De la inmortalidad del alma en Miguel de Unamuno

Lo que ahora nos acontece no es otra cosa que el hombre, más concretamente el hombre de carne y hueso, “el que nace, sufre y muere —sobre todo muere— el que come y bebe y juega y duerme y piensa y quiere1.” Este hombre no es otro que tú y que yo, es propiamente el hombre concreto, el cual es el verdadero sujeto supremo de la historia y de la filosofía, y no el hombre en sentido abstracto, el concepto de “hombre” tal y como Hegel afirmaba. El hombre al que nos referimos es un ser racional, tal y como la filosofía ha mostrado siempre. El hombre, en contraposición con otros seres, tales como los animales, está dotado de razón. Siempre se ha dado a entender esta cualidad como la que eleva al hombre, la que hace que este sea de una naturaleza distinta al resto de seres, pudiendo, entre otras cosas, llegar a la existencia de Dios. Sin embargo, nunca se ha hablado del hombre como un ser afectivo y sentimental, siendo tal vez esta cualidad la más importante de las que él posee, en contraposición con el resto de los seres, y no la razón, como muchos otros dicen. El hombre está dotado de “sentimiento” y así, vive su vida de una forma completamente distinta a la del resto de seres, esto es lo que verdaderamente radica en el hombre. Y ese sentimiento en el hombre, no es otro que el problema de nuestro destino individual y personal, a saber, la inmortalidad de nuestra alma.

Al igual que cada cosa, cualquiera que sea, se esfuerza por perseverar en su ser, el hombre de igual manera se esfuerza por conservar su vida, quiere seguir siendo quien es, y este perseverar en seguir viviendo eternamente forma parte de su esencia misma. Ningún hombre desearía morir, ni el hombre de Unamuno, ni tú, ni yo, desearíamos morirnos nunca, muy al contrario, desearíamos poder perseverarnos eternamente. Pero lo que buscamos, no es la inmortalidad del alma, perdiendo por completo el cuerpo, sino que, siendo un hombre de carne y hueso, deseamos poder perseverarnos así, con el cuerpo y el alma.

El principio de unidad y de continuidad es lo que determina a un hombre, lo que le hace propiamente hombre. El primero se corresponde con el espacio que ocupa mi cuerpo y el movimiento del mismo. El segundo se relaciona con el tiempo. El que soy hoy proviene de una serie continua de estados de conciencia, de tal manera que, la memoria es la base de la personalidad individual. Querer ser otro no tiene ningún sentido, porque sería dejar de ser quien somos, y eso rompería nuestro principio de continuidad y de unidad que nos determina como el sujeto concreto que somos. Y ¿quién soy yo? “Para el universo nada, para mí todo2.” De tal manera, que para Unamuno lo singular no es particular, sino universal, que el hombre no es tratado como un medio, sino como un fin. La tesis que Hegel mostraba en su filosofía de la historia, en la cual, el verdadero fin no era el hombre, sino la humanidad entera, no es compartida por Unamuno. El hombre no debe ser tratado como un medio, sino como un fin, precisamente, porque su vida importa. El hombre ha venido a este mundo, no para sacrificarse por la humanidad, sino para realizarse, para vivir.

Por tanto, quien nos acontece en este ensayo, no es otro que el hombre particular, el hombre de carne y hueso, ese que no quiere morir, sino que desea vivir eternamente, conservando tanto su alma, como su cuerpo. Ese que tiene anhelo de inmortalidad.

El hambre de inmortalidad

Resulta realmente imposible para cualquier ser humano concebirse como no existiendo, y si, nos atrevemos a pensar algo así, veremos que nos causa verdadera angustia intentar asimilar racionalmente que algún día no estaremos. Así que, solo podemos pensarnos como existiendo eternamente:

Cada ser se esfuerza por perseverar en él, y que este esfuerzo es su esencia misma actual, implica tiempo indefinido3.

Solo podemos imaginarnos en un tiempo y en un espacio ilimitados, y este es el verdadero anhelo humano, la sed de eternidad. No queremos morirnos, eso nos dice el corazón. Luchamos contra la razón, nos rebelamos contra ella, no aceptando el final tan trágico que es la muerte. La razón es clara, así como antes de nacer no éramos nada, después de morir tampoco seremos nada. Esto es lo racional. Ella se opone a nuestro anhelo de inmortalidad, y así la declaramos enemiga de la vida. Surge un combate entre la vida y la razón, ya que, ni Unamuno, ni tú, ni yo, deseamos morirnos; queremos perseverarnos en la vida, pero la razón contradice nuestros deseos vitales, así ella es antivital, mientras que el deseo irracional de inmortalidad se convierte en lo vital. De esta forma, por lo tanto, la ciencia (la razón) podrá satisfacer nuestras necesidades lógicas, nuestra necesidad de saber y conocer la verdad, pero nunca podrá satisfacer nuestras necesidades afectivas, nuestra hambre de inmortalidad.

El trágico abrazo del que surge la incertidumbre,
siendo ella creadora de la fe

Ni, pues, el anhelo vital de inmortalidad humana halla confirmación racional, ni tampoco la razón nos da aliciente y consuelo de vida y verdadera finalidad a esta4.

Y así, de este frente a frente en el que ambas posturas se encuentran, solo puede surgir un trágico abrazo, de donde brotará una fuente de vida, una vida seria y terrible.

Surge un conflicto entre la razón y la irracionalidad. El anhelo vital de la persistencia de nuestra conciencia individual carece completamente de sentido racional, es racionalmente absurdo plantear algo así, por eso es irracional. Por tanto, la fe que tenemos en la inmortalidad de nuestro ser es irracional, pero a pesar de esto, fe, vida y razón se necesitan mutuamente. El problema no surge del anhelo vital, es cierto que carece de razón, pero a pesar de ello se nos plantea. Ambos, razón y fe, no pueden sostenerse por separado, ya que lo irracional pide ser racionalizado, mientras que lo racional opera sobre lo irracional. Ambos deben existir siendo inseparables en una continua lucha, donde surge el trágico abrazo en el que se unen. La incertidumbre surge de ese trágico abrazo, del irreconciliable conflicto entre la razón y el sentimiento vital, y la incertidumbre no es sino la base de la fe.

El hombre Unamuno cree en Dios, porque quiere creer, y esa es la verdadera fe. Hemos llegado al fondo del abismo, porque somos conscientes de la lucha que surge en nuestro interior, una lucha entre el deseo irremediable de conservar nuestra vida eternamente, y el escepticismo racional que nos muestra la imposibilidad de nuestro deseo vital. De este conflicto entre razón y vida no puede surgir otra cosa que la incertidumbre. La fe es querer creer, querer que haya Dios para poder salvarnos, para poder tener la esperanza de que nuestro máximo anhelo vital se cumplirá, esto es, una fe a base de incertidumbre, de duda.

Este es el gran propósito humano, el querer vivir, ante todo, y por ello querer que haya Dios, para que él nos salve. La fe unamuniana no es otra que querer creer para poder salvarnos de la nada, para poder tener una finalidad en la vida, es nuestro único deseo, poder tener un propósito más elevado que ser nada, y para ello necesitamos a Dios.

Notas

[1] Unamuno, M. (2023). Del sentimiento trágico de la vida. Editorial Austral.

[2] Ibidem. Pág. 58.

[3] Ibidem. Pág. 81.

[4] Ibidem. Pág. 143.

Imagen | Wikipedia

Cita este artículo (APA): Palero, A. (2024, 27 de mayo). De la inmortalidad del alma en Miguel de Unamuno. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2024/05/inmortalidad-del-alma-miguel-de-unamuno

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