La mayoría de las filósofas y filósofos son recordados por sus ideas, por sus libros publicados y por las reflexiones que dejaron. Sin embargo, las aportaciones de Weil no se limitaron al terreno del pensamiento, sino que desbordando los límites de este. Su filosofía también la plasmó en la acción, en una vida dedicada al otro, al débil y al necesitado. Hoy nos acercamos al enorme compromiso religioso y político de esta mujer para con quienes sufrían.

Todo comenzó un 3 de febrero de 1909 en París. Simone Weil nace en el seno de una familia burguesa y judía. Ya con 5 años apuntaba maneras, pues dicen que dejó de comer chocolate para que su ración fuera para los soldados de la Primera Guerra Mundial. Con 19 años, en 1928, ingresa en la Escuela Normal Superior, una universidad francesa con mucho renombre. Allí comienza a vislumbrarse su pensamiento político anarcosindicalista, lo cual, unido a su interés por la reflexión sobre lo trascendente, el alma y Dios, hicieron que la apodaran la “virgen roja”. En medio de ese mundillo universitario conoció a Simone de Beauvoir, la cual sintió al comienzo una gran admiración por Weil. Un día, cuando Weil se enteró de que una hambruna devastaba China, se puso a llorar y esas lágrimas hicieron que Beauvoir viera en ella:

Un corazón capaz de latir a través del universo entero.

Beauvoir, 2018

No obstante, las dos tenían sus diferencias: a Weil le preocupaba el hambre que pasaba la mayor parte de los trabajadores y sectores más marginados de la sociedad. En cambio, la mente de Beauvoir estaba más ocupada con cuestiones existencialistas, cosa por la que Weil la reprochó diciéndole que era patente que ella no había pasado nunca hambre.

Con 22 años, ya graduada en filosofía, comienza a ejercer como profesora en la enseñanza pública, al mismo tiempo que su presencia en manifestaciones y huelgas sigue siendo constante. En estos momentos Weil se dio cuenta de que si quería pensar el mundo y en concreto, poder escribir sobre la opresión de los trabajadores, como venía haciendo, tenía ella misma que experimentar dicha opresión. Solo participando de ella podría ser capaz de ponerla fielmente en palabras. Por ello, en 1934, esta filósofa se fue a trabajar a las fábricas de Alsthom y Renault, donde sufrió mucho y llegó a unos niveles de agotamiento exacerbados. Sus vivencias de este momento las plasmó en La condición obrera y en sus Reflexiones sobre las causas de la libertad y la opresión. Es en la primera donde encontramos la siguiente reflexión:

Cuando pienso que los grandes jefes bolcheviques pretendían crear una clase obrera libre y ninguno de ellos —Trotsky seguramente no, Lenin tampoco creo— había puesto sin duda un pie en una fábrica y que, por consiguiente, no tenían la menor idea de las condiciones reales que determinan la esclavitud o la libertad para los obreros…

Weil, 2014

Trabajando en las fábricas, se dio cuenta de que la mecanización y automatización hacían que los obreros, focalizados en pequeñas partes de un proceso que iba mucho más allá de esas tareas repetitivas, no le vieran un sentido a lo que hacían, no sintieran que había una finalidad en esas tareas que realizaban. Era como si se volvieran autómatas impersonales. El no ser capaces de representarse los procesos globales ni su lugar en ellos, les impedía reconocerse en el objeto producido, se alineaban. Aquí, en las fábricas, Weil vivió de primera mano lo que ella llama desgracia (malheur), algo que va más allá del sufrimiento, pero que en su intensidad nos mueve a la acción política, a la ayuda al prójimo.

Un año después, Weil se traslada a Portugal con sus padres, ya que su paso por las fábricas la había dejado muy débil. Allí tuvo su primera experiencia mística mientras contemplaba una romería en la que mujeres en procesión, con cirios en las manos, se dirigían a la costa bajo la luz de la luna. 

Allí tuve de repente la certeza de que el cristianismo es por excelencia la religión de los esclavos, de que los esclavos no podían dejar de adherirse a ella, y yo entre ellos.

Weil, 2009

En 1936, ya otra vez en Francia como profesora, Weil se une a las huelgas de trabajadores reclamando sus derechos, hasta que en julio se dirige a Barcelona para apoyar al bando republicano en la guerra civil española. Allí formó parte de la Columna de Durruti, constituida por milicias populares anarquistas. No obstante, la guerra acabó por horrorizarla. Weil nos cuenta muchas historias sobre sus vivencias en medio de tanta violencia y pone especial énfasis en cómo la muerte se convirtió en un hecho banal. Nos relata cómo se contaban los fusilamientos incluso entre risas y se derramaba por doquier sangre sin repulsión. Finalmente, tras un accidente con aceite hirviendo, Weil abandonó la guerra. 

Se parte como voluntario, con ideas de sacrificio, y se cae en una guerra que se parece a una guerra de mercenarios, con muchas crueldades de más y el sentido del respeto debido al enemigo de menos.

Weil, 2007

Al año siguiente, estando en Asís, Italia, tuvo su segunda experiencia mística. En una capilla donde solía rezar a San Francisco sintió que una fuerza superior a ella le forzaba a ponerse de rodillas. A esta experiencia le siguió, un año después, un encuentro con Dios. En este caso sucedió en Francia en la abadía benedictina de Solesmes, donde se estaba celebrando la Semana Santa; ahí, dice: 

El pensamiento de la pasión de Cristo penetró para siempre en mi espíritu.

Weil, 2009

Vislumbró cómo a través del sufrimiento se puede dar amor a Dios. Sufrimiento representado en la figura de Cristo y también padecido por la propia Weil que siempre tuvo una salud delicada. De esta forma, encuentra una dimensión religiosa para la desgracia que ya había experimentado en el plano político. La desgracia es también la distancia infinita que separa al humano de Dios. No obstante, es ese mismo sufrimiento lo que, al vaciarnos, deja ese espacio libre para acoger a Dios y que así pueda actuar por medio de nosotros, para ayudar a todos aquellos que, como cada cual, sufre la desgracia. 

Weil fue profundamente religiosa y ferviente creyente, pero siempre se negó a bautizarse. Había dogmas de la Iglesia con los que se mostró muy crítica. En Carta a un religioso expone 35 razones por las que decidió negarse a recibir el bautismo, poniendo especial hincapié en el principio del anathema sit, el cual consistía en la excomunión por no cumplir con los dogmas de la Iglesia. Este hecho de separación de la comunidad de creyentes, consideraba Weil que refleja un autoritarismo como el de la Inquisición. 

Cuando leo el catecismo del Concilio de Trento, me da la impresión de que no tengo nada en común con la religión que en él se expone. Cuando leo el Nuevo Testamento, los místicos, la liturgia, cuando veo celebrar la misa, siento con alguna forma de certeza que esa fe es la mía.

Weil, 2011

Ella entiende el catolicismo como una religión universal, que acoge a absolutamente todo el mundo. Por eso Weil siempre estuvo del lado de los marginados, como lo estuvo Cristo. Vemos así como la continua implicación de Weil con los más débiles, era de doble dimensión, tanto política como religiosa. 

En 1940 se traslada a Marsella, presionada por la Segunda Guerra Mundial. Dos años después acabó por exiliarse con su familia a Estados Unidos. Sin embargo, no estaba conforme con estar tan lejos de Europa, ella quería permanecer con quienes tanto estaban sufriendo allí los horrores de la guerra. Por ello, tras haberse ido en mayo a Estados Unidos, regresó en noviembre a Europa, concretamente a Londres, uniéndose allí a la France Libre (el gobierno en el exilio francés, fundado por el general Charles de Gaulle). Le llegó a proponer a este lanzarse en paracaídas junto a algunas enfermeras sobre la ciudad de París, que en ese momento estaba ocupada por los nazis, para así asistir a los heridos. Gaulle se quedó pasmado ante esta idea. Un año después, en 1943, tuvo que ser ingresada en el hospital con tuberculosis. Allí se negaba a comer, ya que no podía permitirse comer ella mientras había tanta gente en Europa muriéndose de hambre. Finalmente, falleció el 24 de agosto de ese mismo año. 

Allí, en Londres, al regresar de Estados Unidos, se le había encargado escribir una suerte de nueva Declaración de derechos del hombre, pero ella pensó que sería mucho más acertado escribir una Declaración de los deberes hacia el ser humano. Esa obra acabó por llamarse Echar raíces, donde nos recuerda nuestra obligación respecto a los otros:

La noción de obligación prima sobre la de derecho, que está subordinada a ella y es relativa a ella […] El cumplimiento efectivo de un derecho no depende de quien lo posee, sino de los demás hombres que se sienten obligados a algo hacia él.

Weil, 1996

Hoy recordamos a esta gran mujer, que siempre supo reconocer esa obligación hacia los otros, dejándose el cuerpo y el alma en la tarea de ayudar a los débiles. En ella, pensamiento y acción se funden, y religión y compromiso político se dan la mano en la lucha contra la desgracia. Su preocupación iba más allá de pensar el mundo, ella quería mejorarlo y estaba dispuesta a ponerse en peligro si hacía falta para conseguirlo. Esta es la vida de Simone Weil, a quien Camus calificó como «el único gran espíritu de nuestro tiempo».

Bibliografía

López Mateo, M. (2023). Simone Weil. Filosofía&Co

López Mateo, M. (2022). Simone Weil frente al malheur: palabras que desbordan vida. Filosofía&Co, 2, 14-21. 

Beauvoir, S. (2018). Memorias de una joven formal. Edhasa.

Weil, S. (2014). La condición obrera. Trotta.

Weil, S. (2009). A la espera de Dios. Trotta.

Weil, S. (2007). Escritos históricos y políticos. Trotta.

Weil, S. (2011). Carta a un religioso. Trotta.

Weil, S. (1996). Echar raíces. Trotta.

Imagen | Wikipedia

Cita este artículo (APA): Quirós, A. (2024, 08 de marzo). Simone Weil: donde mística y política se unen. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2024/03/simone-weil-quien-fue

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por Ainara Quirós Castro

Madrileña. Estudiante de primer curso de Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid. Interesada en la interconexión con mis estudios anteriores enfocados a las ciencias (química, biología, física...). Intentando transmitir "mi sorpresa" a través de la filosofía vinculándola con aspectos de nuestro día a día.

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