Una ontología relacional de la vida: una postura abolicionista de la Naturaleza. Parte 1 de 2

¿El fin de la naturaleza? La respuesta ante esta pregunta debería ser una afirmación contundente, un rotundo sí, porque implica problematizar el concepto de naturaleza, en tanto que asimilar tal noción remite a una ontología occidental que la omite y encierra en lo incorporal, generando una imagen fantástica del ser humano y su historia. De manera que, aseverar que existe la naturaleza denota, primero, que es un correlato producto en gran parte de una actitud prometeica de la humanidad en el conocimiento y segundo que, aquello que se ha categorizado como naturaleza refiere a ese ser que se da como ya presente antes que nosotros, y, no obstante, como nuevo a nuestras miradas1.

El presente artículo pretende responder por qué la crisis ecológica es un problema ontológico al mostrar que es necesario el fin de la naturaleza, en tanto concepto occidental que da cuenta de uno de los múltiples modos de ser que separa y privilegia al ser humano. De forma que, la pregunta que motiva este escrito cuestiona por qué es necesaria la muerte o el fin de la naturaleza como categoría antropocéntrica y androcéntrica. Para ello, primero se explicarán algunas dicotomías que están implícitas en la constitución de la noción de naturaleza y segundo, se postulará una ontología relacional de la vida que incite a otro vínculo entre el ser humano y el entorno vivo.

La gran división: una ontología dicotómica,
antropocéntrica y androcéntrica

Para comenzar hay que indicar que la constitución de la noción de naturaleza ha sido variada, pues ha estado motivada por múltiples imágenes dentro de marcos tanto filosóficos como científicos, que se han reflejado en ciertas maneras de relacionarse con la tierra, especialmente por las restricciones normativas que acompañan tales comprensiones de esta. Como lo presenta Merchant, las visiones de naturaleza cuentan con diversos significados que pueden referir al sujeto o al mundo material, es decir, los sentidos que se le han otorgado, por un lado, se han expresado como el conjunto de características inherentes a las cosas que conforman al mundo y por otro, como el principio dinámico, creativo y regulador causante de los fenómenos y sus cambios2.

Conforme con lo anterior, es posible aseverar que las formas que se han manifestado sobre lo que se entiende por naturaleza han determinado en cierto grado los comportamientos del ser humano en relación con la realidad, ante lo cual se considera que el concepto de mundo se queda corto al remitir a una serie de dicotomías o divisiones ontológicas que separan, pero especialmente privilegian la posición del ser humano frente a este. Por tanto, es menester indicar que por dualismos se entienden aquellas categorías que:

[…] pretenden, siempre, cartografiar la totalidad de los posibles, cuando no son nunca más que el anverso y el reverso de una misma moneda, cuyo exterior queda oculto, rechazado, proscrito del pensamiento mismo.

Morizot, 2021, p. 27.

Con esto se quiere decir que los dualismos como principios independientes y antagónicos han posibilitado que en la comprensión del mundo vivo, se tenga la creencia que hay una realidad natural distinta u opuesta a la humana o cultural —en cuanto creación del ser humano—, tal división ontológica se ha derivado de una larga construcción epistemológica que resulta ser problemática, en la medida en que presenta la existencia de una naturaleza, como idea impuesta por occidente que constituye una ontología con pretensión universal que gesta una perspectiva excepcionalista de lo humano, lo cual puede interpretarse como una cosmovisión dualista o mejor una ontología dicotómica que manifiesta una postura antropocéntrica que denota el desprecio y maltrato hacia el trabajo de la biosfera, así como también la invisibilización y división de la pluralidad de la existencia, puesto que entiende que la realidad puede ordenarse en una serie de pares opuestos, uno de los cuales es siempre jerárquicamente superior al otro3.

El dualismo no es más que antropocentrismo. Toda la realidad queda clasificada con un único criterio: lo humano y lo no humano. El ser humano se instaura en el centro como la identidad fundamental y define todo aquello que no es él mismo por oposición, relegándolo a un nivel subordinado.

Tafalla, 2022, p. 171.

Uno de los dualismos que ha primado ha sido el de naturaleza en oposición a la cultura, si bien se ha intentado pensarlo de manera no jerárquica sigue prevaleciendo, porque se concibe a la naturaleza como aquello que no ha sufrido modificación humana. Esto es lo natural contra lo artificial, esto se podría expresar de la siguiente manera: se ha reducido a la naturaleza a aquellos espacios verdes que no tienen el matiz gris del asfalto.

Otro sentido implícito en esta distinción radical se ha centrado en considerar a la naturaleza como aquello esencial e inmutable, mientras que la cultura sería lo cambiante como posibilidad del surgimiento de lo nuevo en voz de lo humano. Con esto se podría aseverar que, de fondo, hay una diferencia entre el carácter activo y pasivo del mundo, autoasignándose lo activo a las capacidades humanas como la razón y creación de técnicas y, lo pasivo, a un ser lo que rodea, el cual puede ser explotado para la alimentación tanto física como espiritual.

Este pensamiento binario oposicional que asigna y reconoce un carácter pasivo de la naturaleza, ha generado que se fundamente una comprensión de la humanidad como un modo de ser excepcional frente a los demás seres, dado que, pensar en la naturaleza de manera superficial es pensar en el objeto constituido por nosotros. Este asunto escala otros ámbitos de la vida humana, desatando otra tendencia a entender el mundo de manera dicotómica y jerárquica como lo son las relaciones de lo humano sobre lo animal, el alma sobre el cuerpo, la razón sobre las emociones, lo civilizado sobre lo bárbaro e incluso el hombre sobre la mujer.

Esto dependía de una percepción masculina de la naturaleza como madre y novia, cuya función principal era consolar, nutrir y proporcionar el bienestar del hombre. En la imagen o imaginario pastoral, tanto la naturaleza como las mujeres están subordinadas y esencialmente son pasivas […] Esto representaba una satisfacción de las necesidades humanas por la naturaleza, pero al concebir la naturaleza como pasiva, permitía, no obstante, la posibilidad de su uso y manipulación […] la imagen arcadiana hacía que la naturaleza fuera pasiva y manejable4.

Lo anterior permite mostrar que identificar la naturaleza como femenina, no solo remite a la dominación que ha sufrido la mujer en el devenir histórico, sino que vislumbra la asociación de lo masculino con el carácter activo y lo femenino con lo pasivo, legitimado al varón como el sujeto racional que gobierna el hogar, así como lo hace con los apetitos que se han considerado predominantes en las mujeres, por una ilusoria relación íntima entre la naturaleza y la mujer —si se quiere por una mayor sensibilidad en su relacionamiento—.

La feminización de la naturaleza y la naturalización de la mujer son dos metáforas que tras la revolución científica han perjudicado tanto a una como a otra, puesto que la naturaleza se ha convertido en ese ser vulnerable del que se puede abusar; la mujer, por su parte, ha sufrido las consecuencias de esa mecanización de lo orgánico, y al convertirse el hombre en el dueño de la técnica, el mundo femenino ha quedado subordinado a cuidar de lo orgánico, menos considerado económica y socialmente. La feminización de la naturaleza se está utilizando para explotarla, y no para ensalzar sus valores

Vigil, 2011, p. 538.

Frente a esto, es pertinente mencionar que diferentes perspectivas feministas han cuestionado esta identificación de mujer y naturaleza, como en el caso del estudio antropológico de Sherry Ortner, quien se pregunta por la causa de tal subordinación universal de las mujeres, debido a que evidenció que en el imaginario de diferentes culturas humanas la figura de la naturaleza es asociada a la de la mujer. Ortner defiende la idea que tal subordinación radica en que las mujeres son consideradas como las encargadas de las funciones primordiales de mediación entre la naturaleza y la cultura, esto es, transformando lo crudo en lo cocido, la procreación en crianza que saca a los infantes de un estado natural o animal para integrarlos a la comunidad humana5.

Llegados hasta este punto, es oportuno expresar que este dualismo ontológico es la muestra de una relación violenta del antropocentrismo y androcentrismo que está vinculada con la jerarquización estética de nuestros sentidos; es decir, que la percepción que se tiene de mundo se ha centrado en la mirada del sujeto humano pensante activo que fija su visión sobre este, sin reconocer el carácter bi-relacional que hay con aquello que se ha denominado naturaleza. En vista de que, en realidad lo que se da es una red híbrida de relaciones continuas de co-constitución, así ante la ontología dicotómica que ha primado en la tradición filosófica habría que pensar en una pluralidad ontológica que se pregunte por el ser, en cuanto diversidad de formas de vida, poniendo en cuestión la manera en que el ser humano entra en relación con el mundo que es y habita, permitiendo cultivar la virtud de la curiosidad por la multiplicidad de ser de la existencia misma, cultivarse en la no-identidad para entablar relaciones entre pares (seres hechos de la misma carne) que combate el deseo y control sobre lo que considera es externo a él: la naturaleza.

Notas

[1] Merleau-Ponty, M. (2016) Filosofía y lenguaje. College de France, 1952-1960. Buenos Aires: Argentina. Prometeo Libros. ISBN: 978-987-574-775-3.

[2] Merchant, C. (1983) The Death of Nature: Women, Ecology and the Scientific Revolution. United States of America. Harper & Row. ISBN: 0-06-250595-5.

[3] Tafalla, M. (2022). Filosofía ante la crisis ecológica. Una propuesta de convivencia con las demás especies, veganismo y rewilding. Madrid: España. Plaza y Valdés, S. L. ISBN: 978-84-17121-56-3.

[4] Merchant, 1983, p. 9. Trad. propia de: It depended on a masculine perception of nature as a mother and bride whose primary function was to comfort, nurture, and provide for the well-being of the male. In pastoral imagery, both nature and women are subordinate and essentially passive […] It represented a fulfillment of human needs for nature, but by conceiving of nature as passive, it nevertheless allowed for the possibility of its use and manipulation […] the Arcadian image rendered nature passive and manageable.

[5] Puleo, A. (2019) Claves ecofeministas. Para rebeldes que aman a la Tierra y a los animales. Madrid, España. Plaza y Valdés, S. L. ISBN: 978-84-17121-21-1.

Bibliografía

Morizot, B. (2020). Maneras de estar vivo. La crisis ecológica global y las políticas de lo salvaje. Madrid: España. Errata naturae editores. ISBN: 978-84-17800-88-8.

Shiva. V. (1995) Abrazar la vida. Mujer, ecología y supervivencia. Madrid; España. horas y HORAS. ISBN: 84-877155-50-8.

Vigil. T. (2011) Ecofeminismo. Una reivindicación de la mujer y la naturaleza. El Futuro del Pasado, n.º 2, 2011, pp. 533-542. ISSN: 1989–9289. Recuperado de: https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/3697663.pdf

Imagen | Dall-E

Cita este artículo (APA): Patiño, A. (2024, 09 de marzo). Una ontología relacional de la vida: una postura abolicionista de la Naturaleza. Parte 1 de 2. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2024/03/ontologia-relacional-de-la-vida-postura-abolicionista

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