La perspectiva psicosocial del suicidio. Parte 1 de 2

El enfoque psicosocial de este texto intenta mostrar cómo las fuerzas destructivas del contexto cultural y de la organización social pueden internalizarse y convertirse en fuerzas autodestructivas. Al mismo tiempo, el cómo la agresividad, lo que es innato en todos los seres humanos, puede convertirse en una tendencia autodestructiva que amenaza la existencia humana. Mi objetivo es articular perspectivas sociológicas y psicológicas y mostrar cómo estas se combinan en la comunicación e interacción cotidianas. La violencia, el asesinato y el suicidio no son elementos aleatorios de la vida social.  La cultura les da lugares y modales. Por ejemplo, el Estado de derecho no se entiende como la ausencia de violencia, sino como el monopolio de la violencia. Lo mismo ocurre con el asesinato.

Como resultado, el suicidio tiene su propia economía en cada sociedad.

Los suicidios abiertos suelen evocar miedo y condena, pero algunas formas indirectas suelen ser fuente de elogios y admiración. Las personas que dedican su vida a instituciones o familias y, por lo tanto, renuncian a estándares mínimos razonables de autocuidado, son elogiadas por su altruismo. Aquellos que se ganan la vida al margen de los deportes extremos son reverenciados por su indiferencia, mientras que los kamikazes y mártires, religiosos y seculares, que mueren por una “gran causa” son glorificados. No hay sociedad sin suicidio. La diferencia entre ellos son las tarifas y métodos generales.

Para comprender el fenómeno del suicidio es necesario identificar el supuesto por el que en cada sociedad existen diferentes formas de violencia institucionalizada, en algunos casos legalizada o incluso ensalzadas, que podemos denominar violencia estructural. Bajo este prisma, la violencia se transforma en pública y sutil a través de la exclusión, segregación, estigmatización, explotación, coerción, etc.

La posición de un individuo dentro de cada una de estas estructuras determina no solo sus oportunidades y limitaciones, sino también su participación en las formas violentas de agresión económica, física y simbólica de la sociedad.

El objetivo principal es mostrar que la violencia estructural es común y, en ocasiones, no hay más que un paso desde esta institucionalización abierta de la violencia y el suicidio.

La violencia, la destrucción y la muerte se reproducen y perpetúan en instituciones formales e informales. En el escenario internacional se ejemplifican las estructuras transnacionales que representan los intereses de naciones poderosas del “Primer Mundo” y al mismo tiempo legitiman el genocidio, la invasión y la guerra, así como las estructuras que definen reglas comerciales injustas y regulan los conflictos a favor de esas naciones. Los aparatos estatales en países profundamente inequitativos que perpetúan y refuerzan la desigualdad, las corporaciones que violan sistemáticamente los derechos de sus empleados y las organizaciones que discriminan abiertamente a las mujeres y las minorías son solo algunos ejemplos del poder destructivo de la violencia institucional y las estructuras sociales a nivel local. Estas fuerzas violentas y destructivas siguen teniendo consecuencias silenciosas y progresivamente fatales porque están legitimadas por ideologías que glorifican la esclavitud, la pobreza y la aceptación pasiva del orden existente.

Desde el momento en que un niño nace sufre violencia institucionalizada por ser un individuo del primer o tercer mundo, miembro de una minoría hegemónica, o un niño de clases altas o bajas; familia de clase perteneciente a un género privilegiado o desfavorecido en la sociedad. Entonces su sociedad, su familia y las condiciones históricas de su desarrollo hacen que esta persona pertenezca a diferentes grupos religiosos, estéticos, ideológicos… y, por extensión, pertenecientes a la mayoría o minoría, hegemonía o marginal, de lo cual se derivará la violencia, agresión y, por supuesto, suicidio.

En este punto introducimos el concepto de “rol” del enfoque psicosocial. Los humanos navegamos por la violencia estructural de las instituciones y organizaciones a través de las cuales interactuamos con los demás a través de los roles que asumimos. Aunque estas instituciones y sus funciones nos anteceden, no significa que no seamos responsables de cómo lo adoptamos e implementamos.

Este enfoque tiene varias implicaciones. En primer lugar, hay roles que no seleccionamos. Ser hijo de una familia poderosa o desfavorecida, ser hombre o mujer. Hay otros roles en los que cada persona elige y opta a ellos bajo presión, como la adhesión a la religión, las creencias políticas e ideológicas y los valores familiares. Finalmente, hay roles que cualquiera puede aceptar voluntariamente, pero que intrínsecamente debes aceptar unas condiciones mínimas que se dan en la esfera de interacción. Es el caso de elegir pareja (y decidir tener una o no), el trabajo y amigos se encuentran entre los ámbitos de los roles libremente elegidos.

Independientemente de que ese rol sea escogido o no, cada uno que lo desempeña deja su sello. Por tanto, el concepto de roles permite una formulación social y psicológica. Los aspectos genéricos de los roles constituyen la parte social; por otra parte, lo subjetivo, son un sello personal de un individuo. En toda sociedad hay agentes que cumplen un mismo rol (sacerdotes, parlamentarios, personas sin hogar, directivos…) tienen una cosa en común, la dimensión social del mismo. Pero al mismo tiempo cada uno/a le aporta su sello personal, es decir, no hay sacerdotes ni maestros iguales a los demás.

Ahora bien, la violencia institucional y las fuerzas destructivas en cualquier sociedad se conservan y se repiten debido a los roles previstos por cada orden socio-histórico: inquisidor, mercenario, presidente de una multinacional, proxeneta, líder, primera dama. Cuando un actor social desempeña un papel, podemos decir que “ajusta” las cargas violentas y letales inherentes a ese papel, incluidas sus fuerzas autodestructivas. Es cierto que en cada contexto social e histórico hay roles que están más claramente asociados con la violencia estructural y algunos roles en los que el comportamiento autodestructivo es más común que otros. Esto abre un área de investigación sobre la relación entre suicidio y roles, permitiendo plantear preguntas sobre, por ejemplo, la relación entre suicidio y ocupación, estado civil, orientación sexual, minorías étnicas y denominaciones religiosas.

Imagen | Pixabay

Cita este artículo (APA): González, N. (2024, 17 de mayo). La perspectiva psicosocial del suicidio. Parte 1 de 2. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2024/05/la-perspectiva-del-suicidio

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