Una ontología relacional de la vida: una postura abolicionista de la Naturaleza. Parte 2 de 2

Para darle fin a la naturaleza, se debe considerar que esta, como noción del paradigma antropocéntrico imperante, interpela todas las relaciones existentes entre los seres mundanos o vivos; como se ha expuesto, defender que existe la naturaleza es afirmar que la naturaleza es un naturado, un puro producto hecho de partes absolutamente exteriores. En términos de Hegel, “una cáscara vacía”. Afirmar que debe morir la naturaleza, hace referencia a que se debe acabar con esa postura que concibe al mundo como una cosa frente a nosotros, porque es un correlato de una comunidad ideal de sujetos encarnados, que dentro de la filosofía europea se encuentran ante ella como productividad orientada y ciega. Así, la invitación a otra ontología propone sentipensar que tenemos un acceso con el mundo circundante, con una parte privilegiada del mismo, a saber, con el cuerpo que hemos devenido en la co-existencia, con ello solo quedaría el surgimiento de un ser instantáneo que deviene con los demás seres que acoge.

El trasfondo del fin de la naturaleza como problema ontológico, esto es, de todo lo que está siendo, de todo lo que deviene con nosotros, radica en un asunto relacional; es decir: la pregunta central sería: ¿si consideramos la muerte de la noción de la naturaleza, cómo debería relacionarse el ser humano con su entorno viviente y sus co-habitantes? O mejor aún, reflexionando sobre el accionar humano y modificación de nuestros comportamientos, esta sería: ¿cómo nos relacionamos con los demás seres que habitan y constituyen el mundo? Tal cuestión remite a una preocupación que, si bien parte de la crisis ecológica, implica una crisis de la sensibilidad, pues entraña las maneras en como es percibido el mundo cuando estamos siendo con él.

El hecho de pensar en la crisis ecológica requiere de una preocupación por una crisis de nuestras relaciones con los seres vivos, tanto a nivel económico y político como existencial, lo que quiere decir que se trata sobre conexiones y vínculos que dan cuenta de la forma de cómo se entiende la existencia y la importancia que se le da a esta, lo cual se puede ver reflejado en una crisis de la sensibilidad, porque las relaciones que nos hemos acostumbrado a mantener con los seres vivos son relaciones con la «Naturaleza».

Morizot, 2021, p. 18.

Dicho en otras palabras, somos sensibles a la Naturaleza en cuanto naturaleza, esto es distinto y externo a lo humano, como si fuera un ser decorado a su visión superficial de mundo.

Algo pierde su consistencia ontológica cuando se pierde la facultad de prestarle atención como un ser de pleno derecho, que cuenta en la vida colectiva.

Morizot, 2021, p. 19.

Ahora bien, es oportuno detallar qué se entiende por crisis de la sensibilidad para reflexionar sobre las relaciones que se han entablado entre los seres vivos, especialmente del ser humano con los demás, ya que tal crisis se refiere al:

Empobrecimiento de las relaciones que podemos sentir, percibir, comprender y tejer con los seres vivos.

Morizot, 2021, p. 19.

Tal afirmación apela a las formas de atención y de las cualidades de la disponibilidad hacia los seres que habitan la tierra con nosotros, es decir, con la multiplicidad de seres mundanos. Un ejemplo de ello es cuando los pájaros cantan en la ciudad en la que nos encontremos y frente a este sonido no se escuche nada, sino que se convierte en naturaleza, algo externo, sin importancia que está de fondo. Otro puede ser la relación meramente visual de las plantas en los hogares, esto es, su uso decorativo y no co-habitual.

Respecto a lo enunciado, se tendría que reflexionar y transformar tales formas de relacionamiento con los seres vivos, esto es, que dejen de ser objetos ante nuestros ojos y sean seres en nuestra atención, con toda la integralidad de percepción corpórea que ello implica. Ante este aspecto, Morizot manifiesta que se ha perdido el arte de leer, porque no se ve nada valioso en el mundo o entorno vivo que nos constituye, sino que se tiene un mero fondo o paisaje con algún soundtrack sin sentido (en el caso del canto de los pájaros de nuestra ciudad).

Amerita decir que no tiene que ver con tener un amplio conocimiento interdisciplinar científico, sino de un hábito que nos ha formado en nuestra forma de ver (alejarnos) del mundo, creyendo que no hay nada que ver, cuando en realidad más que ver hay que percibir, sentir el mundo para que co-nazcan múltiples sentidos o significados en correlación con el entorno viviente. La postura de Morizot se considera fundamental para pensar la crisis ecológica o ambiental como un problema ontológico, en la medida en que:

El reto filosófico consiste en hacer sensible y evidente que sí hay algo que ver y unos significados ricos que traducir en los entornos vivos que nos rodean.

Morizot, 2021, p. 23.

De ahí que se entienda al mundo animal como seres co-habitantes o cuerpos asociados de la tierra, con quienes compartimos una ascendencia, así como el enigma de estar vivos y la responsabilidad de co-existir de manera adecuada, ya que los seres vivos no serían seres subordinados carentes de ciertas capacidades, sino compañeros existenciales con capacidades distintas, una alteridad irreductible que también tiene el misterio de ser un cuerpo en el mundo.

Pensar el ser del mundo como devenir constante entre y con otros seres es una invitación a concebir una ontología relacional de la vida que incita a salir de la oposición dualista, como un arte esquivo de seres pasajeros que se relacionan y siguen su curso existencial, escapando de los dos monolitos gemelos de la Naturaleza y la Cultura. En palabras de Morizot, un baile en las cuerdas para esquivar aquel dualismo determinista y esencialista.  Tal ontología es la apertura a un espacio aun sin explorar, el de los mundos por inventar; es estar dispuestos a relacionarnos con otras maneras de estar vivo, otros seres-en-el-mundo bajo la percepción corporal que renuncia a la mirada con las gafas del dualismo oposicional puestas durante siglos de la humanidad.

Ahora bien, el problema de la crisis ecológica sistemática hay que entenderla en su dimensión estructural, es decir, un problema de hábitat, de la forma de habitar, de vivir y relacionarnos con el entorno vivo que nos instituye e instituimos1. Así pues, se apunta a un co-habitar, a un devenir-con otros seres vivos, ya que, al concebir al mundo compartido como naturaleza, se ha gestado una forma de habitabilidad que ha perjudicado las condiciones de vida de sus co-habitantes de la tierra. Por ello, hay que darle fin a tal paradigma. Con esto podría decirse que tal problema es relacional, como se evidenció en el caso de Merchant al mostrar cómo entender a la naturaleza como mujer explica de alguna manera la forma dominante en que el ser humano (varón) se relaciona con el mundo que cohabita y con su propia especie.

La propuesta de una ontología relacional de la vida podría ponerse en términos de celebrar la vida que se manifiesta de maneras tan distintas que no deja de reinventarse continuamente […] lo cual trae consigo aprender a contemplar la realidad sin estructurar en relaciones jerárquicas y esto exige un doble proceso. Por un lado, comprender lo que todas esas jerarquías tienen en común y cómo influyen en nuestra manera de pensar, sentir, vivir; por otro lado, entender que cada una exige también reflexiones particulares. Tal cuestión llevaría a redescubrir nuestra sensorialidad2.

Deberíamos tirar a la basura el dualismo y la concepción jerárquica de la realidad, y comenzar a disfrutar de una biosfera plural y diversa. La tarea que los humanos tenemos por delante es aprender a convivir en la diversidad de la biosfera sin dominar, explotar ni maltratar a los demás.

Tafalla, 2022, p. 173.

En definitiva, pensar la crisis ambiental o ecológica como un problema ontológico implica cuestionarse sobre las concepciones más profundas tales como: ¿quiénes somos?, ¿cómo es nuestra relación con el mundo circundante o entorno viviente?, ¿cuál es nuestra responsabilidad en la preservación de un equilibrio ecológico?, ¿qué sentidos privilegiamos en nuestra percepción del mundo?, ¿qué implica entender a la humanidad como parte de un entretejido existencial con otros seres vivos?, entre otras muchas más.

Notas

[1] Merleau-Ponty entiende la institución como génesis del sentido, como establecimiento de una serie de experiencias que tendrán sentido y posibilitará una continuación, el sentido es depositado sobre el mundo y los seres para ser continuado. Así, lo instituido como la bisagra entre los otros y yo, entre yo y yo mismo (relación con la corporalidad mediante la conciencia perceptiva), la consecuencia y garantía de nuestra pertenencia a un mismo mundo. De modo que lo instituido en tanto lo dado y lo instituyente como lo apropiado, estilizado y actualizado del sentido que co-nace (Merleau-Ponty, 2012).

[2] Tafalla, M. (2022). Filosofía ante la crisis ecológica. Una propuesta de convivencia con las demás especies, veganismo y rewilding. Pp. 170 – 172. Madrid: España. Plaza y Valdés, S. L. ISBN: 978-84-17121-56-3.

Referencias

Merleau-Ponty, M. (2012) La institución. La pasividad. Barcelona: España. Editorial Planeta de Agostini.

Morizot, B. (2020). Maneras de estar vivo. La crisis ecológica global y las políticas de lo salvaje. Madrid: España. Errata naturae editores. ISBN: 978-84-17800-88-8.

Imagen | Unsplash

Cita este artículo (APA): Patiño, A. (2024, 22 de marzo). Una ontología relacional de la vida: una postura abolicionista de la Naturaleza. Parte 2 de 2. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2024/03/ontologia-relacional-postura-abolicionista-de-la-naturaleza

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