El debate del acceso al conocimiento en “El nombre de la rosa”

El nombre de la rosa es la primera novela publicada por el célebre escritor y semiólogo Umberto Eco. Es una historia que cuenta las peripecias de fray Guillermo de Baskerville y de su acompañante Adso de Melk, en una abadía del siglo XIV. La trama del libro consiste en averiguar las causas de una serie de asesinatos o muertes ocurridas en la abadía, así como su relación con unos misteriosos textos. No obstante, los personajes de la novela se enfrentan a diferentes problemas de corte filosófico y político. Una de las tantas tensiones presentes en la obra aparece entre dos eruditos: Guillermo de Baskerville y Jorge de Burgos.

En esta reflexión se problematiza la postura que Jorge de Burgos tiene respecto al conocimiento y se contrasta con la perspectiva más democrática del conocimiento libre. En este sentido, primero se expone que Jorge de Burgos piensa que no todas las personas deben enfrentarse a toda clase de conocimientos, porque los pueden usar para el mal. A continuación, se profundiza en los medios que él utiliza para cumplir a cabalidad su deber como guardián de la biblioteca y sus repercusiones éticas. Finalmente, se contrasta la perspectiva de Jorge con la del conocimiento libre, que defiende el acceso libre al conocimiento como una forma de construir mejores sociedades.

El conocimiento
no es para todos

Porque no todas las verdades son para todos los oídos, ni todas las mentiras pueden ser reconocidas como tales por cualquier alma piadosa.

Eco, 1994, p. 36

Con estas palabras se anuncia, desde el inicio de la novela, un problema ético que conlleva el mismo conocimiento. ¿Quiénes deben acceder a él? ¿Acaso se pueden utilizar para propósitos malos? ¿Debería estar protegido para evitar que sea mal usado? Y si es así, ¿tiene límites esa protección? Estas son algunas de las preguntas que se desprenden del componente ético de tal afirmación.

Dentro del contexto histórico de la obra, defender tal tesis encuentra su fuerza en la fragilidad de los medios que contienen la diversidad de conocimientos: los libros. Naturalmente, la biblioteca es el espacio que conserva el saber, es el hogar del libro. Esto quiere decir que los conocimientos, aunque en sí mismos son de naturaleza metafísica, son plasmados en medios materiales que garantizan su conservación por al menos un tiempo. Los textos son susceptibles a la humedad, sus páginas se deshacen, se pegan entre sí y se doblan. En la medida que son el contenedor del saber, ellos mismos están expuestos a desgastarse por el paso del tiempo y por las condiciones ambientales en el que habitan. Por esta razón, no cualquiera debería acceder a los libros, pues su manipulación implica desgastarlos y el riesgo de dañarlos irreparablemente si no se les trata con cuidado.

Jorge de Burgos argumenta que el trabajo de su monasterio, conocido por su valiosa biblioteca, es exclusivamente el estudio y el custodio de sus saberes. El lector atento notará que en el discurso del anciano ciego no se menciona nada respecto a la producción de nuevos conocimientos. Y es que él asume que la sabiduría es divina y, por esto, es ya completa. Si los saberes son completos en sí mismos, no se puede buscar más de los que ya hay. A lo sumo es posible estudiarlos y custodiarlos, pero nunca desarrollar nuevos.

No hay progreso, no hay revolución de las épocas en las vicisitudes del saber, sino, a lo sumo, permanente y sublime recapitulación.

Eco, 1994, p. 378

Además de lo descrito hasta ahora, el bibliotecario asume la custodia del conocimiento como un deber divino, por lo que hace lo que está en sus manos para cumplir con su labor. El hecho de sentirse elegido para proteger la biblioteca parece darle libertad al anciano en lo que toca a los medios que puede utilizar para satisfacer su oficio. El viejo se convence de que los medios que elige están justificados por su fin celestial. Está seguro de que Dios lo absolverá por haber actuado conforme a su mandato, a su gloria, a su destino. ¿Acaso existen límites para lo que puede justificar su idea de deber moral?

Medios y repercusiones
de guardar el conocimiento

Aunque Jorge de Burgos protege la biblioteca en general, su interés se centra en la no lectura de ciertas obras que podrían trastocar la imagen de Dios. En consecuencia, la biblioteca no únicamente resguarda los saberes contenidos en los libros para que se conserven en el tiempo, sino que también sirve como un lugar para ocultarlos. No es fortuito que, en la novela, la biblioteca sea descrita como un laberinto. Pero no es suficiente con tener una forma hecha para confundir a quienes se atreven a entrar en ella, sino que Jorge también se valió de conocimientos en óptica y botánica para dejar trampas en los pasadizos del laberinto. Algunas de ellas, mortales.

Bajo la premisa de que el conocimiento debe protegerse, porque de lo contrario se puede usar para el mal, el anciano ciego comete una serie de actos criminales. Debido al afán por mantener ciertos textos escondidos, el antiguo bibliotecario asesina haciendo pasar las acciones por manifestaciones del castigo divino. Desde envenenar las páginas de un libro, hasta engañar al Abad para que caiga en una trampa en la que ha de morir ahogado. El anciano incluso se sacrifica a sí mismo con tal de mantener saberes ocultos, devorando las páginas envenenadas del texto que se esconde en la biblioteca. Asesina y comete suicidio como medios válidos para resguardar el saber de las mentes vulgares.

La ausencia de límites éticos en lo que toca al resguardo y protección del conocimiento es lo que le permite a Jorge de Burgos llevar a cabo tales acciones sin que aparentemente existan consecuencias sobre él. Si bien es plausible la idea de que no todas las verdades son para todos los oídos, ella misma no conlleva necesariamente la ejecución de las acciones del anciano. Por ejemplo, los saberes científicos requieren de lectores versados en ciencias para entenderlos apropiadamente, así como la poesía requiere de otro tipo de habilidades para ser comprendida. En este sentido, es probable que los conocimientos sean malinterpretados por lectores indebidos y que estas lecturas sesgadas se divulguen entre las personas, lo que deformaría la sabiduría contenida en el texto. Pero tal vez la solución no sea eliminar al vulgo que pretende acercarse a este tipo de conocimientos, sino más bien educarlo y orientarlo para que no lo tergiverse.

El conocimiento libre

El bien de un libro consiste en ser leído. Un libro está hecho de signos que hablan de otros signos que, a su vez, hablan de las cosas. Sin unos ojos que lo lean, un libro contiene signos que no producen conceptos. Y, por lo tanto, es mudo

Eco, 1994, p. 375

El conocimiento suele ser de diferentes naturalezas, puede ser teórico, popular, científico1, ancestral, etcétera; sin embargo, es importante distinguir entre estos, unos más democráticos y otros más herméticos. Los conocimientos de corte hermético son los menos accesibles al vulgo. La sabiduría obtenida a través de la revelación es un ejemplo de estos, pues solo el iniciado accede a esta especie de conocimiento. Por otro lado, los saberes más democráticos suelen ser accesibles a una gran cantidad de personas. El fenómeno de la democratización del conocimiento se puede rastrear desde las universidades, quienes se preocuparon por construir sus bibliotecas bajo el criterio de llegar a las masas sus textos2.

Con el tiempo, las mismas universidades han impulsado con mayor intensidad la idea de que el acceso al conocimiento es una necesidad para crear mejores sociedades. Esto es lógico, teniendo en cuenta que los conocimientos guían el actuar de las personas. Si las personas tienen mayor conocimiento sobre ciertos ámbitos, tomarán las mejores decisiones, es decir, las más justas. Un ejemplo de esto son los modelos educativos. No se puede negar que antaño también se educaba a las generaciones más jóvenes, no obstante tanto los contenidos enseñados como la forma en la que se comunican los conocimientos ha cambiado y se ha optimizado hasta la actualidad. Esto sucede precisamente porque, conforme se realizan más investigaciones en el campo de la educación, se producen nuevos contenidos y métodos que superan a los antiguos.

En nuestros tiempos, el fenómeno de abogar por el acceso amplio y democrático a los conocimientos se ha llamado acceso abierto. La Declaración de Berlín sobre el libre acceso entiende que su misión es poner a disposición de la sociedad los diferentes conocimientos aprobados por la comunidad científica3. Así, se garantiza una suerte de derecho gratuito para acceder a los trabajos académicos, lo que supone un beneficio para las ciencias y para la sociedad4. En este orden de ideas, Internet es una plataforma que hace posible el acceso al conocimiento abierto para una gran cantidad de personas y, por lo tanto, es un bien para la sociedad en general.

En últimas, y a modo de cierre, se puede afirmar que la postura del acceso abierto resulta más benéfica para la sociedad que la defendida de forma extremista por Jorge de Burgos. El conocimiento es un bien universal, por lo que debe estar a disposición de quienes aspiren a acceder a él; eso sí, a través del camino de la humildad y la duda. Los saberes herméticos pueden devenir en ideas que justifican acciones inmorales, que no permiten su puesta en tela de duda, mientras que los más democráticos siempre están aspirando a completarse, a mejorarse y a mantenerse en ciertos límites éticos:

[…] el diablo es la arrogancia del espíritu.

Eco, 1994, p. 450

Notas

[1] Durán-Orta, M. (2022). Conocimiento y tipos de conocimiento. Con-Ciencia Boletín Científico de la Escuela Preparatoria No. 3, 9(17), Article 17.

[2] Valverde, J. (2013). El acceso abierto al conocimiento científico (1.a ed.). Red Universitaria de Investigación Innovación Educativa (REUNI+D). http://hdl.handle.net/2445/36335

[3] Rucinque, H. (Ed.). (2003). Más sobre acceso abierto y auto-archivo. GeoTrópico, 1(2). http://www.geotropico.org/1_2_Documentos_Berlin.html

[4] Castiblanco, R., Chenou, J. M., & Maggiorelli, L. (2021). Uso legítimo y prácticas de acceso al conocimiento científico en Colombia. Revista de Antropología y Sociología: Virajes, 24(1), 253-270. https://doi.org/10.17151/rasv.2022.24.1.11

Bibliografía

Eco, U. (1994). El nombre de la rosa (R. Pochtar, Trad.; 1.a ed.). RBA Editores.

Imagen | Pixabay

Cita este artículo (APA): Mendoza, V. (2024, 21 de marzo). El debate del acceso al conocimiento en "El nombre de la rosa". Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2024/03/libre-acceso-al-conocimiento

¡Apóyanos a seguir llevando la filosofía a la red!

La manera más fácil e importante: seguirnos en redes sociales, pero sobre todo: leer y compartir nuestro contenido. Recuerda: filosofiaenlared.com publica artículos inéditos todos los días.

Pero además, puedes hacerlo mediante…

Στοά:el newsletter de Filosofía en la Red. Aunque es de distribución gratuita, contamos con una pequeña sección de suscriptores de pago que tienen acceso anticipado a algunos de nuestros contenidos, entre otras cosas. Tu aporte nos fortalece enormemente.

Así mismo, puedes adquirir nuestras publicaciones en físico por medio de Amazon (Revistas y Anuarios, con distribución internacional) o, si vives en Norteamérica, tenemos playeras de Filosofía en la Red.

O si lo prefieres, puedes hacer una donación por la cantidad que prefieras. Tu apoyo económico nos ayuda enormemente a seguir con la labor.

¡Gracias por estar y formar parte de la comunidad Filosofía en la Red!

#acceso libre, #Conocimiento, #democratización, #Umberto Eco
error: Content is protected !!