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El alma presenta una naturaleza divina. Ella misma es inmortal, porque es el principio de movimiento del cuerpo, mientras que este último, al ser movido por el alma, es mortal, ya que cuando deja de ser movido, deja de vivir. El alma se mueve a sí misma y nunca deja de moverse, ella es eterna y es, necesariamente, la fuente y origen del movimiento. De tal manera que, el alma es ingénita, es el principio de todo lo que se origina, sin proceder ella de ningún principio, ya que, lo que es movido procede de lo que lo mueve, tal y como le sucede al cuerpo, pero lo que mueve no puede proceder de nada, sino que no sería principio original, y por ello mismo, es imperecedero, porque necesariamente todo debe proceder del alma, así que “es principio del movimiento lo que se mueve a sí mismo1”. Todo cuerpo al que le viene de fuera el movimiento es inanimado, mientras que al que le viene de dentro, tal y como sucede con el alma, es animado. Ella, perfecta y alada, permanece en las alturas y gobierna el Cosmos. La naturaleza del ala de las almas es levantar lo pesado hacia arriba. De todo lo que está compuesto el cuerpo, el alma es lo único que tiene una relación estrecha con lo divino.

Las Ideas de lo bello, lo bueno, lo sabio y otras tantas cosas son origen de lo divino, y precisamente el alma se alimenta y crece de estas, mientras que, con lo torpe y malo, se consume. Las almas son guiadas por Zeus y los dioses —colocados en números de doce—, hacia la cima del mismo cielo, y una vez consiguen alzarse sobre la espalda del cielo, se las lleva el movimiento circular de órbita, y contemplan eso mismo que está al otro lado del cielo, a saber, la Verdad, donde el alma misma encuentra su alimento y bienestar, y una vez contemplado el ser mismo, regresa de vuelta al interior del cielo. El alma es representada como un carro alado en el que hay dos caballos alados, uno a cada lado, llevados por un auriga, de tal manera que, el auriga es quien debe domar a los caballos para poder ser partícipe de la Verdad. Sin embargo, no todas consiguen ser partícipes del ser, sino que deben irse sin haber podido contemplarlo y deben resignarse únicamente a la opinión como alimento. El alma, que por un error azaroso no ha podido ser partícipe de la Verdad, nunca puede tomar una figura humana, ya que el hombre, siendo partícipe del mundo sensible, debe poder reconocer las Ideas a través de las múltiples sensaciones que se concentran en el pensamiento. Esto es, precisamente, la reminiscencia de lo que nuestra alma contempló en otro tiempo cuando iba, junto con la divinidad, a la cima del cielo para contemplar el ser verdadero. La mente del filósofo es alada, porque en su memoria reside la verdad, y por ello sabe reconocerla cuando la tiene delante. Por eso mismo, el hombre que haga un uso adecuado de su memoria, tal y como el filósofo hace, será perfecto, volcado completamente a lo divino. Él mismo será tachado por la gente como loco o perturbado, cuando en realidad estará entusiasmado, es decir, poseído por la divinidad. Y precisamente, esto es lo que deriva a la cuarta forma de la locura: siendo la primera, la locura profética; la segunda, la locura purificadora; y la tercera, la locura poética. Aquella que surge cuando alguien contempla la Belleza, ya que, recordando la Verdad, le salen alas, y quiere alzar el vuelo, y no pudiendo hacerlo, mira hacia arriba, olvidando todo lo de abajo, pareciendo un completo loco, y precisamente al entusiasmado:

Al partícipe de esta manía, al amante de los bellos, se le llama enamorado2.

El amor como la
revelación de lo divino

Toda alma que reside en el hombre, por su naturaleza intrínseca, ha sido partícipe de lo verdaderamente real, sin embargo, no todos los hombres pueden ver la Verdad en sí misma. El mundo sensible nos encierra en un mundo de apariencia, tal y como sucede con el cuerpo “límpidos también nosotros, sin el estigma que es toda esta tumba que nos rodea y que llamamos cuerpo, prisioneros en el como una ostra3.” De tal manera que el alma es nuestra única conexión con lo verdaderamente real, por ello mismo hay que cuidarla. Los que han corrido la desgracia de descarriarse hacia lo injusto estarán un paso más lejos de poder ser realmente dichosos. Pocos hombres recuerdan lo que su alma, en otro tiempo, tuvo el privilegio de contemplar. El enamorado es quien participa de la cuarta forma de la locura, cuando contemplando al amado, contempla la Belleza en sí misma, siendo poseído por la divinidad, sin poder ser dueño de él mismo. A través del más claro de nuestros sentidos, que es la vista, para nosotros la más fina de las sensaciones que por medio de la cárcel que es el cuerpo nos llegan, somos partícipes de la belleza, que es la más deslumbrante y amable de todas las Ideas. Recibiendo toda esta belleza procedente del amado, el enamorado se calienta con un calor que empapa la naturaleza del ala y se ablandan las semillas de la germinación que comienzan a florecer. De esta manera, el enamorado se llena de gozo y se le quitan las penas, porque se siente completamente alado. Sin embargo, cuando el alma se separa del objeto amado, se aridece, el ala se reseca, ya no puede florecer, y el enamorado se retuerce de dolor. Pero mientras ve a su amado y contempla la idea de la Belleza a través de este mismo, ceden esos pinchazos y surge el placer más dulce. Por ello, el enamorado no quiere ser abandonado, coloca a su amado por encima de todo y de todos, lo único que le importa es estar cerca de él, para poder venerarle, porque “ha encontrado en el poseedor de la belleza al médico apropiado para sus grandísimos males4“. A esta pasión es a lo que los hombres llaman amor, a esta pasión desenfrenada que te sumerge en la veneración más absoluta de tu amado, y que te hace parecer un loco frente al resto, porque ellos no han sido poseídos por la divinidad. Cada cual escoge una forma del Amor hacia los bellos, como si el amado fuera su mismo dios, se fabrica una imagen para honrarle y rendirle culto.

Cada alma tiene tres partes, dos de ellas representaban a dos caballos, y una tercera parte es el auriga que los domaba. Uno de los caballos, representa la gloria con moderación y honor, es dócil y seguidor de la opinión verdadera, mientras que el otro, no es obediente al látigo, es de sangre ardiente, toscas articulaciones y sordo. Así, cuando el auriga, contemplando el semblante de su amado, siente ese calor que recorre toda su alma, llenándose de cosquilleo, aquel de los caballos que es dócil se contiene a sí mismo para no saltar sobre el amado, mientras que el otro caballo, al ser rebelde, se lanza sin pensar, forzando así al auriga y al caballo dócil, y así poder contemplar el rostro resplandeciente del amado. Más tarde, todo el deseo y gozo que surge de la contemplación de la Belleza del amado por parte de su amante será mucho más ferviente cuando sus respectivos cuerpos se toquen y el deseo que ya está latente inunde caudalosamente al amante, lo empape y lo rebose. El amor es “un gran dios, muy digno de ser honrado5”. Solo unos pocos pueden llegar a contemplar a la divinidad, a través de la Idea de Belleza que transmite su amado. El amor inspira al hombre a vivir honradamente, es el más capaz de hacer al hombre feliz y virtuoso durante toda su vida y después de su muerte.

Notas

[1] Platón, Fedro (2014). Gredos. 245d-e.

[2] Ibidem. 249e-250a.

[3] Ibidem. 250c-d.

[4] Ibidem. 252a-b.

[5] Platón, El banquete (2014) Taurus. P. 16.

Imagen | Wikipedia

Cita este artículo (APA): Palero, A. (2024, 01 de marzo). Acerca del amor en Platón. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2024/03/acerca-del-amor-en-platon

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por Athenea Palero

De Parla, Madrid. Estudiante de filosofía en la Universidad Complutense de Madrid. Algún día le encantaría poder mostrar y enseñar su amor por la filosofía a través de la enseñanza.

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