Breve comentario en derredor a Cándido o el optimismo de Voltaire. Parte 2 de 3

Continuaré desde donde me quedé en la última entrega. En la ocasión pasada traté de definir los conceptos clave de la propuesta pesimista del doctor Slaymen Bonilla Nuñez: “El pesimismo utópico o del mundo como vacuidad y mythos”, y entre esos también está el de “Metarracionalidad”. Asumir el mundo como un “mito vacío”, hace consciente al hombre de los grandes relatos sobre los que se encuentra parado al momento de interpretar el mundo a través de los postulados de una doctrina determinada, nutrida, por supuesto, de sus presupuestos dialécticos, también vacíos, mismos que provocan una suerte de “estupor existencial” ante las paradojas que estos hacen emerger al brindarle, pues, la ilusión de que existe algún principio insensible y oculto a lo sensible. Es decir, lo metarracional ya no es más el relato monolítico de un principio fundante e incognoscible a través de lo meramente aparente (Voluntad y representación, si se quiere), sino el discurso consciente de su propia estructura vacía, dialéctica y mítica; lo anterior nos brinda la oportunidad de:

Construir una nueva forma de filosofía, una que no esté ligada, al cien por ciento, al Logos, al discurso lógico-racional de occidente, ese paradigma filosófico que engulló a los demás […] Una filosofía que asuma la verdad última (vacuidad) y la verdad convencional (mythos), aunque, quién sabe, esta también es una de muchas utopías y el silencio de nuevo se impone para quien ha comprendido esto.

El hecho de que el filósofo pesimista mexicano haga mención de Heidegger me resulta muy evocador, ya que “el maestro de la selva negra”, en su texto intitulado: “¿Qué es la filosofía?”, reflexiona en derredor a la relación que existe —si es que existe como tal— entre la filosofía y la razón; y, al hacerlo:

Si lo que se reconoce como razón fue establecido primera y exclusivamente por la filosofía a lo largo de toda su historia, no parece aconsejable dar anticipadamente por sentado que la filosofía es un asunto de la razón […] quien pretenda determinar la filosofía como irracional, toma lo racional como criterio de delimitación y, por cierto, lo hace de tal manera que otra vez presupone como evidente lo que es la razón2.

Como puede verse, entonces, sería arriesgado asegurar que la filosofía es un asunto de la razón, porque se estaría dando por sentado que la razón es un término definido y conocido por todos de manera conjunta y, además, sería un tanto contradictorio en tanto que fue la filosofía quien (quizás en conjunto con la geometría) comenzó a “utilizarla” con el objetivo de buscar “dar razón” —logos— de los diferentes conceptos del mundo (piénsese en la mayéutica socrática y su ‘giro antropológico’, por ejemplo). Pero, al mismo tiempo, sostener la tesis contraria, que la filosofía es un asunto que compete a la irracionalidad, es igualmente problemático, ya que quien utilice lo irracional como categoría presupone ya la definición consensuada del concepto de razón para definir y contrastar a lo irracional. Debido a esto. Heidegger, más adelante, agrega3:

En cambio, si nosotros señalamos la posibilidad de que aquello a lo que se refiere la filosofía nos incumbe y nos afecta a nosotros los hombres en nuestra esencia, podría darse el caso de que esta manera de sentirse afectado no tuviera nada que ver con lo que habitualmente se entiende por afectos y sentimientos, en una palabra, con lo que habitualmente se entiende por lo irracional.

En fin, ahora el último concepto del que me toca hablar para retomar ya la cuestión del pesimismo, es el concepto de mundo, y para ello recurro a Enrique Dussel. En su “Filosofía de la liberación”, define al mundo como:

Horizonte cotidiano dentro del cual vivimos. El mundo de mi hogar, de mi barrio, de mi país, de la clase obrera. Mundo es entonces una totalidad instrumental, de sentido4.

Luego entonces, retomo la cuestión del pesimismo en tanto que caída, pero recordando que ni el sufrimiento ni la Voluntad ni ningún otro concepto es fundamento (verdad última) de lo real, solo conceptos pragmáticos donadores de sentido (verdades convencionales) que tienen un peso serio e importante, por lo que, insisto, jamás exhortaría a nadie a postular que todo es relativo, ya que “la verdad convencional no es una verdad menor o secundaria, es la verdad última y viceversa5“.

El pesimismo siempre es consciente de la caída del hombre. La palabra pesimismo “[…] proviene de la palabra latina pessimus, que, a su vez, es el superlativo de peior, peius (peor), por lo que pésimo vendría a ser lo más malo que lo peor. De hecho, peior se asocia con la raíz indoeuropea ped (pie), que refiere al acto de tropezar y caer6”. Luego entonces, pesimista es aquel a quien le gustaría ser optimista, pero que, en su estar siendo, ha caído y experimentado el golpe en carne propia. Y si uno ha caído, entonces sabe cuánto duele, no dejaría a un doliente en el piso. Y que no se nos olvide: TODOS vamos a caer.

Es aquí en donde Cándido o el optimismo7 tiene una relevancia absoluta, ya que la historia nos narra la vida de un sujeto de nombre Cándido8 que, después de haber sido expulsado del castillo en el que vivía, esto gracias a haber besado a su gran amor, la hija del Barón, Cunegunda, emprende una serie de viajes en donde, junto con él, los personajes del relato terminan padeciendo toda suerte de desgracias que los hacen reflexionar, sobre todo a Cándido, sobre la naturaleza del mundo (vacía, recuérdese) y concluir que, en efecto: vivimos en “el peor de los mundos posibles”. En el texto se puede leer lo siguiente9:

Martín, sobre todo, concluyó que el hombre había nacido para vivir en las convulsiones de la inquietud, o en el letargo del tedio. Cándido no estaba de acuerdo, pero tampoco proponía algo distinto.

Tesis muy parecida, por cierto, a la propuesta por Schopenhauer cuando explica que la voluntad de vivirse mantiene deseando la vida sin motivo alguno aparente, sino simplemente provocando el accionar humano (inconsciente, en realidad) bajo la ilusión de conciencia y entendimiento, cuya única recompensa es el aminoramiento momentáneo del sufrimiento (innecesario, si me preguntan) y producir así una miseria soportable la mayor cantidad de años posibles, porque, de nuevo, la Voluntad siempre se mantiene deseando la vida (con todo y sus miserias y penurias constantes). Al respecto, y muy parecido, insisto, a lo dicho por Voltaire, Schopenhauer argumenta10:

¿Pero cuál es el último fin de todo esto? Mantener individuos efímeros y atormentados durante un breve lapso de tiempo, en el mejor de los casos, con una miseria soportable y una comparativa ausencia de dolor a la que enseguida acecha el aburrimiento; luego, la propagación de esa especie y sus afanes.

Una vez más se puede ver que, de alguna u otra manera, tanto Voltaire, Schopenhauer y Bonilla nos hablan de esa caída sufrida y que nos hace adquirir una consciencia muy avispada sobre nuestra propia “naturaleza11”, una muy tendiente al sufrimiento, pues aunque sería incorrecto decir que este es el único que impera en la realidad de los vivientes (como si de una verdad última se tratara), la evidencia a nuestro alcance nos empuja a aceptar que la vida tiene cosas buenas, sí, pero estas quedan sumamente ensombrecidas toda vez que nos damos cuenta, gracias a la evidencia empírica, que, en realidad, no somos dueños de nada, ni de nuestro cuerpo ni de nuestras decisiones, sino que somos siempre empujados por los designios de la Voluntad que desea perpetrar la vida y conservar la especie (por eso aún los agonizantes desean una cura para sus males que les permita seguir viviendo a toda costa), y que el centro de esa Voluntad no es el intelecto como sí los órganos genitales. Es por eso que Schopenhauer también aclara que la felicidad solo es experimentable en la infancia, ya que durante este periodo el sistema nervioso se adelanta, pues, al resto del organismo.

En cambio, el que más tarde comienza a desarrollarse es el sistema genital, y solo al llegar la madurez adquieren toda su fuerza, la irritabilidad, la reproducción y la función genital, que entonces, por lo regular, poseen el predominio sobre la función cerebral. Por eso se explica que los niños sean en general tan listos, razonables, ávidos de saber y fáciles de instruir, y que incluso en conjunto estén más dispuestos y sean más aptos que los adultos para todas las ocupaciones teóricas: en efecto, como consecuencia de aquel curso del desarrollo, tienen más intelecto que voluntad, es decir, que inclinación, deseo, pasión. Ya que el intelecto es idéntico al cerebro, igual que el sistema genital, lo es al más violento de los deseos: por eso lo he denominado el foco de la voluntad. Precisamente porque la infernal actividad de ese sistema todavía dormita mientras que la del cerebro está ya en total pujanza, la niñez es la época de la inocencia y la felicidad, el paraíso de la vida, el Edén perdido sobre el que volvemos la vista con nostalgia durante todo el resto de nuestra vida12.

Al contrario de lo que les sucede a los infantes, más intelectivos que volitivos, los adultos sufren y se vuelven infelices por estar dominados por la Voluntad y su constante “querencia”, misma que nubla el intelecto y hace que los seres humanos comiencen a actuar solamente de manera mecánica en tanto que, sometidos a los designios de la Voluntad, se ven sometidos a un ciclo repetitivo que los obliga a trabajar, esforzarse para mantenerse vivos, reproducirse y someter a los nuevos natos al mismo espiral, uno que oscila, como ya dije en palabras de Schopenhauer, entre el aburrimiento y el deseo con algún placer ocasional y efímero que no compensa el esfuerzo realizado para su obtención y apenas alivia la agitación producida por las vicisitudes experimentadas en el diario vivir.

Notas

[1] Bonilla, S. (2022). El pesimismo utópico o del mundo como vacuidad y mythos. Cuadernos de Pesimismo. Pág. 189.

[2] Heidegger, M. y Escudero, J. (Trad.)., (2004). ¿Qué es la filosofía? Herder. Pág. 32.

[3] Ibídem.

[4] Dussel, E. (2011). De la fenomenología a la liberación. En Filosofía de la liberación. Fondo de Cultura Económica. Pág. 41.

[5] Bonilla, S. (2022). El pesimismo utópico o del mundo como vacuidad y mythos. Cuadernos de Pesimismo. Pág. 188.

[6] ——— (2022). Pesimismo. En Samaniego, A., y Torres, E. (Comp.), Léxico de las ciencias sociales en la pandemia. Universidad Autónoma de Chiapas. Pág. 234.

[7] Voltaire. (2010). Cándido o el optimismo (P. Montoya, Trad.). Universidad de Antioquia.

[8] Considero evidente que el autor de la novela escogió el nombre de su protagonista de manera muy cuidadosa y con la intención de transmitirle al lector la actitud que quería criticar: la de una persona ingenua, excesivamente confiada y creyente de que el mundo en su totalidad se reduce a lo conocido por él. Por tanto, Cándido es presentado como una persona ramplona, sin criterio propio y sometido a las enseñanzas de su maestro, que lo sume en un optimismo ingenuo y exagerado. En este sentido, el diccionario de la Real Academia Española (RAE), nos ofrece dos definiciones de cándido que me sirven mucho citar para el caso (ambos adjetivos). La primera: “ingenuo, que no tiene malicia ni doblez”. La segunda: “simple, poco advertido”. Incluso, el mismo Voltaire lo describe como una persona que “[…] Poseía un juicio recto y un espíritu simple. Creo que, por esta razón, se le llamaba Cándido” (Pág. 3).

[9] Voltaire. (2010). Cándido o el optimismo (P. Montoya, Trad.). Universidad de Antioquia. Pág. 170.

[10] Schopenhauer, A. y López, P. (Trad.). (2009). Complementos al libro segundo. En El mundo como voluntad y representación II. Trotta. Pág. 402.

[11] He escrito la palabra naturaleza entre comillas, debido a que no hay tal, como ya he explicado.

[10] Schopenhauer, A. y López, P. (Trad.). (2009). Complementos al libro segundo. En El mundo como voluntad y representación II. Trotta. Pág. 441.

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Artículo de:

Diego Alejandro Ramírez Mendoza (miembro de SIEP):
Comunicólogo (UAM). Alumno de estética con el Dr. Enrique Dussel, y de otras ramas de la filosofía, en la UAM.

Cita este artículo (APA): Ramírez, D. (2024, 28 de abril). Breve comentario en derredor a Cándido o el optimismo de Voltaire. Parte 2 de 3. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2024/04/candido-y-el-pesimismo

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por Sociedad Iberoamericana de Estudios sobre Pesimismo

La Sociedad Iberoamericana de Estudios sobre Pesimismo (SIEP) tiene como objetivo apoyar y promover la investigación especializada sobre el pesimismo.

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