Perfect days: elogio cinematográfico de la vida contemplativa

Un amigo mío solía distinguir entre «cine» y «películas». En esta última categoría incluía esas realizaciones cinematográficas que no pretenden, sino ser artículos de entretenimiento para consumo del gran público. Con ellas se trata de alcanzar el máximo beneficio económico. Para los grandes éxitos que se dan de entre estas producciones hace tiempo que se acuñó la etiqueta de blockbuster, aplicada internacionalmente a los que en castellano llamamos taquillazos, o sea, esos filmes que logran altas cotas de recaudación por ser muy del gusto del gran público. No suelen ser películas que partan de ambiciosos planteamientos artísticos, sino de la intención primordial de llenar las salas de cine y luego de elevar los índices de audiencia en su consecuente carrera audiovisual.

El cine es otra cosa, pensaba mi amigo, que —reconozcámoslo— tenía sus ínfulas de intelectual. Recuerdo cómo disertaba sobre esa distinción esencial cuando nos dirigíamos de adolescentes a un cine en el que exhibían La naranja mecánica de Stanley Kubrick, exponente paradigmático donde los haya de lo que asimismo se conoce como «cine de autor». El cine no son solo películas —era el argumento principal de mi amigo cinéfilo— porque en su núcleo creativo hay un aliento artístico, una pretensión estética, incluso de tesis, del que carecen las películas, que no trascienden la ordinaria dimensión del mero entretenimiento. El cine es, refrendando el tan manido lema, «el séptimo arte».

En nuestra actual sociedad, en la que el consumo es la actividad definitoria de su idiosincrasia, cuando no una exigencia de su propio funcionamiento económico, no cabe duda de que las películas se producen en su inmensa mayoría para ser objeto de consumo. Y con ese ánimo, el fenómeno del blockbuster o las grandes producciones audiovisuales, han encontrado en las más modernas tecnologías un instrumento de gran ayuda para lograr esa espectacularidad audiovisual que atraiga la atención del espectador. La pirotecnia hiperbólica de los efectos especiales (de naturaleza digital ya en su mayoría) de películas como la de la serie de los superhéroes de Marvel, pongamos por caso, es muestra de lo que digo. Con los últimos estrenos de la saga a los que he asistido, llevado por la emoción del fan que siempre fui de los cómics originales, he sufrido el efecto del empacho que me han producido la sucesión interminable de los trucos audiovisuales con los que se persigue empatar al espectador cuyo sistema perceptivo es como el hígado intoxicado de un dipsómano, vuelto insensible de tanta sobreestimación.

Por eso agradezco tanto poder ver una película como Perfect Days. Cine que diría aquel amigo mío de la adolescencia. Arte. No una película de masas, ciertamente, que no ha sido exhibida en las salas de los cines de los grandes centros comerciales, también así llamados shopping centers, donde efectivamente no otro ánimo puede albergar la persona que los visita, que no sea el de consumir. El lugar para un filme como el de Wim Wenders, que es quien ha dirigido Perfect Days, no puede ser el de los multicines de las grandes cadenas exhibidoras, sino el propio de esas salas que en tiempos se llamaron en España «de arte y ensayo», comprometidas con la oferta de las obras que no son para el público mayoritario, sino para aquellos que buscan ver en sus pantallas no una vía para la evasión sino más bien un horizonte para la reflexión. La pantalla entonces no es un instrumento para opacar la realidad; más bien es un espejo donde reflejarla para contemplarla desde el insólito lugar de la sala de cine, donde la atención propia se puede ejercer de manera soberana, sin ningún riesgo a que pueda ser secuestrada por las golosas distracciones de un mundo conformado productivamente para llevarnos a desear estar donde no estamos haciendo lo que no estamos haciendo.

Se podría decir que la película de Wim Wenders es cine «antiacción», si se me permite la expresión. Es el elogio de la contemplación y la reivindicación, también de la importancia que tiene para la existencia humana el ser dueños de nuestra atención. A través del personaje principal del filme, un hombre de mediana edad que vive sobriamente siguiendo una plácida rutina marcada por el trabajo que realiza como limpiador de los aseos públicos de Tokio, nos colocamos por contraposición ante el reflejo de la experiencia compartida en nuestras existencias como miembros de sociedades cuya dinámica, impulsada por las exigencias del paradigma económico globalmente vigente, impone la renuncia a ser dueños de nuestra atención. Esa renuncia conlleva irremediablemente la desaparición del repertorio de nuestras opciones vitales, de la posibilidad de entregarnos a la contemplación.

El protagonista de Perfect days ha optado por la rutina de la sencillez, que es otro aspecto de la película que podría considerarse asimismo como un tema esencial que ofrece a la consideración del espectador: nada tan difícil de convertir en obra de arte como la sencillez. El hombre, que vive en un modesto apartamento, se levanta cada mañana a la misma hora para iniciar su jornada laboral. Asistimos durante la primera media hora del filme al despliegue de esos gestos que repite indefectiblemente día tras día: su despertar acompañado cada amanecer de los sonidos de la escoba de su vieja vecina que barre el portal de su casa siempre a la misma hora, su fijo protocolo de aseo personal, el mimo con el que riega sus pocas macetas y cómo se dirige en su pequeña furgoneta a la zona donde se encarga del mantenimiento de la higiene de los aseos públicos mientras escucha las canciones de su vida (Perfect days de Lou Reed, por ejemplo) grabadas en cintas de casete. Se entrega al trabajo durante el tiempo que le toca, desempeñarlo sin atisbo de queja ni desgana; por el contrario, se emplea en su correcta ejecución, incluso cuidando el detalle. Eso sí, siempre atento a lo que le rodea, a ese mundo en el que respira y mira y por el que se despliegan sus acciones. Esa actitud contemplativa que mantiene en todo momento con ánimo calmado se apodera por completo de él en los momentos de la pausa para almorzar. Entonces se sienta en un banco del parque y mira la luz del sol tamizada por las ramas de los árboles delicadamente mecidas por la brisa. En ese instante saca una obsoleta cámara analógica de su bolsillo y toma una foto de lo que ven sus ojos. Es la contemplación de la belleza. Cuando su jornada laboral finaliza se dirige a un pequeño restaurante, siempre el mismo, donde cena frugalmente mientras observa cómo se desenvuelve la vida a su alrededor, reconociendo esa trama de personas y circunstancias que aseguran la continuidad de la realidad humana más allá de las ficciones grandilocuentes que pretenden dar sentido a los acontecimientos que fijan la historia. Al llegar la noche, ese hombre anónimo en paz consigo mismo, reconfortado por la dicha de saber quién es verdaderamente, se acostará con un libro en sus manos hasta que el sueño le impida mantener los ojos abiertos. Mañana será otro día para contemplar y reconocerse en esa contemplación. Pero el amanecer siguiente no llegará con la elipsis del sueño, sino mediante la representación de su sueño. La película incluye curiosamente las secuencias oníricas que dan testimonio del grado de conciliación existente entre la conciencia del personaje y su subconsciente; hermosamente plasmadas, por cierto. En esos sueños diríase que las cosas se piensan a sí mismas tras haber sido contempladas durante el tiempo de vigilia.

Es significativo que el soporte técnico que maneja el protagonista de esta bellísima película sea de naturaleza analógica, tanto en lo que se refiere a la música que escucha, que tiene almacenada en cintas de casete, como a las imágenes que atesora primeramente impresas por la luz en carretes fotográficos y posteriormente reveladas químicamente en papel. El filósofo Byng-Chul Han, que por su origen es buen conocedor de la cosmovisión asiática de la que la película que comento tiene mucho —su coguionista es el japonés Takuma Takasaki—, siguiendo a Roland Barthes, conecta la fotografía analógica con una forma de vida para la que —dice— «es constitutiva la negatividad del tiempo1» mientras que el medio digital tiene que ver con otra forma de vida caracterizada «por un permanente presente y actualidad. La imagen digital no florece o resplandece, porque el florecer lleva inscrito el marchitarse, y el resplandecer lleva inherente la negatividad del ensombrecer2». Correlativamente, la belleza, permanentemente expuesta, se ensombrece y marchita prematuramente al no permitirse ser des-cubierta y re-conocida mediante la experiencia de la contemplación y en el transcurso del tiempo narrado, no atomizado. Byung-Chul Han recuerda a Marcel Proust cuando advierte de que la experiencia de lo bello es incompatible con el disfrute inmediato. La belleza de una cosa se revela «a la luz de otra como reminiscencia —sostiene—. No es bello el brillo instantáneo del espectáculo, el estímulo inmediato, sino la fosforescencia silenciosa, la fosforescencia del tiempo3». Perfect days es la plasmación cinematográfica de esa fosforescencia del tiempo.

Sabemos que lo que hace su protagonista —personaje singular únicamente comprometido con la causa de su propia vida— lo hace en todo momento conscientemente, lo que significa que pone toda su atención en ello. En este sentido, es la antítesis del hombre alienado. No es un hombre de acción, que le viene impuesta por la ausencia de reconocimiento de su constitutiva limitación, sino de contemplación, que surge de la consciencia de su limitación, es decir, de su conocimiento de cuál es su lugar real en el mundo. Esa consciencia es la que conforma su opción ética, su apuesta libre —o sea, al margen de las opciones convencionales— por una forma de vida que se define por su manera de estar en el mundo y que expresa su tesis de lo que constituye la vida buena. Es por ser consecuente con esa tesis que renuncia a la acción.

Sostiene Byung-Chul Han, en una crítica a la valoración que hace Hannah Arendt de la modernidad en La condición humana, que la pérdida de la capacidad contemplativa está en la raíz del «ajetreo y la inquietud de la vida moderna4». Hay en la vida moderna una conformación de modos de vivir que embotan la capacidad de experiencia del ser humano. La actividad sin contemplación «impone lo igual5». Hay que detener la atención en las cosas para obtener algo distinto, para que la realidad se revele en sus detalles diversos y cambiantes, sin ánimo de dominación ni interés productivo. Así, la aparente repetición de la rutina, como la del personaje de la película de Wenders, es en verdad el cultivo lúcido de la experiencia: «hay que dejarse afectar por aquello que escapa al sujeto activo6».

Por eso, el filme fluye en un continuo temporal del que queda descartado el tiempo atomizado, que es el que se desenvuelve nerviosamente, buscando saltar al siguiente momento narrativamente desestructurado por un querer impaciente exacerbado por el ánimo consumista. Es el nerviosismo tecnológicamente elevado a la condición de crónico mediante el constantemente presente teléfono inteligente que nos genera la falsa creencia de que todas las posibilidades se pueden mantener abiertas indefinidamente, igual que las aplicaciones simultáneamente activadas en la pantalla del móvil.  

El valor estético de Perfect days reside mi entender en su poder para hacer partícipe al espectador de la experiencia de la contemplación, ofreciendo al mismo tiempo el testimonio de un modo de vida oculto en nuestra cultura, entregada como está en cuerpo y alma a la productividad multidimensional. Ese modo de vida proscrito es el del sí mismo, libre de la coacción del rendimiento. De este modo se atreve a ofrecernos un destello de lo que es una propuesta subversiva.  

Notas

[1] Han, Byung-Chul (2014). En el enjambre. Pp. 53. Traductor: Raúl Gabás. Herder.

[2] Ibídem.

[3] Han, Byung-Chul (2013). La sociedad de la transparencia. Pp. 65. Traductor: Raúl Gabás. Herder.

[4] Han, Byung-Chul (2015). El aroma del tiempo. Un ensayo filosófico sobre el arte de demorarse. Pp. 150. Traductora: Paula Kuffer. Herder.

[5] Ibídem.

[6] Ibídem.

Imagen | Mubi [La imagen se usa con fines ilustrativos, los titulares de copyright son Master Mind Limited y Wim Wenders Production].

Cita este artículo (APA): Agüera, J. (2024, 11 de abril). Perfect days: elogio cinematográfico de la vida contemplativa. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2024/04/critica-perfect-days-filosofia

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#cine, #contemplación, #películas, #reflexión, #rutina, #soledad

por José María Agüera Lorente

Profesor de filosofía en un instituto de educación secundaria de Granada (España). Colaborador habitual de medios digitales y periódicos regionales; autor de artículos publicados en algunas revistas nacionales.

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