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Artículo publicado originalmente el 31 de agosto de 2015 en la versión anterior de Filosofía en la Red. El texto ha sido re-escrito para adaptarse al estado actual de la plataforma. 

Más popularmente se conoce como agnosticismo a la postura que alega que es imposible saber si existe o no existe diosu otros entes sobrenaturales—, que es algo incognoscible de lo cual no hay certezas y que, por lo tanto, hay que reservarse el juicio. En verdad hay varios tipos de agnosticismos, algunos se caracterizan por qué ante la pregunta de la existencia de dios, simplemente responden un “no sé”, y no parece producirles mucho interés el tema, mientras que en la práctica viven como ateos, esto es algo que no se puede juzgar. Un ateo fuerte —o positivo1— considera correcto concluir que ningún tipo de dios existe. Para muchos agnósticos, decir que no existe es incorrecto, generalmente argumentando con que “no hay evidencias de que no existe dios”, “no se ha probado que dios no exista” o que “es algo imposible de saber”. Estos argumentos tanto como este agnosticismo son falsos, y desarrollaré por qué:

La principal estrategia que utilizan estos agnósticos es exactamente la misma que utilizan los creyentes: invertir la carga de prueba. Esta falacia consiste pedir evidencias para una negación cuando la evidencia sobre la que debería descansar la afirmación es inexistente e incluso altamente implausible, al punto de poder ser considerada imposible. La carga de prueba la tiene el que afirma algo implausible o altamente improbable, no el que niega que eso pueda ser verdad. Así, por ejemplo, si yo afirmo que tengo un rinoceronte de mascota en mi apartamento, para demostrar que esto es cierto, soy yo el que tiene que recurrir a las pruebas a mi favor. Si a partir de esto alguien niega o desmiente mi dudosa afirmación con argumentos del tipo “es imposible que sobreviva en ese medio”, no puedo invertir la carga y poner sobre sus hombros el peso de evidenciar su negación (al estilo “no tienes evidencias de que no es cierto”), cuando soy yo el que hizo una afirmación inverosímil sin aportar evidencias.

Los teístas y creyentes de todo tipo llevan literalmente miles y miles de años sin poder aportar una sola prueba o argumento sólido en favor de la existencia de dioses —y no, un libro escrito por gente primitiva no es evidencia de nada— o entes sobrenaturales; por lo tanto, negar dichas ficciones es totalmente racional. Asumir que no hay evidencias de la no existencia de algo, y que, por ende, negar la existencia es una imprecisión de la que debemos prescindir es ingenuo. Pongamos un ejemplo: yo no puedo probar que no existen los unicornios en ningún lugar del universo. Por lo tanto, según el razonamiento agnóstico, no es posible saber si existen o no, a pesar de que hay numerosas razones para pensar que no existen, como podría ser: recurriendo a investigar la historia del unicornio, puedo deducir que es un mito humano posiblemente procedente de la confusión de los europeos al oír del rinoceronte indio (sí, como el que tengo de mascota).

Una vez que tenemos numerosos argumentos en contra y ninguna evidencia a favor, es absolutamente necesario —por cuestiones de economía mental, entre otras cosas— concluir que los unicornios no existen. ¿Los agnósticos son agnósticos de cualquier cosa sumamente improbable e implausible que no pueda probarse que no exista, como ser un pulpo en marte indetectable por la tecnología actual? El caso de las afirmaciones sobrenaturales de dioses es exactamente igual. No hay argumentos ni evidencias de su existencia, sin embargo, hay muchos argumentos y evidencias a favor de la tesis de que no existen. Por ejemplo: los descubrimientos científicos actuales trabajan sobre una ontología materialista sumamente consistente, demostrando que muchas de las experiencias religiosas de los creyentes son falsas. La biología refutó el creacionismo; la geología, la edad bíblica de la tierra; la astronomía, las ideas cosmogónicas de todas las religiones; las neurociencias, el concepto de alma, etc. El avance del pensamiento filosófico y crítico ayudó también a diseccionar el pensamiento religioso, demostrando todas sus falacias. La historia y la antropología también nos proporcionan una base para comprender el concepto de pensamiento mágico, permitiéndonos concluir que, ante la ignorancia y la simplicidad, todas las culturas buscaron aplacar su incertidumbre frente a un mundo desconocido y hostil. Crearon deidades a “su imagen y semejanza” como una manera de explicar los fenómenos a su alrededor y aligerar el inmenso peso de la muerte, entre otras razones.

Con el conocimiento actual, disponemos de una base sólida para rechazar la creencia en la existencia de dioses sin necesidad de presentar pruebas de su inexistencia, algo que, de hecho, resulta imposible. Es inviable obtener evidencias de la no existencia de entidades inmateriales, ya que la evidencia tangible solo puede derivarse de lo que es material. Parece ser que las deidades no se inclinan a dejar pruebas físicas de su presencia, lo que constituye la principal paradoja del agnosticismo.

Se podría considerar contradictorio que un adherente al cientificismo, que se supone basa sus afirmaciones en evidencias, haga declaraciones sin respaldo empírico. Sin embargo, esta aparente contradicción se limita a una interpretación estricta y literal del empirismo y del cientificismo más rígido. Por otro lado, variantes como el racioempirismo y un enfoque más flexible del cientificismo, reconocen la validez de la filosofía y la argumentación racional, complementando la evidencia empírica, siempre que estas no contradigan los datos disponibles. Aunque no existan pruebas concretas que descarten la existencia de deidades o fenómenos paranormales en todo el universo, disponemos de argumentos sólidos que, ante la ausencia de evidencia confirmatoria, nos permiten descartar dichas afirmaciones con razonable confianza. Es cierto, como argumentan algunos agnósticos, que la ausencia de prueba no equivale a prueba de ausencia. No obstante, la improbabilidad de la existencia de cualquier deidad, basada en la falta de evidencia tangible, es suficiente para que los ateos mantengan su posición sin sentir que infringen una multitud de creencias religiosas.

Thomas Huxley, abuelo del escritor Aldous Huxley, es ampliamente reconocido por haber acuñado el término “agnosticismo“. Se destacó por su firme defensa de la teoría de la evolución, lo que le valió el apodo de “bulldog de Darwin“, y por sus críticas hacia la religión de su tiempo. Huxley argumentaba que es un error afirmar la certeza absoluta sobre una proposición sin una justificación lógica y evidente, lo cual es un principio central del agnosticismo.

En cuanto a la postura sobre la existencia de deidades, se puede considerar que, históricamente, la humanidad ha concebido más de 5.000 divinidades sin evidencia tangible para ninguna de ellas, y actualmente existen miles de religiones activas. Esta diversidad plantea interrogantes sobre la coherencia de ser agnóstico respecto a figuras como Zeus, Ra, Horus, Mitra, Dionisio, Hades, así como cualquier otro dios concebible. Sin embargo, es interesante notar que incluso los individuos más devotos pueden ser considerados ateos respecto a las deidades de otras religiones. Dada la gran cantidad de narrativas mitológicas y el contexto de su creación, se podría argumentar, desde un enfoque gnoseológico y ontológico, que la existencia de cualquier deidad concebida por la humanidad es lo suficientemente improbable como para considerarla inexistente. Esta perspectiva invita a una reflexión crítica sobre la naturaleza y la verosimilitud de las creencias religiosas.

Para un agnóstico coherente, no sería consistente dar prioridad al dios cristiano sobre otras deidades. Así, un agnóstico debería considerar igualmente cuestionable la existencia de cualquier deidad, desde Ra hasta Jehová, asumiendo que la probabilidad de existencia de cualquier dios es extremadamente baja. No obstante, no afirmo que la inexistencia de un dios sea una verdad absoluta, ya que sostengo que no existen verdades absolutas e irrefutables. En cambio, veo la inexistencia de dioses como una posibilidad muy probable, comparable a la aceptación general de que el interior de la Tierra contiene lava. Por supuesto, estaría dispuesto a cambiar de opinión en el caso de evidencia contraria. En cuanto a la aparente plausibilidad de una deidad sobre otra, esto no necesariamente refleja una mayor verosimilitud; más bien, puede ser el resultado de esfuerzos intensivos por parte de los seguidores de una religión particular, como el cristianismo, para defender y promover sus creencias a través de la teología y otros medios, manteniendo así a los creyentes alejados de la duda y la razón. Este enfoque de defender a una deidad a toda costa, y de presentarla como la única verdadera o la más coherente, se puede comparar con la parábola del “dragón en el garaje2” de Carl Sagan. Tal como en esta analogía, la infalsabilidad se utiliza para proteger conceptos ambiguos e inútiles, llevando a la formación de formas modernas de teísmo que, a pesar de recurrir a los mismos dogmas, se consideran superiores al monoteísmo judeocristiano. En última instancia, cualquier narrativa sobre una divinidad se encuentra en igualdad de condiciones en cuanto a plausibilidad con cualquier otra idea no verificable.

Numerosos individuos con creencias moderadas o inciertas encuentran consuelo en el agnosticismo, ya que buscan una teoría que, al igual que para los creyentes más convencidos, llene el vacío de no comprender el origen del universo o si este fue creado. Sostienen la idea de que “algo debió crear el universo, pero no podemos saber qué es o si realmente existe“, una noción que, aunque difusa y ampliamente aceptada, brinda cierto consuelo. Sin embargo, esta perspectiva puede ser reconsiderada; existe la posibilidad de que el universo siempre haya existido, sin necesidad de un acto de creación. Algunos podrían cuestionar esto refiriéndose al Big Bang, pero este fenómeno no describe la creación del universo per se, sino una transformación dentro del mismo. Reflexionar sobre qué o quién pudo haber originado el universo puede resultar infructuoso y sin sentido, tanto para creyentes decididos como para aquellos inclinados hacia el agnosticismo. La idea de un universo creado se enfrenta a cuestionamientos simples pero profundos. Si partimos de la premisa de que el universo no ha existido eternamente y algo, como un dios, lo creó, surge inmediatamente la pregunta: ¿quién o qué creó a ese dios? Si la respuesta es que el dios siempre ha existido, entonces podríamos aplicar el mismo razonamiento al universo: que siempre ha existido. No hay fundamentos claros para pensar de otra manera, y asumir lo contrario nos lleva a una regresión infinita sin solución.

En ciertos debates, adoptar una postura de incertidumbre puede parecer similar al agnosticismo, que se caracteriza por reconocer lo que desconocemos. Sin embargo, es importante distinguir entre simplemente admitir nuestra falta de conocimiento y el concepto de “agnosticismo incognoscible“, que sostiene que ciertas cosas son inherentemente indescifrables, más allá de nuestro actual estado de conocimiento. Por ejemplo, respecto a la vida extraterrestre, no adopto una postura de “agnosticismo fuerte“; es decir, no sostengo una creencia firme sobre su existencia o inexistencia, simplemente reconozco que actualmente no poseo la información suficiente para hacer una afirmación definitiva. Sin embargo, creo que es posible obtener esa información en el futuro mediante la investigación científica, como el análisis de las condiciones atmosféricas de otros planetas. La posibilidad de vida extraterrestre, a diferencia de la existencia de entidades divinas, se basa en premisas materialistas y es susceptible de ser investigada mediante métodos empíricos. Por tanto, rechazar o confirmar categóricamente su existencia sin evidencia es prematuro. Sin embargo, la hipótesis sobre la vida extraterrestre es conceptualmente más plausible y examinable que aquellas que postulan la existencia de entidades sobrenaturales.

En lo que respecta a la existencia de dioses, aplico un enfoque basado en la lógica y el escepticismo, fundamentado en tres principios conocidos: la navaja de Sagan, que dice que “afirmaciones extraordinarias requieren evidencias extraordinarias“; la navaja de Hitchens, que sostiene que “lo que puede ser afirmado sin evidencia, puede ser rechazado sin evidencia“; y la navaja de Ockham, que propone que “entre dos hipótesis, la más simple suele ser la correcta“. Estos principios me permiten mantener una perspectiva razonada y libre como ateo, sin necesidad de adoptar posturas dogmáticas.

El agnosticismo, al sostener que la existencia de dioses es incognoscible, no proporciona una base firme para considerar que negar su existencia sea dogmático, irracional o infundado. La adopción del agnosticismo puede deberse a diversas razones, incluyendo falta de interés o una decisión de no comprometerse con una postura definida. Sin embargo, esto no implica que negar la existencia de deidades sea por naturaleza un acto arbitrario o inconsistente. La aplicación de la Navaja de Ockham sugiere que, en ausencia de evidencia, deberíamos abstenernos de añadir entidades innecesarias a nuestras explicaciones del mundo. Esto no significa que debamos aceptar cualquier concepto sin pruebas, como la famosa tetera de Russell en órbita, solo porque no podemos refutar su existencia. De hecho, el enfoque racional y la economía mental nos llevarían a descartar tales ideas sin base evidencial.

En el ámbito de la gnoseología, o teoría del conocimiento, el criterio debería ser coherente: si algo es altamente improbable, carece de evidencia, o contradice principios bien establecidos como los del materialismo científico, entonces debería ser considerado con escepticismo. La postura del agnosticismo, entendida como una evitación del compromiso a una respuesta definitiva sobre la existencia de dioses, puede ser vista como una falacia del punto medio, especialmente si se adopta por mera indecisión en lugar de una evaluación crítica.

En cuanto a la existencia de deidades, es importante reconocer que, desde una perspectiva lógica, no pueden existir y no existir simultáneamente. Por tanto, la búsqueda de una postura correcta ante la cuestión de su existencia exige un análisis cuidadoso y, preferiblemente, basado en la evidencia disponible y el razonamiento lógico.

Notas

[1] Postura atea que niega la existencia de dios. A diferencia del ateísmo negativo, que simplemente se contenta con descreer.

[2] El dragón en el garaje es una analogía utilizada por el astrónomo y exobiólogo Carl Sagan en su libro “El mundo y sus demonios“, como forma de criticar los argumentos ad ignorantiam que se utilizan en diversas pseudociencias. La analogía es similar a la tetera de Russell y al unicornio rosa invisible. Puedes leerla en la Wikipedia: https://es.wikipedia.org/wiki/Dragón_en_el_garaje

Imagen | Dall-E

Artículo de:

Matías Suárez Holze (colaboración):
Licenciado en sociología, maestro de filosofía, doctor en Ciencias Humanas.

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Artículos publicados en la versión anterior de Filosofía en la Red (previo al 11 de septiembre del 2020). Se publican como parte del proceso de rescate de textos.

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