En todas, si no, en prácticamente la totalidad de las ocasiones en las que hacemos algo, actuamos por alguna razón, actuamos con miras a un fin que perseguimos. Este fin, bien podrá ser más banal y cotidiano, o más altisonante e incluso trascendental; pero lo que se nos hace patente con claridad es que nos movemos y orientamos en nuestra vida según finalidades que consideramos valiosas y, en algún sentido, buenas, pues en caso contrario, no tenderíamos a ellas. Son tales finalidades las que dotan de sentido al acontecer de la acción humana, las que permiten explicar por qué se actúa de cierta manera y no de otra. Así, como bien había visto ya Aristóteles, la explicación de la conducta humana queda englobada bajo un marco de investigación teleológico que se pregunta por los fines que en ella había y que trataban de dotarla de sentido y justificación.

Todo arte y toda investigación e, igualmente, toda acción y libre elección parecen tender a algún bien1.

Por eso no resulta vacuo ni infructuoso preguntarnos por la finalidad que subyace a una acción que tantas personas realizaron, realizan y realizarán, como es la actividad de estudiar. Ahora bien, una misma acción puede ser realizada por diversas personas que aspiren a fines distintos con ella, y ciertamente en el ámbito del estudio, no todos lo llevan a cabo según una misma finalidad. Entonces, cabría preguntarse si entre esas distintas finalidades se da o no una relación jerárquica, si acaso algunas de ellas no tienen más valor que otras y deberían ser tomadas como guía antes que las demás. Es por todo ello que no solo cabe hacernos la pregunta acerca de por qué estudiar, sino también por qué se debería estudiar. Para esta reflexión nos centraremos en el estudio que se lleva a cabo en la universidad, en la medida en que esta ya no es una enseñanza obligatoria y, por consiguiente, requiere de una determinación de la propia voluntad de cada cual que, con base en ciertos fines, escoja realizar dichos estudios universitarios.

La finalidad que mueve a muchos a estudiar una carrera universitaria es la relativa al trabajo, pues se presupone que tener una formación académica de mayor rango a la que se imparte en el instituto, favorece la posibilidad de encontrar un empleo en el futuro. Quiénes tienen este fin en mente suelen verse movidos a escoger cierta carrera que consideran que les posicionará mejor en el mercado laboral y les reportará un mayor beneficio económico. Sin embargo, quiero pensar que no todas las personas que se encuentran cursando estudios en la universidad están movidos por ese afán. Podemos encontrar a quienes les impulsa el simple y llano ahínco por conocer. Esas son la clase de personas que se asombran ante cualquier descubrimiento en el campo del conocimiento humano, con independencia de las utilidades que este pueda tener en el ámbito laboral y económico. Estas son las personas que se deleitan con un gesto tan cotidiano como es el aprendizaje, que son capaces de vislumbrar el inmenso valor que en él reside. 

Aquellos que se muevan, en su mayoría, por un afán laboral, fácilmente podrán tomar a la carrera universitaria como un mero trámite, un medio para llegar hasta el fin que verdaderamente les interesa y que, ciertamente, está más allá de la universidad. Pero aquellos que con sinceridad son impulsados por el afán de conocimiento, pueden llegar a entender este estudio y aprendizaje como un fin en sí mismo, como una acción que se dota a sí misma de sentido y que no requiere de una justificación externa para legitimarse. Para los primeros, los estudios universitarios son un medio, para los segundos son un fin, lo que no quiere decir que estos últimos se nieguen o se tengan que negar a trabajar, sino que aunque después de acabar sus estudios se pongan a ello, no les hacía falta esa aspiración laboral para verse movidos a estudiar, porque ese aprendizaje era ya una meta dispuesta a ser reconquistada permanentemente. 

Estas diversas finalidades que mueven a unos y a otros presuponen a su vez distintas concepciones sobre la felicidad. Esta era considerada por Aristóteles como el fin último al que todo ser humano aspiraba y, por ende, en cada meta que nos proponemos, estaríamos también seleccionando aquello que creemos que nos traerá la felicidad. Es una creencia sumamente extendida considerar que un buen trabajo bien remunerado nos hará felices. Tal creencia no se va a entrar a discutir aquí, tan solo se la menciona para mostrar como dicha concepción de la felicidad revierte en la, ya vista, noción de la carrera universitaria como trámite. En contraposición, quienes buscan el conocimiento por sí mismo, encuentran en él una fuente de felicidad. Entre estas personas encontramos a los filósofos y filósofas, a los amantes del conocimiento que se llenan de gozo en el encuentro con su objeto amado.

La palabra “filosofía” expresa ese sentimiento de amor por la sabiduría. Amor que mueve a buscarla incesantemente, a tenerla como fin de nuestra indagación y, como no hay mayor felicidad que estar con lo que uno ama, la sabiduría será la mayor fuente de felicidad para quien se dé a la filosofía. Se concibe así el estudio de esta disciplina como una constante búsqueda de esa sabiduría que anhelamos, en tanto que no la poseemos, y a la que incesantemente tratamos de aproximarnos. Es esta, y no otra, la meta que debería imperar en el estudio de la filosofía, es decir, darse a la constante búsqueda de la verdad. Sin embargo, ello requiere de la configuración de un espacio adecuado para desarrollar esa tarea. 

Para pensar cómo debe ser ese ambiente de estudio, convendría remontarnos a los orígenes de la universidad para en ellos empezar a tratar de encontrar respuestas. Si miramos a las antiguas universidades escolásticas nos las encontramos, primeramente, configuradas como espacios de lectio, de lectura, es decir, de lección. Recibiendo el conocimiento heredado del pasado y comentándolo en busca de aquello que pueda decir a nuestro el presente. Este espacio universitario pasó a ser también un lugar en donde plantear preguntas, donde llevar a cabo la quaestio. No se trataba solo de afirmar sino también, e incluso diría que sobre todo, de interrogar, de generar preguntas que movieran a la indagación, pues, ante las afirmaciones se toma el rol pasivo de quién recibe información, mientras que la pregunta incita a adquirir una actitud activa de búsqueda e investigación motivada por aquellas respuestas que no se tienen, pero que se aspiran a alcanzar. Pero, no solo se configuró la universidad como lugar de lectura y de pregunta, sino también como espacio de diálogo, de disputatio, donde poder intercambiar argumentos, donde aprender con los demás y de los demás, donde el logos pudiera desplazarse a través de unos y otros hasta llegar a ser dia-logos, diálogo. 

El estudio de la filosofía necesita un espacio así, un espacio de lectura, de preguntas y de diálogo, donde el conocimiento sea meta y motivo impulsor. Es cierto que es necesario preparar también a los estudiantes de filosofía para cuando tengan que convertirse en trabajadores, pues, al final, de pensamientos no come el ser humano. Pero también debemos ser capaces de poder configurar espacios donde se desarrolle una actividad filosófica en la que lo económico no sea lo fundamental, lo primario y lo esencial. Creo fervientemente que uno de esos espacios deberían ser las aulas donde se imparte filosofía. No digo que no se deba dar ninguna pauta a este alumnado respecto a su inserción en el mercado laboral, es más, reconozco que ello es importante y necesario, pero ese afán de generar trabajadores no debe ser el único, ni tampoco el imperante, en el estudio de la filosofía. Antes que ser una fábrica de profesores e investigadores productores de papers, la carrera de filosofía es ante todo un lugar de culto al conocimiento, espacio donde poder desarrollarlo y, lo que es más importante, compartirlo. 

Notas

[1] Aristóteles, Eth. Nic. I, 1, 1094a

Bibliografía

León, F. (2019). Historia del pensamiento clásico y medieval. Guillermo Escolar: Madrid. 

Pallí, J. (Trad.). (1985). Aristóteles, Ética nicomaquea. Gredos: Madrid.

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Cita este artículo (APA): Quirós, A. (2024, 09 de junio). ¿Por qué estudiamos? Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2024/06/por-que-estudiamos

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por Ainara Quirós Castro

Madrileña. Estudiante de primer curso de Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid. Interesada en la interconexión con mis estudios anteriores enfocados a las ciencias (química, biología, física...). Intentando transmitir "mi sorpresa" a través de la filosofía vinculándola con aspectos de nuestro día a día.

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