A la Ilustración, amén de reconocerle su entidad como momento histórico, hay que valorarla en lo que supuso como revolución de la cosmovisión de toda una civilización. El punto de inflexión, que sin duda fue para el devenir de la historia europea en primera instancia, para la conformación a partir de entonces de esa entidad en gran medida ficticia que llamamos «Occidente» y para el mundo entero en general, vino de la mano de las aportaciones en forma de vigorosas ideas de pensadores de valía universalmente reconocida como Diderot, Voltaire, Kant y otros. De ellos proviene el estereotipo de intelectual que ha estado vigente hasta nuestros días, y bajo el que se han reconocido filósofos de la talla de José Ortega y Gasset, Jean-Paul Sartre, Hannah Arendt o Jürgen Habermas, por mencionar a unos pocos como muestras del catálogo; es decir, pensadores que intencionadamente no han querido mantenerse enclaustrados en la esfera de la labor puramente académica, sino que han querido incidir en las circunstancias de su tiempo.

Los del siglo XVIII fueron los héroes de la Ilustración en la medida en que hicieron del pensamiento libre, del esfuerzo por el conocimiento de la verdad y de su propagación, el principal instrumento para la liberación de la humanidad de las cadenas de la superstición y de la ignorancia, situándola así en la senda de la búsqueda de la felicidad que pasa a ser considerada un derecho universal (así será reconocida en la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de Norteamérica).

Este énfasis en la dimensión intelectual de la aportación histórica que trajo el Siglo de las Luces conlleva un sesgo en el que no es raro incurrir desde la perspectiva de la filosofía. Desde el punto de vista del estudioso de las ideas puede quedar lamentablemente nublada la visión de otros elementos que, en mi opinión, fueron de una muy apreciable relevancia para la conciliación del ser humano europeo con su existencia terrenal, en gran medida despreciada a lo largo de los siglos precedentes. Me refiero a la heterodoxia que practicaron algunos de sus protagonistas y que supuso la ruptura con modos de vida que debían ajustarse a una moral muy estricta de naturaleza heterónoma, mayormente dictada desde las autoridades eclesiásticas cristianas. De hecho, como es bien sabido, esta es una de las batallas que otorga una de sus señas de identidad filosófica a la Ilustración, a saber, su combate por la libertad de conciencia y a favor de la laicidad.

Tal heterodoxia vital conllevó la recuperación como tema para someter a las nuevas y revolucionarias formas de pensamiento crítico el de la vida buena, partiendo de la premisa de que el ser humano tenía pleno derecho a la felicidad. El joie de vivre dejaba de ser una pecaminosa frivolidad para convertirse en un ingrediente esencial de lo que se debía tener por una vida humana, la cual dejaba de serlo si no era digna, y dejaba de ser digna si de ella era desahuciada la alegría de vivir.

Esa alegría ilustrada —sin duda heredera de la que cultivara Epicuro en su jardín— tuvo su lugar de disfrute predilecto en los salones que regentaron entre los siglos XVII y XIX ciertas damas que llegaron a alcanzar notoriedad social y hasta relevancia intelectual: 

Los salones de estas damas ilustres e ilustradas, fueron los templos del enciclopedismo, de la amistad con Voltaire o Rousseau, del culto al saber liberal y a la no menos liberal amistad, y ¿por qué no decirlo?, de la búsqueda a menudo de un erotismo refinado, que llevaría a decir (al señor Tayllerand, claro) que quien no había hecho el amor en el Antiguo Régimen no sabía de lo que hablaba…

De Villena, 2016

Son palabras del escritor Luis Antonio de Villena en un artículo que dedica a las damas del Siglo de las Luces.

Una de las más destacadas salonnières fue la conocida como Madame du Deffand, nacida Marie de Vichy-Chamrond el 25 de septiembre de 1697 y muerta el 23 de agosto de 1780. Mujeres como ella, como sus predecesoras Isabel de Bohemia o Madame de Sévigné, no estuvieron en la primera fila del cultivo de las letras y el pensamiento, siempre copada en exclusiva por los hombres, pero a través del vínculo de la amistad que se plasmaba a menudo en la producción de interesantísimos epistolarios, cumplieron una imprescindible función de estimuladoras del debate filosófico.

En el caso de Madame du Deffand se cumple lo que parece una norma en el perfil de estas figuras femeninas. Nacida noble, aunque no precisamente rica, recibió una educación elitista en un convento benedictino de París, en el que a temprana edad destacó por su crítica a la religión. En su espíritu anidó desde las primeras manifestaciones de su inteligencia la actitud filosófica de someter a cuestionamiento las propias creencias. A los 22 años la casaron con un aristócrata, lo que la convirtió en la marquesa du Deffand. Nunca quiso a su marido, así que, mujer de espíritu libre y rebelde, se acabó separando de él para disfrutar de una vida más libre y cabría decir que incluso libertina (es decir, la que procura no dejar margen a la hipocresía mediante la búsqueda de la virtud en el respeto de la naturaleza propia en la que se funden inseparablemente ánimo y cuerpo, ser y pensamiento). Vivió una juventud harta disoluta que la llevó casi al ostracismo social del cual le salvó Charles-Jean-François Hénault, presidente de la primera Cámara de Encuestas e historiador aficionado.

Su legado culto, por así decir, consiste en un conjunto de cartas. Merced a ellas se le ha permitido ingresar en el olimpo de quienes de su época merecen un reconocimiento intelectual y literario. Lo prueba la rotunda valoración del exigente historiador Charles-Augustin Sainte-Beuve en su libro del siglo XIX titulado Retratos de mujeres:

Madame du Deffand es con Voltaire, en la prosa, el clásico más puro de esta época.

citado en Savater, 1990, p. 95

Pero durante su vida y aún por mucho tiempo después, no le fue reconocido el mérito literario. Cierto es que no fue una intelectual profesional —lo que en aquella Francia prerrevolucionaria merecía el título de philosophe—, aunque llegó a alcanzar un considerable reconocimiento por parte de las élites cultas en el París y aun en la Europa de su tiempo. Los méritos que la encumbraron los resume el filósofo Fernando Savater en el capítulo que le dedica en su libro Apóstatas razonables; merece la pena citarlo por extenso:

Un ingenio vivísimo que producía chispazos verbales repetidos con delectación en todas partes, un salón cultivado y frívolo (…), una personalidad irresistible, forjada con aristocracia de sangre, talento natural, gusto certero y una cultura ni ostentosa ni ligera.

Pp. 95-96

Esa condición suya de salonnière y de lúcida vividora es la que hace de ella una insustituible cronista de su época.

En Madame du Deffand y su mundo, la especialista en literatura francesa de los siglos XVII y XVIII Benedetta Graveri destaca la relevancia que las cartas tenían en aquellos tiempos:

Las cartas alimentan igualmente el sistema complejo de la vida de sociedad, ya estén firmadas o sean anónimas, con o sin destinatario preciso, verdaderas o apócrifas; encargadas de divertir, de comunicar indirectamente, pueden también denigrar y adular, divertir u ofender.

citado en Savater, 1990, pp. 96-97

Hubo libros de relevancia de aquel entonces que se publicaron en forma epistolar, como las Relaciones peligrosas de Pierre Choderlos de Laclos o las Cartas Persas del mismísimo Montesquieu; porque las cartas se tenían por vehículo perfectamente válido para tratar cuestiones serias de matemáticas, de teología, de filosofía, pero sin perder el vínculo personal del diálogo al margen de los engolamientos academicistas de los libros. Sirva como ejemplo la relación epistolar entre Isabel de Bohemia y Descartes, que contiene a partes iguales interés filosófico y muestras del cultivo de la amistad en su expresión más noble (véase Aczel, 2008, pp. 155-160).

Las cartas eran la conversación por otros medios y la conversación se había elevado a arte en aquellas reuniones que se prolongaban hasta altas horas de la madrugada en el salón de Madame du Deffand. Eran acontecimientos en los que los ociosos privilegiados, libres de la ansiedad crónica que padecían los pobres desgraciados que tenían que buscarse la vida, buscaban erradicar, aunque fuese momentáneamente, el pesar del tedio de sus vidas. Poder disfrutar de la conversación de un Voltaire o de un Montesquieu en una reunión de aquellos tiempos podía equivaler en entusiasmo al que produce en la actualidad cualquier espectáculo del audiovisual. Merced a aquellos eventos, como dice Savater:

Probablemente, nunca la mujer —por supuesto de clase alta, por supuesto de ingenio— alcanzó papel tan social e intelectualmente predominante como a mediados del siglo XVIII.

P. 99

En el epistolario de Madame du Deffand justamente encontramos la crónica de aquellas reuniones, con sus claroscuros, con su brillante frivolidad, con el retrato de quienes hablaban y con el testimonio de lo que decían, así como con lo que ella pensaba sobre todo ello.

A las reuniones de su salón fueron asiduos Montesquieu, Marmontel, Beaumarchais, D´Alambert y también asistieron ilustres de paso como Gibbon, Hume y Grimm. Los comentarios que dedica en sus cartas a algunos de los más señalados como Voltaire, Diderot, D´Alambert y Rousseau, demuestra su condición de personaje crepuscular, que se siente perteneciente al siglo de Luis XIV por su condición aristocrática, que no obstante se deleita con las lumbres de la Ilustración sin creer en su optimismo y dando muestras precoces del pesimismo romántico. Lo expresó certeramente el escritor francés André Bellesort:

Ella es muy de su siglo y nadie parece haberlo sido más; pero las más sólidas cualidades de su espíritu provienen del siglo precedente, y llevaba dentro de sí la melancolía áspera y sombría del siglo siguiente.

Citado en Savater, p. 101

Esa negrura de su alma se vio refrendada por la ceguera que padeció en el último tramo de su vida y que vino a agravar el hastío vital crónico que atenazaba su ánimo, de tal suerte que en su pensamiento encontramos ramalazos de lo que con el correr del tiempo fraguará en lo que será el existencialismo. He aquí algunos extractos de sus cartas que lo corroboran.

Todo el mundo se aburre, nadie se basta a sí mismo y es este detestable hastío que persigue a cada cual y que cada cual quiere evitar lo que lo pone todo en movimiento.

Gobernar un Estado o jugar al trompo me parecen lo mismo.

Quisiera ser una autómata o una santa, pues las dos cosas se equivalen.

Todas las citas en Savater (p. 102).

Los años de su invidencia fueron, sin embargo, los más fértiles en términos filosóficos, tal como prueba el epistolario confeccionado con la colaboración del carismático Voltaire. Madame du Deffand se presenta en la correspondencia que mantuvo con él como «una mundana ignorante» (De Villena, 2005) en lo que no era sino una muestra representativa de su mordaz ironía. Entre ellos se dará un intercambio de cartas en las que se ve que el philosophe comparte el pesimismo metafísico de la dama; pero destaca también la curiosidad luminosa del filósofo ilustrado frente al escepticismo rayano en el nihilismo de la marquesa. Se constata, no obstante, que su melancolía existencialista no le impide, sino más bien al contrario, cuidar una relación epistolar con la que parece aferrarse a la esperanza de que haya algo de futuro en la lucidez intelectual.

Madame du Deffand sobrevivirá dos años a la muerte de su prestigioso corresponsal, que falleció en 1778, cuando ella ya era una provecta anciana de 81 que andaba carteándose con un joven británico, Horace Walpole, el futuro novelista gótico, quien fue su amor no correspondido de senectud. Fue en una carta de las últimas que la vieja dama le pedía, con esa elegancia que en las personas más lúcidas suele acompañar a la ironía, que no la olvidara:

No volveremos a vernos nunca; me echará usted de menos, pues da mucho gusto saberse amado.

De Villena, 2005

Bibliografía

Aczel, A. (2008). El cuaderno secreto de Descartes. Biblioteca Buridán.

Villena, L. (2016) Madame du Deffand (damas del XVIII). Página personal de Luis Antonio de Villena. Recuperado de: http://luisantoniodevillena.es/web/articulos/madame-du-deffand-damas-del-xviii/

Villena, L. (2005) Madame du Deffand: lucidez y flagelo. Página personal de Luis Antonio de Villena. Recuperado de: http://luisantoniodevillena.es/web/articulos/madame-du-deffand-lucidez-y-flagelo/

Savater, F. (1990). Apóstatas razonables. Mondadori España SA.

Imagen | Wikipedia

Cita este artículo (APA): Agüera, J. (2024, 08 de marzo). Madame du Deffand, una dama de su siglo. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2024/03/quien-fue-madame-du-deffand

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por José María Agüera Lorente

Profesor de filosofía en un instituto de educación secundaria de Granada (España). Colaborador habitual de medios digitales y periódicos regionales; autor de artículos publicados en algunas revistas nacionales.

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