El siguiente texto es una reescritura y ampliación del texto "El valor de una vida" publicado el 24 de julio de 2016 en la versión anterior de Filosofía en la Red. 

¿Cuánto vale una vida? Esta pregunta tan esencial como inquietante no tiene una respuesta sencilla. De hecho, si planteamos la pregunta de determinadas formas, podría no tener respuesta alguna. ¿Cuánto vale mi propia vida para mí mismo? Podríamos decir que vale todo lo que poseo y aún más si es necesario pedir prestado, robar, o adquirirlo por cualquier medio posible. Sin embargo, si esto implica dejar en la ruina a mi familia, algunos podrían ceder ante tal perspectiva y decidir no pagar cualquier precio por salvar su propia vida. Claramente, la respuesta depende de cada individuo.

De manera similar, evaluamos el valor de la vida de nuestros seres queridos. Pero este enfoque tampoco nos lleva a una conclusión clara. Sin embargo, sí nos lleva a reconocer que, en un contexto social, probablemente dedicaríamos una cantidad enorme de recursos —es decir, dinero— para salvar vidas. Por ejemplo, invertir millones en mejorar una carretera podría, estadísticamente, salvar algunas vidas. Si una vida es invaluable, no haríamos otra cosa que mejorar carreteras (este es solo un ejemplo, puedes sustituirlo por tu preferido si no te agrada).

Existe otro enfoque para considerar este asunto que además es más acorde con las decisiones que tomamos a diario. Como al final todos vamos a morir, en realidad ninguna vida se salva permanentemente. Lo que logramos es aumentar la esperanza de vida —y potencialmente su calidad, aunque no compliquemos el asunto por ahora—. ¿Cuánto estamos dispuestos a pagar por aumentar nuestra esperanza de vida en un año? Ciertamente no ingentes cantidades de dinero. No, al menos, si se trata de aumentar de 45 a 46 años más a partir de ahora. Si hablamos de aumentar de 0 a 1 año, entonces volvemos al razonamiento del párrafo anterior, aunque de manera algo más moderada.

Este es el quid de la cuestión. La mayoría de las decisiones que involucran salvar vidas no se centran en la inmediatez del resultado (excepto en situaciones de catástrofe), sino en prolongar la esperanza de vida evitando enfermedades o accidentes. Y aquí ya no estamos tan dispuestos a pagar. De hecho, hay personas que renuncian a años de esperanza de vida por hábitos perjudiciales como fumar algunos cigarrillos al día. Otros, nos arriesgamos más de lo necesario conduciendo en lugar de tomar el tren, porque el leve incremento en el riesgo de accidente no compensa la comodidad de nuestro vehículo. O decidimos explorar la montaña, enfrentando riesgos mayores que si visitáramos un museo. Somos así, parece que si no hacemos algo más con nuestras vidas, además de simplemente vivir, entonces la vida no merece ser vivida.

Y lo que no deseamos para nosotros, no tenemos por qué desearlo para la sociedad en general. Podemos invertir más en mejorar carreteras, pero no podemos destinar todo el presupuesto a ello. Debe haber un equilibrio, dejando recursos para otras necesidades. En resumen, uno puede, si dispone de los datos adecuados, calcular cuántos años de esperanza de vida se pueden salvar invirtiendo X euros en una política específica y compararlo con otros usos del dinero. Si se trata de ahorrar vidas, simplemente asignamos los recursos donde se salvan más años de vida. Esto no debe tomarse de manera demasiado literal, hay muchos otros factores a considerar, pero prefiero no complicar demasiado el tema.

Dicho esto, en la medida en que decidimos gastar en cosas que no son directamente salvar años de vida, estamos implícitamente diciendo que X euros gastados en esas otras cosas nos proporcionan más satisfacción que los años de vida que podrían ser salvados con esos mismos X euros si se destinaran a prolongar la vida. Por supuesto, estas decisiones son profundamente personales y varían ampliamente según cada individuo y cada sociedad.

La realidad es que el valor de una vida no puede determinarse en términos absolutos. Depende de contextos culturales, personales, económicos y sociales. Así como un individuo puede valorar su vida de manera infinita, una sociedad debe hacer malabarismos con recursos limitados y necesidades ilimitadas. Además, las decisiones sobre cuánto invertir en salvar o prolongar vidas se complican aún más por cuestiones de justicia, equidad y ética.

Estas son preguntas con las que las sociedades han luchado durante siglos y seguirán enfrentando mientras existan. Aunque no encontremos una respuesta definitiva que se aplique universalmente, el mero acto de preguntar ¿cuánto vale una vida?, nos obliga a considerar con profundidad qué valoramos, cómo asignamos recursos y cómo definimos la vida que deseamos para nosotros mismos y para los demás.

En última instancia, mientras consideramos cómo valorar una vida, también estamos reflexionando sobre la naturaleza de nuestra humanidad y sobre los principios que deseamos que guíen nuestras decisiones tanto a nivel individual como colectivo. Cada decisión sobre este tema refleja una narrativa sobre quiénes somos y qué aspiramos a ser. En este sentido, la pregunta sobre el valor de una vida es tan reveladora como desafiante, y seguirá siendo central en nuestras deliberaciones éticas y morales.

Imagen | Unsplash

Cita este artículo (APA): Muro, C. (2024, 21 de mayo). El valor de una vida. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2024/05/cuanto-vale-una-vida

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por Claudia Ivette Muro García

Estudiante de primer año de filosofía (UNED). Apasionada por la danza, el yoga y la fotografía.

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