El presente texto se traduce como parte de nuestra la alianza que tenemos con la American Philosophical Association. Puedes leer el artículo original, en inglés, en el blog de la American Philosophical Association.

La primera vez que fui hospitalizado por depresión se me ocurrió preguntar si mis colegas filósofos tenían algo que decir sobre mi condición. Caminando por los largos pasillos blancos hasta la única computadora de escritorio de la sala de hospitalización (de una década de antigüedad) busqué en Philpapers bibliografía sobre el término «depresión». La depresión tiene su propia categoría1, con 179 entradas, pero si se filtran las entradas que no son filosofía, las que no son sobre la depresión o las que no están en revistas revisadas por pares, se obtienen 56. Hay algunos buenos trabajos —por ejemplo, los de Cecily Whiteley2 y Matthew Ratcliffe3— pero no muchos. A modo de comparación, la categoría de condicionales4 (preposiciones de la forma “si ______, entonces ______”) tiene 2,297 entradas.

Hay que anotar que los filósofos son mucho más propensos a sufrir de depresión que a escribir sobre ella porque, cada año, entre el 8 y el 9 %5 de los estadounidenses experimentan un episodio depresivo. Aproximadamente el 14 %6 de la población estadounidense calificará para un diagnóstico de trastorno depresivo mayor en algún momento de sus vidas y, suponiendo que la depresión golpea a los filósofos estadounidenses a tasas similares, de los 7,211 miembros registrados de la Asociación Americana de Filosofía, se debería esperar que 1,000 sientan el toque oscuro de la depresión en su vida; aproximadamente el mismo número de los que se especializan en ética. Alrededor de 600 filósofos —más de los que se especializan en filosofía antigua— experimentarán un episodio depresivo solo en este7 año.

La depresión es una parte de la condición humana tan generalizada y devastadora que la Organización Mundial de la Salud la ha denominado8: “la principal causa de mala salud y discapacidad en todo el mundo“; pero aún no ha captado la atención de los filósofos anglófonos contemporáneos, ¿por qué?

Tal vez porque no es obvio si hay alguna pregunta distintivamente filosófica sobre la depresión. Hoy en día se nos enseña que la depresión es una enfermedad de la neuroquímica, y no esperamos que la filosofía tenga nada perspicaz que decir sobre el cáncer. ¿Por qué deberíamos esperar que tenga más que decir sobre la depresión? Uno podría pensar que lo que causa y trata la depresión es una pregunta empírica que es mejor dejar en manos de científicos, psiquiatras y terapeutas.

Pero la depresión es diferente al cáncer. Si bien es en parte una enfermedad de la neuroquímica, la depresión también es una enfermedad del pensamiento, por lo que la terapia es una parte imprescindible de su tratamiento. Por eso es curioso que la filosofía, que se anuncia a sí misma como el estudio del cómo pensar, haya dicho tan poco sobre esta forma en la que el pensamiento se desmorona. También me sorprendió que yo, un filósofo que se enorgullecía de pensar con claridad, de alguna manera hubiera terminado en un hospital llenando hojas de trabajo sobre «distorsiones del pensamiento».

Estudiar cómo se rompe algo es una buena manera de aprender cómo funciona. Aprendes que la batería arranca el coche cuando esta se estropea, y que la memoria se procesa en el hipocampo al ver que los pacientes con lesiones en esta área del cerebro ya no pueden recordar. Los filósofos podrían aplicar el mismo enfoque a la depresión: al desentrañar cómo el pensamiento sale mal en la depresión, podríamos aprender sobre lo que se necesita para que el pensamiento salga bien.

Permítanme ser claro: cuando hablo de que algo «va mal» en el pensamiento de los deprimidos, no quiero implicar que las personas deprimidas sean las culpables de su condición. La depresión es involuntaria; además, incluso si la depresión es causada en parte por la forma en que uno piensa, eso no significa que uno pueda pensar fácilmente fuera de ella. Una cosa que aprendí de esas hojas de trabajo sobre distorsión del pensamiento es que hay una gran brecha entre reconocer conscientemente que, por ejemplo, no soy un fracaso terrible e internalizar ese pensamiento de una manera que sea realmente útil. La filosofía no ofrecerá una cura para la depresión. Sin embargo, la depresión puede ofrecer algunas ideas para suscitar la reflexión filosófica.

La ruptura del pensamiento que considero a la vez más interesante filosóficamente y más fundamental en la depresión es una especie de pérdida del valor. Durante mi primer episodio depresivo, el coro de mi escuela secundaria hizo un viaje al Gran Cañón que no significó nada por mí. Recuerdo que me quedé mirando fijamente la impresionante vista, pero el cañón parecía plano, como un fondo pintado en una película antigua; podía verlo, sin embargo, estaba ciego a su belleza. La depresión te roba la capacidad de apreciar las cosas buenas. Y todavía se puede creer, de una manera intelectual, que hay cosas buenas. Puedes decir: «es bueno que la mortalidad infantil esté disminuyendo»; todavía quieres que les sucedan cosas buenas a tus seres queridos, pero no puedes experimentar la bondad de las cosas buenas. Esto apunta a un aspecto de la vida bien vivida que los filósofos han tendido a descuidar.

Los especialistas en ética suelen centrarse en la acción preguntando: “¿qué debo hacer?” (Por ejemplo: ¿debo empujar al hombre delante del carrito?). La acción es una forma en que respondemos al valor: tratando de hacer cosas buenas (como recomiendan los utilitaristas) o respetando los derechos de los demás (como enfatizan los deontólogos). Otra forma menos estudiada en la que respondemos al valor es en la experiencia, en cómo recibimos y percibimos el mundo en lugar de cómo actuamos sobre él.

Es posible responder al valor en la acción, pero no en la experiencia. Immanuel Kant da el ejemplo de un filántropo deprimido que, incapaz de sentir ninguna simpatía por los demás, «se arranca a sí mismo de esta insensibilidad mortal» y ayuda a los demás «solo por el deber». Kant consideró a este hombre como el paradigma de la motivación moralmente digna. Pero por admirables que sean sus acciones, algo está claramente roto en la relación del filántropo deprimido con el bien.

¿Qué falla en la relación de la persona deprimida con el valor? ¿Qué nos dice eso sobre cómo responder y apreciar el valor? ¿Qué nos dice eso sobre el valor en sí mismo, sobre lo que es bueno y lo que es ser bueno? Estas son preguntas que la filosofía puede ayudarnos a responder.

A medida que nos acercamos a dichas interrogantes, debemos recordar que cualquier afirmación del tipo «X es la causa de la depresión» está destinada a ser falsa. Cada caso de depresión tiene su propia huella dactilar de síntomas y causas: algunos están tan arraigados biológicamente que solo la intervención neuroquímica puede ayudar; algunos pueden ser simplemente genéticas; a veces, la depresión es una respuesta casi inevitable a circunstancias intolerables, como podría serlo para un prisionero en confinamiento solitario. Por lo tanto, mientras buscamos un desglose de la forma en que los deprimidos piensan sobre el valor, debemos recordar que este será solo un hilo en el heterogéneo tapiz de horror que es la depresión.

El hilo del que quiero tirar tiene que ver con el deseo. Algunos de los pocos artículos filosóficos sobre la depresión9 se basan en la premisa de que las personas severamente deprimidas no tienen deseos, no quieren nada, y esto me parece desconcertante. Es cierto que la depresión puede hacer que uno se vuelva catatónico, sin ninguna motivación para levantarse de la cama, pero cuando me quedé paralizado en la cama no fue porque no quisiera levantarme; al contrario, quería desesperadamente levantarme, funcionar, volver a ser normal y sentía que no podía, como si estuviera esposado a unos postes. Por eso estaba deprimido: porque la vida que tanto deseaba parecía que ya no era posible.

En el libro Good Reasons for Bad Feelings (2019)10, el psiquiatra de la Universidad de Michigan, Randolph Nesse, argumenta que el deseo juega un papel central en la depresión. Sugiere que la función evolutiva del estado de ánimo es hacer coincidir la motivación con la oportunidad: cuando es probable que nuestros esfuerzos den sus frutos, el estado de ánimo es alto; cuando el éxito es poco probable, el estado de ánimo es bajo. Por lo tanto, el bajo estado de ánimo es una señal para conservar energía cuando el esfuerzo probablemente sea inútil, como un oso que hiberna en invierno. Nesse plantea la hipótesis de que la depresión es una versión extrema de esta señal, que surge de la percepción de que es imposible alcanzar las metas. Esto explica su observación clínica de que muchos de sus pacientes deprimidos estaban “atrapados persiguiendo metas inalcanzables11“.

Lo anterior es cierto para mí. En la raíz de mi depresión estaba el apego a un ideal inalcanzable de éxito académico y me avergüenza confesarlo: quería ser conocido como un gran filósofo, como Kant o Platón, y no podía aceptar el hecho de que eso no se hiciera realidad. Como consecuencia, la fórmula de Nesse es rendirse: cuando las personas deprimidas dejan de lado sus metas imposibles, pueden cambiar su enfoque a objetivos más realistas y su estado de ánimo mejorará. Esto es parte de la verdad: comencé a recuperarme solo cuando dejé de lado mis fantasías adolescentes de éxito. Sin embargo, no es toda la historia. Creo que el problema no es solo una fijación en metas inalcanzables: es la idea más profunda de que la bondad se encuentra en el logro de metas.

Si evalúas tu vida en términos de metas, entonces su valor siempre será comparativo. No hay nada bueno, solo cosas más cerca o más lejos de tu objetivo. Por lo tanto, la evaluación depende de tu estándar de comparación. Todos hemos experimentado esto. Por ejemplo, cuando un tumor aterrador resulta ser benigno, el hecho de que no tenga cáncer cambia de neutral a ¡descorchar la champaña! Cuando ves fotos de las vacaciones de tu amigo en Belice, tu agradable viaje por carretera a través de Pensilvania de repente se siente monótono. Una buena vida puede parecer mala cuando se compara con un sueño tecnicolor.

Una persona que experimenta el valor en términos de qué tan bien el mundo coincide con lo que quiere siempre es vulnerable a la depresión: todo lo que se necesita es que el mundo se desconecte lo suficiente de sus deseos. La lección de esto puede ser que el deseo es la forma incorrecta de relacionarse con el valor.

¿Cuál es el camino correcto? Atender a la bondad de las cosas que están justo delante de ti. La belleza del Gran Cañón no es comparable: no se trata de que sea mejor o peor que cualquier otro cañón. El valor está ahí, la bondad de las cosas buenas está en las cosas mismas. El valor radica en el mundo real, no en cómo ese mundo se compara con alternativas hipotéticas. Una persona deprimida no puede ver la bondad frente a ella, al menos en parte, porque está rumiando el valor no realizado de las posibilidades irreales. La forma correcta de relacionarse con el valor no es quererlo, sino apreciarlo.

Como de costumbre, los budistas lo han sabido todo el tiempo: “el deseo es la causa de todo sufrimiento“. No creo que sea una coincidencia que la meditación de atención plena sea una de las terapias más prometedoras para la depresión12.

Esto puede parecer autoayuda, y lo es, pero aquí también hay sustancia filosófica. Muchos filósofos, especialmente los de la tradición utilitarista, han asumido que los principales portadores de valor son los estados de cosas o los resultados. El tipo de valor que tenemos en mente cuando decimos: «es malo que la guerra en Ucrania13 se haya cobrado tantas vidas». En contra de esto, Elizabeth Anderson14 y otros han argumentado que los portadores fundamentales de valor son las cosas concretas: tu gato, tu cónyuge, el árbol bajo el que te gusta sentarte, el dibujo a lápiz de tu hijo de 5 años, una noche bailando con amigos, etc. Si tengo razón en que la depresión puede surgir de la fijación en un estado de cosas deseado en lugar de apreciar el valor que las cosas tienen en sí mismas, eso parece pesar en el lado del debate de Anderson.

En la alegoría de la caverna de Platón, lo que los prisioneros de la caverna no pueden ver es «el bien». Platón pensaba que la tarea del filósofo era escapar de la caverna, llegando a captar la esencia de la bondad misma. Cuando uno realmente ve el bien, iluminará el mundo entero como el sol. Los deprimidos están atrapados en los rincones más oscuros de la cueva, tal vez la filosofía pueda ayudar a mostrarles el camino de salida.

Notas

[1] Ver: https://philpapers.org/browse/depression

[2] Whiteley, C. M. K. (2021). Depression as a disorder of consciousness. British Journal for the Philosophy of Science. https://doi.org/10.1086/716838

[3] Experiences of depression. (n.d.). Matthew Ratcliffe – Oxford University Press. https://global.oup.com/academic/product/experiences-of-depression-9780199608973?cc=ca&lang=en

[4] Ver: https://philpapers.org/browse/conditionals

[5] Major Depression. (n.d.). National Institute of Mental Health (NIMH). https://www.nimh.nih.gov/health/statistics/major-depression

[6] Kessler, R. C., Petukhova, M., Sampson, N. A., Zaslavsky, A. M., & Wittchen, H. (2012). Twelve‐month and lifetime prevalence and lifetime morbid risk of anxiety and mood disorders in the United States. International Journal of Methods in Psychiatric Research, 21(3), 169–184. https://doi.org/10.1002/mpr.1359

[7] Texto escrito originalmente el 12 de junio de 2023.

[8] World Health Organization: WHO. (2017, 30 marzo). «Depression: let’s talk» says WHO, as depression tops list of causes of ill health. WHO. https://www.who.int/news/item/30-03-2017–depression-let-s-talk-says-who-as-depression-tops-list-of-causes-of-ill-health

[9] Ver: Tully, I. (2017). Depression and the problem of absent desires. Journal of Ethics & Social Philosophy, 11(2), 1–16. https://doi.org/10.26556/jesp.v11i2.110 & Spaid, A. (2020). Desire Satisfaction Theories and the problem of Depression. https://philpapers.org/rec/SPADST

[10] Nesse, R., MD. (2019). Good Reasons for Bad Feelings: Insights from the Frontier of Evolutionary Psychiatry. Penguin.

[11] Ibídem, Pp. 93.

[12] Eisendrath, S. J., Gillung, E., Delucchi, K. L., Segal, Z. V., Nelson, J. C., McInnes, L. A., Mathalon, D. H., & Feldman, M. D. (2016). A Randomized Controlled Trial of Mindfulness-Based Cognitive Therapy for Treatment-Resistant Depression. Psychotherapy and psychosomatics85(2), 99–110. https://doi.org/10.1159/000442260

[13] La invasión rusa de Ucrania, ​también denominada guerra de Ucrania, iniciada el 24 de febrero de 2022, constituye una escalada de la guerra ruso-ucraniana que comenzó tras los sucesos del Euromaidán en 2014. Se trata del mayor ataque militar convencional en suelo europeo desde la Segunda Guerra Mundial. Cobertura de la BBC: https://www.bbc.com/mundo/topics/cv1qkggw4r1t

[14] Anderson, E. (1995). Value in Ethics and Economics. Harvard University Press.

Imagen | Pixabay

Artículo de:

Brendan de Kenessey
Doctor en Filosofía. Profesor de filosofía (Universidad de Toronto). Trabaja en temas de ética y psicología moral, incluyendo promesas, acciones conjuntas, adicciones, obligaciones morales y filosofía de la salud mental.

Traducción:

Lina Salazar Villa (traductora del blog de la APA y de Filosofía en la Red):
Lic. en Filosofía y Letras, y en Derecho. Interesada en filosofía de la tecnología.

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por American Philosophical Association (APA)

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