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El Crátilo de Platón: sobre el convencionalismo del lenguaje

La cuestión sobre la naturaleza que poseen los signos lingüísticos es una discusión actual que concierne propiamente a la filosofía del lenguaje. Sin embargo, esta se ha venido gestando desde la filosofía griega con el dominio metafísico y naturalista del ser (φύσις) y la contraposición sofista que poseía una convicción convencionalista (νὸμος) sobre algunos dominios. 

La pertinencia sobre el desarrollo de una teoría que involucra la relación que tienen los signos con el conocimiento y la realidad, radica en la posibilidad de concebir el signo como un elemento de carácter ontológico o como un elemento óntico que simplemente designa algo. Así, en este desarrollo se pueden esclarecer los límites y alcances que posee el lenguaje y su posibilidad de captar, objetiva o subjetivamente, la forma de los diversos elementos de la realidad. 

Este texto se centra puntualmente en desarrollar la posible relación que posee la noción convencionalista y estructuralista del signo desde el lingüista Ferdinand de Saussure (1857-1913), con uno de los más relevantes antecedentes de la reflexión sobre el lenguaje1: el Crátilo de Platón. Esta relación se desarrolla en la cuestión fundamental por la pregunta de la naturaleza de los nombres propios, ya que es la noción principal que trata el diálogo Platónico. Ahora bien, para desplegar la conexión existente entre la noción del lingüista y el texto platónico, es necesario en una primera instancia realizar una aproximación a la tesis fundamental que se desarrolla como problemática en el diálogo. Por un lado, está la noción convencionalista de los nombres propios sostenida por Hermógenes, y por el otro se encuentra la noción naturalista de Crátilo, siendo Sócrates quien retóricamente contraria ambas posturas, aunque concordando más al final con la naturalista en algunos aspectos. 

Conviene enfatizar que, en este diálogo, si bien la postura sofista de Hermógenes, que se sostiene por un relativismo protagórico2, no es desarrollada con la necesidad argumentativa que se requiere para debatir a Sócrates, su postura resulta ser el punto de partida fundamental para lograr consolidar la discusión. Así, aunque la noción convencionalista es defendida y mencionada de manera escueta, no deja de ser una postura polémica y merecedora de revisión por la significación que posee frente a la posible forma de comprender la naturaleza del lenguaje. Es por esto, que de esta noción sofista, nos remitiremos al estructuralismo lingüístico de de Saussure, como un desarrollo moderno de concebir el signo como una estructura resultado del acuerdo social e histórico. Ahora, para desarrollar lo anterior, resulta necesario desglosar un poco como se presenta la postura convencionalista en Crátilo, para lograr comprender cuál es la pertinencia que posee sobre un estudio lingüístico moderno en torno a la fundamentación formal del carácter estructuralista que posee el signo.

El diálogo Platónico en una primera instancia suscita un escenario donde Crátilo y Hermógenes discuten la pertinencia de los nombres propios sobre los sujetos u objetos que estos designan. Por un lado, la postura naturalista de Crátilo se fundamenta en que él considera que entre los signos y la realidad existe un lazo natural donde el ser es expresado de la manera adecuada frente al significado que se le da al signo. Así, para Crátilo, cada cosa posee un nombre por una relación ontológica con el ser de los objetos.

Por otro lado, está la postura de Hermógenes, que se presenta como antagónica a la de Crátilo. Hermógenes defiende que los nombres no son más que una simple convención de los humanos, por lo cual, el lazo natural que une el signo con el ser del objeto, no existe y el lenguaje solo posee realidad contingente que nace en la homología lingüística:

Pues bien, Sócrates, yo, pese a haber dialogado a menudo con este y con muchos otros, no soy capaz de creerme que la exactitud de un nombre sea otra cosa que pacto y consenso. Creo yo, en efecto, que cualquiera que sea el nombre que se le pone a alguien, este es el nombre exacto. Y que si, de nuevo, se le cambia por otro y ya no se llama aquel —como solemos cambiarlo a los esclavos—, no es menos exacto este que le sustituya que el primero. Y es que no tiene cada uno su nombre por naturaleza alguna, sino por convención y hábito de quienes suelen poner nombres3.

Esta postura expuesta por Hermógenes, tiene un sentido claramente relativista, pues no solo predica que los significantes fónicos se desprenden totalmente del sentido y significado objetivo de la realidad, sino, que también ellos son arbitrarios. Esta noción es ratificada posteriormente cuando Hermógenes menciona que en cada ciudad hay distintos nombres para los mismos objetos. Así, esta relación es dada por una suerte de acuerdo entre los miembros de una comunidad que intentan comunicarse, por lo cual, en cualquier momento el signo puede cambiar por acuerdo y, aun así, tiene la posibilidad predicativa de los objetos conservando el mismo sentido y significado. 

Ahora bien, frente a esta discusión en el Crátilo, en la actualidad se ha desplegado, dentro de la filosofía del lenguaje o de la lingüística propiamente, una noción más formal sobre el convencionalismo. Aquí, se encuentra De Saussure, uno de los lingüistas más importantes, quien desarrolla fundamentalmente las implicaciones de la evolución de la lengua, el signo, la semiótica y cómo se desenvuelven estos frente a la realidad, consolidando la lingüística como una ciencia. 

Así mismo, de Saussure fundó uno de los movimientos más relevantes para el estudio lingüista, consolidando lo que se denomina formalmente como estructuralismo. El estructuralismo consiste en que los hechos del lenguaje poseen entre sí una relación de dependencia y de implicación mutua. Por lo que, el lenguaje se estructura a partir de una correlación entre sus elementos. De esta forma, de Saussure expresa que esta relación no es una relación meramente entre nombre y cosa, pues es, más bien, una relación entre concepto y fonema:

Llamamos signo a la combinación del concepto y de la imagen acústica: pero en el uso corriente este término designa generalmente la imagen acústica sola, por ejemplo una palabra (árbol, etc.). Se olvida que si llamamos signo a árbol no es más que gracias a que conlleva el concepto ‘árbol’, de tal manera que la idea de la parte sensorial implica la del conjunto4.

Esta noción es también sugerida tácitamente en el Crátilo cuando Sócrates menciona las etimologías, apuntando a que, el carácter de los signos, más puntualmente, de los nombres propios, se da intrínsecamente desde una relación que posee la palabra fonética con el concepto al cual se le atribuye dicho fonema. En este sentido, se puede afirmar que la cuestión por la naturaleza del lenguaje se gesta bajo este presupuesto, entendiendo que dicha relación debe admitirse como una relación entre el sentido que tenemos de un objeto y la palabra que por correspondencia le atribuimos. Lo cual no sugiere las consecuencias ontológicas de dicha relación.   

Ahora, el elemento fundamental sobre esta relación, se consolida en las implicaciones del signo. Este, como vimos, es una unidad sintética articulada por el significado (concepto) y el significante (fonema), el cual, define de Saussure como un ente arbitrario producto de un pacto histórico, cultural, y por ende social, entre todas las comunidades desde las primitivas hasta las modernas. Aquí, cuando se hace referencia a que el signo posee carácter arbitrario, no se refiere a que el lenguaje no posee un punto fijo en el cual se pueda amparar o que sea un elemento concebido a propio capricho de cualquier sujeto. Si bien en la tesis convencionalista del lenguaje, no solo desde la perspectiva sofista de Hermógenes, sino que también desde de Saussure, no se puede hablar de un lazo ontológico y natural, esto tampoco implica que el lenguaje tenga un sentido relativista de carácter individual. De este modo, en ambos, la noción de la arbitrariedad como uno de los principios fundamentales del signo lingüístico, es traducida a una idea plenamente constructivista del lenguaje como el resultado de una estructura epistemológica social:

La palabra arbitrario necesita también una observación. No debe dar idea de que el significante depende de la libre elección del hablante (ya veremos luego que no está en manos del individuo el cambiar nada en un signo una vez establecido por un grupo lingüístico); queremos decir que es inmotivado, es decir, arbitrario con relación al significado, con el cual no guarda en la realidad ningún lazo natural5.

Vemos, pues, que de Saussure, al igual que Hermógenes, concibe la asimilación del signo lingüístico como la asociación de un acuerdo tácito entre el significado de las cosas, es decir, su concepto, con el nombre que se le asigna. De esta manera, esta suerte de acuerdo se va modificando y se transforma en paralelo al desarrollo histórico de los sujetos que hablan una lengua o dialecto específico, siendo el lenguaje una estructura compleja que ha sido modificada por los sujetos siguiendo una especie de relación de correspondencia de esta con la realidad. Así, en el sentido convencionalista, el legislador mencionado por Sócrates, no es más que la misma sociedad quien otorga cada nombre a cada cosa. 

Esta idea de que el signo posee un carácter arbitrario nos remite a la negación de la tesis naturalista defendida por Crátilo y en mayor medida por Sócrates. El lenguaje, al poseer un aspecto funcional comunicativo, nos remite a una relación que es intrínsecamente denotativa, es decir, el signo posee un sentido literal hacia las cosas que se refiere. Sin embargo, esta relación de denotación se concibe a través de un simple carácter práctico, en tanto que ayuda a la identificación de las mismas.

De esta manera, cuando aceptamos los nombres de las cosas como signos impropios a una verdad subyacente que implica la esencialidad de los objetos, pero que a la vez constituyen una especie de objetividad en la realidad en tanto que están instauradas, asumimos la inmutabilidad del lenguaje. Este fenómeno es expresado por de Saussure como una especie de regla semiótica; aquí nos volvemos a encontrar con un principio ya enunciado: el sistema no se modifica directamente nunca; en sí mismo, el sistema es inmutable; solo sufren alteración ciertos elementos, sin atención a la solidaridad que los ata al conjunto. 

Esta inmutabilidad nos expresa que el lenguaje, como estructura, no puede ser modificado tan fácilmente, lo que implica que la modificación convencional siempre es progresiva. Por lo cual, cuando Hermógenes expresa que el nombre propio de un objeto o ente puede ser cambiado siempre y cuando socialmente se pacte la objetividad sobre el nuevo nombre y el objeto, comprendemos que la implicación ontológica del lenguaje con la realidad es nula. A este respecto, se refiere a su vez de Saussure, quien al plantear su tesis estructuralista exime al lenguaje de cualquier estatus esencialista, consolidando así, el sistema de signos como una estructura compleja donde la sociedad históricamente mediante la transformación de su cultura ha ido dejando ladrillos que solidifican más el constructo. 

En definitiva, el diálogo platónico, aunque no elabore una teoría muy desarrollada del lenguaje, posee un valor significativo sumamente importante para la filosofía del lenguaje. Desde el sentido sofista que expresa Hermógenes, hasta la forma retórica en que Sócrates desglosa una reflexión sobre el carácter del lenguaje, se puede evidenciar que la lingüística, filosóficamente hablando, tiene muchas implicaciones sobre la forma en que se ha construido.

En suma, esta reflexión tiene una gran correspondencia con la lingüística moderna, como vimos, de Saussure creó una interpretación de la estructura del lenguaje sumamente convencionalista en todos sus aspectos, a saber, desde su evolución, sus elementos y los principios que presupone. De igual manera, esta noción ya era comprendida por la sofística, e incluso considerada por Sócrates-Platón dentro de sus diálogos, pues el sentido que Hermógenes le daba a los nombres propios no era más que un sentido subyacente a comprender el lenguaje como esa estructura convencional que es producto sustancial de un proceso cultural de asimilación y apropiación de signos.

Notas

[1] Cabe destacar que si bien, según algunos comentaristas, no es posible consolidar el diálogo platónico como un antecedente a la filosofía del lenguaje propiamente, ya que este diálogo no plantea una conclusión o teoría al respecto; este si precisa una cuestión de carácter reflexivo como antecedente a las discusiones sobre el lenguaje.   

[2] Aunque al principio Hermógenes parece no estar de acuerdo con la noción de Protágoras de que “el hombre es la medida de todas las cosas”, Sócrates dialécticamente lleva a Hermógenes a mostrarle que su idea convencionalista sienta sus bases en esta noción

[3] Platón. (1992). Crátilo. Diálogos II (primera ed.). Editorial Gredos. Pág. 366.

[4] De Saussure, F. (1945). Curso de lingüística general. Editorial Losada. Pág. 92. 

[5] Ibídem. Pág. 94.

Bibliografía

Bravo, F. (2008). Verdad y teorías del lenguaje en el Crátilo de Platón. Rev. Filosofía Univ.

Sinnott, E. (n.d.). La elaboración del convencionalismo lingüístico en Platón. Universidad Nacional de Lomas de Zamora

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Cita este artículo (APA): Tapasco, L. (2024, 12 de junio). El Crátilo de Platón: sobre el convencionalismo del lenguaje. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2024/06/analisis-cratilo-de-platon

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