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El siguiente texto obtuvo el segundo lugar en la categoría Discertación de la XIV Olimpiada Filosófica de Madrid (2024), cuyo tema fue "¿Qué es el ocio?".

NOTA DEL EDITOR: por la dinámica de la actividad (la Olimpiada) en la cual las y los participantes cuentan con un tiempo límite para elaborar su documento, el presente texto carece de los estándares habituales de la Plataforma, como son las referencias y citas justificadas al final en forma de Notas.

¿Es el ocio un fin en sí mismo? ¿Posee el ocio un valor en sí? ¿Para sí? Decía Ortega y Gasset, en su obra Origen y epílogo de la filosofía, que “el lenguaje no es, sino la degeneración de las palabras […] lo humano deshumanizado”. Dejando a un lado el elitismo subyacente en la concepción orteguiana, el propio término ocio, como toda palabra, experimenta un proceso de degeneración. Desde otro ángulo, si hacemos —como propone Foucault— “arqueología del conocimiento”, podemos analizar la etimología del término ocio. Así, el significado y la práctica del ocio parecen variar entre las páginas de la filosofía: ¿es el ocio un medio o, por el contrario, un fin en sí mismo? ¿Es el ocio recreación? ¿Es, incluso, creación? Parece, pues, que el significado del ocio, como la ociosidad misma, es variable, fluctúa. ¿Se ha degenerado, como sugiere Ortega, el significado del ocio?

Sin duda, estas cuestiones no hacen más que suscitar la necesidad de indagar sobre el ocio; de sumergirse en la marea que hace —o no— variar su fin. La presente disertación pretende, por tanto, articular una genealogía del ocio a fin de analizar su valor intrínseco —la falta e, incluso, la degeneración del mismo—. Para ello, hemos de remontarnos al origen, pues, como afirma Ortega:

Nuestra filosofía actual es, en gran parte, la reviviscencia en el hoy de todo ayer filosófico.

Bajo el prisma de la antigüedad, el ocio (scholé) tiene ya, en Píndaro y Heródoto, una connotación de tiempo libre. La scholé griega no es más que un período de reflexión, dedicado al fermento intelectual y la vida contemplativa. El ocio es, pues, sinónimo de libertad frente al trabajo (ascholía): mientras este último se entrelaza con lo corporal, la scholé supone algo espiritual. Para autores como Platón, el ocio es esencial para la polis: ha de haber quien disponga de tiempo libre para reflexionar, para cultivar la prudencia. En la república ideal platónica —donde cada individuo realiza su parte—, el ocio pende entre el banquete y la dialéctica: se trata, por tanto, de un medio para el cultivo del ser, la persecución del eros y la vida contemplativa. Luego: ¿no sería el ocio un medio y, a su vez, un fin?, ¿no posee un valor intrínseco?

Ahora bien, parece que, en la contemporaneidad, la concepción griega del ocio se ha degenerado. Mientras la scholé implicaba un tiempo de diálogo, argumentación y dialéctica, en la sociedad de consumo actual, el ocio parece haberse transformado, más bien, en una epojé —una “suspensión del juicio”, como afirmaba el escéptico—. Entonces, ¿no tendría Ortega razón? Tanto el significado del ocio como su fin se han desvirtuado: el tiempo libre actual parece haberse convertido en un medio de evasión para paliar, precisamente, la angustia que genera el producir. En el marco de la sociedad capitalista postindustrial, el ocio se torna en un “no-trabajo”. Así pues, surge la cuestión: ¿qué ocurre cuando el trabajo, frente al ocio, define al ser humano?, ¿qué pasa cuando el trabajo, en detrimento del ocio, lejos de ser un medio, constituye un fin?

Respondiendo a este interrogante, nos encontramos con el alemán Karl Marx, quien, desde una perspectiva histórico-materialista, sostiene que la producción define al hombre: mientras trabaja, el hombre es. No obstante, en la contradicción inherente al sistema capitalista, se gesta una nueva forma de opresión: cuando al proletario se le despoja de sus condiciones materiales de producción, este queda expoliado, enajenado. Al hombre se le despoja de su ser, provocando su alienación. Así, el tiempo libre de una clase social se crea, según Marx, a costa del tiempo de trabajo de la masa. El tiempo libre no es tal, pues implica un período de “no-trabajo. En la sociedad capitalista, el ocio no es, sino, un medio enajenado para el deber ineludible: el trabajar.

Sin embargo, surge la pregunta: ¿no existe una concepción genuina del ocio en la visión marxista? Precisamente, para Marx, el obrero ha de organizar su ocio enajenado, su tiempo libre lleno de ataduras y contradicciones para desarrollar un saber de sí: una “conciencia de clase”. Desde la perspectiva crítica marxista al capitalismo, solo mediante la organización comunista de la sociedad se podrá eliminar la dicotomía “tiempo libre” y “tiempo de trabajo” para, justamente, concebir un “trabajo libre”: una utopía donde el ocio no sea sino un fin en sí mismo, una autorrealización del individuo.

No obstante, desde otra óptica, cabe examinar si realmente es posible un ocio en sí —como si de la Idea platónica se tratara—. En el capitalismo contemporáneo actual, ¿realmente existe el ocio? Esto es, un ocio verdadero, intrínseco, que vale por y para sí mismo. Sin embargo, parece que el tiempo libre que rige la actualidad está, en efecto, a merced de la productividad: el ocio solo posee un valor si es sinónimo de utilidad y productividad. La prolongación de, por ejemplo, las jornadas laborales en tiempos destinados al ocio no hacen de este sino una ilusión. ¿No dista el ocio de la libertad que, actualmente, es meramente opiácea? Pensemos, por ejemplo, en el yoga, en los libros de autoayuda… ¿Para qué recurro a ellos en mi tiempo libre si no es para apaciguar ante el solipsismo neoliberal actual? ¿No supone esto una privatización y mercantilización del propio ocio?

Así pues, resulta pertinente incluir la tesis del filósofo alemán-coreano Byung-Chul Han, para quien el ocio actual es, en cierto modo, esclavitud. Frente a la alienación marxista, Han habla de una autoalienación: el individuo, la actual “sociedad del cansancio”, carece de un entretenimiento independiente, intrínseco. Para Han, si todo fenómeno puede convertirse en entretenimiento —el trabajo, el propio mundo, etc.— es porque no existe un entretenimiento puro, desvinculado del trabajo, del producir y consumir. Luego, el individuo siente la necesidad de mantenerse entretenido: de recurrir al atracón de series, al deslizar la pantalla. Y este entretenimiento, en tanto que crónico, provoca que el presente se degenere en una serie de presentes aditivos más que narrativos. Esta atomización no degenera sino en una especie de barbarie. Por ello, para romper esas cadenas de entretenimiento crónico, de autoalienación, hemos de promover el pensamiento crítico, la autorrealización. Y esto implica, por tanto, dar un giro hacia la reflexión filosófica, hacia la vida contemplativa, incluso, como aclamaban los griegos.

Desde otro enfoque, surge la pregunta: ¿debe el ocio trascender su papel como medio paliativo e, incluso, placebo? Esto es: ¿posee —y debe poseer— el ocio un fin sí mismo? Para ello, hemos de suscitarse antes la cuestión: ¿puede el ocio ser sin el trabajo? Parece que, como hemos ido desentrañando, ambos parecen ir —por desgracia o por fortuna— de la mano, pues comparten su fracaso. De esta manera, ¿no debería el trabajo dotarse de aquellas cualidades que hacen del ocio un fin en sí mismo, como la creatividad o el pensamiento crítico? Este es el quid de la cuestión: la convergencia “trabajo-y-ocio”.

En definitiva, desde diversos ángulos y enfoques, es posible subrayar la importancia del valor intrínseco del ocio. A través de la óptica griega, hasta la contemporaneidad que corre por las venas de Marx y Han, resulta posible afirmar que el ocio es un medio para un fin y, a su vez, un fin en sí mismo: una condición esencial para la (re)creación del ser, para el libre el desarrollo del individuo, para el “cultivo del ser”, incluso. Por tanto, si bien el valor intrínseco del ocio ha podido “degenerarse”, difuminarse ante las constantes preocupaciones que tiñen la actualidad, el tiempo libre no constituye sino un derecho humano, una condición vital del ciudadano. Sin duda, esta visión plantea un desafío, pues nuestra contemporaneidad se encuentra llena de lógicas que refuerzan la dicotomía “ocio-trabajo”, subordinando al primero a merced del segundo. No obstante, hemos de recordar que, como dijo Herbert Marcuse, una sociedad libre goza de tiempo libre, mientras que una sociedad sometida posee ocio. De nuevo, degeneración del término, ya que el ocio posee un valor por sí mismo: es, pues, un medio para la libertad.

Artículo de:

Jorge Zafrilla Díaz
(2.º lugar de la XIV Olimpiada Filosófica de Madrid 2024, en la categoría Disertación).
Fue estudiante de Bachillerato durante el certamen. Actualmente, estudia filosofía y ciencias políticas en la Universidad de Harvard.

Cita este artículo (APA): Zafrilla, J (2024, 06 de julio). ¿Tiene el ocio un valor intrínseco o es un medio para otro fin? Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2024/07/el-ocio-desde-una-prespectiva-filosofica

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por Olimpiada Filosófica de Madrid

Comisión que organiza el concurso anual para promocionar el encuentro de los jóvenes a través del desarrollo y puesta en común de pensamiento crítico, la reflexión filosófica y la creatividad, con diversas modalidades como disertación, dilema moral, fotografía filosófica, vídeo filosófico y diseño de póster. Participan también en la Olimpiada Filosófica de España.

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