Cécile Louise Stephanie Chaminade, nació en París, el 8 de agosto de 1857. Su padre era director de una compañía de seguros y su madre era pianista aficionada. Fue su madre quien le dio las primeras clases de solfeo y piano, siguiendo la costumbre de la época de que las niñas de familias acomodadas aprendiesen música en el seno del hogar. Pero Cécile pronto destacó como compositora precoz. Con tan solo 8 años, con motivo de su primera comunión, tocó una de sus creaciones sacras. Entre el público estaba el gran compositor Georges Bizet, amigo de la familia, que quedó tan sorprendido por el talento de la niña que la llamó “mi pequeño Mozart”, recomendando que continuara su formación musical en el conservatorio. Pero el padre de Cécile se opuso de manera terminante: el papel de una mujer en la sociedad era el de madre y esposa.

Unos años más tarde, no obstante, dio permiso para que la joven recibiera clases de reconocidos maestros de la época, pero en casa. Cécile nunca pudo vivir el ambiente del conservatorio de París, perdiendo la riqueza humana y formativa que eso implica.

Hasta la muerte de su padre, que finalmente se sintió satisfecho de los éxitos de su hija, se pudo dedicar a la composición de “música seria”, y empezó a ser admirada por grandes personajes de la época, como Gounod o Saint-Saëns.

El año que cumplía los 21 dio su primer recital de obras propias. A partir de entonces, nace la compositora, que cada vez produce obras más importantes: suites orquestales, conciertos, operetas, ballets, tríos, sinfonías, estudios, etc., varias de las cuales obtuvieron un buen éxito y comenzaron a interpretarse con regularidad.

Su genio como compositora se hacía evidente. A principios de la década de 1880, el compositor francés Ambroise Thomas expresó su admiración diciendo:

Ella es una compositora, no simplemente una mujer que compone.

En 1887, falleció su padre. Sus malas inversiones y el reparto de la herencia dejaron a Cécile y a su madre en una situación económica delicada. La producción musical de nuestra joven protagonista comenzó a convertirse en el sustento de la familia. Empezó a crear obras ligeras y comerciales, destinadas a ser interpretadas en salones, de tal manera que le aseguraran los ingresos que necesitaban para subsistir. Para este nuevo tipo de composiciones tenía un talento especial. Con ellas, acabó de consolidarse su fama. Acababa de nacer la primera mujer compositora profesional de la historia.

Cécile, con su música, transmitía el apasionamiento romántico de la época, pero, en lo privado, mantenía una serena independencia. Su gran amor, a modo de sacerdocio, siempre fue la música. Llegó a decir: “la música es mi gran amor, y yo soy su vestal”. Aunque contrajo matrimonio una vez, quedando viuda pronto, el amor de pareja no fue un centro en su vida.

En 1892 fue recibida por la reina Victoria en el castillo de Windsor, y en 1908 fue invitada a almorzar por el presidente Theodore Roosevelt en la Casa Blanca. Fue tal el impacto que causó su fama en Estados Unidos, que se fundó un centenar de clubs de mujeres con su nombre.

En la primera década del s. XX fue cuando sus obras alcanzaron mayor fama. Recorrió toda Europa, América y llegó hasta Turquía realizando conciertos de gran éxito que reforzaban la venta de sus composiciones.

En 1912 falleció su madre, con la que siempre había vivido. Cécile sintió profundamente su pérdida. En cambio, a nivel profesional seguía viviendo un momento de esplendor. Fue galardonada con la prestigiosa condecoración francesa de la Legion d’Honneur. Fue la primera vez que tal galardón se entregaba no solo a una compositora, sino también a una mujer. La evidencia pudo más que las adversidades, su genio fue reconocido con las más altas distinciones de su país.

Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, Cécile tenía 56 años. Demostrando una gran nobleza y generosidad, dejó la producción musical en un segundo plano y dedicó su tiempo a dirigir un hospital para heridos de guerra. Como tantos otros artistas en la historia, supo transmutar el dolor en belleza: pasado el conflicto, publicó obras bellísimas: “la Berceuse du petit soldat blessé” (La canción de cuna del pequeño soldado herido), “Au pays dévasté” (En el país devastado).

Tras la guerra, sus apariciones en público disminuyeron y compuso cada vez menos. Ya retirada de la vida pública, se mudó a un pequeño apartamento en Montecarlo, donde falleció el 13 de agosto de 1944 con 87 años.

El mundo había cambiado.

En el panorama musical popular surge el jazz, los felices años 20 no comparten el romanticismo ni el clasicismo tardío que refleja la obra de Cécile. La fama que la había acompañado en su juventud y madurez previa a la Gran Guerra se desvaneció; sus partituras dejaron de comprarse y su nombre se sumió en un profundo olvido que duró hasta finales de siglo XX.

Cécile fue una verdadera pionera en el mundo de la composición, hasta entonces dominado por los hombres. Sobre la base de su tesón y buen trabajo, fue la primera mujer que logró abriese camino en el mundo de la composición musical a nivel profesional. Hasta entonces, la única actividad musical aceptada socialmente para las mujeres era la de intérpretes, de forma discreta, mayoritariamente en el seno del hogar y solo puntualmente ante el público.

Cécile tuvo que soportar que sus obras fueran encasilladas sistemáticamente como “ligeras”, cosa que no sucedía con los compositores varones. En ellos, la “ligereza” de las composiciones se interpretaba como “gracia”. De Cécile se decía que no innovaba; de ellos, que “utilizaban correctamente los recursos tradicionales”. Cuando las obras eran simples eran criticadas; cuando eran complejas también. Si su destino eran las salas de concierto, eran analizadas escrupulosamente; si eran para entornos privados, también… Si las piezas eran encantadoras y dulces, se las tildaba de femeninas; si presentaban énfasis en el desarrollo temático, eran viriles e inapropiadas para una mujer.

Ella era consciente de esta adversidad extra que tuvo que enfrentar por el hecho de ser mujer en su época. Sus propias palabras lo evidencian:

Yo no creo que las pocas mujeres que han alcanzado grandeza en el trabajo creativo sean la excepción, sino que pienso que la vida ha sido dura para las mujeres; no se les ha dado oportunidad, no se les ha dado seguridad […] La mujer no ha sido considerada una fuerza de trabajo en el mundo y el trabajo que su sexo y condición les impone no ha sido ajustado a darle una completa idea para el desarrollo de lo mejor de sí misma. Ha sido incapacitada, y solo unas pocas, a pesar de la fuerza de las circunstancias de la dificultad inherente, han sido capaces de conseguir lo mejor de esa incapacitación.

La contraparte de las dificultades que tuvo que enfrentar por ser mujer fue la fama que adquirió en los círculos femeninos que conocían su vida y obra. Veían en ella un referente, un ejemplo a seguir.

Un ejemplo bellísimo de cómo inspiró a sus contemporáneas, no solo por su obra, sino por su talante, es que en uno de los clubs que se formaron alrededor de su figura, se llegó a hacer un acróstico a partir de las letras de su apellido:

C – Concentrado y concertado esfuerzo
H – Armonía de espíritu y trabajo
A – Artísticos ideales
M – Mérito musical mantenido
I – Inspiración
N – Notas
A – Ardor y aspiración
D – Devoción por el deber
E – Empeño honorable

Estamos en un momento de la historia en que las mujeres empiezan a buscar su lugar en el mundo de la cultura. La escritora británica Virginia Woolf (1882 – 1941) reclamaba para las mujeres creativas una habitación propia; Chaminade lo realizó, y sus contemporáneas no fueron ajenas a ello. Por ello, su vida tuvo un valor muy especial. Se sumó a la larga lista de mujeres que serenamente han luchado para demostrar que la grandeza, la elevación y el talento son patrimonio de toda la humanidad.

A finales del s. XX, resurgió el interés por la vida y la amplia obra, de más de 400 composiciones, de Cécile Chaminade. Se han publicado libros y artículos en que se ha vuelto a valorar, de manera más justa y equilibrada, su obra. También se han editado discos de recopilación de algunas de sus composiciones, cosa que es maravillosa, porque permite descubrir nuevas melodías y hacer un viaje en el tiempo, para imaginar el París de 1900, con sus exposiciones universales, sus carteles modernistas y sus locales llenos de música para piano.

La obra musical de Cécile Chaminade, su gran pasión del alma, a la que consagró su vida como “vestal del arte” es magnífica. Su ejemplo vital es poderoso como ser humano. Su determinación y fidelidad a sí misma inspiró a numerosas mujeres para hacer un viaje también hacia lo mejor de sí mismas. Fue generosa en homenajes a otros compositores, pero es evidente que su implicación como enfermera en la Primera Guerra, dejando de lado su carrera, habla por sí misma de la talla de esta mujer de alma profunda y sensible a la vez. Es innegable que no solo su obra, sino su vida, está rodeada de un halo de belleza armónica que perdurará…

Bibliografía

Jardón, P. “Cécile Chaminade. Un viaje musical a la Francia de la Belle Époque”. Revista digital “Mundo Clásico”.

Pariente, F. “Mujeres Creadoras”. “Música para todos”, Revista digital del “Conservatorio Profesional de Música de León”.

Antolin, M. “Cécile Louise Stéphanie Chaminade, brillante compositora y pianista”. Revista digital “El diario feminista”.

Xia, H. “A study of seven mélodies by Cécile Chaminade”. Indiana University Jacobs School of Music. 2013.

Citron, M. “Cécile Chaminade”, en The New Grove Dictionary of Music and Musicians, edited by Stanley Sadie, London: Macmillan Publishers Limited, 1994.

Imagen | Wikipedia

Artículo de:

Pilar Luis (autora invitada):
Ingeniera (UPC) y Máster en Filosofía de la Ciencia (UNED). Humanista de
vocación.

Cita este artículo (APA): Luis, P. (2024, 08 de marzo). Cécile Chaminade, una vestal de la música. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2024/03/quien-fue-cecile-chaminade

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