El mito de Ícaro es archiconocido: Dédalo, que había diseñado el laberinto del minotauro, fue condenado junto a su hijo (Ícaro) a la encarcelación en dicho lugar. Con ayuda de su ingenio, el arquitecto logra construir unas alas de cera que les permiten salir de su cárcel. Dado su material, el calor del sol las derrite y la humedad del mar puede hacer que se endurezcan demasiado. 

La interpretación común es que Ícaro, quien representa la ambición desmedida e irracional de la juventud, peca de hibris (término griego que expresa un orgullo arrogante y sin medida) y embriagado por la luminosidad del sol, termina por acercarse demasiado al bello fuego, que derrite sus alas causando su caída a las duras aguas del mar sin que su padre, que ya le había avisado, pueda hacer nada por salvarlo.

¿Existe alguna interpretación del mito que sea distinta de la anterior y que pueda servirnos para explicar con claridad qué es exactamente a lo que nos dedicamos los filósofos? Apresurémonos a presentarla:

¿Y si Ícaro no es la imagen de la desmesura de la ufanía juvenil, sino de la inocencia que se pierde al llegar a la adultez o al adentrarse por vez primera en el camino del saber filosófico? En este sentido, el muchacho simbolizaría la inocencia de la conciencia natural del hombre común, que se eleva hacia la luz ardiente del saber (el sol) gracias a la curiosidad (las alas), y descubre que sus viejas creencias eran frágiles (de cera), por lo que se derriten ante la filosofía y terminan por hacerle caer en picado hasta que su piel queda desgarrada por el impacto con una realidad que resulta ser inhospitalaria, hostil, oscura y cambiante (las aguas del mar) y no tan segura como el suave viento que acariciaba su cuerpo al volar.

El viejo filósofo, que antaño también cometió errores —como Dédalo, que terminó en el laberinto por haber asesinado a Talos, su sobrino, ante la insana envidia que le produjo la posibilidad de que este fuera más inteligente que él, del mismo modo en que muchos pensadores no parecen soportar que las propuestas nuevas destronen el antiguo conocimiento—, habría advertido al joven tratando de enseñarle con calma lo que finalmente aprendería de un modo sangriento, con golpes y desplomes. Al observar cómo se derrumban los presupuestos de la inocencia por su propio peso, el filósofo no puede hacer otra cosa que afirmar «te lo dije», con una expresión maliciosa y rocambolesca. 

La filosofía no es un refugio, sino el arma que mata al antiguo yo, el sol que reduce a cenizas a aquella conciencia que por su propia ingenuidad terminó por desmoronarse. La inocencia parece estar condenada, por algo que está en su propia esencia, a romperse y descender hasta las profundidades del más tenebroso abismo de lo real. La inocencia tiene ya en su interior el origen de su defenestración. 

Y parece entonces, como nos muestra el mito de Ícaro, que ya en los albores de la historia del pensamiento europeo están inscritos los primeros retazos de su decadencia (esa que conduce al irracional delirio que supone aquello a lo que Albert Camus bautizaría en El hombre rebelde como «el apocalipsis hitleriano del siglo XX»). Así pues, el decaimiento de la razón occidental está ya inscrito en su propio núcleo, en su propia esencia, desde el instante mismo de su creación, en las mentes de los presocráticos. 

Y en una época convulsa en la que lo racional ha fracasado —casi más por defecto que por exceso, en tanto, que es hoy cuando se da cuenta finalmente de que, en realidad, nunca fue tan racional como creyó ser; que nunca fue como Dédalo, sino más bien inocente al estilo de Ícaro—, nace un sentimiento doloroso de desesperación y crisis. No sabemos en qué creer. Ni siquiera sabemos si deberíamos creer. Hoy nos lamentamos por la caída en desgracia de la inocencia de Occidente.

Dios ha muerto, el mundo ha quedado desencantado y lo que creíamos seguro ya no lo es tanto. Cada mañana despertamos como insectos kafkianos, metamorfoseados en escarabajos gigantes que no tienen fuerzas ni para levantarse de la cama ante una saturación que se vuelve casi ontológica al marcarnos en lo más interno con agujas que se clavan al ritmo del tic tac mecánico de un reloj que cuantifica el tiempo y lo homogeneiza, lo descualica y lo mata, obligándonos a penar por el tiempo perdido como Proust y ansiosos por aprovechar el tiempo que nos queda mientras nos encontramos yermos de esperanza, viendo cómo «el sentido se oscurece por completo» como diría Heidegger en su Introducción a la metafísica

El oscuro abismo del vacío existencial que parece constituirnos en este siglo XXI nos observa y atraviesa a medida que el tiempo de la vida se desvanece. Por primera vez parecemos preferir la nada antes que el ser y los hilos del nihilismo nos ahogan en un juego triste y nauseabundo que lo pudre todo desde dentro; un juego macabro del que no sabemos si lograremos escapar, pero que establece el marco en el que todas las reflexiones filosóficas y literarias del siglo XX se desarrollan: ¿Qué es lo que une obras tales como el Mito de Sísifo o El hombre rebelde (de Camus), La náusea o El ser y la nada (de Sartre), La metamorfosis (de Kafka), En busca del tiempo perdido (de Proust), Ser y tiempo o La introducción a la metafísica (de Martin Heidegger) si no es esta respuesta al choque contra las aguas de la hostil realidad que queda cuando se desvanece el velo de la inocencia en la que había estado sumida la humanidad hasta casi el día de hoy?

Filosofar en la actualidad posmoderna no puede ser otra cosa que sangrar al intentar comprender los ríos de tinta de los libros del pasado, arrancando luego las costras que estos dejan para dar paso a una nueva piel, regenerada y plural, que aparece como un tatuaje que volveremos a quemar y arrancar cuando la decadencia vuelva a pudrir nuestros razonamientos dentro de un par de milenios. Hoy ya no podemos hacer nada más que lo que debemos hacer: reinventarnos y tomar nuevos caminos de cuestionantes preguntas. 

Nota

Camus, A. (2021). El hombre rebelde. DEBOLS!LLO.

Heidegger, M. (1997). Introducción a la metafísica. Gedisa Editorial S A.

Imagen| Pixabay

Cita este artículo (APA): Gómez, G. (2024, 15 de marzo). La caída de Ícaro y la filosofía occidental. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2024/03/relacion-mito-de-icaro-con-la-filosofia

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