¿Por qué profesores e intelectuales pregonan la filosofía como una actividad positiva y con fines progresistas?, ¿acaso nunca han presenciado los desmanes provocados por los debates entre la supuesta crítica y la estupidez, o no han estado expuestos al sin sentido desbordante de la extrema reflexión? O simplemente, ¿será que al no haber demasiados estudiantes de filosofía, comparado con carreras universitarias, como informática o derecho, los académicos deban prescindir del impacto negativo al momento de promocionar la materia? O quizá, ¿se trata de la necesidad humana de defender el oficio propio como algo productivo y positivo? Tal vez, cayendo en especulación desenfrenada de mi parte: ¿lo positivo de la filosofía es precisamente la falta de funciones prácticas? 

El punto es que la propaganda académica de la filosofía no solo está incompleta, sino que muchas veces es engañosa. Porque de principio, la filosofía no sirve para nada, en el sentido de que pensar filosóficamente no garantiza ninguna función en el mundo práctico, al menos no directamente, lo que la aleja de ser una tarea con fines específicos y progresistas tal como sucede con la aplicación de gotas de yodo para purificar el agua. Estamos conscientes de que la filosofía afecta la relación entre el mundo y sus habitantes humanos, pero no necesariamente de forma positiva y exitosa. Ella no siempre mejora las situaciones de vida, también las arruina, también las confunde. Es una navaja, no de dos, sino de infinitos “filos” cortando sin control alguno por y para todos lados, ya sea para bien o para mal, con éxito o fracasando, o dejando suspendida la vida sobre un vacío. No existe ninguna relación causa-efecto inalterable entre analizar lógicamente, actuar conforme pensamiento crítico, etc. y obtener buenos resultados. Cualquier vínculo causal formal es construido solo bajo la ficción estructurada de objetivos específicos preestablecidos a la realidad, como lo hace la lógica de consumo, la autoayuda o lo políticamente correcto.

Pero ¿qué se entiende por filosofía? Invirtamos el enfoque y comencemos por sus resultados. Digamos que no todos los que supuestamente filosofamos somos buenas personas, ni somos felices, ni fuertes, ni seguros, ni éticos, ni nuestras críticas son constructivas. He aquí el problema sobre los beneficios de la filosofía, porque o no hay filosofía en lo negativo o la filosofía no consiste en lograr cosas específicamente positivas. No puede negarse que filosofar tiene ángulos prácticos positivos, pero tampoco puede negarse su apertura al conflicto, a la desesperación, a la angustia, a la destrucción y a la idiotez que son etiquetados como situaciones negativas. Entonces, ¿de qué depende la efectividad de la filosofía? La filosofía no es un mapa con indicaciones hacia un lugar ideal que nos aleje de todo mal, la filosofía no puede salvarnos de todo; sin embargo, puede salvarnos de nada. La filosofía no es una guía, es una actitud libre con la cual intervenimos la realidad.

La filosofía es el arte de formar, de inventar, de fabricar conceptos.

Deleuze y Guattari, 1993, p.8.

Y si bien crear es una acción positiva, en ocasiones es necesario destruir para dar espacio a lo creado, además de que lo que se produzca no siempre es positivo y exitoso, ya sea porque no coincide con un sentido específico o porque no encaja con lo establecido. La eficacia de lo generado depende de la situación en donde se desenvuelve, partiendo de si es “interesante, notable o importante”. El más grande sabio es a veces un idiota y a veces la mayor idiotez es lo más atinado. La filosofía, entonces, sirve para generar conceptos, pero regularmente destruye otros, para hacer espacio o para obtener material para otros nuevos. Este arte es un fármaco que sana y enferma a la conciencia y el cuerpo, al individuo y a la sociedad sometida a un devenir de éxito o fracaso.

Cuando reflexionamos, el pensamiento se arroja sobre el mundo para intentar comprenderlo. Lo hace desde una plataforma significativa determinante e ideal como lo es la ciencia, la lógica, la religión o la moral que nos permite preguntar, responder y criticar lo que acontece bajo “fundamentos coherentes”; sin embargo, aquella plataforma raramente es expuesta a la crítica misma, ya que es el soporte principal de nuestros argumentos ante lo adverso y antagónico y sin ella nuestra crítica caería, se rendiría ante cualquier oposición.

Solo pedimos un poco de orden para protegernos del caos. No hay cosa que resulte más dolorosa, más angustiante, que un pensamiento que se escapa de sí mismo, que las ideas que huyen, que desaparecen apenas esbozadas, roídas ya por el olvido o precipitadas en otras ideas que tampoco dominamos.

Deleuze y Guattari, 1993, p.202.

No obstante, al filosofar nos exponemos a la incertidumbre, a un pensamiento que se arroja sobre el mundo, pero también sobre sí mismo, pretendiendo suspender los principios esenciales que lo determinan, diseminándose en un caótico abismo donde se sujeta de la inestabilidad, del miedo, de un estruendoso silencio, del devenir, de la creación, del cambio, de la libertad.

Filosofar es, por una parte, toda aquella técnica de argumentación, reconocimiento de falacias, cálculo del pensamiento y hacer reflexiones exhaustivas que sirven para el mundo “civilizado”, pero solo es un modelo cultural que llega a confundirse con los extensos alcances del arte filosófico, con el arte de crear conceptos a partir de la trascendencia de la experiencia inmanente accesible a cualquier ser humano. Sin creación no hay filosofía.

Crear conceptos siempre nuevos, tal es el objeto de la filosofía.

Deleuze y Guattari, 1993, p.11.

Hablar de los temas del mundo desde la trinchera de lo políticamente correcto, desde la objetividad de los conceptos, sin exponerse a los derrumbes de sentido y sin construir ante el debilitamiento conceptual, no es filosofía. Atender a los problemas desde un discurso prácticamente ajustado y estable, donde se puede entrar y salir sin sufrir estragos en el significado de la propia vida no sirve para filosofar. No hay espacio para la autocreación de conceptos en estos lugares, ahí los conceptos, certificados o de moda, se consumen, valiendo por su supuesto uso práctico directo en el sistema.

[…] quienes critican sin crear, quienes se limitan a defender lo que se ha desvanecido sin saber devolverle las fuerzas para que resucite, constituyen la auténtica plaga de la filosofía. Es el resentimiento lo que anima a todos esos discutidores, a esos comunicadores. Solo hablan de sí mismos haciendo que se enfrenten unas realidades huecas.

Delauze y Guattari, 1993, p.34.

Y pasa en la Academia y con los influencers aduladores de la filosofía y el pensamiento crítico. Se critica sin criticar la propia crítica, sin recrearla. ¿Será como dice Bukowski que “el problema del mundo es que las personas inteligentes están llenas de dudas, mientras los estúpidos están llenos de confianza“? La filosofía no necesita ni de inteligentes ni de estúpidos, ya los tiene entre sus filas. Ella requiere de masoquistas resistentes dispuestos a derrumbar lo que saben y enfrentarse a la libertad de cambiar el sentido del mundo.

Existe propaganda que se limita a anunciar los buenos resultados de la filosofía y prescinde del resto de la experiencia filosófica. No sé si esté bien o mal que continúe así. Comprendo que la filosofía puede darnos muchas satisfacciones, quizá más que perturbaciones; sin embargo, lo que quiero hacer notar es que hay poco o nada de reconocimiento académico al vértigo, al pesado vacío existencial, al conflicto verdadero de las ideas, a la responsabilidad de la creación conceptual y sobre todo, a la libertad de pensamiento, otorgada indiscutiblemente por la filosofía. Que es difícil de sobrellevarla en una sociedad como la nuestra; por el contrario, percibo, tanto en la Academia como en el cotidiano, una promoción por el consumo de ideas y la libre reproducción de estas. Quizá Kierkegaard tenía razón y el problema no es de la academia filosófica, sino la humanidad, cuando dice que:

Los hombres son absurdos, jamás emplean las libertades que tienen, si no que exigen las que no tienen. Tienen libertad de pensamiento, pero exigen libertad de expresión.

El hecho es que la Academia acentúa esta actitud humana, ella prefiere divulgar el pensamiento crítico y la libre expresión que la libertad de pensamiento, la posibilidad de crear conceptos. El libre pensamiento se vuelve exclusivo de los investigadores profesionales, los doctores o los genios; ningún estudiante o practicante autodidacta está autorizado para crear. La Academia ha perdido su proyección filosófica ante el mundo y ha querido esconder que los filósofos, cualquiera que sea su propuesta e intensidad filosófica:

Tienen a menudo una salud precaria y demasiado frágil, pero no por culpa de sus enfermedades ni de sus neurosis, sino porque han visto en la vida algo demasiado grande para cualquiera, demasiado grande para ellos, y que los ha marcado discretamente con el sello de la muerte.

Deleuze y Guattari, 1993, p.174

Bibliografía

Deleuze, G. y Guattari, F. , ¿Qué es la filosofía?, Editorial Anagrama, 1993, Barcelona.

Artículo de:

Alberto Azuara Martínez (autor invitado):
Estudió Filosofía e Historia de las Ideas en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. Tiene mayor interés por problemas filosóficos relacionados con el tiempo, el cuerpo y la escucha.

Cita este artículo (APA): Gómez, L. (2024, 09 de mayo). Filosofía de infinitos finos. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2024/05/filosofia-y-su-utilidad

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