El tiempo y la relación con el sujeto cognoscitivo

El tiempo ha sido siempre una de las grandes preguntas que el ser humano se ha hecho. Desde la Grecia clásica, ya Aristóteles, se plantea el funcionamiento de esta magnitud que nos ata desde el momento en el que nacemos, así como a todos los entes del cosmos. Este afirmará que el tiempo solo puede existir en relación con el cambio, el movimiento y el ciclo de nacimiento y corrupción implican que la potencia pasa a acto de manera constante:

El tiempo no es movimiento, pero debemos reconocer que no podemos hablar de tiempo sin cambio. Pues cuando en nuestra alma no cambia nada o no advertimos que cambie algo, tampoco advertimos el pasar del tiempo […] el tiempo solo existe para nosotros, en tanto que el alma capte cambio o movimiento. Cada vez que percibimos movimiento percibimos tiempo, es por ello que debemos indagar qué es el tiempo en relación con el movimiento1.

Esta concepción del tiempo relativo se enfrentará a lo que en la modernidad se conocerá como “tiempo absoluto”. La controvertida propuesta de Newton sobre el tiempo causará conmoción en toda Europa, al este afirmar que el tiempo ha sido, es y siempre será; incluso antes de la génesis del cosmos ya existía la temporalidad, solo que no existía ningún sujeto que pudiera percibirlo. Esto, por supuesto, es contrario a la doctrina del cristianismo, ya que haría que el tiempo fuera independiente de la creación de Dios, por lo que este salvará este obstáculo postulando que la temporalidad es un atributo divino. Esta idea de tiempo absoluto reemplazará a la propuesta aristotélica en las ciencias formales por el hecho de que es una herramienta muy útil para resolver problemas físicos, pero ¿cómo percibimos los humanos la temporalidad, de manera absoluta o relativa?

Bergson será otro autor importante en este esfuerzo por entender la forma en la que el tiempo opera. Este recogerá los avances en la física contemporánea —relatividad y mecánica cuántica— afirmando que el tiempo es efectivamente relativo: relativo al movimiento de las partículas físicas y a las energías que conforman la totalidad del universo.

Ahora bien, si todo movimiento [incluso el acelerado] es relativo y no existe ningún punto de referencia absoluto ni ningún sistema privilegiado, evidentemente, el observador situado en el interior de un sistema no dispondrá de ningún medio para saber si su sistema está en movimiento o en reposo […] Es libre de decretar lo que le plazca: su sistema será inmóvil, por diez. Esto solo es aproximadamente cierto, debido a la rotación de la Tierra alrededor de su eje. Por definición, si hace de él su «sistema de referencia» e instala allí su observatorio […] un sistema cualquiera está en reposo o en movimiento a su antojo2.

Las teorías filosóficas contemporáneas sobre el tiempo tienen el problema de la especulación: no pueden encontrar un fundamento real para afirmar sus tesis. Bergson será criticado por físicos y matemáticos debido a que este no solo no toma la mecánica cuántica con sus implicaciones reales, sino que no pasa de la especulación. La filosofía debe partir del sujeto cognoscitivo para este estudio y debido a que, retomando a Zambrano, hablar de la nada es un imposible, lo más inteligente es tratar estos temas desde los márgenes del pensamiento, con ello me refiero al aforismo como arma filosófica.

Javier Recas Bayón, en su último libro3, reflexiona sobre cómo el tiempo nos persigue y nos arrastra simultáneamente: “no sé si el futuro nos aguarda o nos persigue”. La mente humana está siempre dividida entre los recuerdos y las aspiraciones. Así, el futuro se contempla como un ámbito de oportunidades y, al mismo tiempo, como puertas que se van cerrando. El futuro, de hecho, siempre está ya pasado una vez que lo hemos vivido, pues el único tiempo que realmente podemos concebir es el de los recuerdos. No somos capaces de atender al futuro más allá de verlo como una voluntad o un proyecto, pero sin saber realmente cómo será. Por otro lado, el ahora es esa fina tela que divide con transparencia el pasado y el futuro. En realidad, todo esto no es más que una piedra que nos arrastra y una ventana que nos ilumina, todo al mismo tiempo.

¿Cómo hemos llegado a normalizar tanto la experiencia del tiempo? El tiempo es un agente caótico y caprichoso, que a veces va rápido y otras veces lento; se aleja y se acerca sin que podamos controlarlo. Nuestro entendimiento del tiempo, incluso a través de nuestra experiencia personal, es prácticamente nulo. Por eso, “el miedo al caos da cuerda al reloj”. El desorden genera la necesidad de cuantificar esta misteriosa magnitud. Creemos que dominamos el tiempo con nuestros relojes, pero en realidad solo nos estamos sometiendo a nosotros mismos, cubriéndonos los ojos para no enfrentar el abismo del tiempo.

De esta manera, Recas Bayón dirá que5 “medir el tiempo es ensillar un caballo salvaje”, puesto que nuestra prepotencia nos hace hablar como si el tiempo fuera dependiente de nosotros: ¿es dependiente de algo? Quizá sí, pero no del ser humano y su capacidad de contar el tiempo. Por todo ello “lo mejor que podemos pedir al tiempo es densidad, la dilatación nos es ajena6”. Conforme el tiempo se hace más gaseoso, más difícil de agarrar, por ello, todos buscamos un remanso donde el tiempo vuelva a discurrir con la “naturalidad” que creemos positiva.

Esta densidad existe en la dialéctica propia de los seres humanos: “el presente no es más que el delgado filo del tiempo7”. Todos nosotros buscamos la densidad en el ahora, sin embargo, esta se nos presenta como algo sutil, casi imperceptible y a la vez como nuestro ámbito de vida; por ello pedimos que cada instante dure más de lo que puede, porque una vez uno llega a sus últimos instantes, se da cuenta de que la suma de todos ellos seguía siendo eso la clausura infranqueable del tiempo.

Lo que he intentado expresar con estas palabras es que el tiempo siempre ha representado una cuestión filosófica, desde el inicio de este saber hasta nuestros días. Sin embargo, el tiempo tiene más semejanza con la nada de lo que podemos imaginar: ambos son indefinibles. Por ende, la ciencia no nos da una respuesta a la pregunta sobre la vivencia del tiempo. Quizás podrá decirnos si este es relativo o absoluto, si habitamos en él o si nos atraviesa, pero nunca podrá explicarnos por qué es una fina sábana que tenemos que mover constantemente, que queremos definir y no podemos, que buscamos domar, pero que siempre acaba agotándonos.

Por ello, el aforismo es la mejor manera de mantener la llama de la duda viva, porque no pretende responder, sino preguntar, pretende alumbrar nuestros sentidos de tal manera que podamos vivir las dudas y no olvidarlas.

Notas

[1] J. Vidal. La concepción del tiempo en Aristóteles. Byzantion Nea Hellás. N.º 34- 2015 323/340

[2] Sokal, J. (1999). Imposturas intelectuales. Traducción de Joan Carles Guix Vilaplana. Paidós.

[3] J. Recas. (2024). Un viento propicio. Apeadero de Aforistas.

[4] Ibídem.

[5] J. Recas. (2024). Un viento propicio. Apeadero de Aforistas.

[6] Ibídem.

[7] Ibídem.

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Artículo de:

Joven en paisaje montañoso con cielo azul y nubes, expresión pensativa, ropa de abrigo blanca y negra.

Miguel García Durán
Estudiante de filosofía en la Universidad Complutense de Madrid.

Cita este artículo (APA): García, M. (2024, 19 de julio). El tiempo y la relación con el sujeto cognoscitivo. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2024/07/el-tiempo-sujeto-cognoscitivo

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