El auge del género de fantasía como respuesta a la caída de Occidente

Al hilo de un anterior artículo, en el que planteábamos que ciertos escritos como El hombre rebelde o Ser y tiempo, entre otros, funcionan en un cierto sentido como la respuesta a la caída en desgracia de un Occidente que ha perdido la inocencia para dar paso a lo que hemos llamado «Posmodernidad», nos acecha casi sin quererlo una pregunta que se dirige, ya no tanto a la lectura de los ya considerados clásicos (como La metamorfosis, de Kafka, y En busca del tiempo perdido, de Proust), sino a la creciente popularidad de un género que, en su más estricta contemporaneidad, ha hallado sus inicios en los libros para acercarse al público en la forma de las grandes sagas cinematográficas. Hablemos, pues, de cómo la Tierra Media de Tolkien y el Mundo Mágico de J. K. Rowling responden, aunque de un modo sustancialmente distinto, a la misma pérdida de la inocencia que los textos ya citados, dejando a un lado, por el momento, los viajes a galaxias muy, muy lejanas, que también nos darán que hablar en futuros análisis.

Si nuestra reflexión se lleva a un grado extremo, lo cierto es que la amplia mayoría de los productos culturales que se han ido construyendo y divulgando desde los inicios del apocalíptico siglo XX pueden leerse como una forma de afrontar el desgarro de la mirada inocente que venía acompañada por la desmesura orgullosa y arrogante de la que habían padecido hasta entonces tanto la filosofía como la ciencia moderna, fruto de una tradición que se extiende hacia el pasado de la Grecia de los presocráticos como una maligna serpiente. 

La decadencia, como decíamos, estaba ya inscrita en la esencia misma del pensamiento occidental, manifestándose desde sus más tiernos albores. Sin embargo, no nos hemos dado cuenta hasta hace relativamente poco. Fue entonces, cuando chocamos con la inhóspita realidad y Europa se llenó de sangre, cuando nos dimos cuenta de que la culpa es y ha sido siempre de nuestra inocencia. Ícaro cayó y con él caímos todos. 

Ante dicho desgarro, los artistas, literatos, poetas y filósofos hemos respondido de dos maneras diferentes: 

Por un lado, están aquellos que reivindican la necesidad de volver a mirar al mundo real, aunque sea con otros ojos, para dar cuenta de lo que hicimos mal, corregir los errores, tomar la vía correcta en el sendero de la historia y seguir caminando hacia delante. Proust siente nostalgia por una vida anterior que se muestra como un fantasma de la vieja gloria. Kafka nos convierte en insectos que se retuercen por la alienación que provoca un mundo caótico en el que reina la incertidumbre. Heidegger nos demuestra que ni siquiera entendemos bien qué es lo que queremos decir con eso a lo que llamamos «mundo». Camus nos obliga a defender el último atisbo de humanidad que nos queda en un movimiento de rebeldía que aboga por la propia esencia del hombre. 

Por otro lado, tenemos a aquellos que, en un proceder totalmente respetable, creen que lo mejor que podemos hacer para afrontar una realidad hostil es cerrar los ojos e imaginar, marcharnos a otro lugar, a un mundo mejor y más feliz que, en su fantasioso y mágico modo de ser, nos brinde respuestas y esperanza para afrontar este nuevo vacío tan doloroso que ha dejado el ocaso de los ídolos modernos. 

Así escribe Tolkien sus relatos sobre la Tierra Media, invitándonos a buscar la luz y tener fe en la bondad cuando la oscuridad, el ansia de poder y de riqueza parecen corromperlo todo. Si bien la Primera Guerra Mundial, en la que combate junto a C. S. Lewis, es la que influye más notablemente en las obras de ambos, puede apreciarse en sus escritos cómo asisten de primera mano al ascenso del fascismo y el comunismo.

Desde nuestro siglo XXI, no es complicado establecer una analogía entre las intenciones dominadoras del totalitarismo de Sauron y las pretensiones de Adolf Hitler. Tampoco es complicado identificar el anillo de poder con lo que su propio nombre indica y con el dinero, que ejerce presión para gobernar todo aspecto de nuestra vida en esta nueva religión que es el capitalismo; ese sistema económico que nos ha transformado en esperpentos de lo que un día creímos ser, en los irracionales horcos competitivos que un día fueron elfos, pero que ahora, víctimas y hacedores de la corrupción, destruyen la bella naturaleza a fuerza de hierro y fuego. La crítica tolkiana a los conflictos bélicos de su siglo y al actual modo de vida capitalista es bastante obvia.

No es de extrañar que Las crónicas de Narnia de C. S. Lewis, gran amigo de Tolkien, se vean inspiradas en gran parte por las mismas cuestiones que El señor de los anillos. La reivindicación de la paz y la justicia en tiempos de pesadilla juegan un papel fundamental.

Algo más tarde, J. K. Rowling nos transporta a su escuela de magia y hechicería para que volvamos a creer en lo que creen los niños. Su obra es un recuerdo de la inocencia perdida, una memoria de la infancia que se diluye entre los dedos como un recuerdo marchito (tal y como nos hizo ver Proust). Pero en su reivindicación de la inocencia perdida también implementa su crítica al totalitarismo nazi.: Voldemort, como defensor de la pureza de sangre, igual que Hitler, y su lucha por la supremacía de la raza aria, quiere exterminar sistemáticamente a aquellos que no son como él; a saber, esos a los que los Slytherin llaman «sangre sucia» cuando son hijos de magos y no magos, o «sucios muggles» cuando no poseen ninguna habilidad mágica. 

En definitiva, la fantasía nos muestra una forma de mirar distinta de la de la filosofía. En lugar de lamentarse, culparse y herirse a uno mismo en lo más profundo del intelecto para arrancar luego las costras del prejuicio, se intenta encontrar un último hilo de esperanza en otros mundos que, a pesar de ser distintos del nuestro, todavía se le parecen demasiado.

Imagen | Pixabay

Cita este artículo (APA): Gómez, G. (2024, 27 de marzo). El auge del género de fantasía como respuesta a la caída de Occidente. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2024/03/fantasia-como-respuesta-a-occidente

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