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Las semillas que se siembran en una tierra de cultivo se dispersan por los surcos de arena, se diseminan como potenciales raíces buscando germinar. Es ahí donde está el origen etimológico griego de la actual «diáspora», término con el que nos referimos a un grupo humano que parte de su tierra de origen por distintas razones. Así, la diáspora india, ocurrida sobre todo durante el periodo colonial británico. O así los muchos pueblos que se ven obligados a iniciar la marcha huyendo de un conflicto bélico. Esos que se convierten ya no en diáspora, sino en refugiados, como lo son en estos momentos muchos palestinos. En la partida, inevitablemente, comienza también el ciclo del desarraigo.

Como ocurre con tantas otras acciones que de algún modo implican a la emoción humana, el desarraigo no puede comprenderse sin su contrario. Nos resultaría complicado comprender la felicidad sin saber lo que significa la tristeza, por ejemplo, o lo que es la paz sin haber escuchado sobre la guerra. Lo mismo con el desarraigo, inexplicable, sin el arraigo. Si un pájaro abandona el instinto de regresar a su nido es porque tiene otro construido o ideado para esa misma noche. En ello trabajará yendo y viniendo con palitos y hierbas al nuevo lugar elegido, basado en el anterior. Se marcha de un sitio para inmediatamente construir otro aplicando la misma lógica emocional, no puede desprenderse por completo de una raíz, de un arraigo. Siempre está ahí.

Lo mismo nos sucede a nosotros: podemos alejarnos de nuestra raíz por elección u obligación, pero en realidad la raíz nunca se marcha del todo. Se ramifica, se hace doble y tripe, sostiene las estructuras que dan forma a nuestro cuerpo y a nuestra vida con las bifurcaciones que sean necesarias. Por ejemplo, cuando nos marchamos a una nueva ciudad o a un nuevo país, hay cosas que nunca se marchan del todo. De hecho, se vive a partir de entonces en dos sitios al mismo tiempo: se atiende a lo que acontece políticamente en ambos lugares, se consulta el tiempo del fin de semana en los dos.

Vivir en el desarraigo

Pero vivir desarraigado no es solo abandonar las costumbres de infancia o la tierra donde se ha nacido y crecido. Diáspora no es únicamente la de los refugiados de una guerra injusta que ellos nunca comenzaron o la de quienes eligen por cualquier motivo marchar a otra tierra. En un sentido más existencial, el término trasciende lo material para referirse al olvido de todas las cosas que nos hacen sabernos vivos. Esas que podemos percibir con la alegría del tacto o el entusiasmo del olfato, sin dificultad. Y que luego se instalan en nuestra memoria para formar, todas juntas, el volátil entendimiento de lo que somos.

Vivir desarraigado es también olvidar el délfico «conócete a ti mismo», el regreso introspectivo hacia nuestro propio cuerpo, hacia lo que verdaderamente importa, pero que a veces se nos olvida. El viaje siempre certero a la raíz más pura de todas, la que nos hace, nos define. Esa característica humana indescriptible, pero imprescindible a la que se ha llamado alma o espíritu, también esencia. Esa característica que deja claro que uno es más allá de su nacionalidad, su profesión, su capacidad económica o su contexto familiar. Hay algo más allá de todo eso, y eso es precisamente lo que somos.

Si intentamos explicarnos únicamente con cosas como la nacionalidad o la profesión (soy británico, soy médico, soy rico), caemos en un tipo de desarraigo transcendental que deja de determinarnos. Eso no es lo que somos o, al menos, eso no es todo lo que verdaderamente somos y, partiendo de ahí, lo que quisiéramos ser. Cuando nos desubicamos, cuando nos olvidamos de que somos algo más que eso que hacemos cada día, nos perdemos en la diáspora del sí mismo.

Lo que nos conduce
a la diáspora

¿Por qué abandonaríamos esa raíz tan fundamental, tan nuestra? ¿Cuáles son los motivos por los que nos desarraigamos de nosotros mismos? Hay múltiples razones: falta de tiempo, subordinación a una pareja, un amigo o un jefe, el trajín infinito del día a día capitalista. En Echar raíces1, S. Weil explica cómo:

[…] Incluso sin conquista militar, el poder del dinero y la dominación económica pueden imponer una influencia extraña hasta el punto de llegar a provocar la enfermedad del desarraigo […] En nuestro ámbito, en nuestros días, aparte de la conquista, hay dos venenos que propagan esta enfermedad. Uno es el dinero.

La precariedad económica sigue siendo un motivo crucial por el que nos dispersamos, nos alejamos de ese consabido nosotros mismos. La búsqueda de sustento como pura necesidad, mantener un trabajo o alimentar a una familia se convierten en nuestra principal actividad por meros motivos de supervivencia, aparcando deseos, metas y compromisos con el  mismo, con eso que siempre hemos sabido que somos. La precariedad nos desconecta de lo que realmente somos. Pero, además, Weil apuntó como segundo factor al vaciado de la cultura, a un tipo de consumo cultural que quizá se explique todavía mejor en nuestra propia actualidad. Una cultura enfocada en lo que ven los otros más que en lo que me llena a mí, en la que se googlean datos para aprender:

[…] a la manera que se da alpiste a los pájaros. De otro lado, el deseo de aprender por aprender se ha vuelto muy raro. El prestigio de la cultura se ha vuelto casi exclusivamente social, tanto en el campesino que sueña con tener un hijo maestro o el maestro, un hijo universitario, cuanto en las gentes adineradas que adulan a los científicos y a los escritores famosos. Los exámenes ejercen sobre los jóvenes estudiantes el mismo po­der obsesivo que el dinero sobre los obreros que trabajan a destajo. Un sistema social está profundamente enfermo cuando un campesino trabaja la tierra con la idea de que es campesino porque no es lo bastante inteligente para llegar a ser maestro.

Hay mucho de esto en la actualidad: la inmediatez de nuestra «era Amazon» contribuye a ese perderse al que todos nos vemos abocados. Hace que decidamos leer un texto solo si no es muy largo, que no cultivemos nuestras pasiones porque son muy caras o no tienen salidas profesionales, que nos informemos de algún asunto únicamente si está bien resumido en un vídeo de TikTok de menos de tres minutos. El avance tecnológico puede librar al ser humano de varios yugos, conseguir que las máquinas se lleven por delante esos trabajos que contribuyen al desarraigo, a la diáspora de nuestra propia mismidad, pero, para conseguirlo, necesita que nos detengamos en él y que lo pensemos. Que dialoguemos con esa raíz perdida en algún punto del camino. Que volvamos a nosotros mismos.

No es malo marcharse, experimentar y formar parte de la diáspora, lo vemos en nuestros propios cuerpos, en nuestras propias vidas, cuando nos llevan por caminos que se van alejando del punto de partida. No es malo perderse, pero se debe contar con las necesarias paradas en el camino para reflexionar y recordar de dónde se ha partido.

Notas

[1] Weil, S. (2014). Echar raíces. Editorial Trottta.

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Cita este artículo (APA): López, L. (2024, 15 de junio). La diáspora del sí mismo. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2024/06/la-diaspora-del-si-mismo

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por Luis López Galán

Colaborador de medios como El vuelo de la lechuza, Espacio 17 Musas o El placer de la lectura, ofrece servicios editoriales y es, en la actualidad, estudiante de Grado de Filosofía. Español residente en Inglaterra, y con las letras como principal pasión, la combinación cultural y literaria de ambos países lo mantiene ocupado cada día, siempre con una principal motivación: continuar aprendiendo.

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