El escenario ético-político que dejó la Gran Tragedia Mundial funciona a modo de incentivo para que los teóricos de la moral repiensen el problema del mal desde una nueva perspectiva: desnaturalizar la violencia desde la propia noción de responsabilidad. Entre estos autores de la responsabilidad y la prevención, de procedencia judía, encontramos a Hannah Arendt como máxima exponente de la crítica a la realidad de su momento para frenar la repetición de la violencia totalitaria e instrumental. Rompiendo las barreras de lo político y lo personal, Arendt propone una visión del mal que abarca la obediencia institucional, la tarea del deber moral, y el origen del propio mal vinculado al pensamiento. Esta propuesta surge mediante el estudio del caso Eichmann —quien es juzgado en Israel por la persecución judía—, pues sitúa como objeto de estudio de la banalidad del mal a este funcionario del mal. 

En el juicio de Eichmann en Jerusalén, Hannah, incomprendida por el resto del auditorio, intenta entender la falta de moralidad que hay en el ejecutar acciones injustas y sobrellevar el mal de manera indiferente. Al escuchar el discurso monótono, y sin capas de trasfondo que propone el investigado, empieza a cuestionarse si existe un motu proprio detrás su razonamiento, si toma conciencia de la barbarie cometida, o si simplemente es capaz de entender la sensibilidad de lo ocasionado. Esta distancia con su propia humanidad y con la atrocidad cometida, lleva a Arendt a tejer un entramado de ideas que concluyen en la tesis de la banalidad del mal, en la que teoriza sobre el papel de la obediencia, la suspensión del juicio y, por lo tanto, de la facultad de pensar.

Estas reflexiones sobre el origen del mal, que ya aparecían en textos previos como Los orígenes del totalitarismo son diversas y se ve en la proyección filosófica de la pensadora judía como la concepción del mal se transmuta de un mal radical a un mal ligado a la banalidad, instrumentalidad y falta de pensamiento activo. La resignificación del mal, aparece a raíz del escrito sobre Eichmann en Jerusalén, y además, encontramos un pasaje en De la historia a la acción, donde dedica un capítulo a la incapacidad de pensar. Es por esto, que para entender las raíces de esta nueva, revolucionaria y criticada concepción debemos primero formular las cuestiones vinculadas a la obediencia institucional, la facultad de juzgar para llegar a la tesis de la banalidad del mal. 

La primera clave para entender esta problemática viene de la mano de la idea de Eichmann como funcionario del mal, pues la autora detecta cómo existen unos mecanismos sociales e ideológicos que nublan el pensamiento activo, llevando a la incapacidad de analizar y contemplar lo que sucede. De este modo, el bagaje cultural genera una barrera entre lo aprendido como moralmente válido a modo de máxima universal, y las situaciones concretas, dando como resultado un sujeto irreflexivo. Se genera una distancia con la propia humanidad, y el sentido ético íntegro y personal, para filtrar todas las acciones como “autorizadas”, sin evaluar el contenido de los hechos particulares. Y es aquí donde cobra sentido el enunciado propuesto, pues el sujeto queda denominado un autómata social, que sigue los patrones instaurados y cumple con lo ordenado a modo de maquinaria logística de una estructura coordinada. Al sugerir esto, se genera una cuestión, ¿exime la obediencia institucional la responsabilidad moral de sus acciones? Para resolver esta problemática, debemos considerar la idea del principio de responsabilidad, ya que se debe mantener el mundo, los vínculos y las instituciones, evitando que caigan en tratamientos opresores. Si bien se da el caso que las instituciones, y las formas de vida de la colectividad entran en dinámicas de desarticulación del bienestar, la desobediencia civil servirá como oposición a la barbarie legalizada para ponerse al margen de la presión de la propaganda, y mediante la reflexión y sensibilidad ante el poder de las élites, se pueden formar pequeños grupos de individuos que hagan un buen funcionamiento de la capacidad de articular juicios morales. Es así que la obediencia institucional ante cuestiones atroces solo es un reflejo de la falta de conciencia moral y conciencia del mundo. Por ello, se debería juzgar a las instituciones que coordinan los artefactos del mal, y no a los sujetos que —por racionalidad instrumental— siguen las normas establecidas, pues se necesita de un gran potencial ético para discernir las acciones buenas de las malas que se esconden bajo la normalidad y la institucionalidad

A pesar de lo monstruoso de los actos, el agente no era un monstruo ni un demonio, y la única característica específica que se podía detectar en su pasado, así como en su conducta a lo largo del juicio y del examen policial previo fue algo enteramente negativo: no era estupidez, sino una curiosa y absolutamente auténtica incapacidad para pensar.

Arendt, 1995, p. 109

La facultad de juzgar tiene que ver con el aspecto más político del ser humano, porque es mediante los juicios que se refleja el interés por la comunidad, y la acción social. Esta acción se ve limitada, pues surge como subproducto en la conciencia y solo puede ser liberado mediante el pensamiento. Como ya hemos visto, el diagnóstico que da Hannah Arendt sobre la sociedad de su momento, recae en la idea de la economía psíquica planteando un panorama en el que los individuos son construidos bajo una suerte de máscara social que actúa de la manera estipulada, repitiendo los discursos esperados, y siguiendo un papel social estricto que limita la posibilidad de pensamiento. Esta capacidad de pensar queda completamente negada con los prejuicios y clichés, haciendo que los individuos hayan perdido el sentido de la conciencia moral, no solo con el mundo que les rodea, sino con su propia integridad. Este cumple con las dos máximas que definen al sujeto que ya no es capaz de reconocer su propia humanidad porque cumple la ley suprema sin plantearse lo atroz de lo que hace, y una vez cometido el crimen contra la moral, se muestra irreflexivo, y no se encuentra cualificado para desautomatizar y comprender el mundo más allá de la barrera de su ideario inducido.

Traer de vuelta al sujeto del Bios theorikos, se plantea como una necesidad, porque si no nos constituimos bajo lo político, nos convertimos en seres al margen de las preocupaciones sociales, cayendo en un cierto escapismo metafísico que no nos permite comprender nuestra propia humanidad. Vida y política deberían ser dos elementos interconectados, ya que el actuar y vivir en un mundo de relaciones humanas es lo que da sentido a la elaboración del juicio moral. Sin el pensar, que es el paso primero para liberar la facultad del juicio, los sujetos se quedan en generalidades, eliminando las interconexiones que permiten el diálogo interno con nosotros mismos, que crea conciencia, y evoca los juicios particulares sobre las cuestiones que nos afectan. Es solo mediante la reflexión que podemos tomar responsabilidad de nuestras acciones, el pensar y cuestionar es una tensión permanente que nos permite no caer en las garras del dogmatismo, del discurso estipulado y del bombardeo propagandístico.

Si seguimos el hilo conductor de esta propuesta arendtiana, desembocamos en la tesis de la banalidad del mal, que constituye el epicentro de su propuesta ética. Esta recoge, así, la no profundidad de la praxis, dejando en evidencia un soporte moral proveniente del exterior que se muestra desvestido de pensamiento. El sujeto que desempeña el mal ha perdido ya su capacidad de discernir el bien y el mal y ejecuta con indiferencia las acciones más hórridas, porque se ha desvinculado de su propia humanidad para funcionar como una máquina. El mal no tiene profundidad, y no es radical, ya que no tiene raíces ocultas y no esconde algo diabólico, sino que surgen del no-pensamiento; el bien es lo único profundo y radical, que tiene un carácter transformador.

La tarea de pensar es como la labor de Penélope que cada mañana destejía lo que había hecho la noche anterior.

Arendt, 1995, p. 117

Vemos así cómo estos tres grandes elementos que respaldan la teoría de la responsabilidad de Arendt se encuentran vinculados entre sí. Aparece ante nosotros la conexión en el momento que se resuelve el quid de la banalidad del mal, porque está directamente coordinado con la incapacidad para pensar. Esta incapacidad para pensar genera la imposibilidad de ejercer el juicio moral, haciendo que el sujeto banal no sepa discriminar el bien y el mal. Esta tríada da resolución al enigma de la contemporaneidad, porque la capacidad de pensar tiene que ver con no dejarse apresar por esquemas que te vienen de fuera o las ideas preconcebidas, y el paradigma actual está sujeto a la cultura como un instrumento de dominación. Para combatir este aparato de control, el pensar debe ser adscrito a todo el mundo, dejando de lado la idea individualista que constituye la historia del saber, para que deje ser el privilegio de unos pocos, y todos los individuos de la sociedad puedan plantear cuestiones concretas sobre el bien y el mal en cada momento, haciendo uso de la capacidad de generar juicios. De este modo, introduciendo el pensamiento crítico y rechazando los códigos de conducta, todos los individuos de la sociedad pueden poner en práctica una ética de la responsabilidad que prevea los males futuros desde la reflexión y la acción. 

Bibliografía

Arendt, H. (1995) De la historia a la acción, Barcelona, Paidós.

Arendt, H. (2005)  La condición humana, Paidós Ibérica. 

Sánchez, N. (2021) Hannah Arendt: La filosofía frente al mal, Alianza Editorial. 

Imagen | Cultura Inquieta [imagen empleada solo con fines ilustrativos; los derechos de la fotografía dependen de la fuente].

Cita este artículo (APA): Martín, L. (2024, 03 de mayo). La responsabilidad en Hannah Arendt. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2024/05/banalidad-del-mal-y-hannah-arendt

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