Gorgias fue un filósofo que podríamos alistar al grupo de los sofistas, una afiliación en la que por cuestiones de espacio en este artículo es mejor no entrar ahora. No obstante, cualquier experto en historia de la filosofía nos hará hincapié en que, al intentar comprender a él o a cualquier otro sofista, debemos ser conscientes de que gran parte de su obra y, por lo tanto, su pensamiento, se ha perdido debido a guerras, saqueos de bibliotecas o la acción de censores que, buscando protegernos de un supuesto infierno intelectual, quemaron sus escritos.

Pero seguro que cualquier iniciado en la filosofía conoce de Gorgias el famoso argumento escéptico. Este argumento, aunque varía levemente según traducciones, expone:

1) nada existe; 2) si algo existiera, no podría ser conocido, y 3) si algo existente pudiese ser conocido, sería imposible expresarlo con el lenguaje.

Un argumento que a priori parece pertenecer al campo de la ontología, pero como gran parte de las obras de la Grecia clásica, tiene un trasfondo político difícil de obviar.

Si tomamos en serio este argumento y aceptamos la imposibilidad de acceder a la verdad absoluta, nos encontramos ante la necesidad de llenar este vacío con nuestras propias convicciones, sin la obligación de garantizar su inmunidad a la duda, dado que la certeza completa es inalcanzable. Esta perspectiva habilita a Gorgias para sostener que cualquier posición puede ser defendible, ya que resulta imposible decretar su veracidad con absoluta seguridad. En consecuencia, al formular nuestros argumentos políticos, podemos hacerlo con una serenidad moral, conscientes de que nunca estaremos completamente equivocados, pues ni la verdad absoluta ni el bien supremo son alcanzables.

Este argumento siempre ha enfrentado la resistencia de filósofos como Platón, quienes sostienen que hay verdades incuestionables que todos deberían aceptar como tales. Esta postura también ha sido adoptada por religiones y movimientos políticos totalitarios, con el fin de suprimir cualquier crítica. No se trata únicamente de la existencia de una verdad absoluta, sino de la afirmación de que los líderes virtuosos la conocen y la emplean para guiar nuestras vidas, aun cuando nosotros mismos podamos dudar de dicha verdad.

Curiosamente, aunque el argumento escéptico de Gorgias ha sido denostado, siempre por quien ostenta el poder mayoritario, parece haber marcado de alguna forma el devenir histórico de nuestra disciplina y ha marcado cada una de sus diferentes etapas de la historia de la Filosofía.

Nada existe

Heidegger reconoce1 al principio de “Ser y Tiempo” que el gran acierto de los primeros presocráticos es el preguntarse por el Ser de manera radical. Este momento inicial destaca por la radical y evidente manifestación de la indagación sobre el Ser. Platón, aprovechando esta pregunta fundamental, encubre el concepto del ser bajo la noción de Justicia en su filosofía, sentando así las bases de un sistema político que refleja la realización de su ideal político. Esta concepción, que se plasma en diversas instituciones como el Imperio romano y la Iglesia Católica, entrelaza ontología y política, demostrando cómo se confunden y complementan estas esferas.

Parece que empeñados en que algo exista, el Ser inunda no solo el ámbito filosófico, sino que desborda por el político y el teológico. La discusión se ocupará entre realistas y nominalistas, pero no dejará de ser una cuestión que parece abarcada con la discusión escolástica sobre los Universales, pero que no termina de contestar a la pregunta de la existencia del Ser.

Si algo existiera,
no podría ser conocido

Sin saber al final sobre el Ser, y alejándonos cada vez más de esta pregunta, se empieza a asomar el segundo momento de nuestra historia filosófica. Y aparece de la mano de Descartes al preguntarse sobre la posibilidad de conocimiento y certeza, aunque probablemente esta cuestión tiene antecedentes en la doble vía de conocimiento de Averroes y Tomás de Aquino.

En cualquier caso, el pensamiento del francés marca el inicio de una era en la filosofía caracterizada por la lucha entre empiristas y racionalistas. El objetivo principal de esta contienda no era meramente conocer la verdad, sino liberarse de los dogmas eclesiásticos que asfixiaban a la Europa medieval en diversos aspectos.

Sapere Aude es el lema de la ilustración que nos invita a avanzar en la maldición de Gorgias, olvidarnos de si el Ser existe y preocuparnos directamente de como somos capaces de conocerlo. De hecho, Kant en su Crítica a la Razón Pura nos invita a conocer a la vez lo que nos pone límite a nuestra capacidad cognoscitiva.

Si algo existente pudiese ser conocido,
sería imposible expresarlo con el lenguaje

El último giro de esta maldición podemos entenderlo a partir de Rorty y su giro lingüístico2. El ser humano no ha podido determinar aun si existe algo o no, ni tan siquiera podemos saber cómo conocerlo con certeza y, aun así, malditos por Gorgias, ahora nos peleamos sobre cómo ser capaces de comunicar aquello que no hemos conocido porque ni siquiera sabemos si existe.

Fruto de esta batalla por el relato tenemos dos de los grandes frentes en la filosofía actual: por un lado, el analítico, que intentar formalizar hasta la extenuación un lenguaje sin saber muchas veces ni lo que quiere decir. Cabe recordar aquí la famosa proposición 7 del Tractatus de Wittgenstein3:

De lo que no se puede hablar es mejor callar.

Por el otro lado, una filosofía hermenéutica que trata de descifrar el lenguaje y sus diferentes formas de uso. Tal vez no podemos conocer ese Ser que preocupó a los primeros filósofos, pero aun no estando seguros de su existencia, Heidegger con su famosa cita “El lenguaje es la casa del Ser4”, ya nos da la dirección por si queremos ir a su encuentro.

El fin de la maldición

Si enumeramos bien, parece que nos encontramos al final de esta maldición.

Siguiendo la perspectiva postmodernista, quizás nos encontremos al borde del fin de los grandes relatos. De acuerdo con Vattimo5, sería preferible abandonar la idea de la Verdad como un tótem existencial que comienza a obstaculizar nuestro progreso como humanidad. Tal vez, liberarnos de la ‘maldición de Gorgias‘ nos abra camino hacia nuevas direcciones que no estén exclusivamente orientadas a objetivos políticos.

Notas

[1] Martín, A. (2016). El diálogo de Heidegger con los filósofos presocráticos. Pensamiento. Revista De Investigación E Información Filosófica63(235), 35–58. Recuperado a partir de https://revistas.comillas.edu/index.php/pensamiento/article/view/4513

[2] Para Rorty, el giro lingüístico no solo es un cambio de la visión filosófica del lenguaje, sino también un cambio en las narrativas que giran en torno a él, rechazando la noción que se tiene de verdad objetiva, expresando que el lenguaje es contingente y “resultado de «miles de pequeñas mutaciones»”.

[3] Wittgenstein, L. (1998). Tractatus Logico-Philosophicus (471st ed.). Dover Publications.

[4] Pozuelo, B. (2016, 25 de mayo). El lenguaje, casa del ser. Un comentario a Heidegger. https://www.ensayos-filosofia.es/archivos/articulo/el-lenguaje-casa-del-ser-un-comentario-a-heidegger

[5] Marcos, J. (2019). Las víctimas ante el precipicio de la verdad: una cuestión de justicia tras el debilitamiento de Gianni Vattimo. Griot, 19(1), 159-173. https://doi.org/10.31977/grirfi.v19i1.1117

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Cita este artículo (APA): Juan, L. (2024, 19 de abril). La maldición de Gorgias. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2024/04/quien-fue-el-filosofo-gorgias

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