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El presente artículo se publicó originalmente el 18 de octubre de 2016 en la versión anterior de Filosofía en la Red. Esta edición es una re-interpretación del texto original.

Es cierto que la frase más sincera que podemos decir sobre la vida es que la muerte es lo único seguro que tenemos. Sin embargo, esto no debería condicionarnos a vivir como una vela que espera el momento en que su llama se extinga. La muerte, en lugar de ser una sombra que nos acecha, puede convertirse en una luz que nos guía a vivir plenamente cada día.

Entre los estudiosos de la antropología y las religiones, se ha planteado críticamente la hipótesis de que lo que muchos llaman el Más Allá es simplemente el fruto de la angustiosa necesidad humana de saber que, frente a lo desconocido, hay algo que nos confrontará y nos dará respuestas.

Dentro del cristianismo, al menos en su postura oficial, se enseña que la muerte es el paso a la verdadera vida, la Vida Eterna, donde el creyente vivirá en compañía del Creador. Sin embargo, cuando alguien cercano muere, esa esperanza que infunde la Iglesia católica parece desvanecerse, incluso entre los más fervientes seguidores. Esto nos invita a reflexionar sobre la verdadera naturaleza de la fe y la fragilidad de nuestras creencias en momentos de dolor.

Por otra parte, la creencia más extendida en la sociedad griega antigua, era que al morir las almas de los seres humanos, como si de un humo o sombras se tratase, se desvanecían y se dirigían al Hades. Homero ofrece un mundo escatológico que condicionaría posteriormente a Virgilio en La Eneida (Libro VI). En él se detalla un lugar oscuro, de paisajes nebulosos, de temperatura gélida, donde las almas, desprovistas de toda consistencia física, se confinan entre ellas. Cuando Ulises baja al Hades y se encuentra a Aquiles, este le responde contundentemente la amarga desesperanza de las almas de los muertos:

No me consueles de la muerte, Ulises. Preferiría estar en la tierra y servir a un hombre pobre, sin muchos medios de vida, que ser el señor de todos los consumidos1.

Antes de profundizar entonces en la Otra Vida, es importante preguntarnos: ¿qué es la muerte? Podemos responder rápida y tajantemente que es un dejar de vivir o existir, pero como seres pensantes, solemos plantearnos la cuestión en un plano más trascendental.

Independientemente de nuestras creencias religiosas o espirituales, los seres humanos, como especie, buscamos trascender. Anhelamos que se hable de nosotros, pese a que el tiempo haga lo suyo. Nombres como Platón, Isabel I de Castilla, Carlos Fuentes, Marx y Arendt son ejemplos de esta trascendencia.

Esta huella que queremos dejar se plasma de diversas maneras, ya sea en obras de arte, literatura, arquitectura, o en nuestra descendencia. Históricamente, la urgencia del matrimonio radicaba en la necesidad de conservar el apellido en una época de esperanza de vida corta. Sin embargo, en el siglo XXI, con unos millennials menos preocupados por el sexo2, esta cuestión está cambiando. Pero nos estamos desviando.

Aunque el derecho a morir es algo que adquirimos al nacer, esto no debe ser motivo para sobrevivir simplemente hasta que llegue el momento de nuestra muerte. De igual modo, vivir pensando que nunca moriremos tampoco sería lo más adecuado.

Es genial hacer planes y proyectarnos hacia un futuro en el que alcancemos nuestras metas, conozcamos el mundo y logremos nuestros sueños. Pero aferrarnos a nuestros proyectos con la creencia de que solo con nuestro esfuerzo los lograremos, es soberbio. Debemos, creo yo, agendar hacia el futuro, pero siendo conscientes de que mañana, o incluso en unas horas, podríamos dejar de existir.

La muerte es algo tan repentino que muchas veces llega en los momentos menos esperados. Tenemos que aprender a convivir con ella como una realidad tangible y cercana, aunque a veces parezca destinada solo a los ancianos.

Retomando el punto de los cristianos y su esperanza desvanecida cuando alguien cercano muere, nos da miedo hablar sobre la muerte. El cristianismo enseña que la muerte es necesaria para llegar al encuentro con el Padre. La resurrección de Cristo, pilar de la fe cristiana, es precisamente la antesala de esta creencia: al morir, no se muere del todo, sino que el alma llega al cielo. Sin embargo, en los funerales cristianos vemos gente llorando, no solo por la evidente pérdida de contacto con el fallecido, sino porque parece que al morir todo acaba, aunque su creencia diga lo contrario.

Así que, si al morir dejamos de existir y no continuamos en alguna forma de existencia eterna, entonces debemos vivir con la encomienda de que la muerte, aunque siempre presente, nos ilumina para vivir cada día como si fuera el último, aprovechándolo al máximo.

Por el contrario, si como los cristianos y antiguos griegos —entre otros tantos— se cree en un Más Allá, o en alguna forma de continuidad de la vida, la idea de la trascendencia puede ser una interesante brújula, no solo para el vivir en la vida terrenal, sino para conseguir esos anhelados puntos que aseguran una buena y placentera Vida Eterna.

Una anécdota particular de Agustín de Hipona me resulta inspiradora: tenía frente a su escritorio un cráneo humano para recordarle constantemente que la muerte tarde o temprano lo alcanzaría. Esta reflexión del pensador medieval nos invita a valorar cada momento de la vida y a vivir con un propósito que trascienda nuestra existencia finita.

Notas

[1] Homero, La Odisea, Canto XI.

[2] Scutti, S. (2016, 03 de agosto). Los millennials tienen menos sexo que la generación X, ¿por qué? CNN. Sitio web: https://cnnespanol.cnn.com/2016/08/03/los-millennials-tienen-menos-sexo-que-la-generacion-x-por-que/

#antropología, #archivo, #cristianismo, #esperanza, #muerte, #trascendencia

por Miguel Ángel

ceo de filosofía en la red, drando. en Filosofía, mtro. filosofía y valores, lic. en psicología organizacional, PTB en enfermería; catedrático de licenciatura en la Universidad Santander (México)

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