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El materialismo no se destruye, se transforma

El pensamiento humana está en constante cambio, de forma consciente o no, buscamos dudar sobre un tema que se considera como una verdad indiscutible por la mayoría de la sociedad, analizando la ruta más simple que nos conduzca a la brecha donde se pueda permear una nueva interpretación de un particular, enriqueciendo su contenido, nutriendo a sus participantes, y sobre todo el poder transformar el ahora con miras a un mejor hoy.     

Cuando logramos alcanzar esa interpretación, la cúspide de nuestra intelectualidad se hace tangible, y por ende nos damos la tarea de resguardar con la complicidad de la tinta y el papel, que en su entrañable eje permite que perdure las idea más allá de los tiempos, además de tener como individuo ese capricho de colocar en un lugar accesible aquello que deseamos profundizar. Karl Marx no fue ajeno en esto, y se cuenta que, resguardaba en su secreter1 el cuaderno de notas donde reposaba las once “Tesis de Feuerbach” (1888), en la cual, efectuó una precisa y contundente critica al planeamiento materialista propuesto por ese filósofo alemán.

A partir de esos once postulados o tesis2, Marx logra condensar un nuevo modo de hacer filosofía, un nuevo acercamiento epistemológico y ontológico ante el mundo. Y de los cuales deseo disertar, principalmente en los dos primeros, para así comprender una visión filosófica que fue protagonista de las transformaciones políticas y sociales del siglo XX, iniciando con la siguiente premisa:

El defecto fundamental de todo el materialismo anterior —incluido el de Feuerbach— es que solo concibe las cosas, la realidad, la sensoriedad, bajo la forma de objeto o de contemplación, pero no como actividad sensorial humana, no como práctica, no de un modo subjetivo […]3.

La primera tesis de Marx nos plantea una pregunta: ¿a qué se refiere con “materialismo tradicional“? En realidad, alude a lo que hoy conocemos como Empirismo. Cuando Marx redactó estos postulados en 1845, el materialismo aún no tenía la visión ontológica que él le otorgaría. Al hablar de la “insuficiencia” del materialismo tradicional, Marx critica las posturas de pensadores desde Aristóteles hasta Feuerbach, pasando por Epicuro, San Agustín, Francis Bacon, Locke y Hume. Según él, estos filósofos conciben los objetos de la experiencia únicamente como objetos del conocimiento, lo cual resulta extremadamente limitado a sus ojos.

Para Marx, los objetos de la experiencia y del mundo sensible son más que meros entes del conocimiento. La experiencia no es un simple receptáculo donde captamos el mundo pasivamente. Por el contrario, Marx sostiene que la experiencia también implica actividad. Así, considerar la experiencia de forma unidireccional, como una mera intervención del mundo sensible sobre el sujeto, es insuficiente. Marx argumenta que toda experiencia humana conlleva una actividad, pues no solo implica la construcción del objeto del conocimiento, sino también la intervención activa del sujeto en sí mismo.

Considerando, sin medias tintas, que la postura empirista es limitada, pues suponer que la construcción del objeto se realiza únicamente a través de la intuición sensible, como objeto de contemplación, implica que el sujeto es completamente pasivo. Por ende, Marx continúa dicha construcción de manera dialéctica:

De aquí que el lado activo fuese desarrollado por el idealismo, por oposición al materialismo, pero solo de un modo abstracto, ya que el idealismo, naturalmente, no conoce la actividad real, sensorial, como tal […]4.

El idealismo, a diferencia del empirismo, tiene un lado activo y subjetivo, incluso hasta el punto de considerar al objeto como una construcción subjetiva. A Marx le atrae esta perspectiva, deseando ver el mundo de esta manera. Sin embargo, en la misma tesis en la que elogia al idealismo, también lo rechaza (una muestra interesante de la complejidad de su pensamiento). Esto se debe a que, aunque el idealismo introduce actividad subjetiva, sigue siendo abstracto y carece de una base sensible y material. Para Marx, esta construcción es insuficiente. Él entonces destaca las limitaciones de la visión empírica de la siguiente manera:

Feuerbach quiere objetos sensoriales, realmente distintos de los objetos conceptuales; pero tampoco él concibe la propia actividad humana como una actividad objetiva […]5.

Cuando Karl habla de la actividad objetiva, se refiere a la objetivación de la humanidad, del trabajo, de la construcción y de la creación. Para Marx, la actividad objetiva es esencialmente humana: hacemos del mundo nuestro objeto, pero lo hacemos materialmente, lo transformamos y lo creamos según nuestras necesidades e imaginación. La esencia humana, para él, es activa, creativa, objetiva, sensible y material. Por eso concluye la primera tesis6 con la siguiente oración:

Por tanto, no comprende la importancia de la actuación “revolucionaria”, “práctico-crítica”.

El pensamiento de Feuerbach es conservador, no revolucionario. Al concebir la actividad humana como meramente contemplativa, se imposibilita la concepción de una praxis revolucionaria, crítico-práctica, que es la acción capaz de cambiar la realidad. Esto nos lleva a la siguiente postura a presentar:

El problema de si al pensamiento humano se le puede atribuir una verdad objetiva, no es un problema teórico, sino un problema práctico. Es en la práctica donde el hombre tiene que demostrar la verdad, es decir, la realidad y el poderío, la terrenalidad de su pensamiento. El litigio sobre la realidad o irrealidad de un pensamiento que se aísla de la práctica, es un problema puramente escolástico7.

Este es el cimiento epistemológico del materialismo: el problema de la verdad no se resuelve en un aula de clase, en un congreso teológico, ni mucho menos en una conferencia de eruditos. La única forma de resolverlo es aceptándolo como un hecho práctico. De esta manera, la práctica muestra la mundanidad de las ideas y el pensamiento como algo que debe ser demostrado. La disputa sobre la verdad, aislada de la praxis, se convierte en una cuestión escolástica, recordándonos la imagen retórica de los escolásticos en Constantinopla discutiendo la cantidad de ángeles que caben en la punta de un alfiler mientras la ciudad cae bajo el asedio del Imperio Otomano. Aunque este relato puede parecer exagerado, sin duda ilustra claramente el mensaje que se quiere expresar.

Muy por el contrario, el materialismo tradicional queda desdibujado en la contemporaneidad al considerar únicamente las circunstancias y los factores del ambiente como los agentes capaces de transformar al individuo, dejando de lado la posibilidad de que sea el sujeto quien cambie las circunstancias de su entorno y, por ende, la realidad que vive.

Ahora bien, debido a su visión disruptiva y anti-taciturna de la sociedad, la postura materialista proyectada por Marx se adueña del discurso político. Muestra las condiciones y la educación como elementos moldeables por quienes componemos la sociedad activa, partiendo de la premisa de que el educador también debe ser educado, una manifestación pura de la dialéctica materialista. El individuo puede cambiar las circunstancias que en su momento lo cambiaron, pero solo a través de la praxis revolucionaria que busca el cambio social en su raíz. Esto es posible al identificar la relación entre la actividad práctica y la transformación de los contextos.

En suma, Karl Marx expresa: “los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo8.” La única manera de superar a la filosofía es realizándola, pues el fin de esta es la transformación del mundo, de su sociedad y, lógicamente, de quienes la integran. Es un ejercicio de “tomarnos de la mano” y convertirnos en individuos capaces de pensar, criticar y evolucionar intelectualmente, manteniendo siempre una actitud activa, es decir, actuando ante la pasividad de la creación.

Notas

[1] Un secreter o escritorio está hecho de una base de cajones anchos rematados por un escritorio con una superficie de escritorio con bisagras, que a su vez está rematada por una librería generalmente cerrada con un par de puertas, a menudo de vidrio. El conjunto suele ser un mueble único, alto y pesado.

[2] Fajardo, K. (n.d.). Marx (1845): Tesis sobre Feuerbach. https://www.marxists.org/espanol/m-e/1840s/45-feuer.htm

[3] Ibídem, 1.er postulado.

[4] Ibídem.

[5] Ibídem.

[6] Ibídem.

[7] Ibídem, 2.do postulado.

[8] Ibídem, 11.vo postulado.

Cita este artículo (APA): Natera, L. (2024, 08 de julio). El materialismo no se destruye, se transforma. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2024/07/el-materialismo-no-se-destruye-se-transforma

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