¿Cómo la meditación puede influir en nuestro conocimiento?

La meditación es una práctica cada vez mejor conocida por todos. Es probable que la mayoría conozca a alguien, si no se trata de él mismo, que medite o practique la meditación. Los terapeutas recomiendan desde hace tiempo el mindfulness, yoga y ejercicios que integren este concepto nacido del hinduismo. Hay quienes apuestan por su carácter de moda en la sociedad y quienes defienden activamente sus beneficiosos resultados, como el estado de relajación o que meditar ayuda a comprender mejor. Me pregunto, a partir de esta ola divulgativa sobre la meditación, si es posible realmente alcanzar el estado que se pretende y si ese es el objetivo real de quienes lo practican.

Hinduismo y budismo son religiones que adoptaron la meditación como vía para alcanzar sus objetivos vitales tales como el autoconocimiento y la iluminación. La paz interior no se alcanza, por tanto, tras un perdón o un reconocimiento exterior. El autoconocimiento, el estar con uno mismo, escucharse, es lo que le permite reconocerse y estar en paz. La meditación es la herramienta que muchos utilizan para alcanzar este objetivo. Las instrucciones parecen claras: sentarse, permanecer quieto y en silencio durante un tiempo prolongado. Se debe conseguir silenciar no solo el cuerpo sino también el ruido de nuestro cerebro.

Si bien la relajación es uno de los resultados más notorios y que persigue la sociedad hoy, alcanzar un nivel más alto de conciencia y/o comprensión me suscita un interés mayor. ¿Existen niveles más o menos altos de conciencia? Sería la primera pregunta que me plantearía, a la que inmediatamente sigue: ¿se puede comprender más/mejor haciendo menos? Y, por último, ¿meditar supone una menor actividad por parte del individuo?

Como respuesta a la primera pregunta me gustaría destacar la estrechez del vínculo entre conciencia y conocimiento. Defiendo el trabajo por alcanzar un nivel de conciencia elevado como un trabajo de investigación en silencio. No se trata de argumentar, defender o explicarse a sí mismo el por qué del uno mismo. Es decir, no creo que la búsqueda de la conciencia se resuelva en una explicación de por qué soy como soy o lo que soy. Si no más bien un giro perceptual del propio conocimiento que, por ende, descubre un conocimiento que ya tenía, pero al que no hacía caso. Por lo tanto, es una búsqueda del propio conocimiento, no solo referido al conocimiento de sí, sino también a la manera de conocer y conocerse.

Acerca de si se puede comprender más y/o mejor haciendo menos, apuesto por la calidad de la actividad frente a la cantidad de actividad que puede soportar el individuo. La inmovilidad del cuerpo puede contribuir a una calidad mayor de actividad mental en términos de conciencia. Se puede ser más consciente de lo que se piensa —uno puede estar más atento y comprender mejor lo que pasa por su cabeza— si no está inmerso en una práctica corporal, porque dejará más espacio para la reflexión. De hecho, se defiende reiteradamente que la práctica de la meditación requiere de un esfuerzo constante por alcanzar el estado que se pretende, a pesar de que se esté en silencio e inmóvil.

La diferencia del carácter de la actividad provoca un mayor esfuerzo por parte de quien lo practica. Es decir, el hecho de que la actividad suponga estar quieto durante un tiempo prolongado, en silencio durante la misma duración y, de hecho, no solo en mutismo, sino en silencio mental, es algo que al individuo le cuesta más (al menos mentalmente) que moverse de cierta manera o hacer cierta práctica motriz durante el mismo tiempo. Podría decirse, entonces, que la meditación no implica menor actividad, sino que está menos distribuida y más condensada allí donde se encuentra. Como resultado, su ejercicio alcanza logros que de otro modo no podría alcanzar.

La inactividad y la quietud pueden ser decisiones muy beneficiosas si sabemos qué las mueve. Mantenerse callado porque se pretende escuchar es una de las decisiones más coherentes para el sabio. Quien tiene inquietudes, curiosidades, ganas de conocer, incertidumbres, y un largo etc. sabe que, ante todo ello, debe mostrarse cómo se muestra quién medita. Es un estado de predisposición ante el conocimiento, un silenciarse y escuchar activo que no busca dentro de sí las respuestas. En el caso de que así fuera, las respuestas estarían sesgadas, se formarían a partir del ruido que hay en nuestras cabezas llenas de palabras y símbolos ya significados. Más bien hay que resignificar desde el silencio.

Volviendo al inicio del artículo, considero demasiado complicado dejar lo que se llama cotidianamente “la mente en blanco”. En el caso de que así sucediese, me parece problemático traer ese blanco consciente a la realidad y darle forma. Lo que sí me parece defendible es utilizar estas técnicas para una reflexión menos ruidosa, más cabal y, gracias a ello, más consciente. La elevación de la conciencia es una cuestión demasiado amplia como para tratarla al mismo tiempo, pero sí me parece interesante apuntar que, en el caso de que la conciencia pudiese alcanzar algo así, tendría que ser con una práctica meditativa o muy parecida.

Pablo d’Ors en su obra Biografía del silencio1, describe cómo le costaba meditar y lo imposible que se le hacía dejar la mente en blanco, en silencio. Aun así, su esfuerzo le hizo comprender mejor su propia manera de entender las cosas y a sí mismo. El autor es un buen ejemplo de cómo nuestra hermenéutica nos condiciona hasta tal punto de ser ella misma. Somos lo que conocemos y nuestra manera de conocer.

Notas

[1] D’Ors, Pablo (2020). Biografía del silencio. Ed.: Galaxia Gutenberg.

Imagen | Unsplash

Cita este artículo (APA): Francisco, C. (2024, 01 de abril). ¿Cómo la meditación puede influir en nuestro conocimiento? Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2024/04/meditación-mindfulness-conocimiento

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por Cristina Francisco López

Graduada en Filosofía, maestra en Crítica y Argumentación Filosófica. Actual doctoranda en Filosofía y Ciencias del Lenguaje en Madrid. Joven apasionada por la lectura y escritura.

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