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Breve comentario en derredor a Cándido o el optimismo de Voltaire. Parte 1 de 3

El doctor Slaymen Bonilla, en su ensayo intitulado: “Pesimismo” (2022)1, nos explica, entre otras cosas, que el pesimismo es una doctrina o sistema filosófico que apuesta porque vivimos “en el peor de los mundos posibles; es decir, que la mayoría de las cosas, cuando no el mundo en su totalidad, política, ética, económica, social y, culturalmente hablando, están de la peor manera posible en tanto que no es el bien ni el logos (razón o episteme) lo que impera en el mundo como eje central. Cierto es que Arthur Schopenhauer, sistematizador del pesimismo como doctrina, planteó que ese “eje central”, sustancia o hipojéimenos era la Voluntad, un principio metafísico irracional (no-logos) que como él explicó, es precisamente lo que está en el fondo de nuestra conciencia y forma su punto céntrico, lo que es hasta más inmediato que esta conciencia; y en tanto que es cosa en sí, libre del principium individuationis, esta esencia se encuentra absolutamente idéntica en todos los individuos, lo mismo en los que existen entonces que en los que les suceden.

Esto es lo que, en otros términos, llamo «la voluntad de vivir», o sea, aquella aspiración apremiante a la vida y a la duración. Precisamente esa es la fuerza que la muerte conserva y deja intacta, fuerza inmutable que no puede conducir a un estado mejor. Para todo ser vivo, el sufrimiento y la muerte son tan ciertos como la existencia. Puede, sin embargo, liberarse de los sufrimientos y de la muerte por la negación de la voluntad de vivir, que tiene por efecto desprender la voluntad del individuo de la rama de la especie y suprimir la existencia en la especie2.

Sin embargo, y siguiendo la senda propuesta por Slaymen Bonilla, lo que impera no es tampoco, tal como lo podría señalar el pesimismo clásico, lo irracional (la Voluntad en Schopenhauer) sino lo “metarracional”, aquello que está más allá de la razón contingente como principio fundante, pero no como discurso que expresa aquello que se vive. Pese a esto, pienso, esto no ha de entenderse como que todo es absolutamente relativo y que, al fin, nada importa porque nada es verdadero, sino que es la verdad última (la consistencia de la realidad, diría yo) la que no es una, sino varias, mismas que tienen peso y valen ser conocidas de manera rigurosa.

Tras leer el texto del doctor Bonilla me queda claro que todas las categorías que habíamos venido utilizando en la filosofía para tratar de comprender, por ejemplo, al ser y su estructura, habían estado, están y estarán vacías (según su propuesta, siguiendo al budismo), ya que aquellos discursos sobre la existencia y consistencia de las cosas no eran logos en un sentido epistemológico, es decir, citando al doctor Marco Antonio Millán Campuzano3:

[…] Ciencia de la Physis (qué conocemos y cómo lo conocemos) […] como para […] averiguar las propiedades de los entes y caracterizarlas […] como también sostiene Millán, sino como aquello que, más bien, no refiere a la esencia o cosa en sí como sí a […] meras construcciones de nuestra mente, lo cual no les quita peso […].

Luego entonces, siguiendo esta propuesta, el sufrimiento no sería esencial, pero sí una constante en la vida de los vivientes humanosy no humanos— en general. De hecho, el filósofo pesimista al que me he estado refiriendo menciona también que el pesimista es pesimista porque ha experimentado la caída antes ya. ¿A qué me refiero con esto? Al tropiezo que es inminente en la vida de todo viviente. Veamos. He mencionado ya, a partir de Slaymen, que el sufrimiento está vacío porque no es más que una construcción mental que, por tanto, no posee una naturaleza intrínseca debido a la interrelación constante del todo en tanto que todo, postulado que parece recordarnos, en Occidente, a un Heráclito que abocando al logos (no como razón sino más como discurso4, según mi profana opinión), en una de sus sentencias, dice:

No escuchándome a mí, sino al logos, es sabio confesar que todas las cosas son uno.

Hipólito, Refutación de todas las herejías, IX, 9, 1

Por lo tanto, no habría, pues, sustancias ni esencias y, entonces, ni el sufrimiento ni la Voluntad serían la cosa en sí, el noúmeno, simplemente porque no habría noúmeno.

Si el todo es en el uno (Heráclito), eso quiere decir que no hay un comienzo/principio como tal, sino solo la ilusión del mismo. Si el sufrimiento y la Voluntad forman parte de ese todo, quiere decir que ellos no se bastan a sí mismos y que, por tanto, tampoco pueden ser el sustrato de la realidad, lo que yace por debajo, sino que están, más bien, siendo en un origen dependiente (Pratītyasamutpāda). Esto supone ya una crítica a la metafísica occidental en tanto que esta, cuando se preguntaba o se pregunta, no por la consistencia de la realidad como sí por la existencia, insisto, lo que hace y lo que hacía es preguntarse por el ser que es en sí y al cual todo remite en última instancia, bien sea la sustancia pensante —el yo— cartesiana, Dios, la Voluntad o los átomos de Demócrito y Leucipo. Pero, como hemos visto, estos, ninguno de estos, posee, pues, una existencia en sí, no se bastan a ellos mismos como para ser el fundamento de lo real, sino que la realidad de lo real tiene un origen dependiente y no único y estático ni eterno ni infinito como lo propusiera alguna vez Parménides, por ejemplo. Se sigue que la metafísica y sus postulados están vacíos y, además, son discursos, con peso e importancia, pero discursos al final.

Así pues, tenemos ya aquí algunos elementos para poder comprender la propuesta filosófica pesimista del autor planteado. El académico critica la obsesión de Schopenhauer y de otros pesimistas como Philipp Mainländer por hallar un principio metafísico fundamental que, criticando al esencialismo del logos de la Modernidad, terminó por acometer a lo mismo (aún y con el giro copernicano schopenhaueriano irracionalista) al plantear como sustrato, consistencia, sustancia de la realidad a la voluntad de vivir y la voluntad de morir respectivamente. Entonces, no hay sustancia última de la realidad debido a lo que una de las tantas tradiciones budistas llamó Pratītyasamutpāda, origen dependiente, esto es, ningún postulado metafísico se basta a sí mismo, como ya había señalado. Pero no solo, sino que, debido a la vacuidad (también vacía, ya que esta tampoco apunta construir algún marco metafísico), toda categoría filosófica es vacía y, por tanto, mítica —Mythos—, esto es, un discurso que, aunque posee criterio de verdad, tampoco se basta a sí mismo.

El hecho de que el Mythos no se baste a sí mismo y forme parte del todo (como recordándonos ecos heraclíteos: el todo es en el uno5 y logos como discurso) nos deja entrever lo más importante de la propuesta del académico pesimista ampliamente referido en este pequeño ensayículo, ya que uno puede darse cuenta de que lo que hace el mito en tanto discurso es explicitar una narrativa fundante de otras tantas que puede haber. Al respecto6:

Hay diversos mythos fundantes de varias narrativas. Nuestra visión del mundo, nuestro paradigma teje una red diferenciada y coherente, que termina por crear esferas-mundos a su medida, en esos mundos son en los que habitamos […] Por lo que, el mytho refiere a una verdad convencional, no última, y que hace un uso meramente pragmático del lenguaje.

Cuando digo pragmático recuerdo entonces que John Dewey fue el principal impulsor de este modus philosophandi, al cual el filósofo Ferrater Mora, en su diccionario filosófico, se refiere como aquella doctrina para la cual en general, todo conocimiento es un instrumento forjado por la vida para su adaptación al medio, y por eso el pensar no comienza, como creía el racionalismo clásico, con premisas, sino con dificultades. Lo que el pensar busca no es una certidumbre intelectual, sino una hipótesis que se haga verdadera mediante el resultado y la sanción pragmática7.

Luego, entonces, esta postura no busca una certeza absoluta, sino que busca que haya un acoplamiento de determinadas herramientas o concepciones que permitan describir o entender un aspecto recortado del mundo según determinadas circunstancias. Así, no debe parecernos extraño que, por ejemplo, si nos refiriéramos a la filosofía de la ciencia (dedicada a tratar de reglamentar las teorías científicas en aras de un ideal que nunca se alcanza), la filósofa Ana Cuevas Badallo nos diga que8:

[…] además de los motivos generalmente considerados por la filosofía, los científicos pueden recurrir a otro tipo de criterios que permitirán determinar si un modelo encaja o no con los sistemas del mundo. La comunidad científica ayudará a consensuar la validez de los motivos, idea que reconoce —Giere y su realismo constructivo— deber al pragmatismo de Dewey.

La cita de arriba cobra más sentido si también se considera que9:

Dewey parte del reconocimiento de que el hombre se siente inseguro en el mundo y busca algo permanente y estable. Semejante permanencia le es dada en el curso de la historia de múltiples formas: por ritos mediante los cuales cree propiciarse las fuerzas de la naturaleza, por las artes con que domina a esta misma Naturaleza. Más también por los objetos tradicionales del saber y de la filosofía.

Por lo que, como se puede ver, la postura o propuesta de El Mundo como Vacuidad y Mythos, altamente influenciada por el budismo, apuesta porque no hay una verdad última en tanto fundamento de lo real, sino verdades convencionales o mitos como relatos pragmáticos, con criterios de verdad que, desde la pluralidad, tejen, como dice Slaymen, esferas-mundo que nos brindan la posibilidad de entendimiento y de interpretación de ese mismo mundo11:

[…] la realidad no posee naturaleza intrínseca, es una especie de consciencia recursiva, pues ella misma se asume vacía, no hay ningún “en sí” inefable, lo que hay son verdades convencionales y nada más. La verdad última, repito, es que no hay verdad última, solo verdades convencionales. El pesimismo queda como una disposición de ánimo fundamental, un encuentro con el mundo, una forma de interpretarlo.

Notas

[1] Bonilla, S. (2022). El pesimismo utópico o del mundo como vacuidad y mythos. Cuadernos de Pesimismo, 184–193.

[2] Schopenhauer, A. (1984). El amor. En E. González (Trad.), La sabiduría de la vida. En torno a la filosofía. El amor, las mujeres y la muerte y otros temas (p. 331). Porrúa.

[3] Millán, M. (2013). Logos y Kairós. En El acontecimiento de la comunicación (p. 9). E-Dae.

[4] Me parece que tiene mucho sentido traducir la palabra logos por la palabra discurso/lenguaje, aun cuando estamos hablando de un filósofo tan metafórico y “oscuro” como Heráclito, pues fue él mismo quien, en su aforismo número diecinueve, escribió: “La gente no sabe ni escuchar ni hablar” (Clemente de Alejandría, Stromata, II, 24, 5). 

[5] Con respecto a que todas las cosas son en la unidad, Heráclito, en su aforismo número ochenta, dice: “Es necesario saber que el conflicto es comunidad, que la disputa es justicia, y que todo llega al ser por la disputa” (Orígenes. Contra Celso, VI, 42, las cursivas son mías).

[6] Bonilla, S. (2022). Pesimismo. En Samaniego, A., y Torres, E. (Comp.), Léxico de las ciencias sociales en la pandemia (pp. 234–249). Universidad Autónoma de Chiapas.

[7] Ferrater, J. (1964). Pragmatismo. En Diccionario de filosofía II. (p. 439). Editorial sudamericana.

[8] Cuevas, A. (2016). Organización y estructura del conocimiento científico. En Organización y estructura del conocimiento científico (p. 47).  Eudeba.

[9] Ferrater, J. (1964). Pragmatismo. En Diccionario de filosofía II. (p. 439). Editorial sudamericana.

[10] Bonilla, S. (2022). El pesimismo utópico o del mundo como vacuidad y mythos. Cuadernos de Pesimismo, p. 190.

Bibliografía

Heráclito (2020). Fragmentos (pp. 13-50). Archivo Digital de Humanidades Ervin Said.

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Artículo de:

Diego Alejandro Ramírez Mendoza (miembro de SIEP):
Comunicólogo (UAM). Alumno de estética con el Dr. Enrique Dussel, y de otras ramas de la filosofía, en la UAM.

Cita este artículo (APA): Ramírez, D. (2024, 28 de abril). Breve comentario en derredor a Cándido o el optimismo de Voltaire. Parte 1 de 3. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2024/04/comentario-optimismo-voltaire

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por Sociedad Iberoamericana de Estudios sobre Pesimismo

La Sociedad Iberoamericana de Estudios sobre Pesimismo (SIEP) tiene como objetivo apoyar y promover la investigación especializada sobre el pesimismo.

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