En su libro El misterio de la voluntad perdida (1997) el filósofo José Antonio Marina confiesa que se considera a sí mismo un detective; que cuando un lector compra un libro suyo es como cuando entra ese cliente problemático al despacho del investigador para encargarle la resolución de algún intrincado misterio. Él mismo reconoce en sus particulares maneras detectivescas —o sea, filosóficas— detalles de Sherlock Holmes y la señorita Marple1, iconos ya del catálogo estereotipado tanto literario como cinematográfico que estaría incompleto si no añadiésemos personajes de la talla de Philip Marlowe, Hércules Poirot o Perry Mason. Todos ellos han dado juego de sobra en los diversos ámbitos de la ficción, lo suficiente como para ser piezas de relevancia en el mundo de la cultura popular.

Es posible que el personaje de este género que mejor represente ese nexo entre la investigación detectivesca y la filosófica por su origen imaginario sea el Guillermo de Basquerville de El nombre de la rosa2, la novela de Umberto Eco, un superventas de las librerías en su momento que más tarde se convirtió en un éxito cinematográfico3 en manos del director canadiense Jean-Jacques Annaud. El protagonista de la historia —si recuerda bien quien la disfrutara en su momento en el formato que fuese allá por los ochenta del siglo pasado— es un monje franciscano del siglo XIV que se ve en la tesitura de tener que investigar una serie de extrañas muertes que acontecen en una abadía benedictina situada en lo que actualmente identificaríamos como los Alpes italianos.

Ya en el mismo nombre del personaje tenemos la prueba de que Eco, él mismo filósofo italiano, inventó este personaje a partir de la fusión de dos, uno real y otro ficticio, que representaban la filosofía y el oficio detectivesco. En efecto, el nombre de pila, Guillermo, lo escogió el autor por Guillermo de Ockham, mientras que el apellido es una referencia a Sherlock Holmes, el protagonista de la novela de sir Arthur Conan Doyle titulada El perro de los Baskerville4. Si, por otro lado, tenemos en consideración el comportamiento del monje detective, reconocemos que se trata de un trasunto del famoso investigador privado londinense en su prodigioso uso de la lógica, así como también en sus destellos de soberbia intelectual. El componente filosófico lo hallamos en su actitud crítica y combativa frente al fanatismo, en su amor sin límites por el conocimiento y su admiración por los grandes de la filosofía como Aristóteles (por cierto el autor del libro que constituye la clave para resolver el misterio que plantea la novela original de Umberto Eco).

Parece indiscutible que el nexo de unión entre filósofos y detectives —y científicos habría que añadir— lo representa el compromiso ético de todos ellos con la verdad, base de la honestidad intelectual. Sin ella, la labor que la humanidad ha desarrollado desde tiempo inmemorial con el objetivo de construir un conocimiento que le ha permitido prosperar como especie hubiese sido de todo punto imposible. En las historias detectivescas la verdad es algo que se encuentra oculto o incluso que se quiere ocultar por parte del culpable de algún hecho criminal. El detective, como el filósofo, quiere saber, aunque ello no le tiene por qué llevar necesariamente a la sabiduría radical a la que el segundo aspira (cosa muy distinta es que la alcance). En el género del cine negro o film noir, el de las películas paradigmáticas de detectives y crímenes, el hallazgo de la verdad es muy a menudo una revelación traumática desde el punto de vista existencial y aboca al desencanto, a abrazar el cinismo o incluso el nihilismo. El detective es entonces un personaje kantianamente comprometido con la verdad, no importa las consecuencias morales de su conocimiento. Este a menudo es el camino que le conduce ineluctablemente al desenlace fatal. Quien haya tenido la suerte de haberla visto puede evocar como exponente Chinatown5, la magistral película de Roman Pokanski de 1974.

Teniendo mi reconocimiento y admiración todos los anteriores, a mí me parece no obstante que el detective que más se ajusta al ethos filosófico es el teniente de policía del departamento de homicidios de Los Ángeles de apellido Columbo6, el mismo que da título a la serie de películas de televisión producidas entre 1968 y 2003. Un primer rasgo filosófico que está en el núcleo idiosincrático de este entrañable detective de policía es su absoluto desprecio del ego. No hay ni un ápice de egocentrismo en su proceder a la hora de llevar a cabo las investigaciones de sus casos. Aquí radica un elemento esencial de la propia investigación filosófica magistralmente recogido por Bertrand Russell en su ensayo titulado Los problemas de la filosofía:

La contemplación filosófica […] halla su satisfacción en toda ampliación del no yo, en todo lo que magnifica el objeto contemplado, y con ello el sujeto que lo contempla6.

La mirada del personaje que interpretó durante más de tres décadas, con algún período de descanso, el singular actor norteamericano Peter Falk, cumple con ese rasgo definitorio de la contemplación filosófica. Columbo en efecto es un estudioso de la realidad del crimen —siempre un homicidio (salvo un caso, que fue un secuestro)— al que no mueve nunca, si atendemos al modo como se conduce, ningún propósito de orden moral, aunque sí se desenvuelve en todo momento dentro de un marco ético definido por la honestidad intelectual y la fidelidad a su oficio. No tiene en esto nada que ver con otros personajes de su clase, héroes vengadores a menudo, de los cuales se nos ofrece frecuentemente información sobre su vida personal que nos revela detalles sobre cuáles son sus valores o qué factores de naturaleza íntima son los que los mueven a actuar como lo hacen. No es el caso del teniente Columbo, del que no sabemos nada, pues en ninguno de los 69 episodios producidos se muestra ni el más mínimo detalle de su vida privada. En este sentido, resulta muy significativo que el policía de Los Ángeles esté continuamente mencionando a su esposa cada vez que habla con alguno de los sospechosos de los casos que investiga, pero nunca se la muestra físicamente; por jugar más aún con ese encantador misterio, ni siquiera sabemos el nombre de la mujer, ¡pero es que también se mantiene ignoto el nombre de pila del propio Columbo! Quién sea él no importa; importa lo que hace y lo que representa como modelo ético cuyo rasgo primordial es su férreo compromiso con la verdad.

Se trata de un canto a la modestia que considero de un alto valor por cuanto lo tengo por ingrediente primordial de la ética del filósofo. Como destacó en cierta entrevista de 20058, cuando era alcalde de Venecia, el filósofo italiano Massimo Cacciari:

La filosofía ha sido siempre, y en sentido literal, ejercicio de modestia, […] modestia liberadora.

Columbo es el arquetipo del hombre que ejerce su oficio y en ese su ejercicio se trasciende a sí mismo más allá de todo aquello que puede servir de anabolizante del ego, como pueden ser los deseos, los prejuicios, las ambiciones. Este rasgo suyo se revela en el descuido por el atuendo o por la falta de interés por el lujo, lo que sirve de juego antitético con los asesinos a los que se enfrenta siempre dialécticamente, nunca físicamente, otra seña de identidad de esta serie en la que la violencia aparece reducida al mínimo. Él no porta arma alguna consigo (a excepción del caso del secuestro); ni siquiera acude a los ejercicios de tiro obligatorios para los agentes de policía. Cuando detiene a los culpables no hay carreras, ni disparos o peleas; solo la inapelable evidencia de la lógica y los hechos que desarman a sus antagonistas y los dejan expuestos a la luz de la ineludible verdad.

Sus sospechosos, en el polo opuesto, son siempre personas con un ego desmedido, ambiciosas, muy aficionadas al lujo, en muchos casos famosos y siempre en algún sentido, económico o de otra índole, en situación de poder. Puede servir de muestra el episodio coprotagonizado por el famoso cantante country norteamericano Johnny Cash en el episodio 7 de la temporada 3 conocido con el título de El canto del cisne9 (Swang song es el título original en inglés). En él, este cantante interpreta a un artista de música góspel que asesina a su mujer simulando un accidente aéreo. Aquí Columbo expresa, como en otras ocasiones, su admiración por quien él considera sospechoso, como hace así mismo ante legendarias estrellas de cine, prestigiosos abogados o multimillonarios magnates. Es una constante que subraya el carácter trascendental del valor de la justicia, que requiere siempre del reconocimiento de la verdad y que desprecia cualquier privilegio de clase. En ella cabe reconocer un componente de catarsis social rayano con lo político que no hay que despreciar.

Hay una reminiscencia socrática innegable en el policía. Se revela en varias de las señas de identidad compartidas con el filósofo ateniense. Ya nos hemos referido al descuido del atuendo de Columbo. Su gabardina es icónica, una prenda vieja y muy usada con la que se muestra en la serie en todo momento (comprada de segunda mano por el actor protagonista, según parece), a lo que hay que añadir su cabello siempre despeinado. Son rasgos que denotan esa despreocupación suya por las apariencias y una falta de elegancia que lo alejan de cualquier pretenciosidad o sofisticación, las cuales, por contraste, son notas características de los criminales que le toca atrapar. La ironía del «solo sé que no sé nada» es marca de su estilo de investigación. En su trabajo indagatorio se aproxima a sus sospechosos con la actitud de quien se encuentra confuso, de quien no entiende nada, a pesar de que las apariencias que se le muestran en principio parezcan apuntar a menudo a un suicidio o a un accidente, según el caso. A pesar de ello, él practica algo tan filosófico como la duda. Entonces empieza el diálogo mayéutico con el sospechoso, al modo que según el testimonio platónico practicaba Sócrates, poniendo a prueba la congruencia de las explicaciones de aquel, desmontando la validez de su coartada, desenmascarándole a través del levantamiento del velo de apariencias tejido por el culpable con el propósito de que la verdad sea algo imposible de conocer. Columbo desempeña a su manera el papel del sabio ateniense, mientras que cada uno de sus antagonistas se conduce de acuerdo con el estereotipo del sofista que hace trampas, apoyándose en el relativismo y en la ilusión de los sentidos. El mejor exponente de lo que digo nos lo ofrece un fragmento de diálogo incluido en el episodio titulado Now you see him10, en el que el teniente de homicidios se enfrenta a un famoso mago de enigmático pasado que está convencido de haber perpetrado el asesinato perfecto. En uno de esos diálogos mayéuticos le dice el sospechoso al detective: «Tras ese exterior desaliñado late un corazón emprendedor de un filósofo que quiere la verdad a cualquier coste»; a lo que replica el policía: «Solo hago mi trabajo»; «eso me suena a proletario», observa el ilusionista y presunto homicida, y añade perspicazmente: «mi trabajo, usted lo sabe, tiene que ver con las apariencias. Yo no soy lo que aparento, pero usted sí lo es11». Pocos diálogos se habrán escrito para la televisión tan preñados como este de implicaciones filosóficas, tanto de carácter ontológico como epistemológico y ético.

A Columbo le mueve un sentido del deber kantiano, pero también el disfrute del conocimiento, del desvelamiento de la verdad, y ese conatus spinoziano12 —podríamos decir— que le lleva a uno a desarrollar sus talentos, a deleitarse con eso que se nos da bien y que, al hacerlo cada vez mejor, eleva nuestro ser. Del telefilme titulado El asesinato más inteligente del mundo (en el original inglés: The Bye-Bye Sky High I.Q. Murder Case) dicho por el protagonista en el momento de arrestar al culpable, un individuo con un coeficiente intelectual de superdotado:

En la escuela había chicos mucho más listos que yo. Y cuando entré en la policía me di cuenta de que allí la mayoría eran muy inteligentes; así que pensé que si me dormía no sería fácil ser un buen detective. De modo que resolví que si trabajaba más que ellos, dedicaba más tiempo, leía libros y mantenía los ojos bien abiertos, tal vez pudiera conseguirlo, y lo llegué a conseguir. Y la verdad es que me encanta mi trabajo, señor13.

En estas palabras percibo, además de esa modestia del filósofo que destacaba Massimo Cacciari14, el espíritu filosófico que representa el símbolo de la lechuza de Minerva, con sus ojos bien abiertos.   

No hay ánimo justiciero alguno en el proceder de Columbo. No sería congruente con todo lo anterior que lo define como personaje. Es más, en muchos casos se percibe compasión en él, cierta empatía hacia el homicida, cuya lógica es revelada y expuesta con un enfoque analítico, con lo cual en ningún caso es mostrado como un monstruo. En este punto, el detective se aproxima al enfoque antropológico de Baruch de Spinoza cuando en una de sus cartas declara que las manifestaciones de lo peor del ser humano:

No me incitan ni a reír ni a llorar, sino más bien a filosofar y a observar mejor la naturaleza humana15.

En El sexo y el detective casado16 (Sex and the married detective en el original inglés) nuestro teniente de policía da una muestra conmovedora de esa empatía que lo aleja de cualquier punto de vista moralista, que no ético. Al llegar al desenlace de la historia parece que lamenta incluso haber resuelto el caso que se salda con la detención de una terapeuta sexual de gran éxito que ha asesinado a su marido por serle infiel. Ya establecida su culpabilidad de manera irrefutable, ella, rota de dolor por la traición a su amor, lo confiesa todo mientras es escuchada respetuosamente por nuestro detective. Al concluir su confesión, le pregunta a Columbo qué opinión tiene de ella, a lo que él responde:

Yo solo soy un policía; juzgar a las personas le corresponde a otros, pero puedo decirle que he disfrutado muchísimo con nuestras charlas, y le aseguro que la comprendo.

Notas

[1] Marina, J. A. (1997). El misterio de la voluntad perdida. Anagrama. Pág. 9.

[2] Eco, U. (2007). El nombre de la rosa. Penguin Random House Grupo Editorial S.A. de C.V.

[3] Ficha: https://www.sensacine.com/peliculas/pelicula-2402/

[4] Doyle, A. C. (2019). El perro de los Baskerville. Austral México.

[5] Ficha: https://www.imdb.com/title/tt0071315/

[6] Columbo. Wikipedia. https://es.wikipedia.org/wiki/Columbo

[7] Russell, B. (1995). Los problemas de la filosofía. (J. Xirau, trad.), Labor. (Obra original publicada en 1912). Pág. 133-134.

[8] Cacciari, M. (2005, 30 de octubre). Si la izquierda gana en Italia nunca tomará las decisiones de Zapatero. El País. https://elpais.com/diario/2005/10/30/domingo/1130644353_850215.html

[9] Colasanto, N. (Director). (1974). Swang song. (Temporada 3, episodio 7). En Richard Levinson y William Link (creadores y productores). Columbo. Universal Pictures Television, NBC.

[10] Hart, H. (Director). (1976). Now you see him (temporada 5, episodio 5). En Richard Levinson y William Link (creadores y productores). Columbo. Universal Pictures Television, NBC.

[11] Ibídem.

[12] El conatus spinoziano es un concepto de la filosofía de Baruch Spinoza que describe el esfuerzo innato de cada ser por perseverar en su existencia y mejorar su potencia de actuar. Es el impulso fundamental que motiva a los seres a mantenerse y desarrollarse en su ser.

[13] Wanamaker, S. (1977). The Bye-Bye Sky High I.Q. Murder Case (temporada 6, episodio 3). En Richard Levinson y William Link (creadores y productores). Columbo. Universal Pictures Television, NBC.

[14] [8] Cacciari, M. (2005, 30 de octubre). Si la izquierda gana en Italia nunca tomará las decisiones de Zapatero. El País. https://elpais.com/diario/2005/10/30/domingo/1130644353_850215.html

[15] Spinoza, B. (1665). Carta XXX dirigida a Henry Oldenburg.

[16] Frawley, J. (Director). (1989). Sex and the married detective (temporada 8, episodio 3). En Richard Levinson y William Link (creadores y productores). Columbo. Universal Pictures Television, ABC.

Imagen | Quora [fotograma usado bajo fair use; el copyright pertenece a su productora NBC/ABC].

Cita este artículo (APA): Agüera, J. (2024, 07 de junio). Columbo: la filosofía y el detective. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2024/06/columbo-la-filosofia-y-el-detective

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por José María Agüera Lorente

Profesor de filosofía en un instituto de educación secundaria de Granada (España). Colaborador habitual de medios digitales y periódicos regionales; autor de artículos publicados en algunas revistas nacionales.

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