Christine de Pizan: precursora crítica del intelectualismo misógino

Nacida el año 1363 en Venecia, pero criada en Francia durante el resto de su vida, Christine demostró ser un genio excepcional para su época. Desde que su padre Tommaso acepta la invitación del rey Carlos V de Francia como su servidor y consejero real, contará con acceso a una vida cortesana desde los 4 años. En su estadía con el rey, Tommaso instruye a su hija en el estudio de las ciencias y la lectura de los clásicos, aprovechando que tenían acceso a la biblioteca personal del mismo monarca; su madre, por el otro lado, prefería que su hija aprehendiera tareas domésticas más propias de las mujeres.

A sus quince años, en 1379, se casa con Étienne du Castel, un joven de veinticuatro años, notario de la corte real, con quien tiene una hija y dos hijos. Sin embargo, en el año 1387, a sus veinticinco años, su vida cambia por completo. Ese mismo año murió el rey Carlos V, al poco tiempo después su padre Tommaso, y queda viuda debido a que su esposo sucumbió ante la peste. De esta sucesión de eventos trágicos, Christine a sus veinticinco años queda como cabeza de familia de sus tres hijos, su madre, una sobrina y sus hijos, de los cuales uno muere pequeño. A pesar de las responsabilidades, logra sustentarse mediante la profesión de escritora, con textos que varían desde la poesía a la filosofía.

Pero es importante destacar que principalmente se dedicará a problemas políticos, de justicia militar, historia, valores morales y la condición de la mujer narrados en poemas como tratados filosóficos. Sus obras más relevantes son Epístolas del Debate sobre el Roman de la Rose (1401- 1403), La Ciudad de las Damas (1405) y El libro de paz (1415). El último fue escrito cuando tomó refugio en el monasterio de Poissy debido a la toma de París por parte de los borgoñones en la guerra de los Cien Años. Terminada la guerra se inspira en su última obra, un poema dedicado a la heroína de Orleans en 1429, Dechado sobre Juana de Arco. Muere dos años después, en su retiro de Poissy, a los sesenta y ocho años, como una voz intelectual especial del medioevo tardío y precursora de un movimiento intelectual feminista.

Para entender mejor por qué Christine de Pizan le tomó tanto peso a la condición de ser mujer como problema social, hay que contextualizar su debate con respecto a la segunda parte de un polémico escrito titulado El Romance de la Rosa por Jean Meung de 1280. En torno al debate de este libro también se tematiza sobre la naturaleza de la querella de las mujeres (querrelle des femmes) en contra de la misoginia cultural de Europa1. Básicamente, se le imponía al protagonista de la historia que las mujeres no pueden controlar sus tendencias y que fiarse de ellas era irracional, como si pareciese una burla al escrito de la primera parte de Guillaume de Lorris. Este poema fue un best-seller de la época: no faltaba el cortesano o noble que tuviese una copia de él. Pero las ideas que promovía el escrito no le gustaban para nada a Christine, haciéndole cuestionar su propia condición, como escribe al inicio de La ciudad de las Damas:

Me preguntaba cuáles podrían ser las razones que llevan a tantos hombres, clérigos y laicos, a vituperar a las mujeres, criticándolas bien de palabra, bien en escritos y tratados. No es que sea cosa de un hombre o dos, ni siquiera se trata de ese Mateolo, que nunca gozará de consideración porque su opúsculo no va más allá de la mofa, sino que no hay texto que esté exento de misoginia. Al contrario, filósofos, poetas, moralistas, todos […] parecen hablar con la misma voz para llegar a la conclusión de que la mujer, mala por esencia y naturaleza, siempre se inclina hacia el vicio […] ¿Acaso [Dios] no has creado a la mujer deliberadamente, dándole todas las cualidades que se te antojaban? ¿Cómo iba a ser posible que te equivocaras? Sin embargo, aquí están tan graves acusaciones, juicios y condenas contra las mujeres. No alcanzo a comprender tamaña aberración2.

Dicha tristeza es apaciguada cuando relata que se le aparecen tres damas: Razón, Derechura2 y Justicia; que le inspiran en la elaboración de la Ciudad de las damas. Mediante el diálogo que tiene con Razón, debaten sobre la supuesta incapacidad de las mujeres para gobernar, cosa que desmienten al mencionar los roles y responsabilidades de mujeres tales como la emperatriz Nicaula, reina de Egipto, o la reina Fredegunda, reina de Francia.

Christine y Razón llevan un buen rato hablando sobre mujeres destacables en política, hasta que la filósofa francesa le pregunta a Razón si Dios ha permitido que una inteligencia femenina acceda o pueda crear ciencias elevadas como los hombres. Ambos argumentos comienzan con un recordatorio por parte de Razón que ya se han dado ejemplo de mujeres con las mismas hazañas que Christine mencionaba. Cornificia, Irene de Timareta, Marcia la Romana, Aracne, Isis, Ceres, la reina Dido son algunas de las mujeres de las que se mencionan de un harto repertorio. Razón siempre le vuelve a recordar a la autora que tiene los fundamentos para defender su ciudad4:

Te vuelvo a decir, y nadie podrá sostener lo contrario, que si la costumbre fuera mandar a las niñas a la escuela y enseñarles las ciencias con método, como se hace con los niños, aprenderían y entenderían las dificultades y sutilezas de todas las artes y ciencias tan bien como ellos. Ya se han dado esas mujeres, como te he indicado antes.

Tanto Razón, Derechura y Justicia recorren un argumento similar, donde Christine menciona una suposición misogena que es rebatida con mujeres que son ejemplos que destrozan lo supuesto. La Ciudad de las Damas va tomando forma a medida que rebaten afirmaciones falsas sobre la condición de la mujer. La cantidad de mujeres mencionadas, como la esposa de Sócrates, Jalipta o Santa Catalina, entre aquellas que demuestran sabiduría en las virtudes que reflejan. Pero cabe recalcar que la expresión “Yo, Cristina…” es formulada frecuentemente a lo largo de su obra, lo que le permite introducir como duda su condición de mujer estratégicamente para demostrar seguridad sin dejar de ser humilde5.

El ejercicio que la filosofa y poetisa francesa hace con su Ciudad de las Damas no es algo que se diferencie tanto de las demandas de las pensadoras feministas que le preceden. El gesto significativo de Christine consiste en que una ciudad construida según los valores femeninos como sus fundamentos conciernen a la humanidad entera. Este gesto le permite adelantarse unos 300 años a Olympe de Gouges en su Declaración de los derechos de la mujer y de la ciudadana. Christine es guiada por Derechura que le dice lo siguiente acerca quienes afirman a la mujer como bien6:

[…] el bien público o común no es otra cosa que el general provecho para una ciudad, un país o una comunidad, donde todos los miembros, hombres y mujeres, toman parte y disfrutan de algo. En cambio, lo que se hace en bien de unos pocos, a exclusión de otros, no puede llamarse bien público, sino privado o propio. Menos aún, si se coge algo a unos para dárselo a otros, en cuyo caso ya ni sería bien privado o propio, sino robo calificado, algo hecho en perjuicio de unos y a favor de otros. Esos autores no escriben para las mujeres, no las aconsejan para que desconfíen de las trampas que les tienden los hombres, al contrario, es demasiado evidente que los hombres suelen engañar a las mujeres con su duplicidad y discursos lisonjeros.

Si hubiese preocupación por proteger a las mujeres, los hombres también deben formar parte de ello, teniendo en cuenta la misoginia como uno de los principales problemas al que enfrentar.

Como conclusión, cabe destacar que el aporte de Christine de Pizan en contra de la misoginia de su época fue también su propia existencia. Fue la cabeza de su familia y pudo vivir como escritora, además de contar con el apoyo de varias cortesanas o nobles reales como Isabel de Baviera o Margarita de Borgoña. La elaboración de su Ciudad de las Damas es un relato historiográfico de ejemplos propios. Aun así, en ella hay una invitación abierta a consagrar una ciudad justa como esta para tener la paz de sus reinos. La escritura crítica de Christine busca ser una práctica de la defensa de la mujer como sujeto político con virtud moral igual a la del hombre.

Notas

[1] Laurenzi, E. (2011). Christine de Pizan: ¿una feminista ante litteram? Lectora: revista de dones i textualitat, 0(15), p. 303.

[2] De Pizan, C. (2001). La ciudad de las damas. Pp. 63-64 (M.-J. Lemarchand, Trad.; 2a ed.). Edicione Siruela.

[3] Derechura es una figura alégorica usada por Christine que alude al campo de “rectitud”, como lo arquitectónico de un campo judicial y de la geometría.

[4] De Pizan, C. (2001). La ciudad de las damas. Pp. 119 (M.-J. Lemarchand, Trad.; 2a ed.). Edicione Siruela.

[5] Barrios, S., & Guarzzaroni, V. (2011). Christine de Pizán y La Ciudad de las Damas: La mujer como sujeto jurídico activo. Aljaba, 15, p. 180.

[6] De Pizan, C. (2001). La ciudad de las damas. Pp. 226 (M.-J. Lemarchand, Trad.; 2a ed.). Edicione Siruela.

Imagen | Wikipedia

Cita este artículo (APA): Schenone, C. (2024, 08 de marzo). Christine de Pizan: precursora crítica del intelectualismo misógino. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2024/03/christine-de-pizan-quien-fue

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