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¿La realidad es todo lo que percibimos? Si a veces aparentamos cosas que no somos, ¿podemos decir que somos «nosotros mismos» todo el tiempo, que mantenemos nuestra «esencia»? ¿Existe realmente una «esencia» en todos nosotros? De entre todas las cuestiones metafísicas que continúan manteniéndonos despiertos en mitad de la noche, algunas de estas son quizá las más comunes. Insertos en la sociedad globalizada de la tecnología, el capital, Internet y las redes sociales, la cultura del entretenimiento continúa empujándonos a descubrir quienes realmente somos, como hiciera Sócrates por las calles de Atenas. Pero, al mismo tiempo, eso que suponemos que realmente somos (nuestra «esencia») se muestra de muy diversas maneras según lo intentemos mostrar en Twitter X, una cena familiar o una entrevista de trabajo (nos servimos para hacerlo, pues, de «apariencias»). Y se muestra todavía más desvirtuado si su imagen se genera, además, a través de una noticia falsa publicada en un medio como si fuera verdad.

Los griegos, una vez más

Por supuesto, no somos los únicos que nos hemos parado a pensar en estas cuestiones. En la historia de la Metafísica occidental, y como casi siempre ocurre, la raíz del asunto se encuentra en los inicios griegos de la filosofía, mucho antes de las fake news. Es allí donde Parménides emerge como una figura destacada; sus reflexiones fundamentales sobre la realidad tienen todavía ecos en lo que nosotros podamos debatir sobre ella. En el s. VI a. C., el filósofo presocrático llevó a cabo su célebre Poema, donde presenta una visión radical de la realidad, centrándose ya en la dicotomía fundamental que se viene comentando en estas líneas, la de la «esencia» y la «apariencia». Lo que va a afirmar es que solo el ser es genuinamente real y que el no-ser es ilusorio. De ahí su famosa disputa con Heráclito, quien «sostuvo que todo cambia, mientras que Parménides replicó que nada cambia1».

La esencia, lo verdaderamente real, queda enfrentada a la apariencia, aquello que engaña a nuestros sentidos. Lo que el pensamiento griego de estos momentos intentaba hacer era buscar esa unidad que debía estructurar la realidad movible y dinámica que había a su alrededor. Percibimos el sonido del viento, el correr del arroyo, el nacimiento del niño, la muerte del anciano, y todas estas cosas nunca se terminan, sino que permanecen, como sujetas a algo que, por debajo de ellas, las anima, les da fuerza o vida. Es ese algo lo que andaban buscando los presocráticos cuando investigaban sobre el arjé. Piensan los griegos que debe haber algo más, que no todo es apariencia, que las apariencias terminan y acaban, mientras que hay algo que siempre está, que no finaliza. El problema es cómo teorizar o encontrarnos con esa realidad que parece escondérsenos, ocultársenos, entre las apariencias. Con Parménides, entonces, comienza la prolongada tradición del «enigma del ser2».

Tras Sócrates, es en Platón donde encontramos los ecos más fuertes de todo lo anterior. Él va a poner una distancia física entre la esencia, apartada en el Mundo de las Ideas, y las apariencias, nuestro mundo cotidiano, el día a día que todos vivimos. Puede que este momento sea el origen fundacional de muchos de nuestros planteamientos culturales y, por tanto, vitales. Tomemos el «viaje del héroe» para ilustrar esta idea: en la literatura o el cine, la estructura en la que un personaje debe librarse de lo que le dicen los demás (las apariencias) para encontrar su verdadero yo, quien realmente es (su esencia) es un continuo. Nos es sencillo pensar en múltiples ejemplos de esta estructura. La distancia platónica entre una cosa y la otra, sin duda, ha tenido que ver. Distancia que, siglos más tarde, endurece Kant, dejándola ya no como física, sino «trascendental»: va a negar que podamos incluso llegar a conocer la esencia (o, en su teoría, noúmeno). La apariencia es la realidad tal como la experimentamos, percibimos o sentimos, pero la esencia se refiere a «la cosa en sí», el noúmeno, una realidad subyacente, fundacional o estructural que se encuentra más allá de los fenómenos; escapa, pues, a la condición fenoménica. Aunque la esencia sería la verdadera naturaleza de las cosas, permanece inaccesible para nosotros.

El simulacro
en el que vivimos

En nuestra contemporaneidad, esta separación quizá sea demasiado radical, asimilando más bien el dinamismo del mundo y, por tanto, de las esencias (entendidas más en nuestros días como herramientas conceptuales que como entes vivos aislados y existiendo en algún lugar). La dicotomía «esencia»/«apariencia» se ve salpicada ahora por todo el cuerpo teórico que da lugar a la llamada postmodernidad y queda bien definida en el concepto de «simulacro»: las representaciones de la realidad han llegado a reemplazar a la realidad misma, creando una especie de simulacro o copia que ya no tiene un referente real claro. Baudrillard, uno de los teóricos más reconocidos a este respecto, introduce el concepto de «hiperrealidad» para ilustrarlo. 

En muchos aspectos, nuestra actualidad simula tanto lo que entendemos que debería ser la propia realidad que termina siendo algo diferente. En una ciudad como Londres, por ejemplo, uno puede pasear por Chinatown rodeado por todos y cada uno de los estereotipos conocidos de la cultura china; sin embargo, probablemente nada tenga que ver esta experiencia con la de pasear por una calle de cualquier ciudad china, digamos, verdadera. De esa hiperrealidad habla Baudrillard, de una absoluta representación, una apariencia llevada al límite. En Cultura y simulacro, señala cuatro fases por las que se va formando el simulacro:

Es el reflejo de una realidad profunda; enmascara y desnaturaliza una realidad profunda; enmascara la ausencia de realidad profunda; no tiene nada que ver con ningún tipo de realidad, es ya su propio y puro simulacro.

De hecho, el francés llega a hablar de los parques temáticos Disney como una hiperrealidad concreta que, por otro lado, se construye para hacer creer que cuanto la rodea es real, mientras que lo que la rodea, para él, no son más que otros simulacros. 

La noción baudrillardiana de hiperrealidad se alinea con la perspectiva postmoderna que privilegia las narrativas y las representaciones culturales sobre los hechos objetivos. En esta concepción, la hiperrealidad emerge como la nueva normalidad, caracterizada por la prevalencia de simulacros. La desconfianza postmoderna hacia las metanarrativas que pretenden explicar la realidad de manera exhaustiva (como lo hacen las grandes ideologías, desde la liberal a la fascista o la comunista), se ve respaldada por Baudrillard al resaltar cómo las representaciones descentralizadas han reemplazado cualquier intento de un relato unificador. Tanto en el contexto postmoderno como en su visión, se enfatiza la fragmentación de identidades y la multiplicidad de perspectivas. En un entorno saturado de simulacros, las identidades se configuran en torno a representaciones diversas, dando lugar a una diversidad y fluidez identitaria.

Un simulacro plagado de fake news

Aquí llegamos a la noción de posverdad, que implica un distanciamiento de la verdad objetiva en favor de las emociones y creencias subjetivas. Situaciones como guerras o crisis económicas a menudo se presentan a través de filtros y perspectivas específicas (apariencias), dando lugar a una versión mediática que puede desviarse del suceso real (esencia), influenciada por afinidades políticas o intereses de medios poderosos. Baudrillard anticipa este fenómeno al demostrar cómo las representaciones pueden eclipsar la realidad, generando una verdad subjetiva basada en simulacros.

En lugar de una clara distinción entre esencia y apariencia, habitamos un mundo donde las representaciones y simulacros se entrelazan, difuminando las fronteras entre lo verdaderamente esencial y lo meramente aparente. De hecho, las múltiples representaciones y narrativas contribuyen a la multiplicidad de apariencias. Este panorama refleja la crítica postmoderna a la idea de una verdad única y cuestiona la dicotomía metafísica que postula una esencia única detrás de las apariencias.

En una sociedad hipermediatizada, las representaciones tienen el poder de moldear la percepción pública de la verdad. La búsqueda de la verdad ya no se realiza tras las apariencias; en cambio, las apariencias mismas se erigen como la fundación de la realidad subjetiva. Vivimos en un mundo saturado de representaciones y narrativas que a menudo eclipsan la realidad objetiva, dando lugar a una multiplicidad de apariencias que, además, se ven potenciadas por la propagación de noticias falsas o fake news.

La posverdad refleja la idea de que las emociones y las creencias a menudo prevalecen sobre los hechos objetivos, en sintonía con la concepción baudrillardiana de simulacros que desplazan a la realidad. Por ejemplo, la proliferación de noticias falsas en línea contribuye a la construcción de narrativas que pueden carecer de una base objetiva. La desconfianza en la verdad objetiva desafía la noción de una esencia única detrás de las apariencias informativas.

Muchos teóricos de la era postmoderna defienden que la verdad ya no ocupa un lugar central, ni siquiera se percibe como una meta alcanzable. Se ha vuelto interpretable y manipulable, dando paso a una razón instrumental tan agresiva que puede desmantelar incluso la convivencia social. Sin embargo, no todo está perdido: la postmodernidad también ha visto el surgimiento de teorías que pueden conducirnos a lugares más positivos, como la del «pensamiento débil» de Vattimo. 

Han caído los Absolutos, las ideas de que una sola fundamentación vale para explicar la «verdad», sí, pero ¿qué es la «verdad» si no el consenso entre un grupo de personas? Quizá la propagación de simulacros (e incluso de una, sin duda, dañina posverdad materializada en las populares fake news) radique en la democratización de la sociedad, en que todos tengamos la oportunidad de influenciar en otros, de tomar decisiones, de opinar. Y esto no es necesariamente malo: es preferible vivir en esa perspectiva que en una dictatorial.

La cuestión, a mi parecer, no radica tanto en ese pesimismo de habernos abrazado a las apariencias olvidando una supuesta «esencia» o «verdad» que probablemente no exista. Aunque sean cuestiones cruciales, el foco filosófico debería ir más allá de que los jóvenes aparenten ser quienes no son en redes sociales o la problemática material de las fake news. La cuestión debería ser cómo mantener la convivencia, poner barreras legislativas a un poder corrupto y desvirtualizado, volver a igualar la sociedad y regresar a la ética en los sistemas educativos, de forma que construyamos sociedades democráticas que no necesiten buscar esencias entre las apariencias porque vivan de acuerdo con sus propios valores. La filosofía del siglo XXI debe abordar los retos actuales para construir comunidades que vivan en coherencia con sus propios valores, más allá de la dicotomía tradicional entre esencia y apariencia.

Notas

[1] Russell, B. (2010). Historia de la filosofía occidental. Editorial Austral (versión ePub).

[2] Grondin, J. (2006). Introducción a la metafísica. Herder.

Bibliografía

Baudrillard, J. (1978). Cultura y simulacro. Kairós

Ferrater Mora, J. (2014). Diccionario de filosofía de bolsillo. Alianza Editorial

Martínez, F. (2011). Metafísica. Editorial UNED

Imagen | Pixabay

Cita este artículo (APA): López, L. (2024, 26 de marzo). ¿Vivimos en un simulacro? Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2024/03/vivimos-en-un-simulacro

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por Luis López Galán

Colaborador de medios como El vuelo de la lechuza, Espacio 17 Musas o El placer de la lectura, ofrece servicios editoriales y es, en la actualidad, estudiante de Grado de Filosofía. Español residente en Inglaterra, y con las letras como principal pasión, la combinación cultural y literaria de ambos países lo mantiene ocupado cada día, siempre con una principal motivación: continuar aprendiendo.

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