su vinculación con el bien particular. De los conflictos surgidos sobre la concepción del primero, este autor nos ofrece la posibilidad de llevar a cabo una armoniosa simbiosis entre ambos. Considero, pues, que el acercamiento a su teoría podría, en gran medida, posibilitar una solución al conflicto dado en torno a este propio concepto, para poder así, posteriormente, poder desarrollar una solución pragmática frente al mismo.

La afirmación acerca del bien común contribuye tanto a un logro con más plenitud como a un logro hacia la perfección. Solo sería factible hablar de él dentro del contexto de una determinada concepción teleológica y ontológica del ser, y bajo la presencia de la subjetividad humana. Una de las propiedades que se destaca como parte del bien común es la no exclusión del bien particular. Una sociedad que se precie de respetar la cohesión y lo común no puede dejar de lado las prioridades individuales de cada persona. La respectiva participación de cada uno de los ciudadanos en el bien común implica, a su vez, un bien particular. El todo no debe, pues, excluir a la parte.

Una segunda propiedad que haría del bien común y de la sociedad que lo fortifica algo sólido sería, en relación con la anterior, no solo la no exclusión del bien particular, sino la exigencia de que cada ciudadano tuviese el suyo propio. Si por la mera existencia del bien común tuviese que quedar aniquilado todo bien particular, no sería un bien común, sino, por el contrario, un mal común. Si lo bueno para todos es que cada uno pueda disponer de un bien privado, debe ser incluido como parte del bien común, ya que el particular es, al fin y al cabo, un bien individual, pero para todos.

La tercera propiedad, aunque a primera vista pudiese dar la impresión de que entra en contradicción con las dos anteriores, estribaría en favor de la idea de que el bien común prevalece sobre los bienes particulares. En efecto, los bienes particulares pasan a tener una total compatibilidad con el bien común. Sin embargo, esta idea pasa, a su misma vez, por la condición de que este último obtenga una cierta superioridad y primacía sobre los bienes particulares.

Esa afirmación podría reducirse a una lógica muy sencilla. Nuestro objetivo como sociedad solidaria, edificada bajo ese todo, estriba en que cada parte de ese mismo todo pueda desarrollarse en condiciones de libertad y seguridad. Por ello, se hace esencial proporcionar a cada parte la oportunidad de aspirar a un bien particular. Sin embargo, la preservación de ese bien particular debe estar regida por algo más grande y extenso, que posibilite, precisamente, la preservación (valga la redundancia) de su propia existencia.

Por ello, para nuestro autor, quien no vive en aprecio al bien común, se contradice en la defensa de sus intereses personales, y se niega a sí mismo la posibilidad de desarrollar con eficiencia su bien particular. La ausencia de alianza con el mismo implicaría una negación y una total oposición a los derechos que, con base en la participación de ese bien, tendrían el resto de miembros que conformasen la sociedad.

La sociedad que apuesta por la primacía del bien común, pero a su vez por el respeto del bien particular, no solo extiende su voluntad hacia la dignidad de la persona, sino que ofrece una manera más justa y solidaria de comportarse y de respetar a las propias personas que conforman ese todo. No obstante, este autor nos recuerda que debemos considerar que la primacía del bien común no es del todo absoluta y omnipotente, ya que en ocasiones un determinado bien particular puede llegar a ser mejor y superior que uno común.

Por consiguiente, esto nos lleva a pensar que la primacía del bien común en comparación con la del bien particular, en el caso de que ambos sean del mismo género, no va, pues, en contra de la propia dignidad de la persona. Su superioridad no atenta contra ella. Tanto el bien común como la dignidad del ciudadano son en su totalidad compatibles el uno con el otro. Es más, no es que únicamente sean compatibles, sino que se exigen entre sí.

Se exigen porque la dignidad humana, aparte de ser un bien particular en sí mismo, pasa igualmente a ser algo común. La conformación de toda sociedad que pretende mantenerse y fortalecerse basándose en la unión y al vínculo entre todos sus ciudadanos, requiere de la presencia de una seguridad que haga a esos mismos ciudadanos el querer desarrollarse basándonos en esa unión. Esa seguridad estriba, entre otras cosas, en mantener innata su dignidad, aquello que nos hace realmente personas, aquello por lo que el respeto mutuo se hace posible. Por ello, la preservación de lo común implica hacer parte de ella la lucha por una dignidad también común. Una dignidad que no solo se desarrolle en torno a la mera individualidad de la persona, sino una dignidad que cuide por la individualidad de todos como una sola, como un todo.

Conclusiones finales

A mi parecer, la edificación del bien común es una tarea compleja y tediosa, pero a la vez, posible. La lucha por ella requiere de grandes esfuerzos que deben ir encaminados en transformar diversos discursos sociales y políticos. Para ello, será necesario contribuir a la construcción de nuevas formas de convivencia, las cuales comprendan el bienestar y el desarrollo económico.

Para ello, será de urgente necesidad el pensar sobre el bien común, el repensarlo dentro de los marcos de una ética pública. Estos desafíos entrarían en relación con el cuestionamiento de la imparable extensión de la racionalidad científica, tecnológica y técnica. Esta nueva ética pondría su mayor hincapié en el análisis de sucesos tan urgentes como el debilitamiento de las instituciones, el aumento de ideologías que coartan el campo de visión de la persona, etc. Requerimos, pues, de la edificación de una ética pública que no centre su visión en diversos intereses estratégicos, ni en un exacerbado individualismo.

Notas

[1] Council on Foreign Relations. Wikipedia, La Enciclopedia Libre. https://es.wikipedia.org/wiki/Council_on_Foreign_Relations

[2] Kettner, M. (2004), La crítica total a la razón. Diálogo con Matthias Kettner.

[3] Millán, A. (1995). El valor de la libertad. RIALP

Bibliografía

Aristóteles. (1998). Política. Biblioteca Clásica Gredos.

Espósito, R. (2009). Comunidad, inmunidad y biopolítica. Barcelona: Herder.

Garcés, M. (2017). Nueva ilustración radical. Barcelona: Anagrama.

Millán Puelles, A. (1967). Persona humana y justicia social. RIALP.

Millán Puelles, A. (1996). Ética y realismo. RIALP.

Imagen | Dall-E

Cita este artículo (APA): Ruiz, J. (2024, 26 de febrero). Un análisis del bien común como camino hacia una ética de la unificación. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2024/02/un-analisis-del-bien-comun

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