Ana María Sánchez Mora y algunas consideraciones sobre la divulgación

Hablar de divulgación en Filosofía en la Red parecería una redundancia: aquí es perfectamente palpable cómo se ve en la práctica una plataforma divulgativa. Sin embargo, a nivel académico el tema de la divulgación en general y de la divulgación de la filosofía en particular aún tiene mucho camino por delante. Para los autores y lectores del sitio es evidente por qué es necesario divulgar filosofía, pero hay quienes aún consideran que hacerlo es denigrar a la disciplina y, por lo mismo, se niegan a trabajar en formular teoría de la divulgación.

Es por esto que la filosofía ha volteado a ver a las ciencias exactas, que nos llevan años de ventaja en cuanto a reflexión sobre nuestra tarea. Una de las personas que ha formulado una teoría de la divulgación es Ana María Sánchez Mora a través de su libro “Introducción a la comunicación escrita de la ciencia1”. En este artículo abordaré de manera muy somera algunas consideraciones que hay que tomar en cuenta cuando nos planteamos definir qué es y cómo debe ser la divulgación como parte del quehacer científico.

En el primer capítulo expone de manera clara y puntual tanto la situación actual de la divulgación de las ciencias como los obstáculos a los que se enfrenta. Esto reafirma la condición de la divulgación como un campo nuevo, a pesar de que mucho de lo que se hizo en el pasado para comunicar las ciencias podría ser considerado divulgación. Aún hay mucho que decir y definir sobre la actividad del divulgador y el texto de Sánchez Mora es, a la par que otros textos que cita, un esfuerzo riguroso por establecer límites y alcances.

En primer lugar, hay que enfrentarse a la definición misma de divulgación, pues resulta que, como el tiempo para san Agustín2, todos sabemos lo que es y al mismo tiempo no podemos explicar qué es. La definición que la autora presenta es interesante, ya que delimita el quehacer del divulgador, distinguiéndolo de otras acciones de comunicación:

Propongo, de manera muy general, que la divulgación de la ciencia es una labor multidisciplinaria cuyo objetivo es comunicar, utilizando una diversidad de medios, el conocimiento científico a distintos públicos voluntarios, recreando ese conocimiento con fidelidad y contextualizándolo para hacerlo accesible3.

En lo personal, su definición es útil para marcar la distinción que se debe hacer frente a la enseñanza. Divulgar no puede reducirse a explicar a Hegel en cinco minutos o grabar un podcast que se convierta en una extensión del aula, donde lo que importe sea lo que yo decido expresar a partir de mi interés o los lineamientos de alguna institución. La divulgación no es un complemento para la escuela, es una actividad en sí misma que requiere sus propias “reglas”.

Por esta razón, la autora indica lo importante que es situar la información en el contexto de quien escucha al divulgador, que es algo muy parecido a lo que, como filósofos, nos enfrentamos todo el tiempo, a la pregunta de “¿y esto para qué me sirve?”, o “¿esto qué tiene que ver conmigo?”.

Con esto en mente, el texto aborda lo que no puede ser considerado divulgación, como es el caso de la mera traducción, donde muchas veces se piensa que es suficiente con pasar el contenido de un lenguaje a otro y que con eso ya se cumple tender el puente hacia el público no especializado —como explicar a Platón con manzanas en lugar de usar sus propios conceptos—. La divulgación tampoco se puede reducir a ser un producto de mercado o un medio de entretenimiento. También podemos ver este defecto en la filosofía, cuando en búsqueda de ser relevantes, nos limitamos a explicar a tal o cual autor de manera divertida y muchas veces ni se divulga ni se entretiene.

Cuando Sánchez Mora habla de los objetivos de la divulgación, menciona que lo que se busca a través de ella no es popularizar aquello que se divulga, sino lograr que el ciudadano común reconozca y aprecie el papel que la ciencia tiene en su vida. Lo mismo pasa con la filosofía: el objetivo no puede ser que de la nada haya 1,000 aspirantes a estudiar la licenciatura, lo deseable es que todos puedan apreciar la filosofía y reconocer su valor más allá de la típica pregunta de para qué sirve o cuánto gana un filósofo.

Finalmente, al hablar de la necesidad de formar una cultura científica, la autora sostiene que la divulgación permitiría formar ciudadanos conscientes e involucrados con su realidad, capaces y dispuestos a participar en la toma de decisiones. Por ambicioso que resulte, considero que esto último sería una excelente guía si nuestro deseo es continuar con la labor del divulgador. Después de todo, muchas crisis han surgido por no detenerse a pensar que el poder hacer algo no significa que se tenga que hacer, y ante eso el filósofo tiene mucho que aportar. Quizá no sea tan descabellado pensar que, a través de la divulgación, podamos ver un cambio en el papel y relevancia del filósofo en la vida pública.

Notas

[1] Sánchez, A. Introducción a la comunicación escrita de la ciencia, Universidad Veracruzana, México, 2010.

[2] Isler, C., (2008). El Tiempo en las Confesiones de san Agustín. Revista de Humanidades, 17-18, 187-199.

[2] Ibídem. Pág. 26

Imagen | Unsplash

Cita este artículo (APA): Marin, R. (2024, 29 de mayo). Ana María Sánchez Mora y algunas consideraciones sobre la divulgación. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2024/05/que-es-la-divulgacion

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por Rebeca Marín

Mexicana. Licenciada en Filosofía. Sus temas favoritos son la epistemología, el trabajo y la aplicación de la filosofía en la cultura popular. Lee "la Fenomenología del espíritu" en su podcast Tras Hegel.

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