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El sufrimiento animal y la violencia entre humanos

Artículo publicado originalmente el 25 de junio de 2015 en la versión anterior de Filosofía en la Red. Texto re-editado de su versión original.

He escuchado hasta la saciedad el argumento, según el cual, el maltrato a los animales es objetable, no solamente por motivos deontológicos (es decir, porque es un mal en sí mismo), sino también por motivos consecuencialistas: supuestamente, el maltrato animal contribuye a que el abusador termine maltratando a otros seres humanos. Son conocidas las historias sobre asesinos en series que, en su infancia, metieron a gatos en el horno (el psiquiatra J.M. MacDonald trató de formalizar1 estos alegatos en sus teorías sobre las conductas de la infancia que desembocan en psicopatías criminales).

El argumento parece de sentido común. El victimario se entrena con la violencia que ejerce contra animales, y al final, la termina proyectando contra la gente que está a su alrededor. Pero, como tantas otras discusiones sobre cualquier forma de entretenimiento violento, cabe también el contraargumento: los espectáculos violentos pueden servir más bien de catarsis para drenar la violencia, y así evitar que desemboque en otros seres humanos reales. Esto aplica al boxeo, a los videojuegos, a las películas, y a tantas otras manifestaciones de violencia.

Si esta teoría de la catarsis es verdadera, entonces cabe preguntarse si la hipersensibilidad por los animales no es más bien una forma de represión que, a la manera psicoanalítica, reprime a la violencia, y propicia que, inevitablemente, esa violencia reprimida termine por dirigirse a otros seres humanos.

Hace unos años, El Chigüire bipolar (una agencia venezolana de falsas noticias sarcásticas, al estilo de El mundo today, o The Onion), sacó este titular: “Indigente se disfraza de perro callejero para que sifrina [una chica pija, una burguesita] de ONG lo adopte2”. El chigüire bipolar refleja muy bien escenas que yo he visto muchas veces en varios países: gente adinerada que tiene una obsesión con rescatar animales abandonados, pero que castiga con brutal indiferencia el sufrimiento de otros seres humanos. Una de estas chicas está dispuesta a dedicar horas a sacar garrapatas a un perro de la calle, pero es incapaz de ir a un barrio a jugar con niños pobres una tarde para hacerlos felices.

Hay un cierto tufo aburguesado en la hipersensibilidad por los animales. No deseo entrar en el terreno de las conspiranoias marxistas, de forma tal que no postularé que el movimiento por los derechos de animales es un invento ideológico burgués para evitar reformas sociales. Pero sí deseo postular esto: la hipersensibilidad por los animales puede en ocasiones tener una relación inversa con la empatía con otros seres humanos. Es posible que el exceso de empatía con los animales desconecte a la gente frente a los sentimientos de otras personas. Quizás no sea tan casual que uno de los primeros gobiernos europeos en prohibir la experimentación con los animales3 fue la Alemania nazi (la cual, como en el caso del infame Mengele4, más bien promovió la experimentación con humanos).

Si esto es así (y, por supuesto, solo adelanto una hipótesis que de ninguna manera está probada), entonces cabe postular como explicación lo que ya he sugerido más arriba: la ausencia de canalización de la violencia en muchos defensores de animales puede hacer que esta violencia eventualmente salga a flote en sus relaciones con otros seres humanos, al menos en la forma de indiferencia ante su sufrimiento. Resulta tentador pensar en el amor que Hitler tenía a Blondi5, su pastor alemán. Esto, por supuesto, puede ser una burda falacia de asociación (Hitler también usaba bigote, pero no por ello los bigotudos son asesinos); pero quizás cabe explorar si una persona hipersensible con los animales puede insensibilizarse frente al dolor humano.

Hay varias teorías antropológicas sobre el sacrificio animal, pero una que ha resultado bastante popular es que, en efecto, el sacrificio puede cumplir una función canalizadora de la violencia. Y, de esa manera, el maltrato animal, en vez de alimentar la violencia entre seres humanos, puede más bien contenerla.

Hay algunos indicios de que esta teoría puede tener algún grado de verdad. Son mucho más comunes las trifulcas en espectáculos y deportes que no son tan violentos (como, por ejemplo, el fútbol), que en espectáculos violentos como las corridas de toro, las peleas de gallo, o el boxeo. El hecho de que una peña futbolística suele hacer destrozos al terminar el partido, pero que rara vez ocurre así con las peñas taurinas al terminar la corrida, puede ser indicativo de que los hooligans no han drenado lo suficiente su violencia en el espectáculo, pero, en cambio, los taurinos sí lo han hecho.

No pretendo que esto sirva como justificación de las corridas de toros. Los argumentos anti-taurinos son más deontológicos que consecuencialistas: las corridas de toros son moralmente objetables porque los animales sufren, independientemente de las consecuencias. Pero, alguna versión del utilitarismo sí permite el maltrato animal, siempre y cuando se saque mayor provecho de eso, en correspondencia con el cálculo de felicidad que suelen defender los utilitaristas. Algunos utilitaristas, por ejemplo, están dispuestos a tolerar la experimentación médica con los animales, pues si bien reconocen que los animales sufren con esto, conceden que las consecuencias derivadas en beneficio de la humanidad son aún mayores.

Si se llegase a demostrar que los espectáculos de maltrato animal sirven para canalizar la violencia de un colectivo, habrá que evaluar si, a la manera de la experimentación animal, las corridas de toros y peleas de gallo, en balance, tienen consecuencias más positivas que negativas. Y, en ese caso, habría que considerar permitir la continuidad de la tauromaquia.

Frente a esto, podríamos asumir razonablemente una postura deontológica: independientemente de cuáles sean sus consecuencias, maltratar a los animales está mal, y nada lo puede justificar. Pero, si estamos dispuestos a asumir esa postura deontológica, entonces debemos hacerlo desde un principio, y así, estamos obligados a no invocar, como argumento en contra de los espectáculos violentos, la idea de que el maltrato animal conduce al maltrato de otras personas.

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Notas

[1] Rubio, N, (2020, 06 de enero). Tríada de MacDonald: qué es y qué explica sobre la sociopatía. Portal Psicología y Mente. https://psicologiaymente.com/forense/triada-macdonald

[2] Redacción (2012, 16 de enero) Indigente se disfraza de perro callejero para que sifrina de ONG lo adopte. El Chigüire Bipolar. https://www.elchiguirebipolar.net/16-01-2012/indigente-se-disfraza-de-perro-callejero-para-que-sifrina-de-ong-lo-adopte/

[3] Bienestar animal en la Alemania nazi. Wikipedia. https://es.wikipedia.org/wiki/Bienestar_animal_en_la_Alemania_nazi

[4] El médico de las SS Josef Mengele efectuó experimentos médicos inhumanos, y con frecuencia fatales, con prisioneros de Auschwitz. Se convirtió en el más notorio de los médicos nazis que hicieron experimentos en el campo. El sobrenombre de Mengele era “el ángel de la muerte”. Se le recuerda por su presencia en la rampa de selección de Auschwitz.

[5] Villatoro, M. (2014, 28 de octubre). La cruel muerte de Blondi, la perra de Adolf Hitler. Diario ABC. https://www.abc.es/historia/20141027/abci-nazi-perro-hitler-muerte-201410242026.html

Artículo de:

Gabriel Andrade (colaboración):
Venezolano. Sociólogo. Autor del libro “El Darwinismo y la religión” (Universidad de Cantabria, 2009).

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Artículos publicados en la versión anterior de Filosofía en la Red (previo al 11 de septiembre del 2020). Se publican como parte del proceso de rescate de textos.

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