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Con la barbarie que da comienzo al siglo XX se sientan las tónicas de reflexión de la contemporaneidad. El mundo tecnificado y movido por la idea de progreso emplea la razón instrumental como útil para la reproducción de los ideales del capitalismo, y arrasa con la capacidad de pensar. Es así que «el introvertido arquitecto de los pensamientos vive en la luna confiscada por los técnicos extrovertidos1»; y lo que antes potenciaba el cambio social mediante su reflexión, ahora se encuentra oculto en el reino de la producción mercantil. El malestar social que se genera con la explotación laboral, la desigualdad social y la vulnerabilidad de las vidas es subsumido por los mecanismos de dominación insertos en la cultura. La subjetividad queda negada bajo la colectividad y las vidas son intercambiadas por el dominio de la producción cultural. 

La configuración del mundo social que sigue los patrones de la mercantilización económica se organiza bajo las dinámicas del presente inmediato, dejando atrás la orientación hacia el futuro para enfriarse, y transmutar a la aceleración. En un espacio dónde la pausa y la contemplación ya no tienen cabida, el continuo movimiento impera en la disposición de la vida. Las subjetividades emergentes se constituyen de forma amorfa, haciendo que las formas de relacionarse con el entorno copien de manera mimética los ritmos de producción de masas. Contra la forma de vida rápida del capitalismo, dar el paseo se presenta como la clave deconstructiva de las dinámicas de un mundo reinado por el intercambio de capital. 

Un perfecto retrato de esta realidad aparece en el parágrafo 102 de Mínima moralia2 encabezado por el rótulo: Circule despacio. Mediante la dicotomía entre el andar despacio —como la máxima representación de la vida burguesa, acomodada y tranquila— y el correr —como la vida contra reloj, ajetreada y desasosegada— se hace una cartografía de los modos de vivir y su representación en la manera de estar en el mundo. El reclamo de dar el paseo tiene su ontología no en el mero hecho de andar, sino en el entramado de condiciones que deben darse para que la temporalidad no se presente como una violencia. 

En otro tiempo se corría para huir de los peligros demasiado graves para hacerles frente, y sin saberlo esto es lo que aún hace el que corre tras el autobús que se le escapa. El código de la circulación no tiene, ya que contar con animales salvajes y, sin embargo, no ha pacificado el correr3.

Se presenta así el correr como la huida de un peligro, que ya no tiene que ver con lo plenamente natural para instaurarse como una aceleración de la vida y del modo de temporalizar los hábitos. El planteamiento del correr como una violencia impuesta aparece de manera simbólica y subyacente al dominio del tiempo, del cuerpo, y de la vida individual que ejerce la configuración del sistema capitalista. La rapidez y la eficacia que constituían la idea de progreso se traslada de manera homónima a las rutinas que construyen la temporalidad de una vida; y de la misma manera que el progreso deforma la noción de la labor manual al trabajo mecánico, las vidas recreativas se transmutan en autómatas, violentadas, y burocratizadas bajo la organización del sistema. El tiempo se vuelve signo de brutalidad. El tiempo ejercido sobre el cuerpo condiciona el ritmo del andar, pero al remitirse a la psique niega la posibilidad de futuro. 

El hábito corporal del andar como el modo normal es cosa de los viejos tiempos […] La dignidad humana se aferraba al derecho al paseo, a un ritmo que no le era impuesto al cuerpo por la orden o el horror4

La constante tensión entre la acción y la recreación ejercida por el capitalismo de manera sistemática organiza el desarrollo de los días, y estructura las vidas en periodos de trabajo y descanso a modo de ficción; pues la vida acelerada no permite la pausa. Los días se atropellan, las semanas se aglomeran y el curso de la existencia termina tornándose en subsistencia. El sujeto alienado por la fugacidad de su hacer y la anticipación al atesoramiento de su temporalidad, extingue su propia libertad para andar. La velocidad como subproducto de la técnica domina todos los ámbitos de la vida y convierte en angustia el ritual de los pasos. Contra la aceleración, dar el paseo reivindica una temporalidad a los márgenes de la rapidez que exige el sistema, ajustándose al orden espontáneo y contemplativo. 

La idea de la detención, de la contemplación, y del andar que implica ir en contra del ritmo asentado por la organización de la vida moderna se remite al problema de la temporalidad que ya anticipa K. Marx en El Capital como una cuestión de clase. El reclamo de la vita contemplativa hace hincapié ya no en la dedicación de una vida a la sabiduría, sino en hacerse dueño del propio tiempo. 

Vivimos en una época privada de futuro. La espera de lo que vendrá ya no es esperanza, sino angustia5.

Notas

[1] Adorno, T. (2005) Dialéctica negativa. La Jerga de la Autenticidad, Madrid: Akal. Pág. 15. 

[2] Adorno, T. (2022) Minima moralia: reflexiones desde la vida dañada, Madrid: Akal. 

[3] Ibídem. Pág. 186.

[4] Ibídem. Pág. 186-187.

[5] Weil, S. (2015) Reflexiones sobre las causas de la libertad y de la opresión social, Madrid: Trotta. Pág. 24.

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Cita este artículo (APA): Martín, L. (2024, 23 de junio). Contra la aceleración de la vida. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2024/06/contra-la-aceleracion-de-la-vida

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por Lucía Martín Ciriero

Estudiante del Grado en Filosofía en La Universidad de La Laguna (ULL). Intereses en la Historia de la Filosofía y la Filosofía Política; vinculada a la lectura de Simone Weil y la Teoría Crítica.

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