Las Confesiones y los Soliloquios suponen una plegaria que se dirige desde las entrañas del alma hasta a una exterioridad atemporal y divina. Agustín se siente perdido y no puede ir más allá de los límites de la razón, por lo que implora a Dios que lo ayude tanto en su labor de conocerse a sí mismo como de conocer a Dios. Agustín aspira a un conocimiento total de lo más íntimo de su ser, porque sabe que solo en sí mismo puede encontrar un punto desde donde llegar a la Verdad. En Dios no existen las tinieblas de la ignorancia, en él: “está siempre desnudo el abismo de la conciencia humana1”. Absolutamente, nada permanece oculto para la omnipotencia de la divinidad, por lo tanto, solo Dios es el camino más certero para alcanzar la verdadera bienaventuranza. La confesión es un momento que se separa de toda temporalidad y exterioridad; la confesión no puede ser carnal, porque entonces solo alcanzaría lo cambiante, lo que deviene; la confesión debe surgir de lo más profundo del espíritu vivo del hombre. La confesión debe acallar el ruido del afuera para escuchar lo que verdaderamente no cambia. Sobre todo, es un acto de amor del hombre, perdido y aterrado ante la idea de que su existencia se acabe y todo se convierta en polvo, se tira a los brazos divinos, abre su corazón mediante la caridad (Caritas), y entrega su ser a su creador y el único médico que puede ayudarle, Dios. La confesión trata de descubrir el verdadero yo interior, el cual se encuentra en la memoria.

La memoria, en Agustín, no se limita únicamente al almacenaje de datos temporales en algo así como el cerebro, sino que se identifica con el espíritu vivo o la mente del hombre. El espíritu es vivo porque posee la capacidad de plegarse sobre sí mismo y viajar hacia su profundidad interior, es decir, es capaz de ensimismarse. La memoria funciona como la sede espiritual del hombre corporal y temporal, no obstante, va más allá. Como afirmé anteriormente, la memoria no solo contiene información, sino que, en tanto que espíritu, es el hombre mismo, su yo más esencial. El espíritu del hombre solo ansía lo que le trasciende (sabiduría, verdad y felicidad), por lo que Dios es el único capaz de saciarlo. El obispo de Hipona entiende que la comunicación con la deidad no puede darse de manera carnal, debido a que Dios no es carnal (eso lo haría imperfecto): el hombre debe comunicarse con Dios mediante las palabras del alma, que superan a cualquier carnalidad.

Sin embargo, el hombre se encuentra ante una dificultad en su camino hacia el yo, su voluntaria corrupción y el problema con la gracia divina. Para hablar de la corrupción del hombre se debe entender el problema agustiniano del mal como privación y voluntario: Los maniqueos2 entendieron la problemática bien/mal como la lucha eterna entre dos principios opuestos. Cabe decir que Agustín hereda el concepto de sustancia de los antiguos griegos, y entiende que la sustancia, es sobre todo physis (naturaleza corpórea). Si entendemos a Dios como sustancia máximamente buena, el mal no debe ser el contrario al sumo bien, sino la privación de este, en contra de lo que pensaron los maniqueos. El mal necesariamente debía ser indefinible e irracional, es decir, debía no-ser. El mal, entonces, debe ser entendido como privación de ser, puesto que todo lo que es, es creado por Dios y, por lo tanto, un bien; no podemos entender el mal como creación divina. En este punto entra el libre arbitrio o albedrío del hombre. El hombre en su racionalidad es capaz de eliminar el bien hasta la nada absoluta. Por lo tanto, el hombre es el único culpable de su corrupción y de su propio mal, debido a que, en el mundo creado por Dios, nada que es, propiamente dicho, debe ser entendido como un mal:

Mis bienes son tus obras y tus dones; mis males son mis pecados y tus juicios3.

En cuanto a la gracia divina, esta es dada al hombre arbitrariamente por Dios y nos ofrece el único camino posible para llegar a él. No obstante, esta gracia no es dada a todos los seres humanos por igual, sino que es decisión de Dios dársela a algunos y a otros no, según desee. La corrupción del hombre pone trabas en el camino divino, esta corrupción encadena los pies del hombre a la tierra y le impide ser partícipe de la gracia de Dios.

Agustín, al usar el verbo cogitare, no solo refiere a la actividad reflexiva que realiza el intelecto, sino que refiere al auténtico significado de pensar, que no es otra cosa que coger, amontonar y agrupar las cosas en la propia memoria. Dicho de otra manera: el autor, al referirse al acto reflexivo que realiza la memoria, también está asumiendo la capacidad ordenadora que posee la memoria. El mundo exterior es un mundo ligado al devenir y al caos, por lo que es labor de la memoria efectuar un proceso, que permita recoger las imágenes de los objetos del exterior, guardarlas a buen recaudo en la memoria y, posteriormente, volver a sacarlas de una manera más ordenada. Cabe destacar que existen ciertas leyes o preceptos que se encuentran en la memoria sin necesidad de haber entrado por los sentidos; estas leyes no tienen ni tacto ni sabor que pueda ser percibido por cualquier sentido, son numéricas y dimensionales, y se encontraban allí antes que cualquier sensación. Cualquier persona conoce la existencia de estas leyes, las usa a diario y sabe muy bien que no han podido entrar por las puertas de los sentidos.

Por otra parte, ¿en qué consiste el acto de recordar? Pues bien, recordar no es otra cosa que remitir a objetos que se encuentran en otro espacio y en un tiempo pasado. Entonces, ¿qué ocurre con el olvido? El olvido supone un gran problema para el pensamiento agustiniano, debido a que cuando lo nombramos, no sabemos si lo que se presenta ante nosotros es una imagen del olvido o el propio olvido. La balanza se decanta principalmente por la imagen del olvido, ya que el olvido no es otra cosa que privación de memoria, por lo que cuando me acuerdo del olvido se me presenta tanto la memoria en sí misma como la imagen del olvido. El olvido supone una parte importante de la memoria y procura que no nos olvidemos de lo que, cuando está ausente, nos hace olvidar. La idea principal es que existe memoria en el olvido como un proceso de ir y volver que ocurre en la memoria, y que permite el recuerdo, pues para recordar, la imagen se ha tenido que ir. Sin embargo, para que un objeto se encuentre en la memoria como imagen, debe haber existido previamente como cosa misma para que posteriormente haya sido impresa en la memoria. Por lo que, si el olvido se encuentra como imagen en la memoria, también debe encontrarse necesariamente como cosa misma y, así, podemos crear un recuerdo del olvido. La reminiscencia juega un papel decisivo en el olvido de Dios. Ya que parece que Dios se encuentra fuera de la memoria, como olvidado, pero se debe ir hacia él.

¿Cómo se debe buscar algo que yace olvidado?

El hombre puede reconocer a Dios en distintas cosas: sus creaciones, las leyes que se encuentran en el conocimiento del hombre, etc. Si un objeto se presenta ante la memoria y esta almacena su imagen dentro de sí misma y, posteriormente, el objeto desaparece y su imagen es olvidada; una vez que el objeto vuelva a aparecer, la memoria rebuscará dentro de sí y encontrará la imagen con la que un día representó a aquel objeto. Lo mismo ocurre con Dios: si no se le puede encontrar en la memoria, pero sí que se pueden reconocer sus creaciones y su imagen, significa que en algún momento el hombre ha conocido a Dios y ahora lo ha olvidado. En última instancia, Dios se encuentra en el olvido y somos capaces de dar cuenta de esto mediante el acto de reminiscencia, de recuerdo. La imagen de Dios no se ha olvidado del todo, según el autor, por lo que el hombre debe abrazar esa parte y buscar a través de ella la totalidad divina, no un mero recuerdo de Dios, sino toda su presencia.

Notas

[1] Agustín. Las Confesiones (1979). Madrid: Biblioteca de autores cristianos. Pág. 200.

[2] Comunidad religiosa fundada en el siglo III d. C. en la zona del antiguo imperio sasánida.

[3] Agustín. Las Confesiones (1979). Madrid: Biblioteca de autores cristianos. Pág. 393-394.

Imagen | Wikipedia

Cita este artículo (APA): Velada, M. (2024, 31 de mayo). Memoria, recuerdo y olvido en san Agustín. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2024/05/memoria-recuerdo-y-olvido-en-san-agustin

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